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ORÁCULO
La mejor forma de prevenir una dependencia
a los tranquilizantes es evitar la automedicación,
sin embargo por aquel entonces me importaban
una mierda esos detalles. Ya lo había
probado todo: Activan, Librum, Equanil,
Valium; nombres que para mucha gente no
significaban nada, pero que ya formaban
parte de mi rutina diaria.
Durante mucho tiempo pude sobrevivir a base
de esas raciones de química sintetizada,
pero a todo se acostumbra uno. Luego, ante
la creciente insensibilidad de mi cuerpo
a aquellas píldoras, reapareció
el insomnio y me prescribieron un antidepresivo.
Mi vida se colaba por el sumidero de la
tristeza y ni siquiera el Prozac conseguía
ya levantar mi ánimo. Me había
convertido en un muerto viviente, mis ganas
por luchar habían quedado reducidas
a cero. A todo se acostumbra uno, sí.
Sin embargo, yo era incapaz de acostumbrarme
a estar lejos de Mónica. Seis años
juntos y todo se había esfumado debido
a un malentendido. Malditas palabras, siempre
lo estropean todo.
Me metí en la boca una pastilla de
fluoxetina y otra de pindolol y, con un
sorbo de vino, me las tragué echando
hacia atrás la cabeza. El primer
fármaco era un antidepresivo común
y el segundo un beta-bloqueante utilizado
para tratar la hipertensión. Un amigo
que estudiaba medicina me lo había
recomendado y funcionaba. Las terapias antidepresivas
dan resultados a largo plazo y benefician
sólo a una minoría de personas.
Pero aquel batiburrillo químico regado
con alcohol aumentaba notablemente la eficacia
del primer fármaco. Sabía
que me estaba matando poco a poco, pero
me daba igual; sólo deseaba mitigar
el dolor.
Levanté la vista de la mesa y mis
ojos se cruzaron con los de un parroquiano
de edad indefinida, podría tener
entre los treinta y los sesenta años.
Estaba apoyado en la barra, al otro lado
de la taberna. Me sonrió y desvió
la mirada, volviendo a beber de su jarra.
Su atuendo era excéntrico, una chirriante
mezcolanza de elementos del siglo dieciséis
y la última tecnología en
ropas inteligentes. Por ejemplo, una gorguera
brotaba como una flor anacrónica
del cuello de la gabardina de tinta electroforética
encapsulada, cuyo color cambiaba aleatoriamente.
Y aquella era la combinación menos
estrafalaria.
No le di más importancia y volví
a mi paté untado en tostadas.
Después de revisar la pantalla de
pedidos de mi mesa, el paté era lo
único que me resultaba familiar entre
aquella lista interminable de platos; mi
cultura gastronómica siempre ha sido
muy elemental. Paule au pot a la bearnesa,
Cacou de Paray, Citron confit, Fondue bourguignon
o Gratín dauphinois. Todo me sonaba
demasiado... francés. Con el paté
era diferente, existían multitud
de variedades extrañas pero descubrí
que mi atrofiado paladar no hacía
ninguna discriminación a todas aquellas
alternativas saborizantes. Paté de
campagne, de higadillos de pollo, de perdiz,
de pollo al orégano o hasta de liebre
con trufas. Aunque tarde o temprano me debería
arriesgar, tras dos días entre bloques
de hígado y vino tinto comenzaba
a estar un poco hastiado. Hígado,
vino, hígado, vino. Curiosa simetría,
a veces me sorprende el orden implícito
que mantiene la Naturaleza.
Nunca había abandonado España,
la verdad; prefería visitar las ciudades
por la Red. Pero mi terapeuta me había
recomendado emprender un viaje largo, a
ser posible al extranjero, para concederle
a la monotonía de mi vida algún
tipo de inflexión; y sobretodo purgar
el sufrimiento. Así que alquilé
mi electromóvil y empecé a
conducir hacia el norte, sin rumbo fijo.
Me dirigía a la aventura.
Después de recorrer media Francia,
terminé recalando en un rincón
suspendido en el tiempo. Debido a mi faiblesse
francophone y a mi devoción por las
ciudades antiguas, me enamoré de
Tours, capital de Toraine. La llamada Ciudad
del arte poseía un casco histórico
excepcional, con casas de los siglos quince
y dieciséis y una esbelta catedral.
-Perdone.
Un hombre se había acercado hasta
mi mesa, era el tipo que había estado
observándome toda la tarde. Ahora
podía comprobar que de cerca su rostro
estaba surcado por arrugas, los tratamientos
rejuvenecedores no eran efectivos en las
distancias cortas.
-Perdóneme –volvió a
chapurrear en español-, ¿me
puedo sentar con usted?
Miré a mi alrededor, incrédulo,
buscando alguna cámara oculta. Los
demás parroquianos se parapetaban
tras sus bebidas, sin prestar atención
a ese hombre. Era como si fuese invisible.
-Eh... sí –titubeé.
Sólo había visto situaciones
así en los holofilmes: un desconocido
le pide al protagonista sentarse en su mesa
y el protagonista acepta sin vacilar. Pero
aquello no era un holo.
-Llevo un rato mirándole, supongo
que se habrá dado cuenta.
