Me has robado el corazón

Relato Completo

Autor: Pedro Linares Balañá.

Origen: Badalona, Barcelona, España.

Premio Cronos 1995.  Relato  Ganador.

 

 

ME HAS ROBADO EL CORAZÓN

I

(29/30 - 6 - 1520)

        Las llamas teñían los objetos de rojo fundiéndose con el color de la sangre que manaba de los muertos que se amontonaban en la orilla de Iztapalapán. Los cuerpos, mutilados por la pesada munición que usaban los españoles, dejaban correr su espesa sangre hasta teñir el agua que los rodeaba. Desde detrás de una roca Don Pedro sacó su arma y, sin apuntar, disparó contra la maraña de seres que pujaban por llegar hasta ellos. Seguro de que un nuevo cuerpo se sumaba a los caídos, Don Pedro se agachó para recargar el fusil mientras las primitivas lanzas y flechas pasaban sobre su cabeza.

        Recorrió con la vista la masacre que tenía lugar a su alrededor, hombres que hasta pocos días antes habían estado viviendo juntos se encontraban de nuevo juntos en la muerte. Quizá sí que no valía la pena. Quizá sí que él había abusado de su poder, y superioridad, haciendo ejecutar a aquellos hombres. Los nobles de Tenochtitlán se la habían quitado. Ella era suya, tan suya como él de ella. Y no se la querían devolver, por eso él, loco de furia, los había matado. Y ahora pagaba cara su locura. Todo el pueblo se había levantado en armas para vengar la muerte de los suyos, y, lo más importante, para defender lo que creían sagrado.

        Miró con desesperación los canales de Txcoco que rodeaban la ciudad, por allí había vuelto vencedor Hernán Cortés de su lucha con Pánfilo de Narvaez. Sus ojos recorrieron la lisa superficie del agua hasta posarse en el camino de piedra que unía la isla-ciudad con la orilla, con lágrimas el día en que Cortés se encontró con Moctezuma II Xocoyotz’n. Un nuevo mundo de aventuras plagado de riquezas se habría a su vida. Pero la conoció a ella, y eso los llevó a todos hasta la locura que ahora lo rodeaba. Con rabia Don Pedro de Alvarado se levantó y apuntó de nuevo su arma, momento en que aprovechó una jabalina lanzada a ciegas para clavársele en el pecho. Lanzando un estertor sanguinolento por la boca cayó en el agua pensando en su amor.

        Las tropas cortesanas abandonaron la ciudad guiadas por su caudillo, mientras dejaban atrás a sus muertos esperando una venganza que no tardaría en llegar. Se recordó la tragedia como La Noche Triste.

       

II

(El Encuentro)

        El calor creaba una niebla a su alrededor que hacía bailar las figuras contra el fondo color blanco. El azul profundo de los cielos no ayudaba a situar las figuras que avanzaban por la árida superficie. Poco a poco, mientras los rostros de los observadores se llenaban de sudor, se pudo apreciar en las ondulantes formas que quienes se dirigían hacia ellos, eran un anciano y una persona muy joven a su lado.

        Quienes esperaban en las pocas sombras al otro lado del desierto, vieron que los viajeros eran un hombre, que parecía tener todos los años de la Tierra en forma de arrugas, y con él, en un rabioso contraste, la tersa piel de una joven. La juventud más fresca junto a la más agobiante muestra del paso del tiempo.

        Los ojos del hombre se llenaron con la silueta de la mujer. La cabeza se le inundó de imágenes lascivas. Los pensamientos giraron como un torbellino de aguas bravas. La respiración se le entrecortó. Todo su ser la reclamaba.

       

III

(28 - 7 - 1637)

        Las volutas de humo se elevaban lánguidas en el tenue aire estival. Los niños, víctimas inocentes de nuestra cultura, corrían despreocupados y alegres, sin saber que a pocos días de ellos se encontraban los verdugos que acabarían con sus tiernas vidas.

        Cuando ese momento llegó, Peter sólo tenía ojos para buscar las formas jóvenes y seductoras de su amada. No veía los cuerpos de los  indios que eran diezmados en el camino para defender a las mujeres, ni a éstas que caían muertas en su carrera para proteger a sus hijos, niños que morían junto con las lágrimas que asomaban a sus ojos, y viejos de mirada triste que esperaban el momento de reunirse con sus amados.

