M U S A
¿Quién cree realmente en fantasmas u otros seres sobrenaturales? No me refiero a la fe en algo desconocido, sino a la certeza creada por el contacto. Yo nunca he creído en ello, pero en mis últimos momentos no me queda más remedio que hacerlo ya que dicha certeza me ha costado mi propia vida.
Me llamo Jaime, soy pintor y me ganaba muy bien la vida vendiendo mis telas. No sé por qué, pero tuve suerte, y casi desde el principio alcancé un éxito notable. Al principio exponía mis cuadros en las Ramblas, junto a los caricaturistas y un par de estatuas vivientes, cerca del mercado de la Boquería. El precio no era demasiado elevado, y conseguí vender suficientes lienzos como para entusiasmarme. Con el dinero que reuní alquilé un modesto local que me servía como estudio y pequeña sala de exposición. Cada vez tenía más clientes, y en poco tiempo logré darme a conocer en círculos privilegiados, siendo frecuente que se hablara de ese "nuevo talento" en fiestas y reuniones. La verdad es que casi parecía imposible de creer tanta buena suerte. Alguno de mis amigos incluso bromeaba acerca de supuestos pactos con el diablo. Sin embargo, como todo en la vida, mi buena racha se acabó. ¿Cómo? Pues enamorándome de alguien que no lo estaba, ni lo estaría de mí, sino de mi éxito. Nos casamos y nos separamos, así tal como suena. Por lo visto, a ella le bastaba con ser mi "ex" ya que eso vendía en las revistas del corazón, y a mí me sobraba que se acostase con cualquiera que la pudiese impulsar en su creciente popularidad en el mundillo rosa. Esto afectó profundamente mi estado de ánimo, hasta el punto de ser incapaz de dibujar siquiera una tarjeta de Navidad. Empecé a preocuparme seriamente, de seguir así debería buscarme algún trabajo y la verdad es que me gustaba el tren de vida al que el dinero me había acostumbrado.
Creo que hará. Y digo creo porque me siento perdido en lo que a medir el tiempo se refiere, unos 40 o quizás 45... pero esto ya no importa, ahora ya no. Me invitaron a uno de los locales más selectos de Barcelona. Para nosotros, los artistas, es inevitable ser invitados a fiestas en las que nadie entiende, ni se preocupa por entender seriamente los sentimientos que intentamos plasmar de forma visible. Estamos allí simplemente para dar categoría a los anfitriones, aunque por otra parte, la publicidad nunca viene mal.
Llegó el mencionado acontecimiento y allí me encontraba yo, a mis 35 años y sin un céntimo entre toda aquella gente; muchos de ellos luciendo sonrisas forzadas, como si realmente les causara estreñimiento el hecho de poseer cantidades considerables de dinero y poder. Me sentía incómodo, francamente, me sentía tan agobiado que tuve tentaciones de liberar el aire de mis pulmones en un grito prolongado. Estaba meditando sobre la posibilidad de realizar tal acción, cuando la vi a Ella. Era perfecta. Su largo cabello, negro y brillante, caía sobre su hombro derecho dejando entrever un cuello que marcaba el comienzo de un cuerpo creado para el placer. Empecé a andar hacia el extremo opuesto de la sala, abrigando la esperanza de que todo lo demás fuera tan perfecto como lo que ya había tenido la ocasión de contemplar. No quedé decepcionado. Su cara parecía estar modelada por la misma Afrodita. Nunca había visto un rostro tan hermoso. Sus ojos de un color verde como la hierba de los prados, separados por el puente de una nariz que podría haber pertenecido a Cleopatra, invitaban a perderte en un sueño exótico y maravilloso. Los labios, jugosos y bien definidos, dibujaban una sonrisa sincera y sensual.
Era inevitable contemplarla. Me fijé en sus pechos, que incluso debajo de su negro vestido de noche, se adivinaban tan perfectos y bellos que hacían dudar de su autenticidad. Un corte lateral, en la falda, permitía la visión de una pierna larga y bronceada como la miel... Sería una modelo perfecta.