Sonreí, aquella situación
era grotesca. Y ahora ¿qué?
¿Le confesaría que conocía
su angustia y que él poseía
el remedio?
-Verá, me parece que se encuentra
en la misma situación que yo. Sólo
una mujer puede hundir tanto a un hombre.
Fruncí el ceño, asombrosamente
mi predicción se estaba cumpliendo.
Lancé una mirada suspicaz a aquel
hombre. Empezaba a inquietarme la forma
en que movía sus manos, su voz grave
y profunda y aquel cabello blanco engominado,
formando dos montículos idénticos
a cada lado de la recta y centrada raya.
-Es normal –prosiguió-, he
visto a muchos casos como usted por aquí.
Los lugareños ya están acostumbrados
a las visitas de gente buscando paz y tranquilidad.
El Valle de Loira es el sitio idóneo
para olvidarse de los problemas.
Lo único que podía hacer era
asentir, demasiado desconcertado para reaccionar.
-Este pueblo es muy aburrido, así
que siempre aprovecho la ocasión
para departir con los turistas. ¿Le
puedo invitar a algo?
Dejé mi tostada en el plato, ilusionado
ante la perspectiva de algo diferente.
-De acuerdo –contesté por inercia.
El hospitalario parroquiano se presentó
como Père. Tenía el savoir
faire propio de la alcurnia y unos modales
decimonónicos. Por lo menos podía
confiar en que no era un ladrón de
poca monta que intentaba robarme la cartera.
Accedió a la pantalla de pedidos
y seleccionó con rapidez un par de
platos y una botella de vino.
-Bueno, ya está. Lo traerán
en siete minutos, espero que sea de su agrado.
-Seguro que sí, empiezo a cansarme
del paté. Muchas gracias.
-No hay de qué. Vivo en las afueras
y odio quedarme en casa, por ello vengo
aquí cada tarde. ¿Qué
le trae a usted por este lugar?
A pesar de la indiscreción no me
molestó la pregunta, enseguida me
había contaminado de la afabilidad
de Père. Incluso llegué a
comprender que aquella curiosidad sólo
era un arma para combatir el tedio. Sabía
por experiencia que la vida en un pueblo
es demasiado aburrida: las mismas calles,
las mismas caras... los mismos días.
Así que decidí abrirme con
él y ser sincero, era un desconocido
y tampoco me comprometería a nada.
-Como ya ha adivinado, salí de España
para buscar un sitio apartado y olvidarme
de un incedente con una mujer.
-Siempre acierto. ¿Una infidelidad?
Abrí los ojos desmesuradamente.
-¿Es usted un adivino?
-No, sólo tengo buen ojo para esta
clase de cosas. Son muchos años examinando
a la gente.
-Pues sí, es por lo que ha dicho
usted. Aunque es más complicado.
-Siempre lo es. Llevo casado cerca de treinta
años y si una cosa he descubierto
de las mujeres es que son unas arpías,
además de unas perras en celo.
Me sobresaltaron esas palabras tan crudas,
sonaban postizas en aquel caballero de educación
exquisita. Debía de haber sufrido
mucho con su esposa y la empatía
que experimenté me impidió
replicarle.
-Pero no deseo poner palabras en su boca
–continuó-, ni juzgar a su
mujer. Es sólo una apreciación
general.
Era perspicaz, había captado mi disconformidad
a pesar de no haberla exteriorizado de ninguna
manera. Aquel hombre me escucharía
y quizás me pudiese ayudar en algún
aspecto, así que decidí desgranar
los entresijos de mi angustia, a modo de
catarsis.
-Como le he dicho, mi caso es complicado.
Por un lado odio a mi mujer y por el otro
la echo de menos.
Père arqueó una ceja.
-¿Cómo es eso posible?
-Verá, hace unos meses acusé
a mi mujer de serme infiel. Tenía
mis dudas, pero ya habían demasiados
indicios que apuntaban a ello. Ya sabe,
llegaba tarde a casa, estaba ausente, recibía
llamadas telefónicas misteriosas,
etcétera. Así que una noche
quise dejar las cosas claras. Ella se ofendió
mucho, pero sobretodo le molestó
mi falta de confianza. En fin, tuvimos una
fuerte discusión que se alargó
hasta la madrugada. Al día siguiente
recogió sus cosas y se marchó
a casa de su madre. Traté de llamarla,
de reconciliarme con ella, pero siempre
me contestaba lo mismo: <<No había
nadie más, pero ahora sí lo
hay>> Luego me enteré de que
salía con un compañero de
la oficina. Y ahí está mi
dilema. Me cuesta creer que se haya olvidado
tan rápido de mí, que me haya
suplantado sin ningún remordimiento
porque desconfié de ella. Creo que
ese hombre ya existía antes, y que
era el sujeto de mis sospechas. Y ese es
el motivo de que la odie. Por el contrario,
puede que me dijera la verdad, que al separarnos
no existiera nadie y que su relación
con ese hombre hubiera surgido después.
Entonces me culpo por haber desconfiado
de ella, de la mujer más maravillosa
que ha existido. Y ese es el motivo de que
la eche de menos. Así que me debato
continuamente entre esos dos sentimientos
encontrados.
