Oráculo

Relato Completo

Autor: Sergio Parra Castillo.

Orígen: Segur de Calafell, Tarragona, España.

Relato Inédito.

 

ORÁCULO

La mejor forma de prevenir una dependencia a los tranquilizantes es evitar la automedicación, sin embargo por aquel entonces me importaban una mierda esos detalles. Ya lo había probado todo: Activan, Librum, Equanil, Valium; nombres que para mucha gente no significaban nada, pero que ya formaban parte de mi rutina diaria.
Durante mucho tiempo pude sobrevivir a base de esas raciones de química sintetizada, pero a todo se acostumbra uno. Luego, ante la creciente insensibilidad de mi cuerpo a aquellas píldoras, reapareció el insomnio y me prescribieron un antidepresivo. Mi vida se colaba por el sumidero de la tristeza y ni siquiera el Prozac conseguía ya levantar mi ánimo. Me había convertido en un muerto viviente, mis ganas por luchar habían quedado reducidas a cero. A todo se acostumbra uno, sí. Sin embargo, yo era incapaz de acostumbrarme a estar lejos de Mónica. Seis años juntos y todo se había esfumado debido a un malentendido. Malditas palabras, siempre lo estropean todo.
Me metí en la boca una pastilla de fluoxetina y otra de pindolol y, con un sorbo de vino, me las tragué echando hacia atrás la cabeza. El primer fármaco era un antidepresivo común y el segundo un beta-bloqueante utilizado para tratar la hipertensión. Un amigo que estudiaba medicina me lo había recomendado y funcionaba. Las terapias antidepresivas dan resultados a largo plazo y benefician sólo a una minoría de personas. Pero aquel batiburrillo químico regado con alcohol aumentaba notablemente la eficacia del primer fármaco. Sabía que me estaba matando poco a poco, pero me daba igual; sólo deseaba mitigar el dolor.
Levanté la vista de la mesa y mis ojos se cruzaron con los de un parroquiano de edad indefinida, podría tener entre los treinta y los sesenta años. Estaba apoyado en la barra, al otro lado de la taberna. Me sonrió y desvió la mirada, volviendo a beber de su jarra. Su atuendo era excéntrico, una chirriante mezcolanza de elementos del siglo dieciséis y la última tecnología en ropas inteligentes. Por ejemplo, una gorguera brotaba como una flor anacrónica del cuello de la gabardina de tinta electroforética encapsulada, cuyo color cambiaba aleatoriamente. Y aquella era la combinación menos estrafalaria.
No le di más importancia y volví a mi paté untado en tostadas.
Después de revisar la pantalla de pedidos de mi mesa, el paté era lo único que me resultaba familiar entre aquella lista interminable de platos; mi cultura gastronómica siempre ha sido muy elemental. Paule au pot a la bearnesa, Cacou de Paray, Citron confit, Fondue bourguignon o Gratín dauphinois. Todo me sonaba demasiado... francés. Con el paté era diferente, existían multitud de variedades extrañas pero descubrí que mi atrofiado paladar no hacía ninguna discriminación a todas aquellas alternativas saborizantes. Paté de campagne, de higadillos de pollo, de perdiz, de pollo al orégano o hasta de liebre con trufas. Aunque tarde o temprano me debería arriesgar, tras dos días entre bloques de hígado y vino tinto comenzaba a estar un poco hastiado. Hígado, vino, hígado, vino. Curiosa simetría, a veces me sorprende el orden implícito que mantiene la Naturaleza.
Nunca había abandonado España, la verdad; prefería visitar las ciudades por la Red. Pero mi terapeuta me había recomendado emprender un viaje largo, a ser posible al extranjero, para concederle a la monotonía de mi vida algún tipo de inflexión; y sobretodo purgar el sufrimiento. Así que alquilé mi electromóvil y empecé a conducir hacia el norte, sin rumbo fijo. Me dirigía a la aventura.
Después de recorrer media Francia, terminé recalando en un rincón suspendido en el tiempo. Debido a mi faiblesse francophone y a mi devoción por las ciudades antiguas, me enamoré de Tours, capital de Toraine. La llamada Ciudad del arte poseía un casco histórico excepcional, con casas de los siglos quince y dieciséis y una esbelta catedral.
-Perdone.
Un hombre se había acercado hasta mi mesa, era el tipo que había estado observándome toda la tarde. Ahora podía comprobar que de cerca su rostro estaba surcado por arrugas, los tratamientos rejuvenecedores no eran efectivos en las distancias cortas.
-Perdóneme –volvió a chapurrear en español-, ¿me puedo sentar con usted?
Miré a mi alrededor, incrédulo, buscando alguna cámara oculta. Los demás parroquianos se parapetaban tras sus bebidas, sin prestar atención a ese hombre. Era como si fuese invisible.
-Eh... sí –titubeé. Sólo había visto situaciones así en los holofilmes: un desconocido le pide al protagonista sentarse en su mesa y el protagonista acepta sin vacilar. Pero aquello no era un holo.
