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Un
dia normal
Todos esperamos que aquel tipo absorbiera
el último trago antes de responder.
_Creo que si alguna vez se produjera tal
hecho, la gente reaccionaria bastante mal;
se volverían locos y huirían
despavoridos a las montañas. Es más,
pienso que el ansia llevaría a algunos
al suicidio... _dijo frotándose la
nuca_._Sería una locura, creo que
eso nunca ocurrirá porque somos la
excepción, un desliz del universo,
ahí fuera no hay nada amigos, permítanme
decirlo... estamos muy solos... _hizo ademán
con el dedo de querer otra copa.
Hablaba el más escéptico de
cuantos nos reuníamos en el bar de
la esquina. El tío al cual no le
importaba caerle bien a nadie. El ser que
tiene su sitio adjudicado en la barra y
que pone mala cara si llega algún
desaprensivo y se sienta en su banqueta.
Era el que más alcohol ingería
de todos los clientes y eso remitía
sus palabras al mínimo interés
de la sala. Algunos éramos conscientes
de los problemas de aquel tipo, pero en
el fondo cavilábamos de la sinceridad
de sus palabras. Expuso las eternas preguntas.
Cuestiones sin respuestas, que nos inducían
a echar horas extras en el bar, para aclarar
un poco nuestras ideas escuchando a la algarabía
popular. También creo que más
de un cliente en los últimos días
se acostaba temprano después de una
indispensable riña con su esposa.
De pronto alguien del fondo al que no podía
ver bien, debido a la poca luz donde se
encontraba, levantó la voz:
_Nadie puede especular sobre eso. ¿Cómo
os diría yo? Es cómo decir
que nuestros paisajes más bellos
no existen sólo porque nunca has
estado allí... hum... si, de vacaciones
o algo, puedes haber visto fotos, imágenes,
y qué... hasta que nuestras propias
retinas no enfoquen el lugar, nada de nada
¿ No? No, señores no... tenemos
algo más que ojos en la cara... _dijo
sentándose de golpe.
Mientras tanto, nuestro camarero favorito,
seguía secando los vasos con un paño.
De vez en cuando los dejaba a un lado y
fumaba. Después seguía escuchando,
expectante. Sonreí al compararlo
con ese animal que mira hacia la derecha
con un ojo y hacia la izquierda con otro.
No recordaba haber oído la opinión
del camarero sobre el tema, es más,
no recuerdo verlo opinar sobre ningún
tema y ahora que lo pienso ¿Había
hablado en los último días?
No lo sé aunque si recuerdo verlo
sonreír cuando alguien proponía
una teoría insostenible.
Luego estaba ella. La dueña del local.
Aquella señora que ordenaba desde
la antesala y mandaba poner orden cuando
algún debate se iba convirtiendo
en un bullicio. Ella, rara vez se inmiscuía
con los clientes. Quizás le importaba
un comino si había vida en el espacio
exterior, si existía Dios o si el
nuevo gobernador era digno de serlo. Aunque
todos sabíamos de qué pata
cojeaba la vieja. Las cuentas. Todas y cada
una debían estar al día y
eso se lo hacía saber constantemente
al señor de la bayeta.
_No se fía _le decía al dependiente
y su mirada se iluminaba.
Alguien desde las mesas contiguas al ventanal
se preguntaba óomo serían
los seres de otro planeta, si es que existían.
Otros hablaban de apariciones nocturnas
en zonas cercanas al mar, seres de cabeza
grande y ojos extraños. Comentaban
que seguramente estuvieran esperando el
momento adecuado para el contacto. También
oí decir que existían entidades
superiores que solicitaban una oportunidad
para no hacernos daño psicológicamente.
O sea tíos, os veo concienciados
de su condición afable pero... ¿
y si no lo es? _interrumpí alzando
la voz poco a poco para hacerme oír.
Nadie contestó. El camarero enarcó
una ceja hacia mí. Luego se dirigió
hacia el monitor y lo encendió. Daban
noticias en todas las cadenas y no era su
hora. Poco a poco se hizo la luz en el monitor
y entonces llegó la conmoción.
Una decena de naves alienígenas habían
invadido el cielo de la capital. La de mayor
envergadura cuya imagen estábamos
presenciando en este momento un poco distorsionada
quizás por la hiperactividad de la
cámara, era de un color fulgurante
y calorífico. Observar ese destello
lagrimeaba mis ojos. Era como mirar a un
foco de luz a poca distancia. La señorita
que narraba los hechos se trababa bastante
al hablar y eso nos ponía aún
más nerviosos. Aquellas planchas
metálicas se habían manifestado
hacía diez minutos sobre nuestros
cielos. Ningún radar de todo el estado
las había detectado. Y peor aún,
la última noticia era que la nave
nodriza había comenzado un descenso
repentino en dirección a la Torre
Consistorial, también hogar del gobernador.