Ya nos habían traído la comida,
consistía en dos platos de lo que
semejaba pasta con queso fundido. Tenía
buen sabor.
-Ya veo, es realmente complicado –dijo
Père. –De todos modos, es imperdonable
que ella haya sido tan dura con usted. No
se ofenda, pero creo que aprovechó
su acusación para librarse de usted
con un hábil juego emocional. Así
le abandona, se va con otro y usted no la
culpa por ello.
-No lo sé –admití con
sinceridad-. La noche que discutimos, yo
había bebido, lo reconozco. Tal vez
me sobrepasé con ella, la verdad
es que no soy capaz de recordarlo con claridad.
Cuando bebo no soy dueño de mis actos.
Père sonrió y un extraño
brillo refulgió en sus ojos.
-¿Qué le hace tanta gracia?
–le pregunté, molesto.
-Me cae bien, tenemos mucho en común.
De joven, yo era un pobre diablo con cuatro
francos en el bolsillo. Conocí a
mi mujer y ella me sacó de la calle.
Tenía mucho dinero y desde que la
encontré, mi vida cambió.
Ahora vivo como un rey, en una lujosa casa
en las afueras y sin preocuparme de buscar
un empleo. Tengo todo el día libre.
En eso le estoy muy agradecido a Margot,
que así se llama. La adoro por haber
sido tan amable conmigo, por haberme enseñado
a leer y escribir y a saber estar entre
trajeados. Sin embargo, también la
odio cuando me trata como un objeto más
de su mobiliario. Sabe que dependo de ella,
que si no la mantengo contenta simplemente
se deshará de mí; es muy fría
en ese aspecto. Primero me educó,
y ahora quiere domesticarme, ¿me
comprende? Me muestra a la sociedad pero
me oculta a sus amistades íntimas.
No le puedo llevar nunca la contraria. Y
si tengo que huir de casa por las tardes
es por ella, después de comer siempre
se sobrepasa con la bebida y entonces se
vuelve indomable. Con los ojos turbios me
suele preguntar por qué no me voy.
Me insulta, me increpa que estoy con ella
sólo por el dinero. Y acaba por azotarme
con el atizador y a gritarme que me vaya
de casa. Por la noche vuelvo a cenar con
ella y lo ha olvidado todo. A veces me pregunto
si estoy con ella por el dinero, sí.
Quizás la soporto porque no quiero
volver a la calle.
A pesar de que nuestras historias eran diferentes,
le comprendí. Vaya si le comprendí.
Tras dos horas conversando, terminamos llorando
con dos botellas de vino vacías.
-Venga a cenar.
-¿Qué?
-Venga a cenar a mi casa. Quiero que me
acompañe esta noche. Ella siempre
puede traer a sus amigos inaguantables.
Ya va siendo hora de que yo haga lo mismo.
Si no está de acuerdo, que me eche
de casa. Así le demostraré
mi amor, con mi... rebelión.
¿Rebelión? ¿Invitar
a un desconocido a cenar era una rebelión?
Pues, aunque resultase inverosímil,
me pareció loable. Decidí
ayudarle. Sin duda, el alcohol nublaba nuestros
pensamientos.
Père se desplazaba en un majestuoso
coche de caballos que yo seguía con
mi electromóvil. Cruzamos Tours hasta
llegar a un camino de tierra que serpenteaba
hacia una cordillera. El paisaje era precioso.
Viajamos durante media hora. Existía
una amenaza de lluvia en el aire, así
que me tranquilizó que el coche de
caballos tomara una bifurcación que
conducía hasta una enorme mansión.
Por fin habíamos llegado.
Père no había exagerado ni
un ápice en su descripción.
Un edificio rectangular de color blanco,
acribillado por treinta ventanas y circundado
por un centenar de hectáreas de terreno.
Sin embargo, aquella muestra de opulencia
era invisible desde la carretera.
Aparcamos en un erial en la parte trasera.
Al bajar del electromóvil, me azotó
una ráfaga de aire frío y
agitó el follaje a lo lejos. Bucólico,
estalló en mi cabeza.
-Parece que va a llover –anunció
Père, bajando del coche de caballos.
-Sí –musité, sin apartar
la vista de la mansión. Siempre me
han deslumbrado los signos de la riqueza
desmedida.
El cochero nos deseó buenas tardes
y desapareció tras la puerta de servicio.
Nosotros rodeamos el edificio y entramos
por la puerta principal. Me sorprendió
que no nos recibiera ningún mayordomo,
pero supongo que la opulencia te exime de
según que detalles, incluso la carencia
de los mismos te eleva a una categoría
superior.
El interior de la mansión aún
era más lujoso que el exterior. Suelo
de mármol, paredes forradas de terciopelo,
retratos y bodegones que superaban en valor
mi sueldo mensual, muebles de roble. Me
era difícil imaginar que alguien
no conociese la felicidad en un lugar así,
pero Père era profundamente desgraciado.
Una vez nos hubimos encerrado en la biblioteca,
me sirvió un poco de brandy y siguió
contándome los excesos de su esposa.
-Por fortuna, aún no ha llegado de
su partida de bridge –me dijo-, si
no ya estaría dándome voces.