-Llevo un rato mirándole, supongo que se habrá dado cuenta.
Sonreí, aquella situación era grotesca. Y ahora ¿qué? ¿Le confesaría que conocía su angustia y que él poseía el remedio?
-Verá, me parece que se encuentra en la misma situación que yo. Sólo una mujer puede hundir tanto a un hombre.
Fruncí el ceño, asombrosamente mi predicción se estaba cumpliendo. Lancé una mirada suspicaz a aquel hombre. Empezaba a inquietarme la forma en que movía sus manos, su voz grave y profunda y aquel cabello blanco engominado, formando dos montículos idénticos a cada lado de la recta y centrada raya.
-Es normal –prosiguió-, he visto a muchos casos como usted por aquí. Los lugareños ya están acostumbrados a las visitas de gente buscando paz y tranquilidad. El Valle de Loira es el sitio idóneo para olvidarse de los problemas.
Lo único que podía hacer era asentir, demasiado desconcertado para reaccionar.
-Este pueblo es muy aburrido, así que siempre aprovecho la ocasión para departir con los turistas. ¿Le puedo invitar a algo?
Dejé mi tostada en el plato, ilusionado ante la perspectiva de algo diferente.
-De acuerdo –contesté por inercia.
El hospitalario parroquiano se presentó como Père. Tenía el savoir faire propio de la alcurnia y unos modales decimonónicos. Por lo menos podía confiar en que no era un ladrón de poca monta que intentaba robarme la cartera. Accedió a la pantalla de pedidos y seleccionó con rapidez un par de platos y una botella de vino.
-Bueno, ya está. Lo traerán en siete minutos, espero que sea de su agrado.
-Seguro que sí, empiezo a cansarme del paté. Muchas gracias.
-No hay de qué. Vivo en las afueras y odio quedarme en casa, por ello vengo aquí cada tarde. ¿Qué le trae a usted por este lugar?
A pesar de la indiscreción no me molestó la pregunta, enseguida me había contaminado de la afabilidad de Père. Incluso llegué a comprender que aquella curiosidad sólo era un arma para combatir el tedio. Sabía por experiencia que la vida en un pueblo es demasiado aburrida: las mismas calles, las mismas caras... los mismos días. Así que decidí abrirme con él y ser sincero, era un desconocido y tampoco me comprometería a nada.
-Como ya ha adivinado, salí de España para buscar un sitio apartado y olvidarme de un incedente con una mujer.
-Siempre acierto. ¿Una infidelidad?
Abrí los ojos desmesuradamente.
-¿Es usted un adivino?
-No, sólo tengo buen ojo para esta clase de cosas. Son muchos años examinando a la gente.
-Pues sí, es por lo que ha dicho usted. Aunque es más complicado.
-Siempre lo es. Llevo casado cerca de treinta años y si una cosa he descubierto de las mujeres es que son unas arpías, además de unas perras en celo.
Me sobresaltaron esas palabras tan crudas, sonaban postizas en aquel caballero de educación exquisita. Debía de haber sufrido mucho con su esposa y la empatía que experimenté me impidió replicarle.
-Pero no deseo poner palabras en su boca –continuó-, ni juzgar a su mujer. Es sólo una apreciación general.
Era perspicaz, había captado mi disconformidad a pesar de no haberla exteriorizado de ninguna manera. Aquel hombre me escucharía y quizás me pudiese ayudar en algún aspecto, así que decidí desgranar los entresijos de mi angustia, a modo de catarsis.
-Como le he dicho, mi caso es complicado. Por un lado odio a mi mujer y por el otro la echo de menos.
Père arqueó una ceja.
-¿Cómo es eso posible?
-Verá, hace unos meses acusé a mi mujer de serme infiel. Tenía mis dudas, pero ya habían demasiados indicios que apuntaban a ello. Ya sabe, llegaba tarde a casa, estaba ausente, recibía llamadas telefónicas misteriosas, etcétera. Así que una noche quise dejar las cosas claras. Ella se ofendió mucho, pero sobretodo le molestó mi falta de confianza. En fin, tuvimos una fuerte discusión que se alargó hasta la madrugada. Al día siguiente recogió sus cosas y se marchó a casa de su madre. Traté de llamarla, de reconciliarme con ella, pero siempre me contestaba lo mismo: <<No había nadie más, pero ahora sí lo hay>> Luego me enteré de que salía con un compañero de la oficina. Y ahí está mi dilema. Me cuesta creer que se haya olvidado tan rápido de mí, que me haya suplantado sin ningún remordimiento porque desconfié de ella. Creo que ese hombre ya existía antes, y que era el sujeto de mis sospechas. Y ese es el motivo de que la odie. Por el contrario, puede que me dijera la verdad, que al separarnos no existiera nadie y que su relación con ese hombre hubiera surgido después. Entonces me culpo por haber desconfiado de ella, de la mujer más maravillosa que ha existido. Y ese es el motivo de que la eche de menos. Así que me debato continuamente entre esos dos sentimientos encontrados.
