ME
HAS ROBADO EL CORAZÓN
I
(29/30 - 6 - 1520)
Las llamas teñían los
objetos de rojo fundiéndose con el color de la sangre que manaba de
los muertos que se amontonaban en la orilla de Iztapalapán. Los
cuerpos, mutilados por la pesada munición que usaban los españoles,
dejaban correr su espesa sangre hasta teñir el agua que los
rodeaba. Desde detrás de una roca Don Pedro sacó su arma y, sin
apuntar, disparó contra la maraña de seres que pujaban por llegar
hasta ellos. Seguro de que un nuevo cuerpo se sumaba a los caídos,
Don Pedro se agachó para recargar el fusil mientras las primitivas
lanzas y flechas pasaban sobre su cabeza.
Recorrió con la vista la
masacre que tenía lugar a su alrededor, hombres que hasta pocos
días antes habían estado viviendo juntos se encontraban de nuevo
juntos en la muerte. Quizá sí que no valía la pena. Quizá sí que él
había abusado de su poder, y superioridad, haciendo ejecutar a
aquellos hombres. Los nobles de Tenochtitlán se la habían quitado.
Ella era suya, tan suya como él de ella. Y no se la querían
devolver, por eso él, loco de furia, los había matado. Y ahora
pagaba cara su locura. Todo el pueblo se había levantado en armas
para vengar la muerte de los suyos, y, lo más importante, para
defender lo que creían sagrado.
Miró con desesperación los
canales de Txcoco que rodeaban la ciudad, por allí había vuelto
vencedor Hernán Cortés de su lucha con Pánfilo de Narvaez. Sus ojos
recorrieron la lisa superficie del agua hasta posarse en el camino
de piedra que unía la isla-ciudad con la orilla, con lágrimas el
día en que Cortés se encontró con Moctezuma II Xocoyotz’n. Un nuevo
mundo de aventuras plagado de riquezas se habría a su vida. Pero la
conoció a ella, y eso los llevó a todos hasta la locura que ahora
lo rodeaba. Con rabia Don Pedro de Alvarado se levantó y apuntó de
nuevo su arma, momento en que aprovechó una jabalina lanzada a
ciegas para clavársele en el pecho. Lanzando un estertor
sanguinolento por la boca cayó en el agua pensando en su amor.
Las tropas cortesanas
abandonaron la ciudad guiadas por su caudillo, mientras dejaban
atrás a sus muertos esperando una venganza que no tardaría en
llegar. Se recordó la tragedia como La Noche Triste.
II
(El Encuentro)
El calor creaba una niebla a
su alrededor que hacía bailar las figuras contra el fondo color
blanco. El azul profundo de los cielos no ayudaba a situar las
figuras que avanzaban por la árida superficie. Poco a poco,
mientras los rostros de los observadores se llenaban de sudor, se
pudo apreciar en las ondulantes formas que quienes se dirigían
hacia ellos, eran un anciano y una persona muy joven a su lado.
Quienes esperaban en las
pocas sombras al otro lado del desierto, vieron que los viajeros
eran un hombre, que parecía tener todos los años de la Tierra en
forma de arrugas, y con él, en un rabioso contraste, la tersa piel
de una joven. La juventud más fresca junto a la más agobiante
muestra del paso del tiempo.
Los ojos del hombre se
llenaron con la silueta de la mujer. La cabeza se le inundó de
imágenes lascivas. Los pensamientos giraron como un torbellino de
aguas bravas. La respiración se le entrecortó. Todo su ser la
reclamaba.
III
(28
- 7 - 1637)
Las volutas de humo se
elevaban lánguidas en el tenue aire estival. Los niños, víctimas
inocentes de nuestra cultura, corrían despreocupados y alegres, sin
saber que a pocos días de ellos se encontraban los verdugos que
acabarían con sus tiernas vidas.
Cuando
ese momento llegó, Peter sólo tenía ojos para buscar las formas
jóvenes y seductoras de su amada. No veía los cuerpos de los indios que eran diezmados en el
camino para defender a las mujeres, ni a éstas que caían muertas en
su carrera para proteger a sus hijos, niños que morían junto con
las lágrimas que asomaban a sus ojos, y viejos de mirada triste que
esperaban el momento de reunirse con sus amados.
Pensaba que allí, en las
tierras perdidas de Connecticut, junto aquellos desgraciados que
morían a su alrededor podría encontrar a la mujer que deseaba.
Cuando se enteró de que se iba a realizar un ataque contra los Pequot le faltó tiempo para
alistarse. No pusieron reparos a que fuese extranjero, a fin de
cuentas era blanco y la ira de todos ellos, alimentada por los
puritanos, estaba dirigida hacia los indios.
