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EL
VUELO DEL ARQUITECTO
El anciano detiene por un momento la mano
con la que sostiene el pesado martillo y
aparta la mirada de la piedra que debe tallar.
Gira el torso con cuidado. El tablón
sobre el que se apoya está a su vez
sostenido a varios metros del suelo por
cuatro cuerdas que aumentan sus movimientos
hasta causarle una ligera sensación
de vértigo.
Las puertas de bronce del templo brillan
rojizas bajo él, enmarcadas por sendas
estatuas de Apolo de una gracia un tanto
afeminada. El sol golpea la blanca ciudad
de Cumas más allá, a los pies
del monte. El reflejo en las paredes encaladas
le hace encoger los párpados. Los
ojos se le irritan y dejan escapar algunas
lágrimas.
Vuelve la mirada a la pared. Como todos
los días, aún no ha empezado
a tallar. Dos grandes alas se desvanecen
en su imaginación. El dolor vuelve.
Intenta apartarlo golpeando con fuerza el
abollado cincel de hierro.
Pero los instrumentos le desobedecen y caen
de sus manos al suelo.
El anciano suspira. Parece encogerse sobre
sí mismo durante unos momentos, pero
luego se vuelve y libera el mecanismo del
tosco andamio. Desciende lentamente. Las
estatuas le observan desde sus flancos.
Parecen divertidas.
Se inclina sobre las herramientas y las
recoge, haciendo subir
*
* *
I
- BASTARDO
A los nueve meses, a pesar de todo, parió.
Las dos comadronas se arrodillaron ante
su señora, en esta ocasión
no por respeto a aquella que era su reina,
sino por reverencia a la criatura nacida,
semidivina. Y por otra parte, a su fisionomía
atroz. El recién nacido era macho.
Calificarle de varón hubiera sido
inapropiado, ya que si bien su cuerpo desde
los pies hasta el cuello era perfectamente
humano, su cabeza aún húmeda
y sanguinolenta estaba cubierta de pelo
negro y recio, era alargada, y mostraba
dos inconfundibles nacimientos óseos
blanquecinos en la parte superior de su
frente. La nariz crecía gruesa hacia
adelante, terminando en dos amplios orificios.
Era la cabeza de un toro.
Mientras Parsifae, la reina, gritaba de
dolor y repugnancia ante la culminación
del hecho que se había negado a sí
misma durante todo ese tiempo, Minos, su
esposo rey, no podía apartar la mirada
del que no era su hijo, del que había
nacido de la semilla del animal sagrado
y de la de su esposa. Los ojos oscuros del
rey parecían aún más
profundos mientras observaban el fruto de
la traición de su amada y el voluble
y vengativo Poseidón.
Una de las comadronas, la más joven,
pareció temblar levemente. Minos
las miró, tan incapaz de sentir nada
como cuando había visto nacer a su
hijo bastardo. Las dos mujeres, a pesar
de la rapidez con que habían apartado
la mirada, estaban condenadas a muerte.
Habían visto el resultado de la traición
a un rey, y nadie en Creta podía
saber nada de ella.
Finalmente, en algún momento lleno
de tensión, el rey se retiró
con brusquedad, dejando a su esposa con
su hijo. Los dos lloraron, aunque con distintas
clases de dolor.
II
- ARQUITECTO
-Tu fama es reconocida en todo el mar. Has
inventado la escuadra, la plomada, el hacha.
Has construido templos y palacios. Has llegado
a la cima en la mitad de tu vida. No quiero
a cualquiera para este trabajo, sólo
podrá hacerlo el mejor.
El arquitecto aceptó las palabras
de Minos con agrado, pero no era estúpido.
-Me temo que no entiendo el motivo, majestad.
Los ojos de la reina, sentada junto al trono
de su esposo, se volvieron hacia él
implacables, pero las palabras no salieron
de sus labios.
-Necesito una cárcel de la que nadie
pueda salir jamás -contestó
Minos sin expresar ninguna emoción.
