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ALLÁ DEL LÍMITE
Allí los amaneceres eran sombríos,
las noches melancólicas. Detrás
de los álamos que rodeaban la casa
se asomaba un abrupto acantilado en donde
las olas golpeaban furiosas contra las rocas;
tal vez trataban de alcanzarle a él,
al líder, al que con sus palabras
y sus escogidos gestos atraía más
y más gente. Y era gente de todo
tipo, pero todos con una característica
en común: la desesperación
desembocante en un fanatismo exagerado.
Por los túneles subterráneos
que se habían excavado en la parte
trasera de la gran finca circulaban varios
hombres en fila cargando rifles y cajas
de municiones. Llevaban largas túnicas
negras con capuchones a las espaldas y sus
cabezas estaban totalmente afeitadas. Afuera,
el campanario de la iglesia dio las ocho
y las mujeres que estaban sentadas en un
banco del patio enredadas con sus oraciones
se levantaron y se dirigieron como sonámbulas
en plena noche al templo recién construido.
Era la hora del culto, y cada segundo que
pasaba les acercaba más y más
al anunciado apocalipsis. Mientras arrastraban
los pies calzados con gastadas sandalias
de esparto, sus sombras se perdían
entre los últimos rayos de la tarde.
Los hombres dejaron sus tareas en las profundidades
y siguieron los pasos de las mujeres.
"...
Ya no tendrán hambre ni sed; ya no
les molestará el sol ni bochorno
alguno. Porque el Cordero que está
en medio del trono los apacentará
y los guiará a los manantiales de
las aguas de la vida. Y Dios enjuagará
toda lágrima de sus ojos..."
Así hablaba el Gran Maestro Abraham
II, como se hacía llamar. Oficiaba
la ceremonia de la tarde, justo antes de
la cena, y todos los fieles arrodillados
en el suelo y con las cabezas postradas,
oraban y cantaban a la vez los salmos que
les había enseñado. Él
les guiaba, conducía todos y cada
uno de sus pensamientos y los transportaba
a los niveles superiores de conciencia que
pretendían alcanzar para sentirse
realizados. Y era un líder, amado
y odiado; perseguido por algunos y venerado
por muchos. A pesar de todo, sólo
era un hombre, aunque un hombre idolatrado,
y eso era lo que verdaderamente le importaba.
Lo demás sólo eran circunstancias
que rodeaban su vida, reducida al templo
que él mismo se había erigido.
Pero todo era falso; no hacía sino
sugestionar a sus fieles, hacerles falsas
promesas. Les inculcaba sentimientos de
liberación y les atemorizaba con
la proximidad del Juicio. Sabía cómo
crear ambientes propicios en sus ceremonias,
sabía como hablarles y amonestar
sus fallos. Entonces era cuando veía
en los ojos de aquellos hombres y mujeres
el miedo, el terror a su ira. Porque nadie
debía abandonarle, nadie podía
renunciar a lo que él ofrecía.
Nadie podía tampoco escapar, porque
eran demasiado fuertes y bien cimentados
los muros que los separaban de la sociedad,
demasiado altas las vallas electrificadas
que circundaban la finca, demasiados los
perros fieros... Nadie podía escapar
de la trampa en que se había metido,
voluntariamente o no.
La personalidad del líder era fuerte
y siempre estaba apoyada por dos de los
llamados Primeros Sacerdotes: hombres rudos,
de torsos anchos y brazos poderosos, expertos
en artes marciales bien entrenados para
evitar cualquier rebeldía. También
conducían los Ritos, los temidos
ritos que tanto odiaba Marcus... Había
ingresado en la secta impulsado por su propia
confusión espiritual, y ahora que
empezaba a reaccionar, a darse cuenta de
que ése no era el camino adecuado,
se veía encerrado, sin posibilidad
alguna de salir. Y no podía sobrellevar
el estado en que quedaba su alma tras los
Ritos. Comenzaba a temer verdaderamente
las largas sesiones en las que el Gran Maestro
congregaba a diez miembros -él siempre
estaba entre esos diez- y eran sentados
en la mesa del Círculo Místico.
Pretendían, unidos todos de las manos
y guiados por los sacerdortes, comunicarse
con espíritus que les llevarían
a otros siglos, pasados y futuros, donde
las divinidades se les revelarían
y así podrían participar de
lleno en su sabiduría. Fumaban hachís
y bebían preparados extraños
con sustancias excitantes. Al alcanzar el
máximo estado de euforia y confusión
mental era cuando entraban en escena las
víctimas: animales que tenían
que sacrificar para ofrecer después
en el altar mayor. Abrir sus carnes, degollar
sus miembros, desangrar sus vísceras,
comer sus cerebros, eso era lo que tenían
que hacer para alcanzar la sabiduría
y protección divinas.