Caminaron por entre hermosos
bosques vírgenes, que ansiaban solo para ellos, hasta llegar a la
bahía de Narragansett con el único pensamiento de la muerte en sus
cabezas. Y, borrachos de sangre, persiguieron a quienes defendían
su derecho a la vida hasta el exterminio total de la raza.
Pero Peter no era consciente
de ello, su afán era encontrar a la mujer que tan solo había sido
suya una sola vez hacía tanto tiempo.
IV
(El Deseo)
Don Pedro de Alvarado no
podía dormir, ni comer, ni tan siquiera pensar. Era un muerto
viviente consumido por un único pensamiento. Con una única imagen
en su cabeza. Ella tenía que ser suya, costase lo que costase.
Discretamente comenzó a hacer averiguaciones, a pesar de la
reticencia de los méxicas a facilitarle información. Supo que ella
era la única hija de la única hija de aquel anciano, que él era un
chamán, un brujo muy poderoso, quizá el más poderoso de todos los
que existían, según sus informadores. Y, decían, que ella, su
nieta, era aprendiza en las artes mágicas del anciano. Todo eso no
le importaba, sus ojos febriles la perseguían con deseo allí donde
iba. En su mente comenzó a implantarse, como una serpiente
enroscada, la idea. Tenía que poseerla, tenía que ser suya.
V
(2 - 5 - 1808)
Durante todo el día los
ánimos se habían estado calentando, como los lagartos se calientan
al sol de verano. Las gentes miraban con furia a las tropas
francesas, que recorrían la ciudad pavoneándose ante los
desprotegidos. Las gentes sabían que se hallaban solas ante los
ocupantes, ni los políticos, como siempre, ni las tropas propias
los apoyaban.
Cuando las fuerzas francesas
se dirigieron a las dependencias reales comenzó la revuelta. Las
gentiles gentes se lanzaron contra las armas del opresor sabiendo
segura su muerte, pero luchando por una causa justa. Los franceses,
a las órdenes del general Murat acometieron contra los hombres que,
mal armados, intentaban proteger a la familia real.
Pedro se encontraba entre
los que más gritaban contra las tropas, y también entre los que
cogieron un arma para atacarlas.
Pero él no lo hacía por una
causa justa, ni tan solo porque odiara a los franceses. Lo hacía
movido por su afán de vengarse de quien fuere por la causa que
fuere. Necesitaba descargar su odio contra personas físicas, no tan
solo contra una botella de vino barato.
Hizo lo que pudo y a quien
pudo, pinchó, cortó y sajó a todo aquel que se le ponía cerca, pero
cuando llegó la noche, cuando los disparos franceses comenzaron a
menguar, decidió dar por terminada su venganza particular y
retirarse discretamente.
Y ese mismo instante es el
que escogió el general francés para comenzar la suya particular.
Comenzaron las detenciones y arrestos indiscriminados para acabar
delante de un paredón. Pedro no podía creer en su mala suerte,
estaba junto a otras personas, quizá ellas inocentes, frente a un
pelotón que preparaba sus armas y procedía a descargarlas sobre
ellos.
Cuando el proyectil golpeó
su pecho no había ira contra sus ejecutores, pero sí una rabia
infinita contra la mujer a la que amaba.
VI
(El Sometimiento)
Cuando Hernán Cortés decidió
salir para hacer frente a Pánfilo de Narvaez, dejó a cargo de la
situación a Don Pedro de Alvarado, sin saber que aquella sería la
causa del desastre. Él vio la oportunidad que esperaba y decidió
pasar a la acción. Presionó a los indios más influyentes en el
consejo, amenazó con su muerte, y con la de todos los demás
miembros de sus familias, si no conseguía a la mujer. La situación
se hizo insostenible. Los indios comenzaron a distanciarse de los
españoles. Había tensión entre ellos, y no faltaría mucho para que
todo explotase como un polvorín.
Don Pedro sentía como la
sangre corría caliente por sus venas. Se sentía consumir de lujuria
hacia la mujer. Amenazó con hacer una matanza si la mujer no era
suya. Los nobles replicaron que no tenían poder alguno sobre ella.
Era la nieta de un hombre poderoso, no había forma de hacer presión
sobre ella. Tenía el apoyo del pueblo, y éste no permitiría que se
abusase de ella.
Optó por la acción directa,
y una noche oscura, sin luna mandó arrestar al viejo. A rastras fue
llevado a una habitación y, sin que saliera un murmullo de sus
labios, dejado caer en un rincón.