Me relató infinidad de barbaridades
cometidas por aquel monstruo. Muchas noches
se emborrachaba y ordenaba al servicio a
vaciar la casa de todas las pertenencias
de Père, luego le obligaba a salir
al exterior y ella, desde una ventana, vociferaba
que ya se podía marchar pero que
no se le ocurriera tocar nada de lo que
consideraba suyo, que él no tenía
nada y que todo aquello era suyo, tanto
era así que estaba dispuesta a prenderle
fuego delante de sus ojos.
Yo comenzaba a dudar si había sido
una buena idea acompañarle, ¿qué
otra horrible escena representaría
Margot cuando me viera allí? Se lo
confesé a Père, y también
le dije que se fuera conmigo y la denunciara,
que era peligroso vivir con una mujer así.
La actitud de Père cambió
repentinamente.
-No, no, yo la amo. No está loca,
sólo tiene una malsana inclinación
a la bebida. Pero yo la quiero y la ayudaré
a salir de su problema. Además, si
hay invitados es muy amable, no se preocupe
por nada. –Me escrutó por un
instante y añadió: -fíjese
si la adoro que no me importa que cohabite
con otros hombres.
-¿Qué?
-Lo que oye. Usted tiene la sospecha de
que su mujer le había sido infiel,
pues bien, yo tengo la certeza de que la
mía lo es, y con varios hombres.
No sólo eso, además me lo
restriega por la cara en numerosas ocasiones.
– Y de súbito estalló
en lágrimas, hundiendo la cara entre
las manos.
Yo no supe cómo reaccionar, era patético
contemplar a un hombre adulto gimoteando
como un niño, sojuzgado a una bruja
adúltera.
-Es... se porta muy bien conmigo –sollozaba.
–Usted me entiende, ¿verdad?
Su mujer también le ha hecho daño
y puede comprenderme. Saben que las necesitamos
y se aprovechan de ello. Aunque su mujer,
a pesar de haberle sustituido por otro,
de haberle herido, fue sutil y taimada.
La mía es indolente en sus fechorías,
se vanagloria de ellas; presume. Todo el
servicio sabe ya cómo me trata y
qué es lo que hace conmigo. Y los
rumores no han tardado en extenderse por
Tours y los alrededores. Pero sigo siendo
un cobarde y no me atrevo a dejarla. ¿Cree
que es por el dinero?
-No... no lo sé. Usted me ha dicho
que aún la quiere.
-Sí, pero creo que en realidad permanezco
a su lado para no sentirme abandonado, para
no perderlo todo.
Asentí.
-Le entiendo muy bien –le dije-. Yo
lo he perdido todo y no le aconsejo mi situación.
No puedo dormir, no puedo vivir. Y todo
por ella. –Suspiré, apretando
la mandíbula. -¿Por qué
me dejó? Me hago la pregunta cien
veces al día. Desconfié de
ella, de acuerdo. Pero ¿sólo
es por esa razón? No, tenía
que haber algo más; ese hombre con
el que se ha ido debía existir antes,
por lo menos como perspectiva de posible
relación en el caso de que lo nuestro
fallara. Es más... cuando decidió
soltarme que quería dejarlo, es probable
que por su cabeza cruzara la idea de que
no se quedaría sola, de que su maravilloso
y atento compañero de la oficina,
su amigo y confidente -y hasta es posible
que su amante- le estaría esperando
con los brazos abiertos para consolarla.
O para follársela. –Me di cuenta
de que mis manos temblaban de ira. Bebí
un sorbo de brandy.
-¿Se encuentra bien? –me preguntó
Père.
-Sí, es sólo un bache. –Hablé
en una especie de jadeo producido por la
adrenalina.
-Debería morir.
Fruncí el ceño, no sabía
a quien se refería. ¿A mi
mujer o a la suya? Pero no se lo pregunté,
en aquellos instantes los dos objetivos
me parecían lícitos. Tranquilo,
no digas tonterías. Traté
de calmarme, pero ver frente a mí
a aquel hombre destrozado, abandonado, me
ponía enfermo; porque no podía
dejar de verme a mí mismo. Somos
secreciones hormonales buscando a hembras
para procrear, sólo eso, y las mujeres
se aprovechan de esa predisposición
natural.
-Pero ¿sabe? –continuó-,
ya no me preocupa. –Se restañó
las lágrimas y carraspeó para
aclararse la garganta. –Hace tiempo
que dejó de preocuparme, esto sólo
ha sido un... bache, como dice usted.
-¿Y cómo lo ha hecho?
-Descubriendo la inevitabilidad de las cosas.
Ahora me siento liberado de cualquier sentimiento
de culpa o responsabilidad derivada de mis
actos.
-¿Qué quiere decir?
-Podríamos intentar indagar la razón
de nuestra triste vida. En mi caso podría
ser mi esposa, su comportamiento conmigo,
y en el suyo el malentendido con su mujer.
Pero esas no son las verdaderas razones.
-No le entiendo.
-Verá, ¿por qué se
entristece una persona? Por algo que le
ha afectado, ¿no? Pero ¿cuál
es la causa última? En el fondo,
la tristeza o el malestar no son más
que consecuencias de la química de
nuestro cuerpo.
