El vuelo del arquitecto

Relato Completo

Autor: Juan Antonio Fdez. Madrigal.

Orígen: Málaga, España.

Publicado en: DAMA ETERNIDAD, LIBRO ANDRÓMEDA nº.8

 

 

EL VUELO DEL ARQUITECTO

El anciano detiene por un momento la mano con la que sostiene el pesado martillo y aparta la mirada de la piedra que debe tallar. Gira el torso con cuidado. El tablón sobre el que se apoya está a su vez sostenido a varios metros del suelo por cuatro cuerdas que aumentan sus movimientos hasta causarle una ligera sensación de vértigo.

Las puertas de bronce del templo brillan rojizas bajo él, enmarcadas por sendas estatuas de Apolo de una gracia un tanto afeminada. El sol golpea la blanca ciudad de Cumas más allá, a los pies del monte. El reflejo en las paredes encaladas le hace encoger los párpados. Los ojos se le irritan y dejan escapar algunas lágrimas.

Vuelve la mirada a la pared. Como todos los días, aún no ha empezado a tallar. Dos grandes alas se desvanecen en su imaginación. El dolor vuelve. Intenta apartarlo golpeando con fuerza el abollado cincel de hierro.

Pero los instrumentos le desobedecen y caen de sus manos al suelo.

El anciano suspira. Parece encogerse sobre sí mismo durante unos momentos, pero luego se vuelve y libera el mecanismo del tosco andamio. Desciende lentamente. Las estatuas le observan desde sus flancos. Parecen divertidas.

Se inclina sobre las herramientas y las recoge, haciendo subir

* * *

I - BASTARDO

A los nueve meses, a pesar de todo, parió.

Las dos comadronas se arrodillaron ante su señora, en esta ocasión no por respeto a aquella que era su reina, sino por reverencia a la criatura nacida, semidivina. Y por otra parte, a su fisionomía atroz. El recién nacido era macho. Calificarle de varón hubiera sido inapropiado, ya que si bien su cuerpo desde los pies hasta el cuello era perfectamente humano, su cabeza aún húmeda y sanguinolenta estaba cubierta de pelo negro y recio, era alargada, y mostraba dos inconfundibles nacimientos óseos blanquecinos en la parte superior de su frente. La nariz crecía gruesa hacia adelante, terminando en dos amplios orificios.

Era la cabeza de un toro.

Mientras Parsifae, la reina, gritaba de dolor y repugnancia ante la culminación del hecho que se había negado a sí misma durante todo ese tiempo, Minos, su esposo rey, no podía apartar la mirada del que no era su hijo, del que había nacido de la semilla del animal sagrado y de la de su esposa. Los ojos oscuros del rey parecían aún más profundos mientras observaban el fruto de la traición de su amada y el voluble y vengativo Poseidón.

Una de las comadronas, la más joven, pareció temblar levemente. Minos las miró, tan incapaz de sentir nada como cuando había visto nacer a su hijo bastardo. Las dos mujeres, a pesar de la rapidez con que habían apartado la mirada, estaban condenadas a muerte. Habían visto el resultado de la traición a un rey, y nadie en Creta podía saber nada de ella.

Finalmente, en algún momento lleno de tensión, el rey se retiró con brusquedad, dejando a su esposa con su hijo. Los dos lloraron, aunque con distintas clases de dolor.

II - ARQUITECTO

-Tu fama es reconocida en todo el mar. Has inventado la escuadra, la plomada, el hacha. Has construido templos y palacios. Has llegado a la cima en la mitad de tu vida. No quiero a cualquiera para este trabajo, sólo podrá hacerlo el mejor.

El arquitecto aceptó las palabras de Minos con agrado, pero no era estúpido.

-Me temo que no entiendo el motivo, majestad.

Los ojos de la reina, sentada junto al trono de su esposo, se volvieron hacia él implacables, pero las palabras no salieron de sus labios.

-Necesito una cárcel de la que nadie pueda salir jamás -contestó Minos sin expresar ninguna emoción.

El hombre de pie ante los reyes se apoyaba en el hombro de su hijo. El viaje hasta Cnossos había sido agotador, y aún no habían podido descansar. Aquel encargo le parecía demasiado extravagante, lo cual le inquietaba respecto a su verdadero propósito. Intuía demasiadas analogías con los reyes del sur. Memphis y Tebas se hacían sentir demasiado cerca.

-Está bien, señor.

La leve inclinación fue seguida de un leve parpadeo de Minos y una significativa mirada de los negros ojos de Parsifae.

Había demasiadas cosas ocultas tras ambas expresiones.