Ya nos habían traído la comida, consistía en dos platos de lo que semejaba pasta con queso fundido. Tenía buen sabor.
-Ya veo, es realmente complicado –dijo Père. –De todos modos, es imperdonable que ella haya sido tan dura con usted. No se ofenda, pero creo que aprovechó su acusación para librarse de usted con un hábil juego emocional. Así le abandona, se va con otro y usted no la culpa por ello.
-No lo sé –admití con sinceridad-. La noche que discutimos, yo había bebido, lo reconozco. Tal vez me sobrepasé con ella, la verdad es que no soy capaz de recordarlo con claridad. Cuando bebo no soy dueño de mis actos.
Père sonrió y un extraño brillo refulgió en sus ojos.
-¿Qué le hace tanta gracia? –le pregunté, molesto.
-Me cae bien, tenemos mucho en común. De joven, yo era un pobre diablo con cuatro francos en el bolsillo. Conocí a mi mujer y ella me sacó de la calle. Tenía mucho dinero y desde que la encontré, mi vida cambió. Ahora vivo como un rey, en una lujosa casa en las afueras y sin preocuparme de buscar un empleo. Tengo todo el día libre. En eso le estoy muy agradecido a Margot, que así se llama. La adoro por haber sido tan amable conmigo, por haberme enseñado a leer y escribir y a saber estar entre trajeados. Sin embargo, también la odio cuando me trata como un objeto más de su mobiliario. Sabe que dependo de ella, que si no la mantengo contenta simplemente se deshará de mí; es muy fría en ese aspecto. Primero me educó, y ahora quiere domesticarme, ¿me comprende? Me muestra a la sociedad pero me oculta a sus amistades íntimas. No le puedo llevar nunca la contraria. Y si tengo que huir de casa por las tardes es por ella, después de comer siempre se sobrepasa con la bebida y entonces se vuelve indomable. Con los ojos turbios me suele preguntar por qué no me voy. Me insulta, me increpa que estoy con ella sólo por el dinero. Y acaba por azotarme con el atizador y a gritarme que me vaya de casa. Por la noche vuelvo a cenar con ella y lo ha olvidado todo. A veces me pregunto si estoy con ella por el dinero, sí. Quizás la soporto porque no quiero volver a la calle.
A pesar de que nuestras historias eran diferentes, le comprendí. Vaya si le comprendí. Tras dos horas conversando, terminamos llorando con dos botellas de vino vacías.
-Venga a cenar.
-¿Qué?
-Venga a cenar a mi casa. Quiero que me acompañe esta noche. Ella siempre puede traer a sus amigos inaguantables. Ya va siendo hora de que yo haga lo mismo. Si no está de acuerdo, que me eche de casa. Así le demostraré mi amor, con mi... rebelión.
¿Rebelión? ¿Invitar a un desconocido a cenar era una rebelión? Pues, aunque resultase inverosímil, me pareció loable. Decidí ayudarle. Sin duda, el alcohol nublaba nuestros pensamientos.
Père se desplazaba en un majestuoso coche de caballos que yo seguía con mi electromóvil. Cruzamos Tours hasta llegar a un camino de tierra que serpenteaba hacia una cordillera. El paisaje era precioso.
Viajamos durante media hora. Existía una amenaza de lluvia en el aire, así que me tranquilizó que el coche de caballos tomara una bifurcación que conducía hasta una enorme mansión. Por fin habíamos llegado.
Père no había exagerado ni un ápice en su descripción. Un edificio rectangular de color blanco, acribillado por treinta ventanas y circundado por un centenar de hectáreas de terreno. Sin embargo, aquella muestra de opulencia era invisible desde la carretera.
Aparcamos en un erial en la parte trasera. Al bajar del electromóvil, me azotó una ráfaga de aire frío y agitó el follaje a lo lejos. Bucólico, estalló en mi cabeza.
-Parece que va a llover –anunció Père, bajando del coche de caballos.
-Sí –musité, sin apartar la vista de la mansión. Siempre me han deslumbrado los signos de la riqueza desmedida.
El cochero nos deseó buenas tardes y desapareció tras la puerta de servicio. Nosotros rodeamos el edificio y entramos por la puerta principal. Me sorprendió que no nos recibiera ningún mayordomo, pero supongo que la opulencia te exime de según que detalles, incluso la carencia de los mismos te eleva a una categoría superior.
El interior de la mansión aún era más lujoso que el exterior. Suelo de mármol, paredes forradas de terciopelo, retratos y bodegones que superaban en valor mi sueldo mensual, muebles de roble. Me era difícil imaginar que alguien no conociese la felicidad en un lugar así, pero Père era profundamente desgraciado.
Una vez nos hubimos encerrado en la biblioteca, me sirvió un poco de brandy y siguió contándome los excesos de su esposa.
-Por fortuna, aún no ha llegado de su partida de bridge –me dijo-, si no ya estaría dándome voces.