El hombre de pie ante los reyes se apoyaba
en el hombro de su hijo. El viaje hasta
Cnossos había sido agotador, y aún
no habían podido descansar. Aquel
encargo le parecía demasiado extravagante,
lo cual le inquietaba respecto a su verdadero
propósito. Intuía demasiadas
analogías con los reyes del sur.
Memphis y Tebas se hacían sentir
demasiado cerca.
-Está bien, señor.
La leve inclinación fue seguida de
un leve parpadeo de Minos y una significativa
mirada de los negros ojos de Parsifae.
Había demasiadas cosas ocultas tras
ambas expresiones.
III
- LABERINTO
Las ideas del arquitecto fueron plasmadas
en papel y mostradas al rey. Hubo muy pocos
cambios que éste quisiera hacer.
Eran tan originales y perfectas que no podía
añadir nada importante que las mejorara.
Estaba satisfecho. No faltaron materiales
ni brazos para llevar a cabo el complicado
proyecto, y Cnossos se fue convirtiendo
poco a poco en el foco de atención
del limitado mundo de su época.
La gran obra se desarrolló por etapas.
Primero, el monte fue rebajado, hundido
y limpiado escrupulosamente. Luego se trazaron
las líneas de las paredes exteriores
e interiores. Éstas últimas
se retorcían formando caprichosos
dibujos geométricos, interminables
pasillos y pequeñas estancias intercaladas
sin ningún propósito aparente.
Los muros externos fueron levantados hacia
el cielo y el monte reconstruido a su alrededor
antes de comenzar los trabajos interiores.
Luego las ciclópeas paredes fueron
alzándose al unísono, trabajando
sobre los muros hasta alturas considerables.
Todo ello duró diez años.
Cuando el interior del laberinto estuvo
terminado, fue techado en un ancho perímetro,
dejando al descubierto la mayor parte del
núcleo y tan sólo una entrada,
mirando al este. Durante los cinco años
que esto llevó, Minos no dejaba pasar
un sólo día sin contemplar
las obras desde su palacio sobre el monte
vecino. Parsifae no aparecía en el
balcón junto a él. No mostró
el más mínimo interés
por la monumental construcción, ni
mencionó en ningún momento
nada relacionado con ella. Dedicaba su tiempo
a su hijo Androgeo y sus hijas Ariadna y
Fedra. Y en secreto, a su hijo el Minotauro,
recluido en los sótanos de palacio,
que crecía muy rápidamente,
se fortalecía sobrepasando todos
los límites humanos, y comenzaba
a ser un problema muy difícil de
ocultar.
Finalmente, tras años de trabajos
intensos, sólo quedó la extraña
puerta en uno de los flancos del monte,
con columnas de mármol a ambos lados,
sin hojas, abierta a una oscuridad impenetrable.
Y una noche sin luna, Parsifae paseó
en silencio hasta allí, acompañada
de su hijo semihumano.
IV
- PERDICIÓN
Una noche sin luna, el arquitecto, guiado
por los planos que había diseñado
y por la débil luz del candil de
aceite que le sostenía su hijo, paseaba
por la interminable maraña de recovecos
que formaban el interior oscuro del laberinto.
Sus pisadas eran apagadas por la tierra
prensada del suelo. Las altísimas
paredes calizas apenas hacían reverberar
el eco de sus pasos.
Por ello, y porque se encontraban cerca
de la entrada dispuestos a dar por terminada
su pequeña exploración de
la maravilla que habían creado, escucharon
con claridad los ecos que rebotaron por
los muros más cercanos al exterior.
Alguien había entrado en el laberinto.
Sólo ellos poseían la clave,
los planos.
Antes de que se dispusieran a seguir las
pisadas, éstas cobraron velocidad
y se perdieron con rapidez en algún
punto hacia el interior. Se habían
adentrado en la oscuridad siguiendo un camino
distinto al que ellos habían tomado.
Padre e hijo se miraron. Estaban desconcertados.