Un instante después nos mostraron
las palabras casi proféticas de su
señoría. Abnegaban un comportamiento
hostil y sus movimientos eran sinónimos
de buena esperanza según el informe
militar.
Miré sin reparo al camarero. Ahora,
su cara iba acompañada de la situación.
Ya no secaba vasos, ahora escuchaba el receptor
con la boca abierta como un agujero negro.
Todos en el bar miraban aterrorizados a
la locutora que con su profesionalidad nos
hundía la moral con pormenores. La
gente corría por las calles de la
capital alienados y sin cordura alguna.
Los atascos abarrotaban la ciudad. Los agentes
de seguridad intentaban establecer el orden
infructuosamente. En algo si tenía
razón el bebedor empedernido. Huían
despavoridos a las montañas. El tan
esperado contacto se iba a producir en unas
horas y la muchedumbre huía como
ladrones de banco. Sin embargo, los aquí
presentes se limitaban a murmurar como en
una biblioteca.
Lo cierto es que me parecía maravillosa
esta situación. Era uno de esos momentos
de la vida en los que sientes que debes
hacer algo pero no sabes qué. Sabes
que estás atravesando un antes y
un después en la historia. En tu
historia. En nuestra historia. Una de las
fronteras inexploradas estaba a punto de
desvelarse y nosotros sólo podíamos
mirar y esperar. Tal desasosiego era comparable
a cuando llega el instante de ver el desenlace
final de un serial que te ha mantenido meses
con la intriga. O cuando el padre primerizo
ve por primera vez el rostro de su primogénito
después de tanta espera. Miedo y
nervios. O quizás más de lo
primero. Era curioso ver cómo le
daban emoción al encuentro activando
un reloj con una cuenta atrás con
numeritos rojos e intermitentes que nadie
sabía qué nos depararía.
Cada vez está más cerca el
fin, pensé.
Miré a hacia las mesas. Me asusté
cuando me percaté de que el local
estaba totalmente vacío. La gente
había desaparecido. ¿Habían
huido asustados? Seguramente se marcharon
en busca de sus familias para ocultarse
en un lugar seguro. Todos juntos. Como animales.
Sólo aquel que secaba los vasos seguía
junto a mí, atento al aparato. Nos
observábamos de vez en cuando. Creo
que con la idea de ver quién de los
dos era el último en abandonar. Pues
conmigo lo llevaba claro. Esa inquietud
en sus ojos me recordaba a Lyla. Mi interés
por ella en este momento se reducía
a cero. Me negaba a volver a su lado. Así
era para mí un día normal.
_No pienso irme, la jefa me aseguró
una vez... “ el día que nos
visiten esos alienígenas de los que
tanto habláis, el negocio será
tuyo...” y se ha ido la muy puta _dijo
el mozo dejando escapar una carcajada y
casi arrancándome una a mí.
Dicho esto colocó dos vasos en el
mostrador y se fue hacia la antesala donde
se solía sentar la dueña.
Regresó con una botella que desprendía
un olor exquisito. Los dos sonreímos.
Llegó la hora. Había concluido
la cuenta atrás. La nave nodriza
se había posado en el gran tejado
blanco en el que se distinguían tres
hileras de agentes armados. El gobernador
con su particular traje de fiesta, le ponía
la guinda al primer plano. Una especie de
rampa empezó a deslizarse lentamente
desde la parte baja del objeto acercándose
a la lona de colores que representaba nuestra
bandera. Cuando la escalinata chocó
contra el suelo se hizo el silencio. La
música se apagó y por un momento
pensé que se le había ido
la voz al aparato pero mi compañero
debió pensar lo mismo pues me negó
con la cabeza resolviéndome la duda.
Fue entonces cuando salió. Lentamente
unas piernas descendieron. ¡Dos piernas!
Menos mal. Poco a poco se dejaba ver su
piel moteada. Era extraña. Llena
de arrugas. ¡Dios mío! ¿Pero
que es eso? _gritó mi compañero
_.
_¡Qué asco!_grité yo.
En su cabeza había una especie de
pequeñas ramas negras. ¡Tenía
sólo dos ojos! ¡Y en los laterales
de la cabeza poseía unos reducidos
muñones de carne! Me quedé
literalmente sin habla. No podía
hablar. Pero lo peor; su boca. ¡Estaba
llena de una especie de piedrecitas blancas!
¡Era repugnante! Aquel ser levantó
una articulación y creo que hizo
un intento de comunicación. El gobernador
debió percibir lo mismo pues dio
orden de activar el confinador para que
sus palabras fueran traducidas.
Hola somos humanos. Y venimos en son de
paz.
_Toma,
bebe amigo mío. Puede que ésta
sea tu última copa _me dijo el camarero.
Un
dia normal (Autor: Juan José Castillo,
Mataró, Barcelona, España) |
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