Me relató infinidad de barbaridades cometidas por aquel monstruo. Muchas noches se emborrachaba y ordenaba al servicio a vaciar la casa de todas las pertenencias de Père, luego le obligaba a salir al exterior y ella, desde una ventana, vociferaba que ya se podía marchar pero que no se le ocurriera tocar nada de lo que consideraba suyo, que él no tenía nada y que todo aquello era suyo, tanto era así que estaba dispuesta a prenderle fuego delante de sus ojos.
Yo comenzaba a dudar si había sido una buena idea acompañarle, ¿qué otra horrible escena representaría Margot cuando me viera allí? Se lo confesé a Père, y también le dije que se fuera conmigo y la denunciara, que era peligroso vivir con una mujer así.
La actitud de Père cambió repentinamente.
-No, no, yo la amo. No está loca, sólo tiene una malsana inclinación a la bebida. Pero yo la quiero y la ayudaré a salir de su problema. Además, si hay invitados es muy amable, no se preocupe por nada. –Me escrutó por un instante y añadió: -fíjese si la adoro que no me importa que cohabite con otros hombres.
-¿Qué?
-Lo que oye. Usted tiene la sospecha de que su mujer le había sido infiel, pues bien, yo tengo la certeza de que la mía lo es, y con varios hombres. No sólo eso, además me lo restriega por la cara en numerosas ocasiones. – Y de súbito estalló en lágrimas, hundiendo la cara entre las manos.
Yo no supe cómo reaccionar, era patético contemplar a un hombre adulto gimoteando como un niño, sojuzgado a una bruja adúltera.
-Es... se porta muy bien conmigo –sollozaba. –Usted me entiende, ¿verdad? Su mujer también le ha hecho daño y puede comprenderme. Saben que las necesitamos y se aprovechan de ello. Aunque su mujer, a pesar de haberle sustituido por otro, de haberle herido, fue sutil y taimada. La mía es indolente en sus fechorías, se vanagloria de ellas; presume. Todo el servicio sabe ya cómo me trata y qué es lo que hace conmigo. Y los rumores no han tardado en extenderse por Tours y los alrededores. Pero sigo siendo un cobarde y no me atrevo a dejarla. ¿Cree que es por el dinero?
-No... no lo sé. Usted me ha dicho que aún la quiere.
-Sí, pero creo que en realidad permanezco a su lado para no sentirme abandonado, para no perderlo todo.
Asentí.
-Le entiendo muy bien –le dije-. Yo lo he perdido todo y no le aconsejo mi situación. No puedo dormir, no puedo vivir. Y todo por ella. –Suspiré, apretando la mandíbula. -¿Por qué me dejó? Me hago la pregunta cien veces al día. Desconfié de ella, de acuerdo. Pero ¿sólo es por esa razón? No, tenía que haber algo más; ese hombre con el que se ha ido debía existir antes, por lo menos como perspectiva de posible relación en el caso de que lo nuestro fallara. Es más... cuando decidió soltarme que quería dejarlo, es probable que por su cabeza cruzara la idea de que no se quedaría sola, de que su maravilloso y atento compañero de la oficina, su amigo y confidente -y hasta es posible que su amante- le estaría esperando con los brazos abiertos para consolarla. O para follársela. –Me di cuenta de que mis manos temblaban de ira. Bebí un sorbo de brandy.
-¿Se encuentra bien? –me preguntó Père.
-Sí, es sólo un bache. –Hablé en una especie de jadeo producido por la adrenalina.
-Debería morir.
Fruncí el ceño, no sabía a quien se refería. ¿A mi mujer o a la suya? Pero no se lo pregunté, en aquellos instantes los dos objetivos me parecían lícitos. Tranquilo, no digas tonterías. Traté de calmarme, pero ver frente a mí a aquel hombre destrozado, abandonado, me ponía enfermo; porque no podía dejar de verme a mí mismo. Somos secreciones hormonales buscando a hembras para procrear, sólo eso, y las mujeres se aprovechan de esa predisposición natural.
-Pero ¿sabe? –continuó-, ya no me preocupa. –Se restañó las lágrimas y carraspeó para aclararse la garganta. –Hace tiempo que dejó de preocuparme, esto sólo ha sido un... bache, como dice usted.
-¿Y cómo lo ha hecho?
-Descubriendo la inevitabilidad de las cosas. Ahora me siento liberado de cualquier sentimiento de culpa o responsabilidad derivada de mis actos.
-¿Qué quiere decir?
-Podríamos intentar indagar la razón de nuestra triste vida. En mi caso podría ser mi esposa, su comportamiento conmigo, y en el suyo el malentendido con su mujer. Pero esas no son las verdaderas razones.
-No le entiendo.
-Verá, ¿por qué se entristece una persona? Por algo que le ha afectado, ¿no? Pero ¿cuál es la causa última? En el fondo, la tristeza o el malestar no son más que consecuencias de la química de nuestro cuerpo.
-Sí, eso es cierto. En una ocasión leí en un libro que no somos más que títeres manejados por nuestros genes.
-Efectivamente. Incluso usted trata su depresión con productos químicos. Pero la química y los genes tampoco son el fondo de la cuestión, sólo rascan en la superficie. Las leyes de la física son las que lo rigen todo. El motivo de su tristeza está en las leyes físicas.