Cualquiera que hubiera entrado y hubiera
corrido de esa manera sin los planos, había
sellado su destino. Se acercaron al final
del pasillo y giraron a la izquierda. Allí
estaba la puerta de entrada, enmarcando
las estrellas colgantes de la noche. Desde
allí se adentraban en el laberinto
tres caminos alternativos. No podían
saber cuál había tomado quienquiera
que hubiera decidido enterrarse en vida
aquella oscura noche.
-Mira, padre.
El joven estaba agachado bajo el marco de
piedra de la puerta. Había dejado
los planos a un lado y examinaba algo alargado
que resplandecía débilmente
en el suelo bajo la luz del candil. Cuando
ambos lo tomaron entre sus dedos su desconcierto
se transformó en un grave interrogante.
El hilo de seda reflejó la luz amarillenta
y brilló fugazmente, entre sus dedos
y a lo largo de una línea recta que
se perdía en el pasillo central.
-Vamos.
El arquitecto y su hijo entraron de nuevo
siguiendo con la vacilante llama la línea
que vinculaba a su dueño con la vida.
Caminaron largo rato, oyendo cada vez más
cercanos los pasos. Pronto se percataron
de que iban tras dos personas. Una corpulenta,
otra de complexión débil.
Las persiguieron por multitud de pasillos
por un tiempo indefinido. De repente, los
pasos se detuvieron a poca distancia delante
de ellos. Ambos se apresuraron sin perder
de vista el hilo de seda, hasta que doblaron
un recodo que desembocaba en una de las
pequeñas salas centrales del laberinto.
El candil fundió su luz con la de
otra fuente igualmente vacilante que se
hallaba en la habitación y con la
de las estrellas, muy en lo alto. Cuando
vieron quién sostenía la otra
llama se quedaron asombrados. Cuando vieron
delante de quién la sostenía,
su estupor se tornó puro terror.
Parsifae se volvió hacia ellos. El
oscuro rostro del Minotauro, por el contrario,
retrocedió en la penumbra. El brillo
rojo de sus ojos quedó flotando en
el aire, estudiándoles. Ninguno de
ellos dijo una palabra. Ella les miró
durante largo rato, sin mostrar señal
alguna de sobresalto. El monstruo respiraba
ruidosamente.
Luego, sin previo aviso, la reina murmuró
algo al oído de su hijo y salió
repentinamente de la sala llevando algo
en la mano.
Los dos estaban paralizados por la terrible
visión de aquel ser. El revuelo de
las vestiduras blancas de la reina les sacó
de su ensimismamiento.
-¡Padre, los planos! ¡Se quedaron
en la puerta!
En un acto reflejo sus músculos olvidaron
la presencia de la bestia y corrieron buscando
el hilo que era su salvación. Desgraciadamente,
Parsifae se lo había llevado en su
huida. No había más rastro
que un montón de confusas huellas
de pisadas. Se olvidaron del monstruo y
corrieron tras ellas. Corrieron y corrieron.
Se olvidaron. Corrieron. Paredes. Suelo
polvoriento. Luz haciendo bailar las sombras
de las esquinas. Pasillos. Recodos. Estancias.
Sombras. Aire denso, seco. Esquinas. Sudor.
Respiración. Inquietud. Miedo. Terror.
Oscuridad. Desesperación. Perdición.
Necesito una cárcel de la que nadie
pueda salir jamás.
V
- ETERNIDAD
Con el recorrido celeste del llameante carro
de Apolo, pasaron los días.
Cuando la diosa Perséfone, hija de
Deméter y de Zeus, fue secuestrada
por el señor de los infiernos, Hades,
en el bosquecillo que circundaba las claras
aguas de la fuente de Pergo, y su madre
se vengó deteniendo la Primavera
perpetua que bañaba el mundo y haciendo
el Invierno, y por tanto, las estaciones,
entonces, pasaron las estaciones.
Después de que Cronos devorara a
sus hijos y fuera derrotado por uno de ellos,
Zeus, milagrosamente rescatado de su cruel
destino por su madre Rea, y al mismo ritmo
que hacía avanzar imparable el tiempo
desde su destierro, pasaron los años.