        Pensaba que allí, en las tierras perdidas de Connecticut, junto aquellos desgraciados que morían a su alrededor podría encontrar a la mujer que deseaba. Cuando se enteró de que se iba a realizar  un ataque contra los Pequot le faltó tiempo para alistarse. No pusieron reparos a que fuese extranjero, a fin de cuentas era blanco y la ira de todos ellos, alimentada por los puritanos, estaba dirigida hacia los indios.

        Caminaron por entre hermosos bosques vírgenes, que ansiaban solo para ellos, hasta llegar a la bahía de Narragansett con el único pensamiento de la muerte en sus cabezas. Y, borrachos de sangre, persiguieron a quienes defendían su derecho a la vida hasta el exterminio total de la raza.

        Pero Peter no era consciente de ello, su afán era encontrar a la mujer que tan solo había sido suya una sola vez hacía tanto tiempo.

       

IV

(El Deseo)

        Don Pedro de Alvarado no podía dormir, ni comer, ni tan siquiera pensar. Era un muerto viviente consumido por un único pensamiento. Con una única imagen en su cabeza. Ella tenía que ser suya, costase lo que costase. Discretamente comenzó a hacer averiguaciones, a pesar de la reticencia de los méxicas a facilitarle información. Supo que ella era la única hija de la única hija de aquel anciano, que él era un chamán, un brujo muy poderoso, quizá el más poderoso de todos los que existían, según sus informadores. Y, decían, que ella, su nieta, era aprendiza en las artes mágicas del anciano. Todo eso no le importaba, sus ojos febriles la perseguían con deseo allí donde iba. En su mente comenzó a implantarse, como una serpiente enroscada, la idea. Tenía que poseerla, tenía que ser suya.

V

(2 - 5 - 1808)

        Durante todo el día los ánimos se habían estado calentando, como los lagartos se calientan al sol de verano. Las gentes miraban con furia a las tropas francesas, que recorrían la ciudad pavoneándose ante los desprotegidos. Las gentes sabían que se hallaban solas ante los ocupantes, ni los políticos, como siempre, ni las tropas propias los apoyaban.

        Cuando las fuerzas francesas se dirigieron a las dependencias reales comenzó la revuelta. Las gentiles gentes se lanzaron contra las armas del opresor sabiendo segura su muerte, pero luchando por una causa justa. Los franceses, a las órdenes del general Murat acometieron contra los hombres que, mal armados, intentaban proteger a la familia real.

        Pedro se encontraba entre los que más gritaban contra las tropas, y también entre los que cogieron un arma para atacarlas.

        Pero él no lo hacía por una causa justa, ni tan solo porque odiara a los franceses. Lo hacía movido por su afán de vengarse de quien fuere por la causa que fuere. Necesitaba descargar su odio contra personas físicas, no tan solo contra una botella de vino barato.

        Hizo lo que pudo y a quien pudo, pinchó, cortó y sajó a todo aquel que se le ponía cerca, pero cuando llegó la noche, cuando los disparos franceses comenzaron a menguar, decidió dar por terminada su venganza particular y retirarse discretamente.

        Y ese mismo instante es el que escogió el general francés para comenzar la suya particular. Comenzaron las detenciones y arrestos indiscriminados para acabar delante de un paredón. Pedro no podía creer en su mala suerte, estaba junto a otras personas, quizá ellas inocentes, frente a un pelotón que preparaba sus armas y procedía a descargarlas sobre ellos.

        Cuando el proyectil golpeó su pecho no había ira contra sus ejecutores, pero sí una rabia infinita contra la mujer a la que amaba.

VI

(El Sometimiento)

        Cuando Hernán Cortés decidió salir para hacer frente a Pánfilo de Narvaez, dejó a cargo de la situación a Don Pedro de Alvarado, sin saber que aquella sería la causa del desastre. Él vio la oportunidad que esperaba y decidió pasar a la acción. Presionó a los indios más influyentes en el consejo, amenazó con su muerte, y con la de todos los demás miembros de sus familias, si no conseguía a la mujer. La situación se hizo insostenible. Los indios comenzaron a distanciarse de los españoles. Había tensión entre ellos, y no faltaría mucho para que todo explotase como un polvorín.

        Don Pedro sentía como la sangre corría caliente por sus venas. Se sentía consumir de lujuria hacia la mujer. Amenazó con hacer una matanza si la mujer no era suya. Los nobles replicaron que no tenían poder alguno sobre ella. Era la nieta de un hombre poderoso, no había forma de hacer presión sobre ella. Tenía el apoyo del pueblo, y éste no permitiría que se abusase de ella.