La idea de que me dedicase siquiera un minuto me parecía absurda. Una diosa semejante está constantemente rodeada de moscones y envidiosas rivales dispuestas a obtener de cualquier forma el secreto de su belleza, sin embargo resultaba extraño que nadie hablase con ella. Casi podría decirse que resultaba invisible a los ojos de todo el mundo excepto a los míos. Frenéticamente fustigué mi ingenio intentando hallar la forma de entablar contacto sin parecer demasiado estúpido. Opté por decírselo de la forma más sencilla y directa posible. Y, como si tuviera todos los ases en la mano, me acerqué y reuniendo toda mi sangre fría le hablé.
- Hola, me llamo Jaime - como saludo no fue demasiado brillante. Sin embargo me miró a los ojos y me embargó una extraña sensación de irrealidad.
- Hola, Lucy... me llamo Lucy.
- Aguanta - pensé -. Verás, soy pintor y te he estado observando. El caso es que... me gustaría que posaras para mí. Por favor, no pienses que pretendo...- Su mirada se intensificó y me volvió a embargar una extraña sensación de irrealidad.
Sonrió y por un instante no di crédito a mis oídos.
- Estaré encantada.
- ¿Eh? Bien, si... la verdad es que no esperaba una respuesta afirmativa, y mucho menos tan inmediata.
Volvió a sonreír y repitió:
-Estaré encantada.
- Bien - respondí impetuosamente en un intento por no dejar escapar la preciosa oportunidad-. Entonces te recogeré mañana. ¿Donde...?
- No. Ahora, esta noche.
¿Me estaría volviendo loco?
- ¿Como dices?- acerté a preguntar.
- Posaré para ti esta noche, sólo esta noche.
- ¡No puedo terminar un cuadro en una noche! - protesté.
Aquella conversación empezaba a adquirir tintes absurdos.
- Yo te ayudaré, confía en mi.- me dijo de tal forma que me sentí incapaz de seguir protestando.
Una vez en el ático que me sirve de estudio y sin decirle ni una palabra empezó a desnudarse lentamente. Dios, saboreé profundamente con la vista cada centímetro de su cuerpo que iba quedando al descubierto. Dudo que ninguna mente pueda llegar a imaginar jamás tanta belleza y perfección. Poseía el cuerpo de una mujer con la frescura de una adolescente. Por más que intenté hallar algún defecto, por mínimo que fuese, me resultó imposible.
Sin volver a decirle nada, adoptó una posición que a mi me hubiera costado horas de cambios y arreglos.
Empecé, aunque sin demasiado entusiasmo. Por mucho tiempo que me hubiera ahorrado Lucy, resultaba imposible acabar el cuadro aquella noche.
La luna seguía en su cenit y a medida que avanzaba la obra me di cuenta de que estaba haciéndole el amor a aquella enigmática mujer sin siquiera tocarle un pelo. Besaba sensualmente su boca, acariciaba lenta y delicadamente sus pechos, sentía el calor de su vientre en mis labios, saboreaba su sexo sin llegar a saciarme, me fundí con ella y el entorno de una forma absoluta.
Terminé cuando el sol dejaba ver sus primeros destellos rojo-anaranjados. Al dar la última pincelada, recogió su ropa y empezó a vestirse. Ni tan siquiera me miró cuando se marchaba.
- Espera - le dije -, no te vayas. Además... me gustaría pagarte - me sorprendió mi voz ronca y lo cansado que me sentía, pero lo achaqué al hecho de no haber dormido.
Sonrió y negó con la cabeza.
-¿Quien eres –pregunté.
- Soy tu musa - me respondió. Y antes de que pudiera darme cuenta me hallaba solo en el estudio.
No lograba entender nada. Contemplé el cuadro, una de las obras más bellas que jamás he visto. Podía apreciarse cada poro, cada pequeño pliegue de su piel que parecía tan real como todo lo demás. Su cabellera, su vello querían ser palpados y acariciados. Sus ojos, no es que lo parecieran, son reales y en ellos me acabo de ver reflejado por un instante. He dejado la tela y me he precipitado al espejo. Y ahora... ahora mi corazón no ha podido aguantar la impresión de ver reflejado a un anciano de 80 años y me estoy muriendo tendido en el suelo de mi estudio.
Javier Mayugo Fink, Calella, Barcelona, España.
Relato publicado en la Revista Mundo Imaginario, número 8.
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