Rota

Relato Completo

Autor: Juan Antonio Fernández Madrigal

Orígen: Málaga, España.

Publicado en: Amores Extraños, Libro Andrómeda n.5

 

ROTA

 

 

            Un destello, una última lágrima, y los cabellos que reflejaban las estrellas se quedaron atrás, mientras ella se alejaba de allí a mucha velocidad, para siempre. Quiso gritar pero se ahogó en lágrimas. Quiso volar hacia atrás pero empujaban hacia arriba rompiéndole el corazón.
            Por tanto despertó y comenzó un nuevo día intentando olvidar sus pesadillas.
 
 
 
            El viento era el mejor evaporador de arena. La ristra de pisadas paralelas y cansadas se desvanecían bajo su dulce mano turbia. Parecía que el sol enviase hacia arriba las partículas de tierra fina, como si quisiera formar nubes con ese agua amarilla y seca.
            En superficie no había gran cosa. Un mar de desolados páramos unidos por finas líneas de hierba marrón.
            -Como la disposición del universo -señaló Cleo ya muy cansada-. Galaxias de hierba agrupadas en hebras alrededor de inmensas burbujas de vacío desierto. El cosmos aplastado contra la cara de un mundo triste y pequeño.
            -Como si el sol llorara sobre este planeta y el agua dorada se amansara entre los bordes de una planicie y otra -sugirió Sandra alternativamente.
            Las dos figuras mostraron sus espaldas grises al viento imaginando que sus embites suaves las ayudaban a caminar. Cleo desenredó una brizna blanquecina y quebradiza del centelleante pelo azabache de Sandra. Sandra la miró, pasó su brazo por la cintura de Cleo y continuó caminando. Siempre en la dirección del viento, siempre bajo el calor del sol.
           
 
 
            La noche era fría. Cleo se ocupó de clavar los puntales de campo en una circunferencia perfecta alrededor del campamento. Sandra abrió la bolsa que había utilizado para llevar la hierba seca que habían encontrado durante el día. La dispuso en un montón. Rodeó con piedras pequeñas, las únicas que había, los trozos de madera más dura, y encendió fuego mediante fricción. Cuando después de un rato la chispa prendió, Cleo estaba ya de pie junto a ella. Apretaba el botón azul del pequeño control remoto del refugio mientras los nervios difusos de la cobertura del campo crecían a partir de los puntales, hacia arriba, curvándose hasta unirse en un punto sobre sus cabezas. Cuando dejó de presionar, el desierto había quedado fuera de la transparente cúpula.
            Cleo se sentó junto a Sandra y apoyó la cabeza en su hombro. Los cabellos negros y castaños se mezclaron largos. El fuego chisporroteó como en un juego.
            -Estamos tan lejos de casa -se lamentó Sandra.
            -No tenemos casa -le recordó Cleo -. Por qué dices eso.
            -Me siento lejos de algún lugar, lejos de todos los lugares, este desierto no me gusta.
            -Un planeta perdido, no como nosotras -alzó la vista hacia la noche oscura y señaló con el dedo-. Mira, cerca de Sirio. Es la Orbital, aún está allí, esperando para el rescate.
            -No -silencio-. Ya sabes. No tengo un buen día.
            -Uno de tus días malos -Cleo pasó una mano por la cabeza que se empeñaba en mirar al fuego y esbozó una sonrisa-. Las estrellas se reflejan en tu pelo.
           
           
             
            Sandra se deshizo con suavidad y con un roce de sus labios del abrazo desnudo y se puso en pie para contemplar la salida del sol en aquel mundo colonizado hace tanto, y ya perdido y solo. Los rayos anaranjados calentaron su piel blanca y despertaron sus sentidos, pero paradójicamente también la inducían a permanecer allí, estática, inerte, de por vida, como un tótem con la misión eterna de saludar al astro día tras día y absorber su calor reconfortante. Al otro lado de las paredes invisibles del refugio, el viento también despertaba con el calor radiante y hacía que la arena se deslizase siguiendo el contorno hemisférico del campo protector. Se volvió y saltó delicadamente sobre el cuerpo acurrucado de Cleo. Rebuscó entre las ropas que habían amontonado más allá, extrajo el aparato negro y le acopló el visor. Cleo se removió detrás de ella arrastrando con su cuerpo pequeñas porciones de arena, y se quejó levemente. Sandra volvió sobre sus pasos hacia el este a mirar el sol, agrandado y gradualmente menos oscuro.
            Cleo abrió los ojos y la vio de espaldas, la silueta perfecta al contraluz. Mientras sus párpados despertaban se entretuvo en recorrer con la vista la tenue línea de vello dorado que la rodeaba, y escuchó el agradable chasquido de la cámara holográfica.
             Tardaron poco tiempo en vestirse, y luego el control remoto deshizo el refugio rápidamente. Recogieron los puntales y continuaron su camino por el desierto. No borraron las huellas de la noche pasada allí. Se lo dejaron al viento.
 