        Optó por la acción directa, y una noche oscura, sin luna mandó arrestar al viejo. A rastras fue llevado a una habitación y, sin que saliera un murmullo de sus labios, dejado caer en un rincón.

        Don Pedro se dispuso a esperar junto a la puerta lleno de impaciencia. No tardó mucho ésta en abrirse, asomando por ella la delicada figura de la mujer. Don Pedro noto como crecía el deseo mientras ella se ponía rígidamente ante él. Sin una palabra la joven llevó las manos hacia la espalda y soltando un nudo calló el vestido que llevaba. Don Pedro comprendió, sin palabras, lo que ella le quería decir.

VII

(12-1861)

        Pedro miraba desde la cubierta del barco hacia las tierras que una vez, hacía ya mucho tiempo, había recorrido. Los galones de sargento que lucía sobre sus hombros quedaban deslucidos sobre su persona. Tenía los ojos turbios, inyectados en sangre, con barba de hacia varios días, y su uniforme estaba tan desastroso que podía pasar por un paria que lo hubiese robado.

        Cuando le tocó el turno de bajar de la nave con sus hombres, se reunió en una apretada formación que comenzó a desfilar por las calles de Veracruz. Habían ido a México a proteger los intereses españoles, pero él no, todo aquello no le importaba nada. Todo su interés se centraba en encontrar a la mujer. Quería acabar como fuese con aquel castigo. Y mataría a quien intentase impedírselo.

        Dos meses más tarde llegaron los refuerzos franceses y británicos. La guerra fue un paseo triunfante que obligó a ceder a los mexicanos. Hechos los tratos, y las firmas de costumbre, las tropas recibieron orden de marchar del país, momento en que los franceses decidieron quedarse para formar su propio imperio.

        Pedro, el sargento español, cambió de uniforme para continuar su objetivo. Junto a los franceses realizó expediciones de castigo ajusticiando gentes inocentes, a las que no le importaba mucho quien tuviese el poder mientras los dejaran sobrevivir tranquilos.

        El cinco de Mayo de 1862 el ejército mexicano pudo hacer frente a los invasores, y durante la batalla de Puebla un hombre cayó herido de muerte. El renegado, el bastardo, el verdugo como era conocido, recibió un disparo por la espalda cuando intentaba huir de la lucha.

VIII

(El Trato)

        La piel de la mujer brillaba con tonos dorados. La luz que desprendían las llamas de los troncos realzaba las formas de la joven.

        Don Pedro recorrió con la vista el cuerpo, las piernas mostraban una piel tersa, el enmarañado pelo púbico escondía el más ansiado de los tesoros, las caderas se cerraban abruptamente sobre la estrecha cintura, los pechos, pequeños, acababan en unos oscuros pezones puntiagudos, el cuello era delgado y vibrante, la deseada boca dejaba entrever unos pequeños dientes blancos, como perfectas perlas, los ojos eran dos pozos de oscuridad que reflejaban una frialdad, y una determinación, que pasó totalmente desapercibida para Don Pedro.

        La carnosa boca se entreabrió para dejar asomar la punta de una rosada lengua que humedeció ligeramente los labios antes de hablar.

        -¿Es esto lo que quieres, lo que deseas? -Preguntó en un español más que aceptable.

        Los ojos del hombre reflejaron sorpresa. Se pasó la manchada manga de la camisa para sacarse las gotas de sudor que le bajaban por la frente.

        -Tú sabes qué es lo que deseo, sino no estarías aquí, delante mío, sin ropa -dijo con una sonrisa felina en la cara.

        Mientras las palabras iban saliendo de su interior notó como la pasión crecía en la parte baja de su vientre hasta hacerse dolorosa.

        -Tú quieres algo de mí. ¿Que tienes para intercambiar? -Continuó ella fríamente, como si de un negocio cualquiera se tratara.

        El hombre repitió el gesto con el brazo antes de continuar.

        -Tengo a tu abuelo. Si accedes a mis peticiones recobrara la libertad, si no...

        -No me interesa, es viejo y no le queda  mucho de vida -contestó ella con naturalidad.

        Don Pedro no podía salir de su asombro. Su mente quedó en blanco, paralizada. Ni tan solo se le ocurrió que podía recurrir a la fuerza para conseguir sus propósitos. Buscaba desesperadamente algo que le pudiese interesar a ella.

        -No... no sé que puede interesarte. ¡Dímelo tú¡ -Estalló él poniéndose de rodillas.- Dime, ¿qué quieres de mí que te pueda interesar, dinero, ropas, poder... qué?

