Un dia normal

Relato Completo

Autor: Juan José Castillo.

Orígen: Sevilla, España.

Publicado en: RAZAS ESTELARES, LIBRO ANDRÓMEDA nº.9

 

 

Un dia normal

Todos esperamos que aquel tipo absorbiera el último trago antes de responder.
_Creo que si alguna vez se produjera tal hecho, la gente reaccionaria bastante mal; se volverían locos y huirían despavoridos a las montañas. Es más, pienso que el ansia llevaría a algunos al suicidio... _dijo frotándose la nuca_._Sería una locura, creo que eso nunca ocurrirá porque somos la excepción, un desliz del universo, ahí fuera no hay nada amigos, permítanme decirlo... estamos muy solos... _hizo ademán con el dedo de querer otra copa.
Hablaba el más escéptico de cuantos nos reuníamos en el bar de la esquina. El tío al cual no le importaba caerle bien a nadie. El ser que tiene su sitio adjudicado en la barra y que pone mala cara si llega algún desaprensivo y se sienta en su banqueta. Era el que más alcohol ingería de todos los clientes y eso remitía sus palabras al mínimo interés de la sala. Algunos éramos conscientes de los problemas de aquel tipo, pero en el fondo cavilábamos de la sinceridad de sus palabras. Expuso las eternas preguntas. Cuestiones sin respuestas, que nos inducían a echar horas extras en el bar, para aclarar un poco nuestras ideas escuchando a la algarabía popular. También creo que más de un cliente en los últimos días se acostaba temprano después de una indispensable riña con su esposa.
De pronto alguien del fondo al que no podía ver bien, debido a la poca luz donde se encontraba, levantó la voz:
_Nadie puede especular sobre eso. ¿Cómo os diría yo? Es cómo decir que nuestros paisajes más bellos no existen sólo porque nunca has estado allí... hum... si, de vacaciones o algo, puedes haber visto fotos, imágenes, y qué... hasta que nuestras propias retinas no enfoquen el lugar, nada de nada ¿ No? No, señores no... tenemos algo más que ojos en la cara... _dijo sentándose de golpe.
Mientras tanto, nuestro camarero favorito, seguía secando los vasos con un paño. De vez en cuando los dejaba a un lado y fumaba. Después seguía escuchando, expectante. Sonreí al compararlo con ese animal que mira hacia la derecha con un ojo y hacia la izquierda con otro. No recordaba haber oído la opinión del camarero sobre el tema, es más, no recuerdo verlo opinar sobre ningún tema y ahora que lo pienso ¿Había hablado en los último días? No lo sé aunque si recuerdo verlo sonreír cuando alguien proponía una teoría insostenible.
Luego estaba ella. La dueña del local. Aquella señora que ordenaba desde la antesala y mandaba poner orden cuando algún debate se iba convirtiendo en un bullicio. Ella, rara vez se inmiscuía con los clientes. Quizás le importaba un comino si había vida en el espacio exterior, si existía Dios o si el nuevo gobernador era digno de serlo. Aunque todos sabíamos de qué pata cojeaba la vieja. Las cuentas. Todas y cada una debían estar al día y eso se lo hacía saber constantemente al señor de la bayeta.
_No se fía _le decía al dependiente y su mirada se iluminaba.
Alguien desde las mesas contiguas al ventanal se preguntaba óomo serían los seres de otro planeta, si es que existían. Otros hablaban de apariciones nocturnas en zonas cercanas al mar, seres de cabeza grande y ojos extraños. Comentaban que seguramente estuvieran esperando el momento adecuado para el contacto. También oí decir que existían entidades superiores que solicitaban una oportunidad para no hacernos daño psicológicamente.
O sea tíos, os veo concienciados de su condición afable pero... ¿ y si no lo es? _interrumpí alzando la voz poco a poco para hacerme oír. Nadie contestó. El camarero enarcó una ceja hacia mí. Luego se dirigió hacia el monitor y lo encendió. Daban noticias en todas las cadenas y no era su hora. Poco a poco se hizo la luz en el monitor y entonces llegó la conmoción. Una decena de naves alienígenas habían invadido el cielo de la capital. La de mayor envergadura cuya imagen estábamos presenciando en este momento un poco distorsionada quizás por la hiperactividad de la cámara, era de un color fulgurante y calorífico. Observar ese destello lagrimeaba mis ojos. Era como mirar a un foco de luz a poca distancia. La señorita que narraba los hechos se trababa bastante al hablar y eso nos ponía aún más nerviosos. Aquellas planchas metálicas se habían manifestado hacía diez minutos sobre nuestros cielos. Ningún radar de todo el estado las había detectado. Y peor aún, la última noticia era que la nave nodriza había comenzado un descenso repentino en dirección a la Torre Consistorial, también hogar del gobernador. Un instante después nos mostraron las palabras casi proféticas de su señoría. Abnegaban un comportamiento hostil y sus movimientos eran sinónimos de buena esperanza según el informe militar.