-Sí, eso es cierto. En una ocasión
leí en un libro que no somos más
que títeres manejados por nuestros
genes.
-Efectivamente. Incluso usted trata su depresión
con productos químicos. Pero la química
y los genes tampoco son el fondo de la cuestión,
sólo rascan en la superficie. Las
leyes de la física son las que lo
rigen todo. El motivo de su tristeza está
en las leyes físicas.
-Ahora sí que me he perdido, ¿qué
tienen que ver las ecuaciones con mi vida?
Père lanzó una carcajada.
-¡Todo! A nivel físico usted
no se diferencia de lo que le rodea. Usted
no difiere, por ejemplo, de una mesa. Los
dos están formados por materia, y
esa materia, a su vez, está constituida
por átomos. Y los átomos se
mueven siguiendo las pautas de unas leyes
que poco a poco estamos descifrando. La
vida, amigo mío, no existe si nos
basamos en este razonamiento. Según
la física del espacio-tiempo, la
causalidad y el libre albedrío no
son más que ilusiones. La gente necesita
creer que toma decisiones, que si su vida
va mal o bien es porque ella lo ha elegido
así. Esto es obviamente falso. Yo
no debería quejarme de mi situación
porque yo no la he elegido, lo que está
sucediendo ahora y lo que sucedió
en el pasado ya estaba escrito, programado
en el cosmos. La realidad es invariable,
y el futuro no existe; todo no es más
que una sucesión de instantáneas
tomadas cuando se inició el espacio-tiempo.
No podía creer lo que estaba escuchando.
¿Quién era aquel perturbado?
Pensé seriamente en que su esposa
le había hecho enloquecer.
-Me parece que estoy demasiado cansado para
profundizar tanto en lo que me ocurre.
-¿No lo entiende? Si conocemos en
un momento dado las posiciones y velocidades
de todas las masas de un sistema aislado,
como todo está determinado y escrito
de antemano, podemos calcular dónde
se encontrarán dichas masas en cualquier
momento posterior, o como se encontraban
en cualquier momento anterior. Aplicado
a su caso o al mío: cómo se
encontraran nuestros cerebros -nuestros
cuerpos- en el futuro. Así, si es
posible predecir eso, significa que no se
puede cambiar; no vale la pena luchar por
cambiarlo ni preocuparnos por ello. Lo que
tenga que suceder, sucederá.
-Ah, ya –le concedí, a pesar
de que había dejado de escucharle,
en parte porque me parecían sandeces
propias de un hombre afligido emocionalmente;
y en parte porque empezaba a dolerme la
cabeza. Comenzaba a inquietarme, así
que tomé la determinación
de marcharme lo antes posible, no me apetecía
pasar la velada con un excéntrico
trastornado y una bruja maquiavélica.
–Esa posición me suena de una
escuela filosófica que estudié
cuando cursaba secundaria, ataraxia creo
que se llama. En fin, es muy interesante,
pero me temo que tengo que irme...
Père se levantó del sillón
como impulsado por un resorte.
-Cree que son bobadas –gruñó.
–De acuerdo, usted lo ha querido.
Pienso revelarle algo que le acabará
de convencer, pero entonces caerá
conmigo en esta sensación de irrealidad,
de amarga realidad.
Le había irritado, el tacto no era
una de mis cualidades.
-No, perd...
-Escúcheme un minuto más,
si quiere irse después, váyase.
Volví a acomodarme en mi sillón.
-De acuerdo.
-Bien. Respecto a la visión reduccionista
y determinista de la física que le
he planteado, algunos aducen que desde el
descubrimiento de la mecánica cuántica
podemos afirmar que existe el libre albedrío.
Pero siempre he creído que se equivocaban
en su afán por encontrar un hálito
de esperanza en la condición humana.
La mecánica cuántica nos dice
que no podemos, por ejemplo, determinar
la posición y la velocidad de una
partícula. Pero ello no significa
que las partículas no estén
determinadas, sino que es imposible demostrar
que lo están con los instrumentos
de que disponemos actualmente.
>>Ahora, esa incertidumbre se ha disipado.
Durante años hablé con físicos
e ingenieros de computación de todo
el mundo. Mi intención era demostrar,
o mejor dicho demostrarme, que estaba en
lo cierto, que el universo es un bloque
monolítico. La única solución
era utilizar un ordenador para calcular
las partículas y fuerzas que nos
rodean, pero ni toda la potencia informática
del mundo era suficiente para tal empresa.
Para predecir lo que hará una partícula
el ordenador necesita conocer incluso el
estado inicial del cosmos, el Big Bang,
para poseer una descripción completa
de la realidad física. Y aún
así, jamás se puede conocer
perfectamente el estado de una partícula,
debido al principio de incertidumbre; no
digamos ya de todas. Descubrí entonces
un proyecto para la construcción
de un ordenador cuántico. Invertí
en esta tecnología grandes cantidades
de dinero, haciendo malabares con mi esposa
para que me diera su beneplácito.
-¿Un ordenador cuántico?
-Sí, era una tecnología sólo
teórica, pero que yo convertí
en real. El cálculo cuántico
consiste en distribuir los componentes de
una tarea compleja entre gran número
de universos paralelos y compartir luego
los resultados.
