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TREPANACIÓN
Swim Al-Thabur se acostó en la esterilla
y apoyó la cabeza en una piedra plana
puesta ex-profeso para la operación.
El médico, detrás suyo, le
puso las manos en las sienes para asegurarse
de que no se movía. Alzó la
mano derecha y cogió de una pequeña
mesa que tenía al lado un trépano
hecho de una aleación de cobre, plata
y oro de la región. Posó el
aparato en el cráneo del paciente,
aquejado de epilepsia, y empezó a
perforar. Operaba cuidadosamente a través
del hueso frontal posterior, evitando dañar
el músculo temporal.
El cráneo se abrió dejando
al descubierto el cerebro. El dedo del cirujano
se posó en él, sintiendo su
pulsión. El aparato se hundió
un poco más en la herida abierta
provocando ligeras convulsiones en el paciente,
que agarraba con fuerza el pedazo de madera
que le habían dado para que descargara
su dolor apretándolo fuertemente,
mordiéndolo si hacía falta.
Habían cinco personas contemplando
la operación, y ninguna de ellas
pronunció una sola palabra en todo
aquel tiempo. Se limitaban a observar con
los brazos cruzados sobre el pecho y a mirar
con semblante grave primero al médico
y luego al paciente, a intervalos, según
las expresiones que mostraran sus rostros
cada vez que el trépano giraba sobre
sí mismo y se iba hundiendo más
y más, milímetro a milímetro.
Ambroise da Noca retiró el trépano
y lo sumergió en la pila de agua
fría que tenía al lado, ya
que corría el peligro de calentarse
en exceso a causa del continuo roce con
el hueso. Luego volvió a horadar
un poco más, extrayéndole
gran cantidad de sangre y tejidos.
La operación transcurría dentro
de los límites que cualquier hombre
pudiera soportar. Por lo menos, el doctor
da Noca evitó hacer demasiado ruido;
evitó que se escuchara en exceso
el terrible crujido del hueso al perforarse
al contacto con aquella especie de berbiquí
que giraba y giraba introduciéndose
cada vez más en la mente de Al-Thabur.
Éste permanecía en un estado
de semiinconsciencia, y miraba hacia la
cristalera que tenía enfrente.
Estaba oscuro, y podía ver con claridad
la luna. Había oído decir
que esas operaciones no debían llevarse
a cabo en tiempo de luna llena, ya que durante
ella el cerebro se agrandaba y se acercaba
peligrosamente al cráneo... Podía
tranquilizarse; estaba en cuarto menguante.
Y las estrellas brillaban, y seguía
notando como continuaba trabajando el mejor
médico de la ciudad.
había confiado en él para
la cura de su enfermedad, la cual le atormentaba
desde pequeño, agravada con terribles
jaquecas. Como los medicamentos no parecían
hacerle demasiado efecto, como a tantos
otros enfermos como él, decidió
al fin someterse a aquella delicada intervención
que tantas veces había fracasado.
El cirujano retiró el trépano
y se lo entregó a su ayudante para
que lo limpiara y lo pusiera en agua hirviendo.
Con unas pinzas hurgó en la masa
encefálica y separó algunos
fragmentos. Pudo hallar entonces lo que
causaba aquellos fatales dolores de cabeza
a Al-Thabur: un escarabajo alado se movía
inquieto nadando en aquella viscosidad roja,
rodeado de larvas.
Da Noca se aproximó más para
ver mejor aquello. ¿Cómo podía
ser posible? Con las mismas pinzas esterilizadas
agarró el insecto y lo sacó
de la cavidad para ponerlo en una bandeja
que sostenía el ayudante; hizo también
lo mismo con las larvas, una a una.
Los allí presentes habían
dejado escapar un oh de asombro y se aproximaron
todavía más al paciente, con
evidentes muecas de repulsa y de disgusto.
Da Noca les miró y se encogió
de hombros. Inclinándose sobre el
cráneo, cerró la herida y
colocó un apósito.
Al-Thabur se estremeció, notó
una pulsión continua y dolorosa en
la cabeza, le temblaron las manos y los
labios, le resbalaron unas pocas lágrimas
por un costado del rostro, se le aceleró
el corazón y un fino hilo de sangre
empezó a resbalarle por la comisura
derecha de los labios. Cerró los
ojos y no los volvió a abrir jamás.
Su cerebro, a partir de entonces, negó
cualquier estímulo exterior y su
cuerpo permaneció allí, tumbado
en la esterilla de aquella habitación,
inmóvil, hasta el momento en que
le trasladarían al tanatorio.
La intervención parecía haberle
sumido en un perenne estado cataléptico.
¿Tendría algo que ver el escarabajo
con lo que le impulsaba a vivir; con su
misma inteligencia y conocimientos ahora
totalmente mermados? ¿Y cómo
se había introducido aquel animalejo
en su cerebro? ¿Por dónde
había entrado?
Un mes después, Ambroise da Nuca
firmó el fallecimiento de su paciente
y se oficiaron sus funerales. En el sepulcro
yacía su cuerpo inerme, frío,
blanquecino. Y en aquella herida de su cabeza
que ya se estaba cerrando, habían
dejado olvidada una de aquellas pequeñas
larvas que se encogía y estiraba
navegando por el encéfalo de Al-Thabur.
Todavía había una esperanza
para él.
Trepanación.
Relato completo. Autora: Marta Abelló
Saura
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