Y mientras tanto, lejos de todos los dioses
y lejos de todos los humanos, el silencio
de la soledad reinaba en el laberinto y
en los corazones de los que lo habitaban.
Periódicamente, coincidiendo con
la luna nueva, una víctima inocente
era introducida en el laberinto de Cnossos
para alimentar al Minotauro. Cuando no había
doncellas ni jóvenes dispuestos para
el sacrificio, eran sustituidos por gallos
o carneros. Posteriormente, tras el impune
asesinato del hijo de Minos después
de alzarse victorioso en los juegos deportivos
de Atenas, naves de negras velas surcaron
cada nueve años el mar hacia Creta
llevando catorce jóvenes hacia su
muerte. Pero esa historia se pierde entre
las brumas del mito.
Lo cierto es que el arquitecto y su hijo
sobrevivieron en su creación gracias
a algunas de las ofrendas de los cretenses,
y tuvieron la suerte de no encontrarse nunca
con la bestia que les acompañaba
en su terrible soledad. Ellos procuraban
permanecer en las zonas cubiertas, pues
sabían que así podían
estar más cerca de la entrada. Sin
embargo, después de años de
búsqueda, no consiguieron encontrar
el camino hacia ella. Se contentaron con
sobrevivir, famélicos como el Minotauro
que se mantenía lejos, en el centro,
llevando una vida que poco tenía
de tal.
Un día, sin ninguna razón
especial, el arquitecto comenzó a
reunir plumas de las gallinas que comían,
y también grasa y pequeños
huesos.
Su hijo le observaba sin decir palabra.
Hacía mucho tiempo que habían
perdido la costumbre de hablar.
VI
- LIBERTAD Y MUERTE
-Con estas alas que yo he construido abandonaremos
ahora esta isla que la ingratitud de un
tirano ha hecho funesta para nosotros; intentaremos
atravesar el vasto mar y alcanzar alguna
tierra lejana y amiga. Con este artefacto
podremos volar, podremos alzarnos por encima
de los demás hombres.
Después de tanto tiempo sin hablar,
el hijo del arquitecto no encontró
nada que decir. Tomó de las manos
temblorosas de su padre las plumas engarzadas
y las montó a su espalda, tal y como
su padre lo hacía. Eran pesadas.
Un pájaro se posó sobre los
muros, al borde del techo del laberinto,
mirándoles con sus ojos negros como
la noche. La brisa le acarició el
emplumado rostro y le hizo levantar el vuelo.
El joven comenzó a agitar las alas,
y viendo que su padre se elevaba hacia el
azul del cielo, lo hizo con más fuerza,
impelido por la ilusión perdida largo
tiempo atrás y por la juventud estancada.
Voló. Se elevó tras su progenitor
y dejó abajo la obra que les había
costado la libertad una lejana noche de
luna nueva. Creyó escuchar un lejano
bramido en las estancias centrales del laberinto.
El aire cálido golpeó su piel
desnuda. El placer era indescriptible. La
isla de Creta quedaba ya muy lejana, empequeñecida
por la distancia. El laberinto era un gran
rectángulo inscrito en el monte del
centro de la isla. Su intrincado trazado
era ya indistinguible.
Volvió la mirada hacia su padre.
Volaba con energía hacia el oeste,
recorriendo con presteza el camino que había
de surcar Apolo en su carro a lo largo del
día. Le siguió. Agitó
con más fuerza las alas. Algunos
pájaros se acercaron y se alejaron,
jugaron con su larga melena oscura y rizada
y con las plumas de sus alas. El mar brillaba
mansamente abajo.
Se elevó. Batió con fuerza
los brazos apoyándose con habilidad
en las corrientes cálidas. La juventud
volvía a su cuerpo. La mente se le
despejaba. Los deseos, la imaginación,
la fuerza para vivir, el alma, le inundaban
de nuevo. Todas las sensaciones volvían
a sus sentidos y el sol, en lo alto, le
revivía.