Ahora Marcus debía dejar de pensar
en todo eso y centrarse en la ceremonia.
Y mientras se enjugaba con el dorso de la
mano el sudor que le caía por la
frente, el Gran Maestro seguía hablando
del final de los tiempos, un final que profetizaba
muy cercano.
"Porque
llegarán tiempos mejores para los
elegidos. Y aunque hayáis bebido
de todos los vinos de maldad y hayáis
comido de los manjares del vicio, no se
os tendrá en cuenta. Porque serán
ciento cuarenta y cuatro mil sellados y
nosotros estamos entre ellos. Y veremos
una tierra nueva, repleta de oro y de riquezas,
llena a rebosar de seda y piedras preciosas;
una tierra de aromas perfectos, de ambientes
claros y sin nubes donde no existen los
esclavos y sólo hay bondad. Veremos
árboles de Vida y de Ciencia allí
donde la Muerte ha sido desterrada y las
murallas son puras alas de ángel."
"Y
¡ay! de los que me abandonen. ¡Ay!
de los que se atrevan a desafiarme. Porque
entonces serán pocos vuestros lamentos,
serán escasas vuestras súplicas.
Y todo el que no me siga, el que no siga
mis palabras, las palabras de iluminación,
será atormentado con fuego y azufre,
y la humareda de su tormento se elevará
por los siglos de los siglos... El Señor
no olvida vuestras iniquidades. ¡Y
yo, como su enviado, tampoco!"
Los rostros de los adeptos estaban petrificados,
inmóviles todos, con la expresión
dirigida hacia él. Y siguieron absortos
e impotentes ante sus palabras hasta que
unas mujeres empezaron a llorar y le gritaban
que nunca le abandonarían, que irían
allá donde él las llevase.
El Gran Maestro sonreía satisfecho.
Lo iba consiguiendo. Poco a poco iba convenciendo
a todos, y pronto anunciaría la llegada
del final de los tiempos.
Fueron pasando días con sus noches,
y los sectarios seguían cumpliendo
órdenes. Continuaba el almacenamiento
de armas y el sometimiento sexual de las
mujeres, que una a una iban pasando por
las habitaciones del Maestro, satisfaciendo
sus instintos, sometiéndose a su
estricta voluntad, una voluntad que creían
divina, mientras perdían a pasos
acelerados cada rasgo de su personalidad.
Y el sol desapareció. Se esfumó
en medio de una clara mañana y sólo
dejó oscuridad. En realidad no era
más que un eclipse pasajero, pero
Él dijo haber recibido la señal:
el final estaba aquí. Sólo
veinticuatro horas después, el Caos
arrebataría el mundo.
Con gestos solemnes convocó a todos
para oficiar el último Rito. Comunicó
que el Señor pedía un sacrificio
especial si querían salvarse: A cambio
de la vida de seis, se salvarían
sesenta de ellos. ¿Y quién
serían esos seis?
Los nombres de todos fueron escritos en
pequeños papeles y depositados en
una caja de metal. La suerte y la mano del
líder fueron descubriendo uno a uno
los elegidos, que al irlos llamando les
indicaba que debían colocarse en
fila a la izquierda del altar. Tenían
los hombros tensos, los ojos hundidos y
húmedos, las manos sudorosas; los
oídos, atentos a las indicaciones
del Maestro, rendidos ante lo que a él
se le ocurriera hacer. Y aunque todos los
que estaban allí congregados estaban
bajo los efectos de las drogas que se suministraban
diariamente, algo podían percibir,
algo que les decía que debían
luchar por una nueva vida, no dejarse llevar
por los gritos de un loco que almacenaba
cientos de dólares en aquel refugio
libre de impuestos. Pero se marchó
la cordura que había aparecido tan
sólo un momento, nadie la pudo atrapar.
Los que iban a ser sacrificados se dirigieron
al patio acompañados de los sacerdotes.
Marcus, que era el más joven, salió
de la fila y corrió, corrió
todo lo que pudo hacia la parte trasera
de la casa, hacia el acantilado de olas
coléricas.
-¡Dejadle! -gritó el Maestro.