-Ahora sí que me he perdido, ¿qué tienen que ver las ecuaciones con mi vida?
Père lanzó una carcajada.
-¡Todo! A nivel físico usted no se diferencia de lo que le rodea. Usted no difiere, por ejemplo, de una mesa. Los dos están formados por materia, y esa materia, a su vez, está constituida por átomos. Y los átomos se mueven siguiendo las pautas de unas leyes que poco a poco estamos descifrando. La vida, amigo mío, no existe si nos basamos en este razonamiento. Según la física del espacio-tiempo, la causalidad y el libre albedrío no son más que ilusiones. La gente necesita creer que toma decisiones, que si su vida va mal o bien es porque ella lo ha elegido así. Esto es obviamente falso. Yo no debería quejarme de mi situación porque yo no la he elegido, lo que está sucediendo ahora y lo que sucedió en el pasado ya estaba escrito, programado en el cosmos. La realidad es invariable, y el futuro no existe; todo no es más que una sucesión de instantáneas tomadas cuando se inició el espacio-tiempo.
No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Quién era aquel perturbado? Pensé seriamente en que su esposa le había hecho enloquecer.
-Me parece que estoy demasiado cansado para profundizar tanto en lo que me ocurre.
-¿No lo entiende? Si conocemos en un momento dado las posiciones y velocidades de todas las masas de un sistema aislado, como todo está determinado y escrito de antemano, podemos calcular dónde se encontrarán dichas masas en cualquier momento posterior, o como se encontraban en cualquier momento anterior. Aplicado a su caso o al mío: cómo se encontraran nuestros cerebros -nuestros cuerpos- en el futuro. Así, si es posible predecir eso, significa que no se puede cambiar; no vale la pena luchar por cambiarlo ni preocuparnos por ello. Lo que tenga que suceder, sucederá.
-Ah, ya –le concedí, a pesar de que había dejado de escucharle, en parte porque me parecían sandeces propias de un hombre afligido emocionalmente; y en parte porque empezaba a dolerme la cabeza. Comenzaba a inquietarme, así que tomé la determinación de marcharme lo antes posible, no me apetecía pasar la velada con un excéntrico trastornado y una bruja maquiavélica. –Esa posición me suena de una escuela filosófica que estudié cuando cursaba secundaria, ataraxia creo que se llama. En fin, es muy interesante, pero me temo que tengo que irme...
Père se levantó del sillón como impulsado por un resorte.
-Cree que son bobadas –gruñó. –De acuerdo, usted lo ha querido. Pienso revelarle algo que le acabará de convencer, pero entonces caerá conmigo en esta sensación de irrealidad, de amarga realidad.
Le había irritado, el tacto no era una de mis cualidades.
-No, perd...
-Escúcheme un minuto más, si quiere irse después, váyase.
Volví a acomodarme en mi sillón.
-De acuerdo.
-Bien. Respecto a la visión reduccionista y determinista de la física que le he planteado, algunos aducen que desde el descubrimiento de la mecánica cuántica podemos afirmar que existe el libre albedrío. Pero siempre he creído que se equivocaban en su afán por encontrar un hálito de esperanza en la condición humana. La mecánica cuántica nos dice que no podemos, por ejemplo, determinar la posición y la velocidad de una partícula. Pero ello no significa que las partículas no estén determinadas, sino que es imposible demostrar que lo están con los instrumentos de que disponemos actualmente.
>>Ahora, esa incertidumbre se ha disipado. Durante años hablé con físicos e ingenieros de computación de todo el mundo. Mi intención era demostrar, o mejor dicho demostrarme, que estaba en lo cierto, que el universo es un bloque monolítico. La única solución era utilizar un ordenador para calcular las partículas y fuerzas que nos rodean, pero ni toda la potencia informática del mundo era suficiente para tal empresa. Para predecir lo que hará una partícula el ordenador necesita conocer incluso el estado inicial del cosmos, el Big Bang, para poseer una descripción completa de la realidad física. Y aún así, jamás se puede conocer perfectamente el estado de una partícula, debido al principio de incertidumbre; no digamos ya de todas. Descubrí entonces un proyecto para la construcción de un ordenador cuántico. Invertí en esta tecnología grandes cantidades de dinero, haciendo malabares con mi esposa para que me diera su beneplácito.
-¿Un ordenador cuántico?
-Sí, era una tecnología sólo teórica, pero que yo convertí en real. El cálculo cuántico consiste en distribuir los componentes de una tarea compleja entre gran número de universos paralelos y compartir luego los resultados.
El mohín que apareció en mi rostro debió de ser muy revelador, porque Père se lanzó hacia una consola junto a la mesa.
-Una imagen vale más que mil palabras.
Una sección de la biblioteca se deslizó hacia un lado, descubriendo un pasadizo oculto. Unos fluorescentes en el techo se encendieron, iluminando de blanco el pasillo y dotándolo de una cualidad casi fantasmal.