Miré sin reparo al camarero. Ahora, su cara iba acompañada de la situación. Ya no secaba vasos, ahora escuchaba el receptor con la boca abierta como un agujero negro. Todos en el bar miraban aterrorizados a la locutora que con su profesionalidad nos hundía la moral con pormenores. La gente corría por las calles de la capital alienados y sin cordura alguna. Los atascos abarrotaban la ciudad. Los agentes de seguridad intentaban establecer el orden infructuosamente. En algo si tenía razón el bebedor empedernido. Huían despavoridos a las montañas. El tan esperado contacto se iba a producir en unas horas y la muchedumbre huía como ladrones de banco. Sin embargo, los aquí presentes se limitaban a murmurar como en una biblioteca.
Lo cierto es que me parecía maravillosa esta situación. Era uno de esos momentos de la vida en los que sientes que debes hacer algo pero no sabes qué. Sabes que estás atravesando un antes y un después en la historia. En tu historia. En nuestra historia. Una de las fronteras inexploradas estaba a punto de desvelarse y nosotros sólo podíamos mirar y esperar. Tal desasosiego era comparable a cuando llega el instante de ver el desenlace final de un serial que te ha mantenido meses con la intriga. O cuando el padre primerizo ve por primera vez el rostro de su primogénito después de tanta espera. Miedo y nervios. O quizás más de lo primero. Era curioso ver cómo le daban emoción al encuentro activando un reloj con una cuenta atrás con numeritos rojos e intermitentes que nadie sabía qué nos depararía. Cada vez está más cerca el fin, pensé.
Miré a hacia las mesas. Me asusté cuando me percaté de que el local estaba totalmente vacío. La gente había desaparecido. ¿Habían huido asustados? Seguramente se marcharon en busca de sus familias para ocultarse en un lugar seguro. Todos juntos. Como animales.
Sólo aquel que secaba los vasos seguía junto a mí, atento al aparato. Nos observábamos de vez en cuando. Creo que con la idea de ver quién de los dos era el último en abandonar. Pues conmigo lo llevaba claro. Esa inquietud en sus ojos me recordaba a Lyla. Mi interés por ella en este momento se reducía a cero. Me negaba a volver a su lado. Así era para mí un día normal.
_No pienso irme, la jefa me aseguró una vez... “ el día que nos visiten esos alienígenas de los que tanto habláis, el negocio será tuyo...” y se ha ido la muy puta _dijo el mozo dejando escapar una carcajada y casi arrancándome una a mí. Dicho esto colocó dos vasos en el mostrador y se fue hacia la antesala donde se solía sentar la dueña. Regresó con una botella que desprendía un olor exquisito. Los dos sonreímos.
Llegó la hora. Había concluido la cuenta atrás. La nave nodriza se había posado en el gran tejado blanco en el que se distinguían tres hileras de agentes armados. El gobernador con su particular traje de fiesta, le ponía la guinda al primer plano. Una especie de rampa empezó a deslizarse lentamente desde la parte baja del objeto acercándose a la lona de colores que representaba nuestra bandera. Cuando la escalinata chocó contra el suelo se hizo el silencio. La música se apagó y por un momento pensé que se le había ido la voz al aparato pero mi compañero debió pensar lo mismo pues me negó con la cabeza resolviéndome la duda. Fue entonces cuando salió. Lentamente unas piernas descendieron. ¡Dos piernas! Menos mal. Poco a poco se dejaba ver su piel moteada. Era extraña. Llena de arrugas. ¡Dios mío! ¿Pero que es eso? _gritó mi compañero _.
_¡Qué asco!_grité yo.
En su cabeza había una especie de pequeñas ramas negras. ¡Tenía sólo dos ojos! ¡Y en los laterales de la cabeza poseía unos reducidos muñones de carne! Me quedé literalmente sin habla. No podía hablar. Pero lo peor; su boca. ¡Estaba llena de una especie de piedrecitas blancas!
¡Era repugnante! Aquel ser levantó una articulación y creo que hizo un intento de comunicación. El gobernador debió percibir lo mismo pues dio orden de activar el confinador para que sus palabras fueran traducidas.
Hola somos humanos. Y venimos en son de paz.

_Toma, bebe amigo mío. Puede que ésta sea tu última copa _me dijo el camarero.


Un dia normal (Autor: Juan José Castillo, Mataró, Barcelona, España)

 

 

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