 
 
             Después de comer las galletas deshidratadas avistaron la ciudad. En el horizonte, un contorno singular, lleno de rectas rotas y siluetas inclinadas.
            No llegarían en el mismo día. Muy lejos al oeste.
             Montaron el campamento y amor quedó resguardado de viento. Por pieles tersas. Por campo de Roschtëd.
 
 
 
            El campo de Roschtëd se desvaneció un día más absorbido por los puntales del refugio, pero esta vez podría ser la última. Cuando el sol aún no se había elevado demasiado sobre el horizonte y aún estaba cambiando del color maduro al regio, las dos cruzaban ya la línea de arena finísima que se había posado sobre el pavimento roto de la primera calle.
            Sandra se apartó y se acercó a una pared gris. Apoyó la espalda en la superficie rugosa y luego dejó deslizar su cuerpo hasta el suelo, recogiendo la cabeza entre los brazos entre las rodillas. Cleo se acercó y se agachó y comenzó a peinarla con los dedos.
            -¿Quieres que nos quedemos aquí y no entremos hoy?
            -No -los sollozos se clavaron de nuevo dentro de Cleo, pero de nuevo ésta los ignoró. Como pudo.
            -Podemos descansar un rato -dijo-. Aún es temprano.
            Sin embargo, y a pesar de que sabía que debía quedarse junto al cuerpo acurrucado, Cleo se irguió y se dejó llevar, y caminó, no mucho, por la calle. Observando las ventanas rectangulares sin cristales, abiertas al negro de dentro que parecía no contener nada, y menos vida. No había demasiado que destacar en la ciudad. Sólo bloques, de unas siete plantas, macizos y rectos, y calles, planas y rectas, y un cruce más allá, despejado y recto. Una ciudad hecha sólo por hombres. No le disgustó tanto como de costumbre.
            Se asomó al cruce y no observó nada diferente a derecha ni a izquierda. Era un cruce en T. Al frente había un bloque de viviendas idéntico a todos los demás. Recto.
            Volvió y se sentó junto a Sandra. Estuvo unos minutos jugando con el pequeño ordenador al ajedrez, pero ganó pronto y terminó rodeando con su brazo los cabellos oscuros, atrayendo hacia sí el cuerpo inmerso en sí mismo y canturreando alguna canción en voz baja.
 
 
 
            Al atardecer, después de comer un poco, comenzaron a explorar la ciudad. No eran tan parecidos los edificios. De vez en cuando alguno se elevaba hacia el cielo el doble, hasta el triple que el resto. Cleo se protegía los ojos del sol e intentaba mirar hacia arriba. Sandra decía que los extremos superiores de los edificios estaban rotos como si los hubieran mordido ogros devoradores de ciudades. Cleo se rió.
            En una calle encontraron una rotura de los esquemas lineales. Era una especie de cilindro algo más grande que ellas, hecho del mismo material que las paredes de las casas, erosionado por el viento y la arena. Estaba roto, mordido, dijo Sandra, y su interior estaba completamente hueco. No pudieron hacer nada más que un par de holografías y continuaron caminando.
             Encontraron algunos cilindros más esparcidos por la ciudad. Alguno estaba casi intacto, pero no pudieron saber qué significado entrañaba su presencia.
            No encontraron marcas de pintura en la calzada.
           