El mohín que apareció en mi
rostro debió de ser muy revelador,
porque Père se lanzó hacia
una consola junto a la mesa.
-Una imagen vale más que mil palabras.
Una sección de la biblioteca se deslizó
hacia un lado, descubriendo un pasadizo
oculto. Unos fluorescentes en el techo se
encendieron, iluminando de blanco el pasillo
y dotándolo de una cualidad casi
fantasmal.
-¿Qué coño es eso?
–dije señalando lo que parecía
un amasijo de cables y circuitos al final
del pasadizo.
-Le presento a Oráculo, uno de los
primeros prototipos de ordenador cuántico.
-¿Está de broma?
-No, no lo estoy. Este tema en muy serio.
El ordenador ha generado una simulación
de nuestro universo, aceleré el reloj
en un factor de un millón y logré
llegar hasta el tiempo actual... y me vi
a mí mismo. ¿Lo entiende?
-No –titubeé, me empezaba a
poner nervioso aquel discurso agorero.
-¡Todo está determinado! Los
hechos no ocurren, ya están ahí,
son inamovibles; nuestras preocupaciones
carecen de sentido. Incluso esta misma conversación
ya estaba escrita.
>>El ordenador que ve sólo
es un prototipo, así que aún
no funciona con todas sus posibilidades.
En teoría, cuando se termine el prototipo
que se está construyendo en El proyecto
Oráculo, será factible predecir
cualquier hecho futuro... o recrear cualquier
hecho del pasado. Yo no he conseguido más
que adelantarme unos minutos en el futuro,
es bastante variable, diez o quince minutos,
a veces veinte.
Empecé a asimilar la información
que Père me había arrojado.
-¿Me está diciendo que si
me asomo a ese trasto podré ver lo
que ocurrirá en el mundo dentro de
unos minutos? –pregunté, sorprendido
por las palabras que salían de mi
boca.
-El entorno que está siendo reproducido
en Oráculo corresponde a esta casa...
unos minutos en el futuro, sí. Le
veo escéptico, así que le
invito a que lo compruebe. Si allí
ve que más tarde se caerá
al suelo, sin duda ocurrirá, ya lo
he comprobado infinidad de veces. No hay
nada que puedas hacer para evitarlo, aunque
conozcas la información hay algo
que te impulsa a cometer o a sufrir lo que
sabes. Adelante, mire por el visor.
Todo aquello semejaba un juego infantil,
el entretenimiento de un excéntrico
millonario con demasiado tiempo libre. Pero
tampoco perdía nada por probarlo.
Además, tenía curiosidad por
oír la excusa que aduciría
Père cuando le demostrase que las
predicciones de aquella máquina no
se cumplían. Mostrara lo que mostrase
el ordenador, estaba dispuesto a hacer lo
contrario.
Avancé por el pasadizo secreto ante
la vigilante mirada de Père. Oráculo
no era el arquetípico superordenador
que aparecía en los holofilmes, se
encontraba abierto como las valvas de una
almeja, exhibiendo sus entrañas.
No parecía más que un amasijo
de chatarra. Disponía de un visor
en forma de binoculares, acerqué
mis ojos a él y pude contemplar una
pantalla dividida en ocho partes. Cada celda
reproducía fielmente diferentes zonas
de la mansión: las cocinas, el baño,
el comedor, el vestíbulo... y la
biblioteca. Allí se encontraba Père,
era verdad. Pero... estaba encogido en el
sillón, mordiéndose las uñas
y con los hombros sacudidos por incontrolables
espasmos. ¿Qué era aquello?
¿El futuro? Entonces sentí
como se me secaba la garganta. Allí
estaba yo, en la habitación contigua...
¡Dios mío! Estaba de espaldas
al punto de vista que mostraba el ordenador,
pero vi claramente como sostenía
un cuchillo de cocina y... la puerta se
abría, entraba una mujer gruesa de
vestido negro y... ¡yo me abalanzaba
sobre ella! Aparté la vista de la
pantalla, reteniendo un conato de vómito.
No podía ser.
Yo no era así.
Había apuñalado a aquella
mujer infinidad de veces, demostrando una
saña inaudita. La hemoglobina había
marcado de púrpura todos los muebles,
el suelo y las paredes como la metralla
de una explosión sanguinolenta. Salvaje,
atroz. Inhumano.
Aquello era una broma. Sí, aquello
era una broma macabra. Yo no podía
ser aquel hombre... ¡pero era yo!
Salí del pasadizo secreto, tambaleándome.
-¿Qué ocurre? –preguntó
Père en tono afectado. -¿Qué
ha visto?
-Margot... –susurré. –Su
mujer... la he mata... la mataré.
–sacudí la cabeza, preso de
una sensación de irrealidad. -¿Qué
clase de juego es éste? Yo no era
el hombre que aparecía en esa má...
-¡Salga de aquí! –El
rostro de Père se había demudado.
–Eso ocurrirá en pocos minutos,
salga de la casa, aléjese todo lo
que pueda.
-Mire, maldito viejo –comencé
a gritar.