Don Pedro se dispuso a
esperar junto a la puerta lleno de impaciencia. No tardó mucho ésta
en abrirse, asomando por ella la delicada figura de la mujer. Don
Pedro noto como crecía el deseo mientras ella se ponía rígidamente
ante él. Sin una palabra la joven llevó las manos hacia la espalda
y soltando un nudo calló el vestido que llevaba. Don Pedro
comprendió, sin palabras, lo que ella le quería decir.
VII
(12-1861)
Pedro miraba desde la
cubierta del barco hacia las tierras que una vez, hacía ya mucho
tiempo, había recorrido. Los galones de sargento que lucía sobre
sus hombros quedaban deslucidos sobre su persona. Tenía los ojos
turbios, inyectados en sangre, con barba de hacia varios días, y su
uniforme estaba tan desastroso que podía pasar por un paria que lo
hubiese robado.
Cuando le tocó el turno de
bajar de la nave con sus hombres, se reunió en una apretada
formación que comenzó a desfilar por las calles de Veracruz. Habían
ido a México a proteger los intereses españoles, pero él no, todo
aquello no le importaba nada. Todo su interés se centraba en
encontrar a la mujer. Quería acabar como fuese con aquel castigo. Y
mataría a quien intentase impedírselo.
Dos meses más tarde llegaron
los refuerzos franceses y británicos. La guerra fue un paseo
triunfante que obligó a ceder a los mexicanos. Hechos los tratos, y
las firmas de costumbre, las tropas recibieron orden de marchar del
país, momento en que los franceses decidieron quedarse para formar
su propio imperio.
Pedro, el sargento español,
cambió de uniforme para continuar su objetivo. Junto a los
franceses realizó expediciones de castigo ajusticiando gentes
inocentes, a las que no le importaba mucho quien tuviese el poder
mientras los dejaran sobrevivir tranquilos.
El cinco de Mayo de 1862 el
ejército mexicano pudo hacer frente a los invasores, y durante la
batalla de Puebla un hombre cayó herido de muerte. El renegado, el
bastardo, el verdugo como era conocido, recibió un disparo por la
espalda cuando intentaba huir de la lucha.
VIII
(El Trato)
La piel de la mujer brillaba
con tonos dorados. La luz que desprendían las llamas de los troncos
realzaba las formas de la joven.
Don Pedro recorrió con la
vista el cuerpo, las piernas mostraban una piel tersa, el
enmarañado pelo púbico escondía el más ansiado de los tesoros, las
caderas se cerraban abruptamente sobre la estrecha cintura, los
pechos, pequeños, acababan en unos oscuros pezones puntiagudos, el
cuello era delgado y vibrante, la deseada boca dejaba entrever unos
pequeños dientes blancos, como perfectas perlas, los ojos eran dos
pozos de oscuridad que reflejaban una frialdad, y una
determinación, que pasó totalmente desapercibida para Don Pedro.
La carnosa boca se
entreabrió para dejar asomar la punta de una rosada lengua que
humedeció ligeramente los labios antes de hablar.
-¿Es esto lo que quieres, lo
que deseas? -Preguntó en un español más que aceptable.
Los ojos del hombre
reflejaron sorpresa. Se pasó la manchada manga de la camisa para
sacarse las gotas de sudor que le bajaban por la frente.
-Tú sabes qué es lo que
deseo, sino no estarías aquí, delante mío, sin ropa -dijo con una
sonrisa felina en la cara.
Mientras las palabras iban
saliendo de su interior notó como la pasión crecía en la parte baja
de su vientre hasta hacerse dolorosa.
-Tú quieres algo de mí. ¿Que
tienes para intercambiar? -Continuó ella fríamente, como si de un
negocio cualquiera se tratara.
El hombre repitió el gesto
con el brazo antes de continuar.
-Tengo a tu abuelo. Si
accedes a mis peticiones recobrara la libertad, si no...
-No me interesa, es viejo y
no le queda mucho de vida
-contestó ella con naturalidad.
Don Pedro no podía salir de
su asombro. Su mente quedó en blanco, paralizada. Ni tan solo se le
ocurrió que podía recurrir a la fuerza para conseguir sus
propósitos. Buscaba desesperadamente algo que le pudiese interesar
a ella.
-No... no sé que puede
interesarte. ¡Dímelo tú¡ -Estalló él poniéndose de rodillas.- Dime,
¿qué quieres de mí que te pueda interesar, dinero, ropas, poder...
qué?