Se elevó. Sus músculos se
tensaban en los brazos y el pecho, y sus
piernas actuaban dirigiéndole por
el tenue mar azul. Observaba las nubes sobre
él, deshilachándose lentamente,
dirigiéndose hacia todos los lugares.
Blancas.
Se elevó. El calor del sol le acarició
más cálido. Los cabellos golpeaban
suavemente su espalda. Las nubes le acariciaban
el rostro.
Se elevó. Los brazos le ardían
placenteramente. El cansancio le invadía
sin prisas. Su padre estaba muy abajo. Las
nubes blancas comenzaban a envolverle. Una
pluma se detuvo en su rostro, acariciándole.
Los brazos se agitaron con facilidad. Era
tan ligero como el aire.
Su padre le miró desde abajo. Parecía
decirle algo.
De repente su mano izquierda golpeó
el aire que le sostenía sin encontrar
resistencia. Pareció despertar de
un plácido sueño cuando vio
que el armazón de plumas había
desaparecido casi por completo de su brazo,
quedando únicamente algunas manchas
de grasa derretida por el sol.
Trató de elevarse con el otro brazo,
pero las plumas estaban separándose
también de éste.
El tiempo transcurrió de repente
tan de prisa que no lo sintió pasar.
La cara de su padre le miró con terrible
angustia mientras caía cerca de él
y seguía cayendo más y más,
hacia el mar, sobre la superficie límpida,
a una velocidad exagerada.
En el último momento, antes de golpear
las aguas y morir, creyó sentir que
se elevaba de nuevo.
Su padre no pudo dejar de batir las alas,
pero tampoco pudo dejar de mirar atrás.
*
* *
la tabla que le sostiene mediante el mecanismo
que él mismo ha inventado. Cuando
llega arriba de nuevo se siente perdido.
Durante unos instantes olvida qué
está haciendo allí. Luego
mira el cincel y el martillo y recuerda
todo.
Dos ciudadanos están abajo, observando
la aún no iniciada labor del anciano.
Ambos saben que no podrá comenzarla,
que las herramientas caerán una y
otra vez de sus manos, que una y otra vez
volverá a recogerlas, que una y otra
vez olvidará qué debe hacer.
Un día tras otro. Una estación
tras otra. Un año tras otro.
El dolor de la pérdida es demasiado
grande. Todos los dioses lo saben.
La doncella, Palas Atenea, hace girar su
escudo. El búho grabado a fuego en
la fragua de Hefestos refleja la luz de
Apolo hacia la cara del anciano, que se
vuelve ante el calor. La belleza de la diosa
le abruma por un instante.
Hermes, a su lado, se eleva en el aire como
si el aire fuera un andamio perfecto que
no oscilara bajo su peso. Se sitúa
a la diestra del anciano. Cuando éste
se vuelve hacia él nota en su otro
costado el aliento de la diosa, que está
flotando también junto a su viejo
cuerpo.
-Deja tus instrumentos, arquitecto. Es hora
de marchar.
Las palabras de Hermes parecen fluir en
un mar de ambrosía invisible. Sus
ojos oliváceos resplandecen como
si tuvieran vida propia.
-Aún no he terminado mi trabajo.
La diosa apoya su nívea mano en su
hombro.
-Ya has hecho suficiente, Dédalo.
¿No deseas ver de nuevo a Ícaro,
tu hijo?
El arquitecto escucha los nombres. Le resulta
extraño oírlos pronunciados
en boca de los dioses. Los ojos grises de
Atenea entran en lo más profundo.
Siente su terrible inteligencia. La voz
de su interior habla y le hace comprender.
Se apoya en los dioses y les acompaña
hacia las nubes blancas.
Las herramientas golpean el suelo cuando
ya nadie las sostiene.
Autor:
Juan Antonio Fdez. Madrigal, Málaga,
España.
Relato
publicado en Dama Eternidad, Libro Andrómeda
número 8.
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