-Escuche. –Su voz no había
sonado fuerte, pero la expresión
de terror que la acompañaba fue suficiente
para que yo enmudeciese. –Cuando estaba
mirando por Oráculo... se me pasó
por la cabeza la loca idea de proponerle
matar a mi querida Margot por una suntuosa
suma de dinero. Sólo fue un pensamiento
fugaz, se lo juro.
Aquellas palabras cayeron sobre mí
como un alud de nieve de alta montaña,
había sido enterrado por ella y congelado
en el tiempo para reflexionar a lo largo
de los evos con la lucidez propia de un
anacoreta. En aquel largo intervalo de tiempo
advertí que la idea de asesinar a
Margot se había engendrado con ímpetu
en algún momento de la charla con
Père. Más aún: a pesar
de que el impulso inicial al escuchar aquella
futura proposición fue de repulsa,
debía admitir que en algún
momento hubiera aceptado el dinero para...
¿pero qué estoy diciendo?,
pensé. ¿Cómo iba a
hacer algo así? Yo no era un asesino,
yo... quería ver muerta a Mónica.
Mónica, Margot. Redireccionar mi
odio, me dije; ésa era la clave.
Todo el odio y el rencor acumulados habían
estallado sobre la esposa de Père.
Así que era aquello. No osaba admitir
mi desprecio hacia mi mujer, así
que lo contuve en mi interior. No obstante,
la semilla continuó germinando y
se había convertido en una enorme
rosa roja, espinada; se había ramificado
sin descanso como en una muda metástasis
y ahora brotaba desaforada y rugiendo, ahora
que me identificaba con Père y su
dolor, ahora que atisbaba en Mónica
el frío y cruel comportamiento de
Margot. Mónica, Margot. En realidad,
había asesinado a Mónica,
Margot sólo era la excusa para no
ver su cuerpo ensangrentado en mis pesadillas
y así eludir el sentimiento de culpa.
Me descongelé del hielo y descubrí
a Père con los ojos inyectados en
sangre, gruñéndome algo:
-...de aquí, váyase de aquí,
por favor. No quiero que la mate, ¿lo
entiende? Yo la amo. Olvídese de
todo lo que le dije. Váyase de aquí.
-No –dije temblando-, no pienso hacerlo.
No pienso cometer ese crimen. Jamás.
-Lo hará, así está
escrito. Oh, márchase de la casa,
ella llegará y entonces la matará.
-No, no –negaba con la cabeza para
reafirmar lo que escapaba de mi boca, pero
en el fondo sabía que en mi interior
anidaba un animal sediento de sangre. No
podía arriesgarme a que toda aquella
locura fuera cierta, así que decidí
huir. –De acuerdo, no me volverá
a ver. –Y abandoné la habitación
sin despedirme; al llegar al pasillo ya
estaba corriendo. Sudaba, mi corazón
palpitaba desbocado, se me nublaba la visión.
Todavía ahora me pregunto la razón
de aquel radical cambio de parecer respecto
a Oráculo. Había pasado de
la más profunda incredulidad a ser
casi un creyente converso. Supongo que el
impacto de descubrir mis verdaderos sentimientos
hacia Mónica obnubilaron mi pensamiento.
Corrí con todas mis energías
cuando abandoné la mansión.
Llovía copiosamente y yo chapoteaba
en el anegadizo terreno, ensuciándome
de barro hasta las rodillas. Llegué
a mi electromóvil llorando y con
un vacío en el estómago, no
lograba desembarazarme de las imágenes
del asesinato, que se repetían incesantemente
en mi cabeza. Ojalá todo hubiese
tan fácil como ordenar a mi cerebro
que dejase de recrearse en aquella dolorosa
escena.
Cuando logré salir de los dominios
de aquel matrimonio de pesadilla, un retumbante
trueno me advirtió que no debía
volver jamás. Huía como un
criminal, aunque el crimen no se hubiese
cometido aún.
Conduje durante horas, con mis cinco sentidos
concentrados en la carretera. No volví
a pensar en lo sucedido, simplemente me
alejaba de Tours a toda velocidad. Aunque
ya era tarde y el sueño comenzaba
a aguijonearme, había recogido mis
cosas del motel donde estaba registrado
con la intención de llegar a España
sin detenerme. Me había colado de
rondón en un episodio de la Dimensión
desconocida y la única manera de
olvidarme de lo sucedido era cambiar de
canal.
El odómetro marcaba más de
cuatrocientos kilómetros cuando abrí
la guantera para coger una botella de agua.
Fue como ver una gorgona de cabellos ensortijados,
me quedé paralizado sin lograr expulsar
el grito agazapado en mi garganta, tan sólo
exhalé el aliento abruptamente, vaciando
mis pulmones de aire. El cuchillo de cocina
de la simulación. El maldito cuchillo
de cocina descansaba cubierto de sangre
en la guantera de mi electromóvil.
Salí por la primera área de
servicio que divisé. Había
limpiado la guantera de sangre con un trapo
y luego había envuelto el cuchillo
en él. Me comportaba, para mi asombro,
con precisión. Ni en mis fantasías
más sórdidas había
imaginado que actuaría con aquella
frialdad. El truco consistía en no
pensar, sólo actuar. No pensar, sólo
actuar. Me encerré en el servicio.