-Dime, Don Pedro, ¿cuanto me
deseas? ¿Qué estarías dispuesto a darme?
-Cualquier cosa que quieras,
todo lo que tengo es tuyo. Pídeme lo que más desees y te lo daré.
-No, no puedes darme lo que
yo quiero. Quisiera que jamás hubieseis llegado aquí. Que jamás nos
hubieseis cambiado la forma de vida. Pero, para eso ya es demasiado
tarde. Aunque, ahora mismo, os fueseis otros llegarían. Más pronto
o más tarde, estamos destinados a desaparecer.
Don Pedro, alzándose del
suelo, cogió la espada y dirigió la punta hacia la muchacha. Los
ojos inyectados en sangre decían su determinación.
-Dime ahora mismo qué
quieres, si no...
-Te quiero a tí. Júrame que
me querrás siempre, por toda la eternidad. Que no habrá otra mujer
en tu vida. Que solo me desearás a m’. Que tu corazón me pertenece.
-¡Sí, lo juro! -Contestó
dejando caer la espada al suelo y lanzándose hacia ella.
IX
(18-6-1937)
Las ovejas pacían
tranquilamente a pesar de los sordos estampidos que se oían montaña
abajo. Ya hacía días que los animales se habían acostumbrado a los
disparos, y a las explosiones de las bombas, y ahora no salían en
desbandada cada vez que un estrépito rompía el silencio de la
montaña.
La manta que el hombre
llevaba sobre los hombros, a modo de capa, se movía a su alrededor
arremolinada por el viento del amanecer. Pedro se hallaba sobre la
roca que dominaba el acantilado, y sus ojos se encontraban fijos en
la población que se veía allí abajo. Las nubes provocadas por las
explosiones se alzaban de Guernica mientras las gentes corrían a
refugiarse. Los más espantados, las mujeres, niños y ancianos,
intentaban salir de la población para caer muertos por las balas de
los emboscados.
Pedro, El Loco, como era
conocido por los parajes, no se inmutó por la visión de la masacre.
Ya había visto demasiada muerte en su vida para que el espectáculo
que presenciaba en esos momentos no dejara de ser algo monótono,
algo vivido en alguna ocasión, en algún tiempo.
Los estrechos ojos del
hombre, enmarcados por una abundante cabellera y una espesa y larga
barba, siguieron el paso de los aviones sobre su cabeza. Observó
como de ellos caía la mortífera carga que segaría,
indiscriminadamente, la vida de los moradores de la ciudad.
Cualquier otro, alguna
persona normal, habría corrido a refugiarse en algún lugar oculto,
lejos de la visión de la matanza, a salvo de algún asesino volador
que le viese sobre el acantilado. Pero él no tenía miedo a la
muerte, la deseaba. Sabía que, aunque cayese víctima de las balas,
se volvería a alzar del pozo de oscuridad y olvido para continuar
viviendo.
X
(El Intercambio)
Las sombras cambiantes de la
pared se movían sin cesar una sobre la otra. Don Pedro no cabía en
sí de pasión. Estaba consiguiendo lo que había deseado. La mujer
era suya. La pátina de sudor cubría la piel de ambos mientras
cambiaban sin cesar de posición.
El hombre se estiró en el
suelo dejando que fuese ella quien estuviese encima. Quería
disfrutar de la visión de su victoria antes de llegar al clímax. La
mujer se movió sobre él llevándole al borde del placer máximo.
Cuando éste llegó, el hombre se retorció, fluyó, preso de un placer
como jamás había soñado en alcanzar.
Tanto que no notó las manos
de la mujer que se introducían en su pecho arrancándole el
palpitante corazón.
Al amanecer, cuando Don
Pedro recobró el conocimiento, la mujer había desaparecido. Loco de
sed al faltarle el dulce néctar que había probado, atribuyó la
desaparición a un complot perpetrado por los nobles del pueblo y
los mandó ajusticiar.
Cometió una nueva, y
sangrienta, equivocación.
XI
(En La Actualidad)
El avión descendió
atravesando las algodonosas nubes hasta el río de cemento de la
pista. Cuando hubo parado los motores, las gentes, sudorosas debido
al ardiente sol, se dirigieron a la terminal a recoger sus
equipajes. Nadie se fijó que el delgado hombre, no muy alto y que
lucía una estrecha y anticuada barba, tan solo recogía una bolsa de
mano como todo equipaje.
El autobús que cogió en la
terminal lo dejó en la ciudad, y, sin más espera, cogió otro que lo
llevó hasta las ruinas de lo que un día fuera la ciudad de un
imperio. Se dirigió con cautela al bosque, decidido a permanecer
allí hasta encontrar lo que había venido a buscar.