III - LABERINTO

Las ideas del arquitecto fueron plasmadas en papel y mostradas al rey. Hubo muy pocos cambios que éste quisiera hacer. Eran tan originales y perfectas que no podía añadir nada importante que las mejorara. Estaba satisfecho. No faltaron materiales ni brazos para llevar a cabo el complicado proyecto, y Cnossos se fue convirtiendo poco a poco en el foco de atención del limitado mundo de su época.

La gran obra se desarrolló por etapas. Primero, el monte fue rebajado, hundido y limpiado escrupulosamente. Luego se trazaron las líneas de las paredes exteriores e interiores. Éstas últimas se retorcían formando caprichosos dibujos geométricos, interminables pasillos y pequeñas estancias intercaladas sin ningún propósito aparente.

Los muros externos fueron levantados hacia el cielo y el monte reconstruido a su alrededor antes de comenzar los trabajos interiores. Luego las ciclópeas paredes fueron alzándose al unísono, trabajando sobre los muros hasta alturas considerables.

Todo ello duró diez años.

Cuando el interior del laberinto estuvo terminado, fue techado en un ancho perímetro, dejando al descubierto la mayor parte del núcleo y tan sólo una entrada, mirando al este. Durante los cinco años que esto llevó, Minos no dejaba pasar un sólo día sin contemplar las obras desde su palacio sobre el monte vecino. Parsifae no aparecía en el balcón junto a él. No mostró el más mínimo interés por la monumental construcción, ni mencionó en ningún momento nada relacionado con ella. Dedicaba su tiempo a su hijo Androgeo y sus hijas Ariadna y Fedra. Y en secreto, a su hijo el Minotauro, recluido en los sótanos de palacio, que crecía muy rápidamente, se fortalecía sobrepasando todos los límites humanos, y comenzaba a ser un problema muy difícil de ocultar.

Finalmente, tras años de trabajos intensos, sólo quedó la extraña puerta en uno de los flancos del monte, con columnas de mármol a ambos lados, sin hojas, abierta a una oscuridad impenetrable.

Y una noche sin luna, Parsifae paseó en silencio hasta allí, acompañada de su hijo semihumano.

IV - PERDICIÓN

Una noche sin luna, el arquitecto, guiado por los planos que había diseñado y por la débil luz del candil de aceite que le sostenía su hijo, paseaba por la interminable maraña de recovecos que formaban el interior oscuro del laberinto. Sus pisadas eran apagadas por la tierra prensada del suelo. Las altísimas paredes calizas apenas hacían reverberar el eco de sus pasos.

Por ello, y porque se encontraban cerca de la entrada dispuestos a dar por terminada su pequeña exploración de la maravilla que habían creado, escucharon con claridad los ecos que rebotaron por los muros más cercanos al exterior.

Alguien había entrado en el laberinto.

Sólo ellos poseían la clave, los planos.

Antes de que se dispusieran a seguir las pisadas, éstas cobraron velocidad y se perdieron con rapidez en algún punto hacia el interior. Se habían adentrado en la oscuridad siguiendo un camino distinto al que ellos habían tomado. Padre e hijo se miraron. Estaban desconcertados. Cualquiera que hubiera entrado y hubiera corrido de esa manera sin los planos, había sellado su destino. Se acercaron al final del pasillo y giraron a la izquierda. Allí estaba la puerta de entrada, enmarcando las estrellas colgantes de la noche. Desde allí se adentraban en el laberinto tres caminos alternativos. No podían saber cuál había tomado quienquiera que hubiera decidido enterrarse en vida aquella oscura noche.

-Mira, padre.

El joven estaba agachado bajo el marco de piedra de la puerta. Había dejado los planos a un lado y examinaba algo alargado que resplandecía débilmente en el suelo bajo la luz del candil. Cuando ambos lo tomaron entre sus dedos su desconcierto se transformó en un grave interrogante.

El hilo de seda reflejó la luz amarillenta y brilló fugazmente, entre sus dedos y a lo largo de una línea recta que se perdía en el pasillo central.

-Vamos.

El arquitecto y su hijo entraron de nuevo siguiendo con la vacilante llama la línea que vinculaba a su dueño con la vida. Caminaron largo rato, oyendo cada vez más cercanos los pasos. Pronto se percataron de que iban tras dos personas. Una corpulenta, otra de complexión débil. Las persiguieron por multitud de pasillos por un tiempo indefinido. De repente, los pasos se detuvieron a poca distancia delante de ellos. Ambos se apresuraron sin perder de vista el hilo de seda, hasta que doblaron un recodo que desembocaba en una de las pequeñas salas centrales del laberinto. El candil fundió su luz con la de otra fuente igualmente vacilante que se hallaba en la habitación y con la de las estrellas, muy en lo alto. Cuando vieron quién sostenía la otra llama se quedaron asombrados. Cuando vieron delante de quién la sostenía, su estupor se tornó puro terror.