-¡No vayáis tras él!-
Y mantuvo en sus labios una siniestra sonrisa
mientras decía: -No ha entendido.
Ha oído pero no ha entendido que
su ruina está cerca, y si piensa
que así escapará a la furia
del Señor va equivocado. Muy equivocado...
¡Prosigamos!
Los maderos estaban ya preparados, los clavos
también. El sol despedía brillos
sobre las frentes sudorosas de los elegidos,
que entre alaridos de dolor, lloros y súplicas
iban siendo crucificados. El resto de las
personas que tenían que presenciar
aquel horror estaban arrodilladas hincando
sus rodillas huesudas en la arena del patio,
balbuceando plegarias. El Gran Maestro alzaba
sus gordezuelos brazos al cielo anaranjado
y arrugaba su nariz y torcía la boca
en una mueca desagradable mientras creía
que su poder estaba renovándose por
momentos. Aspiraba omnipotencia e incluso
lloraba de emoción. Era sólo
un loco, pero un loco seguido por muchos.
Cualquiera podía captar ese día
el olor del holocausto, del sacrificio mezclado
con la brisa salada que traía el
mar. Podían oirse los gritos escandalosos
de las gaviotas que iban y venían.
Podían verse perfectamente los hilillos
de sangre que resbalaban del centro de aquellas
manos perforadas hacia las muñecas,
la sangre acumulada en las plantas de los
pies, las pupilas dilatadas, las bocas abiertas,
las túnicas convertidas en sudarios.
Cuando el sol hacía intentos de ocultarse
para no tener que contemplar la macabra
ceremonia, alzaron los crucifijos y los
cuerpos sacrificados se mostraron ante los
ojos de los hombres como nuevos Cristos,
como últimas ofrendas al dios que
les salvaría de morir en aquella
tierra injusta.
A pesar de que todos tenían el estómago
revuelto, los miembros adormecidos y la
cabeza a punto de estallar, pasaron una
noche tranquila. El Maestro no llamó
a ninguna mujer, nadie oyó tampoco
cómo sonaba una y otra vez el teléfono
para él, llamadas de traficantes
y de proveedores. Nadie fue molestado en
plena noche ni atemorizado por los sacerdotes.
Marcus también durmió descansado.
Había corrido hasta el límite
del despeñadero y su cabeza descontrolada
por la marihuana mezclada con cocaína
hizo que él mismo decidiera su suerte,
que fue morir atrapado en una de las vallas
electrificadas. No se acordaba de que existían:
sus ansias de escapar y la fe de recuperarse
no fueron suficientes porque su cerebro
no funcionaba. Él había muerto,
pero desde donde estaba, con toda la paz
de que disponía, pensaba contemplar
la función final.
Sesenta fueron las oraciones, una de cada
miembro de la comunidad. Sesenta fueron
las cerillas que se emplearon para provocar
el incendio en el altar mayor, y sesenta
los hombres dispuestos a morir. El Santuario
iba llenándose de llamas y de humo
procedentes de la ira de Dios mientras los
alaridos de dolor iban en aumento. Nadie
había escapado en el último
momento porque todos creían fervientemente
en que así tendrían la vida
eterna asegurada. Ahora sufrían,
sí, pero más tarde vendría
el gozo imperecedero. Dejaron que sus cuerpos
fueran consumiéndose y que el fuego
fuera destruyendo su templo.
Las nubes que se habían estado cerniendo
sobre aquel lugar apartado parecían
vestir de luto por ellos. Y descargaron
su llanto sobre la casa y sobre la arena
del patio delantero donde se iba dispersando
entre los regueros de agua la sangre de
los sacrificados el día anterior.
El incendio se apagó dando paso a
una intensa humareda que se iba elevando
hacia el oscuro firmamento, llevándose
las almas de todos los que en el fondo de
su ser, aún sin saberlo, se habían
arrepentido o habían reconocido su
fallo. Por el contrario, un fuerte viento
que empezó a impulsar de nuevo las
olas contra las rocas del acantilado, alzó
los siniestros pensamientos del líder
que aún se sostenían en la
atmósfera del lugar y los empujó
hacia el centro de un tornado que pronto
se formaría en aquella región.
Allí se desintegrarían, serían
hechos trizas, tal y como él había
hecho con sus seguidores. No podía
obtener ningún perdón, había
traspasado los límites.
Más
allá del límite (Autora: Marta
Abelló Saura, Lliçà
de Vall, Barcelona, España)
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