Pasado un tiempo vio la
esbelta silueta de una guía que acompañaba a un ruidoso grupo de
turistas franceses. Cuando ella procedió a dar las explicaciones
que acompañaban las visitas a las ruinas, su voz cruzó el espacio
que le separaba del hombre, y éste se puso rígido cuando llegó a
sus oídos. Con lágrimas en los ojos, cayó de rodillas sabiendo que,
por fin, había encontrado a su amada, a su demonio.
Cuando las multicolores
formas de los turistas comenzaron a subir al autobús, él se acercó
a la mujer de sus sueños, de sus pesadillas.
-Por fin me has encontrado
-dijo ella a modo de saludo, cuando giró la cabeza alarmada por las
miradas desde el interior del autobús que delataban el acercamiento
del hombre.- ¿No tuviste lo que querías?
-Sí -contestó el hombre
posando la vista en el suelo.
-Ya. Pero has decidido que
el precio que has pagado es demasiado alto, ¿no?
-Sí -volvió él a contestar
sin atreverse a levantar la mirada.
-Y quieres que te devuelva
lo tuyo, ¿verdad? -Continuó ella mirándole fijamente.- Sabes que
hicimos un trato, tú querías algo de mí, y yo a cambio me quede
algo de tí.
-Por favor... -suplicó el
hombre alzando los ojos.
Ella lo observó unos
instantes antes de hablar.
-¿Sabes que si te devuelvo
lo tuyo, deberás pagar un precio?
-Pagaré lo que tú quieras.
-Prometes cualquier cosa con
tal de obtener lo que quieres, y después te arrepientes con
facilidad de ellas -comentó la mujer dejando una sonrisa en su
cara.
-Por favor -volvió a
suplicar él sabiendo que la oportunidad se le escapaba.
-Está bién, -accedió ella
despidiendo al autobús con un gesto de la mano- sígueme.
La mujer tomó un antiguo
sendero de la selva con él detrás suyo. El hombre volvió a admirar
las ondulantes curvas que un día, ya lejano, él acariciara. La
mujer seguía teniendo el mismo aspecto juvenil que conociera,
mientras que él, aunque no hubiese envejecido, acusaba el paso de
los años de desgracias.
Por entre la frondosa
vegetación llegaron a una pequeña cabaña de piedra de la que salían
volutas de humo. La mujer se inclinó ante la pequeña puerta, y pasó
por ella. Él la siguió y penetró a un mundo de oscuridad roto solo por las trepidantes
llamas de unos leños que ardían en medio de la estancia. Paseó la
vista en busca de la mujer y vió, en un rincón, la forma sentada
del viejo. El paso de los siglos tan solo habían sumado nuevas
arrugas en el ya arrugado rostro. La cara del anciano se abrió en
una tímida sonrisa, dejando ver unas encías desdentadas, y las
manos fueron en busca de una vasija, con algo en su interior, que
ofreció al visitante.
-No, abuelo, no le des nada a éste hombre, lo que necesita lo tengo yo -sonó la
voz de la mujer saliendo de la oscuridad.
Llevaba en sus manos una
pequeña pieza de barro cocido, marcado por la antigüedad. Se lo
tendió al hombre y éste, con un gesto, se retiró.
-Está bien, -dijo ella con
una sonrisa comprensiva- lo haré yo. Quítate la camisa.
Depositó el objeto sobre la
rústica mesa y lo destapó. Sumergió una mano dentro y, trás unos
segundos, la sacó llevando en ella el, todavía, palpitante órgano.
Sujetándolo con ambas manos lo tendió hacia el pecho del hombre.
Don Pedro cerró los ojos y una sonrisa de agradecimiento asomó a
sus labios.
La mujer retiró las manos, y
cuando él comenzó a abrir los ojos un rictus de dolor apareció en
sus facciones. Dando un grito cayó al suelo y de forma súbita, y
continuada, comenzaron a aparecer las antiguas, y mortales, heridas
que había acumulado a lo largo de muchas vidas. El cuerpo se fue retorciendo
sobre si mismo hasta quedar convertido en un montón de restos
sanguinolentos que, poco a poco, se fueron consumiendo para llegar
a convertirse en polvo.
La mujer apartó la vista de
lo que había sido un hombre y soltó un suspiro. La venganza de su
pueblo, y la suya propia, había acabado.
Autor: Pedro Linares Balañá; Badalona, Barcelona, España.
Premio Cronos 1995. Relato Ganador.
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