Parsifae se volvió hacia ellos. El oscuro rostro del Minotauro, por el contrario, retrocedió en la penumbra. El brillo rojo de sus ojos quedó flotando en el aire, estudiándoles. Ninguno de ellos dijo una palabra. Ella les miró durante largo rato, sin mostrar señal alguna de sobresalto. El monstruo respiraba ruidosamente.

Luego, sin previo aviso, la reina murmuró algo al oído de su hijo y salió repentinamente de la sala llevando algo en la mano.

Los dos estaban paralizados por la terrible visión de aquel ser. El revuelo de las vestiduras blancas de la reina les sacó de su ensimismamiento.

-¡Padre, los planos! ¡Se quedaron en la puerta!

En un acto reflejo sus músculos olvidaron la presencia de la bestia y corrieron buscando el hilo que era su salvación. Desgraciadamente, Parsifae se lo había llevado en su huida. No había más rastro que un montón de confusas huellas de pisadas. Se olvidaron del monstruo y corrieron tras ellas. Corrieron y corrieron. Se olvidaron. Corrieron. Paredes. Suelo polvoriento. Luz haciendo bailar las sombras de las esquinas. Pasillos. Recodos. Estancias. Sombras. Aire denso, seco. Esquinas. Sudor. Respiración. Inquietud. Miedo. Terror. Oscuridad. Desesperación. Perdición.

Necesito una cárcel de la que nadie pueda salir jamás.

V - ETERNIDAD

Con el recorrido celeste del llameante carro de Apolo, pasaron los días.

Cuando la diosa Perséfone, hija de Deméter y de Zeus, fue secuestrada por el señor de los infiernos, Hades, en el bosquecillo que circundaba las claras aguas de la fuente de Pergo, y su madre se vengó deteniendo la Primavera perpetua que bañaba el mundo y haciendo el Invierno, y por tanto, las estaciones, entonces, pasaron las estaciones.

Después de que Cronos devorara a sus hijos y fuera derrotado por uno de ellos, Zeus, milagrosamente rescatado de su cruel destino por su madre Rea, y al mismo ritmo que hacía avanzar imparable el tiempo desde su destierro, pasaron los años.

Y mientras tanto, lejos de todos los dioses y lejos de todos los humanos, el silencio de la soledad reinaba en el laberinto y en los corazones de los que lo habitaban.

Periódicamente, coincidiendo con la luna nueva, una víctima inocente era introducida en el laberinto de Cnossos para alimentar al Minotauro. Cuando no había doncellas ni jóvenes dispuestos para el sacrificio, eran sustituidos por gallos o carneros. Posteriormente, tras el impune asesinato del hijo de Minos después de alzarse victorioso en los juegos deportivos de Atenas, naves de negras velas surcaron cada nueve años el mar hacia Creta llevando catorce jóvenes hacia su muerte. Pero esa historia se pierde entre las brumas del mito.

Lo cierto es que el arquitecto y su hijo sobrevivieron en su creación gracias a algunas de las ofrendas de los cretenses, y tuvieron la suerte de no encontrarse nunca con la bestia que les acompañaba en su terrible soledad. Ellos procuraban permanecer en las zonas cubiertas, pues sabían que así podían estar más cerca de la entrada. Sin embargo, después de años de búsqueda, no consiguieron encontrar el camino hacia ella. Se contentaron con sobrevivir, famélicos como el Minotauro que se mantenía lejos, en el centro, llevando una vida que poco tenía de tal.

Un día, sin ninguna razón especial, el arquitecto comenzó a reunir plumas de las gallinas que comían, y también grasa y pequeños huesos.

Su hijo le observaba sin decir palabra. Hacía mucho tiempo que habían perdido la costumbre de hablar.

VI - LIBERTAD Y MUERTE

-Con estas alas que yo he construido abandonaremos ahora esta isla que la ingratitud de un tirano ha hecho funesta para nosotros; intentaremos atravesar el vasto mar y alcanzar alguna tierra lejana y amiga. Con este artefacto podremos volar, podremos alzarnos por encima de los demás hombres.

Después de tanto tiempo sin hablar, el hijo del arquitecto no encontró nada que decir. Tomó de las manos temblorosas de su padre las plumas engarzadas y las montó a su espalda, tal y como su padre lo hacía. Eran pesadas. Un pájaro se posó sobre los muros, al borde del techo del laberinto, mirándoles con sus ojos negros como la noche. La brisa le acarició el emplumado rostro y le hizo levantar el vuelo.

El joven comenzó a agitar las alas, y viendo que su padre se elevaba hacia el azul del cielo, lo hizo con más fuerza, impelido por la ilusión perdida largo tiempo atrás y por la juventud estancada. Voló. Se elevó tras su progenitor y dejó abajo la obra que les había costado la libertad una lejana noche de luna nueva. Creyó escuchar un lejano bramido en las estancias centrales del laberinto.