-¿Qué coño es eso? –dije señalando lo que parecía un amasijo de cables y circuitos al final del pasadizo.
-Le presento a Oráculo, uno de los primeros prototipos de ordenador cuántico.
-¿Está de broma?
-No, no lo estoy. Este tema en muy serio. El ordenador ha generado una simulación de nuestro universo, aceleré el reloj en un factor de un millón y logré llegar hasta el tiempo actual... y me vi a mí mismo. ¿Lo entiende?
-No –titubeé, me empezaba a poner nervioso aquel discurso agorero.
-¡Todo está determinado! Los hechos no ocurren, ya están ahí, son inamovibles; nuestras preocupaciones carecen de sentido. Incluso esta misma conversación ya estaba escrita.
>>El ordenador que ve sólo es un prototipo, así que aún no funciona con todas sus posibilidades. En teoría, cuando se termine el prototipo que se está construyendo en El proyecto Oráculo, será factible predecir cualquier hecho futuro... o recrear cualquier hecho del pasado. Yo no he conseguido más que adelantarme unos minutos en el futuro, es bastante variable, diez o quince minutos, a veces veinte.
Empecé a asimilar la información que Père me había arrojado.
-¿Me está diciendo que si me asomo a ese trasto podré ver lo que ocurrirá en el mundo dentro de unos minutos? –pregunté, sorprendido por las palabras que salían de mi boca.
-El entorno que está siendo reproducido en Oráculo corresponde a esta casa... unos minutos en el futuro, sí. Le veo escéptico, así que le invito a que lo compruebe. Si allí ve que más tarde se caerá al suelo, sin duda ocurrirá, ya lo he comprobado infinidad de veces. No hay nada que puedas hacer para evitarlo, aunque conozcas la información hay algo que te impulsa a cometer o a sufrir lo que sabes. Adelante, mire por el visor.
Todo aquello semejaba un juego infantil, el entretenimiento de un excéntrico millonario con demasiado tiempo libre. Pero tampoco perdía nada por probarlo. Además, tenía curiosidad por oír la excusa que aduciría Père cuando le demostrase que las predicciones de aquella máquina no se cumplían. Mostrara lo que mostrase el ordenador, estaba dispuesto a hacer lo contrario.
Avancé por el pasadizo secreto ante la vigilante mirada de Père. Oráculo no era el arquetípico superordenador que aparecía en los holofilmes, se encontraba abierto como las valvas de una almeja, exhibiendo sus entrañas. No parecía más que un amasijo de chatarra. Disponía de un visor en forma de binoculares, acerqué mis ojos a él y pude contemplar una pantalla dividida en ocho partes. Cada celda reproducía fielmente diferentes zonas de la mansión: las cocinas, el baño, el comedor, el vestíbulo... y la biblioteca. Allí se encontraba Père, era verdad. Pero... estaba encogido en el sillón, mordiéndose las uñas y con los hombros sacudidos por incontrolables espasmos. ¿Qué era aquello? ¿El futuro? Entonces sentí como se me secaba la garganta. Allí estaba yo, en la habitación contigua... ¡Dios mío! Estaba de espaldas al punto de vista que mostraba el ordenador, pero vi claramente como sostenía un cuchillo de cocina y... la puerta se abría, entraba una mujer gruesa de vestido negro y... ¡yo me abalanzaba sobre ella! Aparté la vista de la pantalla, reteniendo un conato de vómito.
No podía ser.
Yo no era así.
Había apuñalado a aquella mujer infinidad de veces, demostrando una saña inaudita. La hemoglobina había marcado de púrpura todos los muebles, el suelo y las paredes como la metralla de una explosión sanguinolenta. Salvaje, atroz. Inhumano.
Aquello era una broma. Sí, aquello era una broma macabra. Yo no podía ser aquel hombre... ¡pero era yo!
Salí del pasadizo secreto, tambaleándome.
-¿Qué ocurre? –preguntó Père en tono afectado. -¿Qué ha visto?
-Margot... –susurré. –Su mujer... la he mata... la mataré. –sacudí la cabeza, preso de una sensación de irrealidad. -¿Qué clase de juego es éste? Yo no era el hombre que aparecía en esa má...
-¡Salga de aquí! –El rostro de Père se había demudado. –Eso ocurrirá en pocos minutos, salga de la casa, aléjese todo lo que pueda.
-Mire, maldito viejo –comencé a gritar.
-Escuche. –Su voz no había sonado fuerte, pero la expresión de terror que la acompañaba fue suficiente para que yo enmudeciese. –Cuando estaba mirando por Oráculo... se me pasó por la cabeza la loca idea de proponerle matar a mi querida Margot por una suntuosa suma de dinero. Sólo fue un pensamiento fugaz, se lo juro.