        -Dime, Don Pedro, ¿cuanto me deseas? ¿Qué estarías dispuesto a darme?

        -Cualquier cosa que quieras, todo lo que tengo es tuyo. Pídeme lo que más desees y te lo daré.

        -No, no puedes darme lo que yo quiero. Quisiera que jamás hubieseis llegado aquí. Que jamás nos hubieseis cambiado la forma de vida. Pero, para eso ya es demasiado tarde. Aunque, ahora mismo, os fueseis otros llegarían. Más pronto o más tarde, estamos destinados a desaparecer.

        Don Pedro, alzándose del suelo, cogió la espada y dirigió la punta hacia la muchacha. Los ojos inyectados en sangre decían su determinación.

        -Dime ahora mismo qué quieres, si no...

        -Te quiero a tí. Júrame que me querrás siempre, por toda la eternidad. Que no habrá otra mujer en tu vida. Que solo me desearás a m’. Que tu corazón me pertenece.

        -¡Sí, lo juro! -Contestó dejando caer la espada al suelo y lanzándose hacia ella.

       

               

IX

(18-6-1937)

        Las ovejas pacían tranquilamente a pesar de los sordos estampidos que se oían montaña abajo. Ya hacía días que los animales se habían acostumbrado a los disparos, y a las explosiones de las bombas, y ahora no salían en desbandada cada vez que un estrépito rompía el silencio de la montaña.

        La manta que el hombre llevaba sobre los hombros, a modo de capa, se movía a su alrededor arremolinada por el viento del amanecer. Pedro se hallaba sobre la roca que dominaba el acantilado, y sus ojos se encontraban fijos en la población que se veía allí abajo. Las nubes provocadas por las explosiones se alzaban de Guernica mientras las gentes corrían a refugiarse. Los más espantados, las mujeres, niños y ancianos, intentaban salir de la población para caer muertos por las balas de los emboscados.

        Pedro, El Loco, como era conocido por los parajes, no se inmutó por la visión de la masacre. Ya había visto demasiada muerte en su vida para que el espectáculo que presenciaba en esos momentos no dejara de ser algo monótono, algo vivido en alguna ocasión, en algún tiempo.

        Los estrechos ojos del hombre, enmarcados por una abundante cabellera y una espesa y larga barba, siguieron el paso de los aviones sobre su cabeza. Observó como de ellos caía la mortífera carga que segaría, indiscriminadamente, la vida de los moradores de la ciudad.

        Cualquier otro, alguna persona normal, habría corrido a refugiarse en algún lugar oculto, lejos de la visión de la matanza, a salvo de algún asesino volador que le viese sobre el acantilado. Pero él no tenía miedo a la muerte, la deseaba. Sabía que, aunque cayese víctima de las balas, se volvería a alzar del pozo de oscuridad y olvido para continuar viviendo.

X

(El Intercambio)

 

        Las sombras cambiantes de la pared se movían sin cesar una sobre la otra. Don Pedro no cabía en sí de pasión. Estaba consiguiendo lo que había deseado. La mujer era suya. La pátina de sudor cubría la piel de ambos mientras cambiaban sin cesar de posición.

        El hombre se estiró en el suelo dejando que fuese ella quien estuviese encima. Quería disfrutar de la visión de su victoria antes de llegar al clímax. La mujer se movió sobre él llevándole al borde del placer máximo. Cuando éste llegó, el hombre se retorció, fluyó, preso de un placer como jamás había soñado en alcanzar.

        Tanto que no notó las manos de la mujer que se introducían en su pecho arrancándole el palpitante corazón.

        Al amanecer, cuando Don Pedro recobró el conocimiento, la mujer había desaparecido. Loco de sed al faltarle el dulce néctar que había probado, atribuyó la desaparición a un complot perpetrado por los nobles del pueblo y los mandó ajusticiar.

   Cometió una nueva, y sangrienta, equivocación.

XI

(En La Actualidad)

        El avión descendió atravesando las algodonosas nubes hasta el río de cemento de la pista. Cuando hubo parado los motores, las gentes, sudorosas debido al ardiente sol, se dirigieron a la terminal a recoger sus equipajes. Nadie se fijó que el delgado hombre, no muy alto y que lucía una estrecha y anticuada barba, tan solo recogía una bolsa de mano como todo equipaje.

        El autobús que cogió en la terminal lo dejó en la ciudad, y, sin más espera, cogió otro que lo llevó hasta las ruinas de lo que un día fuera la ciudad de un imperio. Se dirigió con cautela al bosque, decidido a permanecer allí hasta encontrar lo que había venido a buscar.