El aire cálido golpeó su piel desnuda. El placer era indescriptible. La isla de Creta quedaba ya muy lejana, empequeñecida por la distancia. El laberinto era un gran rectángulo inscrito en el monte del centro de la isla. Su intrincado trazado era ya indistinguible.

Volvió la mirada hacia su padre. Volaba con energía hacia el oeste, recorriendo con presteza el camino que había de surcar Apolo en su carro a lo largo del día. Le siguió. Agitó con más fuerza las alas. Algunos pájaros se acercaron y se alejaron, jugaron con su larga melena oscura y rizada y con las plumas de sus alas. El mar brillaba mansamente abajo.

Se elevó. Batió con fuerza los brazos apoyándose con habilidad en las corrientes cálidas. La juventud volvía a su cuerpo. La mente se le despejaba. Los deseos, la imaginación, la fuerza para vivir, el alma, le inundaban de nuevo. Todas las sensaciones volvían a sus sentidos y el sol, en lo alto, le revivía.

Se elevó. Sus músculos se tensaban en los brazos y el pecho, y sus piernas actuaban dirigiéndole por el tenue mar azul. Observaba las nubes sobre él, deshilachándose lentamente, dirigiéndose hacia todos los lugares. Blancas.

Se elevó. El calor del sol le acarició más cálido. Los cabellos golpeaban suavemente su espalda. Las nubes le acariciaban el rostro.

Se elevó. Los brazos le ardían placenteramente. El cansancio le invadía sin prisas. Su padre estaba muy abajo. Las nubes blancas comenzaban a envolverle. Una pluma se detuvo en su rostro, acariciándole. Los brazos se agitaron con facilidad. Era tan ligero como el aire.

Su padre le miró desde abajo. Parecía decirle algo.

De repente su mano izquierda golpeó el aire que le sostenía sin encontrar resistencia. Pareció despertar de un plácido sueño cuando vio que el armazón de plumas había desaparecido casi por completo de su brazo, quedando únicamente algunas manchas de grasa derretida por el sol.

Trató de elevarse con el otro brazo, pero las plumas estaban separándose también de éste.

El tiempo transcurrió de repente tan de prisa que no lo sintió pasar. La cara de su padre le miró con terrible angustia mientras caía cerca de él y seguía cayendo más y más, hacia el mar, sobre la superficie límpida, a una velocidad exagerada.

En el último momento, antes de golpear las aguas y morir, creyó sentir que se elevaba de nuevo.

Su padre no pudo dejar de batir las alas, pero tampoco pudo dejar de mirar atrás.

* * *

la tabla que le sostiene mediante el mecanismo que él mismo ha inventado. Cuando llega arriba de nuevo se siente perdido. Durante unos instantes olvida qué está haciendo allí. Luego mira el cincel y el martillo y recuerda todo.

Dos ciudadanos están abajo, observando la aún no iniciada labor del anciano. Ambos saben que no podrá comenzarla, que las herramientas caerán una y otra vez de sus manos, que una y otra vez volverá a recogerlas, que una y otra vez olvidará qué debe hacer. Un día tras otro. Una estación tras otra. Un año tras otro.

El dolor de la pérdida es demasiado grande. Todos los dioses lo saben.

La doncella, Palas Atenea, hace girar su escudo. El búho grabado a fuego en la fragua de Hefestos refleja la luz de Apolo hacia la cara del anciano, que se vuelve ante el calor. La belleza de la diosa le abruma por un instante.

Hermes, a su lado, se eleva en el aire como si el aire fuera un andamio perfecto que no oscilara bajo su peso. Se sitúa a la diestra del anciano. Cuando éste se vuelve hacia él nota en su otro costado el aliento de la diosa, que está flotando también junto a su viejo cuerpo.

-Deja tus instrumentos, arquitecto. Es hora de marchar.

Las palabras de Hermes parecen fluir en un mar de ambrosía invisible. Sus ojos oliváceos resplandecen como si tuvieran vida propia.

-Aún no he terminado mi trabajo.

La diosa apoya su nívea mano en su hombro.

-Ya has hecho suficiente, Dédalo. ¿No deseas ver de nuevo a Ícaro, tu hijo?

El arquitecto escucha los nombres. Le resulta extraño oírlos pronunciados en boca de los dioses. Los ojos grises de Atenea entran en lo más profundo. Siente su terrible inteligencia. La voz de su interior habla y le hace comprender.

Se apoya en los dioses y les acompaña hacia las nubes blancas.

Las herramientas golpean el suelo cuando ya nadie las sostiene.

Autor: Juan Antonio Fdez. Madrigal, Málaga, España.

Relato publicado en Dama Eternidad, Libro Andrómeda número 8.

 

 

 

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