Aquellas palabras cayeron sobre mí como un alud de nieve de alta montaña, había sido enterrado por ella y congelado en el tiempo para reflexionar a lo largo de los evos con la lucidez propia de un anacoreta. En aquel largo intervalo de tiempo advertí que la idea de asesinar a Margot se había engendrado con ímpetu en algún momento de la charla con Père. Más aún: a pesar de que el impulso inicial al escuchar aquella futura proposición fue de repulsa, debía admitir que en algún momento hubiera aceptado el dinero para... ¿pero qué estoy diciendo?, pensé. ¿Cómo iba a hacer algo así? Yo no era un asesino, yo... quería ver muerta a Mónica. Mónica, Margot. Redireccionar mi odio, me dije; ésa era la clave. Todo el odio y el rencor acumulados habían estallado sobre la esposa de Père. Así que era aquello. No osaba admitir mi desprecio hacia mi mujer, así que lo contuve en mi interior. No obstante, la semilla continuó germinando y se había convertido en una enorme rosa roja, espinada; se había ramificado sin descanso como en una muda metástasis y ahora brotaba desaforada y rugiendo, ahora que me identificaba con Père y su dolor, ahora que atisbaba en Mónica el frío y cruel comportamiento de Margot. Mónica, Margot. En realidad, había asesinado a Mónica, Margot sólo era la excusa para no ver su cuerpo ensangrentado en mis pesadillas y así eludir el sentimiento de culpa.
Me descongelé del hielo y descubrí a Père con los ojos inyectados en sangre, gruñéndome algo:
-...de aquí, váyase de aquí, por favor. No quiero que la mate, ¿lo entiende? Yo la amo. Olvídese de todo lo que le dije. Váyase de aquí.
-No –dije temblando-, no pienso hacerlo. No pienso cometer ese crimen. Jamás.
-Lo hará, así está escrito. Oh, márchase de la casa, ella llegará y entonces la matará.
-No, no –negaba con la cabeza para reafirmar lo que escapaba de mi boca, pero en el fondo sabía que en mi interior anidaba un animal sediento de sangre. No podía arriesgarme a que toda aquella locura fuera cierta, así que decidí huir. –De acuerdo, no me volverá a ver. –Y abandoné la habitación sin despedirme; al llegar al pasillo ya estaba corriendo. Sudaba, mi corazón palpitaba desbocado, se me nublaba la visión. Todavía ahora me pregunto la razón de aquel radical cambio de parecer respecto a Oráculo. Había pasado de la más profunda incredulidad a ser casi un creyente converso. Supongo que el impacto de descubrir mis verdaderos sentimientos hacia Mónica obnubilaron mi pensamiento.
Corrí con todas mis energías cuando abandoné la mansión. Llovía copiosamente y yo chapoteaba en el anegadizo terreno, ensuciándome de barro hasta las rodillas. Llegué a mi electromóvil llorando y con un vacío en el estómago, no lograba desembarazarme de las imágenes del asesinato, que se repetían incesantemente en mi cabeza. Ojalá todo hubiese tan fácil como ordenar a mi cerebro que dejase de recrearse en aquella dolorosa escena.
Cuando logré salir de los dominios de aquel matrimonio de pesadilla, un retumbante trueno me advirtió que no debía volver jamás. Huía como un criminal, aunque el crimen no se hubiese cometido aún.
Conduje durante horas, con mis cinco sentidos concentrados en la carretera. No volví a pensar en lo sucedido, simplemente me alejaba de Tours a toda velocidad. Aunque ya era tarde y el sueño comenzaba a aguijonearme, había recogido mis cosas del motel donde estaba registrado con la intención de llegar a España sin detenerme. Me había colado de rondón en un episodio de la Dimensión desconocida y la única manera de olvidarme de lo sucedido era cambiar de canal.
El odómetro marcaba más de cuatrocientos kilómetros cuando abrí la guantera para coger una botella de agua. Fue como ver una gorgona de cabellos ensortijados, me quedé paralizado sin lograr expulsar el grito agazapado en mi garganta, tan sólo exhalé el aliento abruptamente, vaciando mis pulmones de aire. El cuchillo de cocina de la simulación. El maldito cuchillo de cocina descansaba cubierto de sangre en la guantera de mi electromóvil.
Salí por la primera área de servicio que divisé. Había limpiado la guantera de sangre con un trapo y luego había envuelto el cuchillo en él. Me comportaba, para mi asombro, con precisión. Ni en mis fantasías más sórdidas había imaginado que actuaría con aquella frialdad. El truco consistía en no pensar, sólo actuar. No pensar, sólo actuar. Me encerré en el servicio. No pensar, sólo actuar. Arrojé el trapo al urinario y luego tiré de la cadena. No pensar, sólo actuar. Me eché unas almuerzas de agua en la cara. Me miré en el espejo, horrorizado ante las mefistofélicas facciones que se habían formado en aquel rostro joven y alegre. Aquél había sido el error: no pensar, sólo actuar. Había dado rienda suelta a mis instintos, había liberado a la bestia, y ahora sufría las consecuencias de ella. He asesinado sin darme cuenta si quiera, reflexioné. Alcé el bote de antidepresivos. Maldita sea. Estoy acabado. Me he destruido poco a poco. Mónica...


Localicé a un tipo adecuado. Era extranjero y parecía un poco despistado. Sin duda le afligía algún problema personal, ya que se encontraba solo y sobre la mesa descansaba un frasco de psicofármacos.