 
 
            Sandra se detuvo en un par de ocasiones, aunque no estaba tan mal como al entrar en la ciudad. En una de ellas las caricias de Cleo se convirtieron en calor, y luego en profundo placer y humedad, y luego se vistieron y continuaron caminando. Las ventanas huecas las miraban en su multitud, pero no había más movimiento que el viento y la arena y el sol acercándose a la línea rota de occidente. Había más edificios altos en esta parte. Estaban aproximándose al centro de la ciudad.
             Comenzó a oscurecer. Cleo decidió entrar en un edificio alto y acampar en el techo, quizás con la tenue esperanza de que la visión deslumbrante de la Orbital las animara un poco a las dos. Pudieron hacerlo sin problemas. Las puertas de los edificios eran meras aperturas en la pared. Pero en el interior tuvieron dificultades: no había escaleras. Las entradas a cada apartamento se abrían alrededor de un patio, desde el suelo hasta casi el techo. No podían escalar, así que clavaron los puntales allí mismo, en el corazón del bloque de pisos, aprovechando que el pavimento estaba deshecho.
            El tiempo hasta dormirse se les pasó elucubrando sobre tan extraña distribución en las viviendas. Cleo se percató de que lo que habían imaginado como ventanas en el exterior tenían el mismo aspecto que lo que habían imaginado como puertas en el interior. A partir de entonces no supieron decidir por dónde habían entrado los antiguos habitantes de la ciudad abandonada a sus hogares rectos y grises.
            La Orbital les guiñó durante su corto trayecto a través de la apertura cuadrada a tantos metros sobre sus cabezas, pero ya estaban dormidas.
 
 
 
            -Los cilindros que hay en las calles deben de ser algún tipo de cabina.
            Sandra la miraba mientras mordía con fuerza las galletas duras. Sus ojos azules tenían algo más de intensidad, pero Cleo no supo adivinar por qué. En lugar de hurgar continuó con su razonamiento, frío.
            -La ciudad era grande, necesitaban algún medio de comunicación a distancia. Fueron una colonia muy antigua, y eso casi descarta el teletransporte, no creo que conocieran el principio de Valavanis. Lo más probable es que fueran cabinas de comunicación, tienen el espacio justo para una persona.
            -Están en medio de la calle -el azul de los iris de Sandra era tan limpio como sus palabras. Nada de ogros esta vez. Nada de lágrimas, apenas los surcos secos de ayer alrededor de los pómulos.
            -Sí. Eso es cierto.
             Continuaron masticando con esfuerzo. El viento silbaba. Se arrebujaron en sus ropas.
            -Aunque también es verdad que no hay señales de que tuvieran transportes mecánicos -replicó Cleo-. No hay signos en las calles para regular el tráfico. Por tanto no supondría ningún obstáculo serio el situar las cabinas en el centro de la calzada. No hay calzadas. Sólo espacio libre.
             Después de desayunar continuaron explorando la ciudad. Caminaron por más calles, y vieron muchos más edificios, algunos rotos y otros intactos, pero todo era lo mismo. Todo vacío. Todo recto. Todo frío. Cleo se acercó a Sandra un par de veces, pero notó que su brazo se negaba a rodear el cuerpo de ella, y que Sandra tampoco hacía nada por eliminar esa distancia que se estaba formando como una criatura viva, malvada, entre las dos. Decidió mal, y continuó ignorando lo que sucedía, pero era la inercia de la costumbre: ignorar lo que pasaba cuando no sabía qué hacer. Avestruz.
             Llegaron a la calle principal de la ciudad. Una amplia avenida tan inerte como el resto. Supieron que era la calle principal por dos cosas: por su tamaño; y por lo que emergía de su centro, que no habían visto en ninguna otra parte.
            Cleo sintió el aguijón de la curiosidad de nuevo. Pocos metros delante de ellas el tercio central de la calzada comenzaba a curvarse hacia arriba como si se tratara de una extraña pista de despegue. Caminó por uno de los laterales y vio el perfil del suelo perfectamente cortado, trabajado por el hombre, siguiendo una línea curva aproximadamente exponencial. Mucho más allá, cuando la calle ya superaba con creces la altura de una persona, la curva se hacía mucho más pronunciada, directa hacia el cielo. Y cuando casi llegaba a inclinarse noventa grados, a la altura de los edificios más altos, desaparecía. Rota. Mordida por el ogro comeedificios. Algunos trozos de pavimento yacían sobre la superficie menos curvada de la calle. Y bajo la porción de avenida que se elevaba, la calle original continuaba su curso hasta desaparecer en la distancia en un nuevo cruce en T.
            Cleo se volvió para buscar a Sandra. Estaba sentada junto al nacimiento de la calle elevada. Se acercó. No estaba mal, como de costumbre. Simplemente estaba sentada, descansando.
            -Sandra, creo que esto puede...
            -Sí, supongo que sí.
            Cleo se sentó junto a ella. Se besaron pero sus labios no supieron a lo de siempre ni estaban tan húmedos. Sandra sonrió apenas. Cleo la malinterpretó.
            -Antigravedad aplicada a gran escala.
            Miró hacia el cielo mientras sentía el abrazo de Sandra y el peso de su cabeza contra su corazón y sus besos suaves en la piel blanca y blanda de sus pechos. Se imaginó sin dificultad la otra mitad de la ciudad rota que había poseído antigravedad, la mitad flotante, colgando sobre sus cabezas invertida, ocultando el calor del sol, los edificios boca abajo a muchos metros sobre ellas, la calle principal haciendo sombra sobre la que ellas pisaban, con la porción de pavimento curvado uniéndose allí arriba de nuevo al pavimento superior; los edificios puntal continuando hacia la ciudad invertida en lugar de estar rotos como ahora lo estaban, las cabinas activando cilindros de antigravedad personalizados para realizar transportes cómodos y rápidos entre las dos mitades de la urbe, la mitad terrena y la mitad colgante, quizás con más ciudades más arriba, quizás una gran pila de ciudades. A Julio Verne le hubiera gustado ver aquello. La única cuestión que quedaba era qué había pasado con las ruinas superiores. Quién había limpiado los restos de las ciudades flotantes. El ogro comeedificios habría sido probablemente un desajuste exagerado o un desvío angular en las columnas de antigravedad de la colonia. Quizás los restos yacerán caídos y desechos tan sólo unos kilómetros más allá de la ciudad rota. Quizás ahora estarían orbitando o perdidos en el espacio.
            Sandra la acariciaba mientras tanto con sus labios y sus dedos descendían, descendían, por los pliegues de su cuerpo.
 