        Pasado un tiempo vio la esbelta silueta de una guía que acompañaba a un ruidoso grupo de turistas franceses. Cuando ella procedió a dar las explicaciones que acompañaban las visitas a las ruinas, su voz cruzó el espacio que le separaba del hombre, y éste se puso rígido cuando llegó a sus oídos. Con lágrimas en los ojos, cayó de rodillas sabiendo que, por fin, había encontrado a su amada, a su demonio.

        Cuando las multicolores formas de los turistas comenzaron a subir al autobús, él se acercó a la mujer de sus sueños, de sus pesadillas.

        -Por fin me has encontrado -dijo ella a modo de saludo, cuando giró la cabeza alarmada por las miradas desde el interior del autobús que delataban el acercamiento del hombre.- ¿No tuviste lo que querías?

        -Sí -contestó el hombre posando la vista en el suelo.

        -Ya. Pero has decidido que el precio que has pagado es demasiado alto, ¿no?

        -Sí -volvió él a contestar sin atreverse a levantar la mirada.

        -Y quieres que te devuelva lo tuyo, ¿verdad? -Continuó ella mirándole fijamente.- Sabes que hicimos un trato, tú querías algo de mí, y yo a cambio me quede algo de tí.

        -Por favor... -suplicó el hombre alzando los ojos.

        Ella lo observó unos instantes antes de hablar.

        -¿Sabes que si te devuelvo lo tuyo, deberás pagar un precio?

        -Pagaré lo que tú quieras.

        -Prometes cualquier cosa con tal de obtener lo que quieres, y después te arrepientes con facilidad de ellas -comentó la mujer dejando una sonrisa en su cara.

        -Por favor -volvió a suplicar él sabiendo que la oportunidad se le escapaba.

        -Está bién, -accedió ella despidiendo al autobús con un gesto de la mano- sígueme.

        La mujer tomó un antiguo sendero de la selva con él detrás suyo. El hombre volvió a admirar las ondulantes curvas que un día, ya lejano, él acariciara. La mujer seguía teniendo el mismo aspecto juvenil que conociera, mientras que él, aunque no hubiese envejecido, acusaba el paso de los años de desgracias.

        Por entre la frondosa vegetación llegaron a una pequeña cabaña de piedra de la que salían volutas de humo. La mujer se inclinó ante la pequeña puerta, y pasó por ella. Él la siguió y penetró a un mundo de oscuridad  roto solo por las trepidantes llamas de unos leños que ardían en medio de la estancia. Paseó la vista en busca de la mujer y vió, en un rincón, la forma sentada del viejo. El paso de los siglos tan solo habían sumado nuevas arrugas en el ya arrugado rostro. La cara del anciano se abrió en una tímida sonrisa, dejando ver unas encías desdentadas, y las manos fueron en busca de una vasija, con algo en su interior, que ofreció al visitante.

        -No, abuelo, no le des  nada  a éste hombre, lo que necesita lo tengo yo -sonó la voz de la mujer saliendo de la oscuridad.

        Llevaba en sus manos una pequeña pieza de barro cocido, marcado por la antigüedad. Se lo tendió al hombre y éste, con un gesto, se retiró.

        -Está bien, -dijo ella con una sonrisa comprensiva- lo haré yo. Quítate la camisa.

        Depositó el objeto sobre la rústica mesa y lo destapó. Sumergió una mano dentro y, trás unos segundos, la sacó llevando en ella el, todavía, palpitante órgano. Sujetándolo con ambas manos lo tendió hacia el pecho del hombre. Don Pedro cerró los ojos y una sonrisa de agradecimiento asomó a sus labios.

        La mujer retiró las manos, y cuando él comenzó a abrir los ojos un rictus de dolor apareció en sus facciones. Dando un grito cayó al suelo y de forma súbita, y continuada, comenzaron a aparecer las antiguas, y mortales, heridas que había acumulado a lo largo de muchas vidas. El cuerpo se fue retorciendo sobre si mismo hasta quedar convertido en un montón de restos sanguinolentos que, poco a poco, se fueron consumiendo para llegar a convertirse en polvo.

        La mujer apartó la vista de lo que había sido un hombre y soltó un suspiro. La venganza de su pueblo, y la suya propia, había acabado.

Autor: Pedro Linares Balañá; Badalona, Barcelona, España.

Premio Cronos 1995. Relato Ganador.

 

 

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