Me acerqué a él para granjearme su confianza.
-Perdone –le dije chapurreando en español-, ¿me puedo sentar con usted?
Al poco tiempo de charlar con él mis sospechas fueron confirmadas. Otro caso de infidelidad. Activé la nanocámara instalada en mis anteojos y recorrí con la mirada todo su cuerpo, deteniéndome en las particularidades de su atuendo.
-Es suficiente –me comunicó Claude, mi mayordomo, a través del nanófono.
Jugué un poco con aquel español, calibrando sus límites. Era perfecto. No odiaba a su esposa, pero un profundo dolor anidaba en él.
Cuando bebo no soy dueño de mis actos. Cuando pronunció aquellas palabras no fui capaz de reprimir una sonrisa de satisfacción. Hacía mucho tiempo que no encontraba a un sujeto que reuniese tantas cualidades.
Le relaté un pasado ficticio con algunos puntos coincidentes con su historia para que se esfumaran las últimas desconfianzas.
Dos botellas de vino era suficiente. Era el momento de conducirlo a mi casa, Claude ya debía de estar preparado.
El español se quedó boquiabierto con la mansión en las afueras; lo que ignoraba era que él mismo me la iba a ofrecer en bandeja.
Me hice la víctima y conseguí levantar los resortes adecuados de su cerebro, hasta que estalló. Realmente contenía una avalancha de emociones.
-Debería morir –afirmé en tono neutro, confiando en que la frase encarrilara sus pensamientos por el lugar que yo quería.
Entonces le expliqué los detalles de Oráculo. Me atropellé un poco en ciertos pasajes, sin embargo era patente que sus conocimientos en mecánica cuántica era nulos.
Todo estaba preparado. Todo dependía de lo que sucediera en los próximos segundos. El español se acercó a Oráculo. Si Claude no había encontrado un atuendo similar al del español, todo se desmoronaría.
Y resultó. Claude lo había conseguido. La zorra de Margot ya había muerto, todo lo que restaba era terminar de darle forma a la simulación de Oráculo, ya que lo único que había mostrado era lo sucedido en la habitación contigua: un mayordomo fiel apuñalando a una mujer asquerosamente rica.
Nunca me he dado ínfulas de actor, pero para ser sinceros la interpretación fue un éxito; la repetición suplía a la técnica.
El español huyó, sin embargo Claude se había cuidado de depositar el arma del crimen en su electromóvil. Dos botellas de vino, una copa de brandy y los psicofármacos –además de los evidentes problemas emocionales- acabarían por conformar mi realidad en la cabeza de aquel pobre hombre.
Durante un instante vacilé, el español podría haberse negado a escapar ya que –como yo le había dicho- todo estaba escrito y de nada servía eludir el destino. Sin embargo, todos creemos que controlamos nuestra vida, aunque un trasto inservible como Oráculo confirme lo contrario. Hasta Edipo lo creyó así cuando viajó a Delfos y le revelaron su destino: matar a su padre y casarse a su madre.
Era la hora de llamar a las autoridades y denunciar el asesinato, los testigos de los alrededores confirmarían mi descripción. Atraparían al asesino de mi esposa, un español hostigado por los nervios, con una fuerte dependencia a los psicofármacos y residuos de contaminación etílica. Y además tenía en su poder el cuchillo de cocina que se había internado en el cuerpo de la víctima.
La herencia pronto sería mía.


NEWS PAD:
-11-10-2019> Se ha hallado el cuerpo sin vida del presunto asesino de Margot Chandler en los servicios públicos de una gasolinera del norte de España. [Pulse GADD para detalles]

Suspiré aliviado la mañana que leí aquel articulo en mi pad, ya no quedaba ningún cabo suelto. La historia encajaba ahora milimétricamente... Edipo descubrió que era el asesino de Layo, que a la sazón era su padre, y que estaba casado con su madre; el destino se había cumplido y por ello se arrancó los ojos y, errabundo, abandonó la ciudad.


AUTOR: Sergio Parra Castillo;Segur de Calafell, Tarragona, España.
Relato Inédito.


 

 

Esta página pertenece a la Asociación Cultural MUNDO IMAGINARIO. Libro Andrómeda es una colección de libros dedicados a la ciencia ficción que se escribe actuálmente en el panorama Esta página pertenece a la Asociación Cultural MUNDO IMAGINARIO. Libro Andrómeda es una colección de libros dedicados a la ciencia ficción que se escribe actuálmente en el panorama nacional. El primer número de la serie: FANTASMAS CIBERNÉTICOS apareció en el mercado en enero de 1999. Te mostramos nuestro trabajo y la forma que tienes de conseguir los ejemplares que te interesen. Contacta con nosotros para conseguir nuestros libros en libroandromeda@hispavista.com. Página diseñada y mantenida por Jordi Armengol. Los derechos de las portadas de Libro Andrómeda pertenecen a Jordi Armengol. Gracias por vuestra visita.