 
- - -
 
 
            Cleo se limpió las lágrimas, pero algunas continuaron cayendo desde sus ojos y gotearon sobre el teclado negro de plástico. La pantalla holográfica le indicó cómo conectar los antiguos cables, casi deshechos, y cómo insertar el pequeño ordenador en el hueco hecho a propósito por los antiguos habitantes en la pared interior de la cabina. La caja del ordenador encajó perfectamente con un chasquido y ella aprovechó el momento de ajuste para ensuciarse un poco más la cara intentando ignorar el picor de los lagrimales. Sentía un dolor en el pecho muy intenso, como si un gran vacío hubiera sido provocado allí bruscamente. Mierda, eso era lo que había allí después de todo, ¿no?, un gran vacío, joder. Tecleó la secuencia y los controles de la cabina comenzaron a activarse poco a poco, absorbiendo la energía de la minúscula pila de fusión del ordenador. Al poco tiempo éste confirmó que habría energía suficiente para abrir el canal antigravitatorio, siempre que fuera compensado por la Orbital con uno descendente desde el espacio. Los malditos requisitos de la ley de Clarke, de los que era casi más consciente que de su dolor. Sí, quizás se lo merecía después de todo. No, eso era una estupidez: no se lo merecía, había cosas que simplemente eran. Y lo que había entre ella y Sandra ya no era. Simplemente.
            Se limpió una vez más y sintió la mano de Sandra en su espalda. No quiso volverse. Sintió sus cabellos castaños ser apartados con delicadeza y los labios tan blandos y tan cálidos besar su cuello por última vez. No hubo palabras. Esperó sólo unos instantes más a la confirmación de la Orbital y a que el calor de Sandra se alejara detrás de ella, y luego se obligó a pulsar la tecla correcta con el dedo índice, que fue el movimiento que más trabajo le había costado realizar desde que nació. Un destello, una última lágrima, y de súbito recordó un sueño que le rompió aún más el corazón.
            En cualquier caso acabaría aceptando lo que siempre había sabido: que lo que había entre ellas había sido siempre tan absurdo como un ogro comeedificios.

 

 

Autor:  Juan Antonio Fernández Madrigal, Málaga, España.

“ROTA” fue publicada en AMORES EXTRAÑOS, Libro Andrómeda número 5

 

 

 

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