No pensar, sólo actuar. Arrojé
el trapo al urinario y luego tiré
de la cadena. No pensar, sólo actuar.
Me eché unas almuerzas de agua en
la cara. Me miré en el espejo, horrorizado
ante las mefistofélicas facciones
que se habían formado en aquel rostro
joven y alegre. Aquél había
sido el error: no pensar, sólo actuar.
Había dado rienda suelta a mis instintos,
había liberado a la bestia, y ahora
sufría las consecuencias de ella.
He asesinado sin darme cuenta si quiera,
reflexioné. Alcé el bote de
antidepresivos. Maldita sea. Estoy acabado.
Me he destruido poco a poco. Mónica...
Localicé a un tipo adecuado. Era
extranjero y parecía un poco despistado.
Sin duda le afligía algún
problema personal, ya que se encontraba
solo y sobre la mesa descansaba un frasco
de psicofármacos.
Me acerqué a él para granjearme
su confianza.
-Perdone –le dije chapurreando en
español-, ¿me puedo sentar
con usted?
Al poco tiempo de charlar con él
mis sospechas fueron confirmadas. Otro caso
de infidelidad. Activé la nanocámara
instalada en mis anteojos y recorrí
con la mirada todo su cuerpo, deteniéndome
en las particularidades de su atuendo.
-Es suficiente –me comunicó
Claude, mi mayordomo, a través del
nanófono.
Jugué un poco con aquel español,
calibrando sus límites. Era perfecto.
No odiaba a su esposa, pero un profundo
dolor anidaba en él.
Cuando bebo no soy dueño de mis actos.
Cuando pronunció aquellas palabras
no fui capaz de reprimir una sonrisa de
satisfacción. Hacía mucho
tiempo que no encontraba a un sujeto que
reuniese tantas cualidades.
Le relaté un pasado ficticio con
algunos puntos coincidentes con su historia
para que se esfumaran las últimas
desconfianzas.
Dos botellas de vino era suficiente. Era
el momento de conducirlo a mi casa, Claude
ya debía de estar preparado.
El español se quedó boquiabierto
con la mansión en las afueras; lo
que ignoraba era que él mismo me
la iba a ofrecer en bandeja.
Me hice la víctima y conseguí
levantar los resortes adecuados de su cerebro,
hasta que estalló. Realmente contenía
una avalancha de emociones.
-Debería morir –afirmé
en tono neutro, confiando en que la frase
encarrilara sus pensamientos por el lugar
que yo quería.
Entonces le expliqué los detalles
de Oráculo. Me atropellé un
poco en ciertos pasajes, sin embargo era
patente que sus conocimientos en mecánica
cuántica era nulos.
Todo estaba preparado. Todo dependía
de lo que sucediera en los próximos
segundos. El español se acercó
a Oráculo. Si Claude no había
encontrado un atuendo similar al del español,
todo se desmoronaría.
Y resultó. Claude lo había
conseguido. La zorra de Margot ya había
muerto, todo lo que restaba era terminar
de darle forma a la simulación de
Oráculo, ya que lo único que
había mostrado era lo sucedido en
la habitación contigua: un mayordomo
fiel apuñalando a una mujer asquerosamente
rica.
Nunca me he dado ínfulas de actor,
pero para ser sinceros la interpretación
fue un éxito; la repetición
suplía a la técnica.
El español huyó, sin embargo
Claude se había cuidado de depositar
el arma del crimen en su electromóvil.
Dos botellas de vino, una copa de brandy
y los psicofármacos –además
de los evidentes problemas emocionales-
acabarían por conformar mi realidad
en la cabeza de aquel pobre hombre.
Durante un instante vacilé, el español
podría haberse negado a escapar ya
que –como yo le había dicho-
todo estaba escrito y de nada servía
eludir el destino. Sin embargo, todos creemos
que controlamos nuestra vida, aunque un
trasto inservible como Oráculo confirme
lo contrario. Hasta Edipo lo creyó
así cuando viajó a Delfos
y le revelaron su destino: matar a su padre
y casarse a su madre.
Era la hora de llamar a las autoridades
y denunciar el asesinato, los testigos de
los alrededores confirmarían mi descripción.
Atraparían al asesino de mi esposa,
un español hostigado por los nervios,
con una fuerte dependencia a los psicofármacos
y residuos de contaminación etílica.
Y además tenía en su poder
el cuchillo de cocina que se había
internado en el cuerpo de la víctima.
La herencia pronto sería mía.
NEWS PAD:
-11-10-2019> Se ha hallado el cuerpo
sin vida del presunto asesino de Margot
Chandler en los servicios públicos
de una gasolinera del norte de España.
[Pulse GADD para detalles]
Suspiré aliviado la mañana
que leí aquel articulo en mi pad,
ya no quedaba ningún cabo suelto.
La historia encajaba ahora milimétricamente...
Edipo descubrió que era el asesino
de Layo, que a la sazón era su padre,
y que estaba casado con su madre; el destino
se había cumplido y por ello se arrancó
los ojos y, errabundo, abandonó la
ciudad.
AUTOR: Sergio Parra Castillo;Segur
de Calafell, Tarragona, España.
Relato Inédito.
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