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EL LIBRO DE LOS CAMBIOS
“En el año 28 de su gobierno, el emperador inauguró
una nueva época; se rectificaron las medidas y los
pesos y se puso orden en innumerables asuntos…
“Con su aguda inteligencia, su benevolencia y su sentido
de la justicia, ha expuesto claramente todas las leyes y los
principios…
“Todo el universo es un territorio bajo el dominio de
nuestro emperador.”
(Sima Qian, Shiji)
Xojung tenía la esperanza, atormentado por el destino que le aguardaba, de que el sacrificio lo cambiaría todo. Tendido en una oscura sala, de pétreos relieves que titilaban al soplo de las antorchas, miraba con dolor sus tendones abiertos. La hemorragia ya cortada tenía un mal aspecto, había entrado arena en la herida. La humedad había hecho que aquella mezcolanza se mantuviese tierna para los parásitos ávidos de sangre. Él sabía que aquella tortura era innecesaria, no podía escapar, no quería. La muerte ya estaba en su cuerpo.
De nada habían servido sus ruegos. El sacerdote seccionó sus dos tendones de Aquiles, en un breve ritual que anticipaba el sacrificio de la mañana siguiente. Este tendría lugar después del juego de pelota en el que el propio monarca tomaba parte.
Xojung volvió a mirar los relieves y esbozó una sonrisa de triunfo. Zhang Qian, descendiente del famoso general y explorador chino que servía con el mismo nombre al emperador Wudi, nunca más aparecería retratado en ellos. El mismo Xojung había matado a Zhang con una certera flecha. Había evitado así que Zhang llegase a ser el asesor y aliado de Pachacutec, el monarca andino al que conocían, en aquellos tiempos lejanos, como “el Renovador”.
Ya nada volvería a ser igual. Nadie recordaría a Zhang. Pero tampoco el propio Xojung trascendería en ninguna conversación. Ni siquiera sus amigos saben ya quien es ni si llego a existir. “¿Xojung? No, no le conozco.., ¿y dice usted que mató a Zhang Qian?…, pues no, tampoco lo conozco, ¿debería?”. “Si que deberían” pensaba Xojung con resignación “acabo de darles la libertad”. Pero nadie se lo reconocería por que su vida se estaba diluyendo en el pasado sin poder haber existido en el futuro. Cuando inició el viaje sabía que no habría retorno.
Observando las figuras coloreadas, una de las composiciones le devolvió a la dolorosa realidad. En ella se representaba el sacrificio de unos niños a los que se les abría el pecho para extraerles el corazón, con la intención de apaciguar a los dioses o quizá para adivinar el futuro. Él sabía que ese lejano tiempo ya no sería el mismo y aquello le reconfortó.
Xojung se arrastró lejos de los fríos muros decorados para evitar esas visiones fantasmagóricas y decidió meditar sobre lo ocurrido, para no pensar en la mañana que se acercaba.
Nada volvería a ser igual. Cómo sería ahora su Euron natal.
Si fuese posible su regreso, no volvería a ver las ocho ciudades flotantes, ni la sombra que proyectaban. Una sombra de cientos de kilómetros que se extendía cuando planeaban las inmensas metrópolis por encima de los feudos tecnológicos de las razas inferiores. Para Xojung era un misterio como podían desafiar la gravedad ciudades enteras, sin que se apreciase ninguna actividad energética.
Desde su construcción se vetó el acceso a los habitantes de las tres regiones planetarias, ya fuesen de Euron (formada por los descendientes de las antiguas civilizaciones europeas del siglo XXI), de Africasia (descendiente de la antigua raza negra) o de Inca (herederos del último continente descubierto). Xojung, a pesar de no haberlas recorrido nunca, se hacía una idea de cómo eran por los relatos de aquellos que, gozando de la inmunidad diplomática, podían visitarlas con sus lanzaderas comerciales.
Cada una de las ciudades estaba gobernada por uno de los ocho hijos del cielo, los cuales a su vez servían al emperador, regidor de la Nueva Ciudad Prohibida o ciudad Púrpura, la más grande de las ocho. Vivian en ellas las familias imperiales, con su séquito de concubinas, los militares, los directores de las grandes empresas tecnológicas, altos funcionarios y actores del gran teatro. Todos con un lazo común que les hacía ser superiores a los habitantes de las tres regiones de la superficie. Eran descendientes de las antiguas dinastías chinas que extendieron su imperio por todo el planeta y que obligaron al resto de razas a una asfixiante sumisión. Todo el mundo trabajaba para ellos. En este vasallaje también eran incluidos aquellos orientales que no pertenecían a las etnias chinas.
Mientras tanto, los dirigentes chinos elevaban su refinada cultura al lugar que siempre creían que se le había reservado. El cielo sería desde entonces su morada. Desde allí dominaban el perfecto funcionamiento de las factorías tecnológicas que salpicaban la superficie, voluminosas y grises. También evitaban cualquier movimiento subversivo y disfrutaban de los placeres proporcionados por la seguridad y riqueza.
La primera vez que Xojung se adentró en la selva para seguir a la comitiva de Zhang, se quedó maravillado por la belleza de aquellas extensiones vegetales. El olor húmedo de la sabia descongestionó sus pulmones. Xojung nunca había visto árboles, ni plantas, ya erradicadas de la superficie, pero había oído que en las ciudades flotantes había jardines con lagos rodeados de esta exótica vegetación y colinas tapizadas de flores, que eran, según los viajeros, delicados tallos coronados de miles de colores que nunca llegaría a poder imaginar que existiesen. Ni siquiera había visto un tallo de soja, a pesar de tomarla todos los días en su dieta en forma de comprimidos. Los ciudadanos chinos se podían permitir el contacto de la naturaleza, por que ellos la poseían. La domesticaban dentro de sus ciudades flotantes.
Recordaba cómo, durante su niñez, iba a menudo a los muelles para oír las historias de aquellas fantásticas construcciones por boca de los navegantes que desembarcaban de las naves comerciales. Contaban que los edificios rivalizaban entre ellos en altura y belleza, destacando siempre los palacios y las pagodas con sus pisos decorados de materiales preciosos y coronados por cúpulas luminiscentes. Entre ellos se disponían grandes avenidas por las que discurrían plataformas transportadoras, usadas por los ciudadanos chinos para desplazarse de un lugar de ocio a otro.
El entretenimiento regía la vida de los cortesanos chinos. Y entre las numerosas posibilidades lúdicas, el teatro era la distracción preferida, por encima incluso del disfrute sexual de las concubinas. Sus actores eran héroes, más aclamados incluso que los mandos militares. Sus vidas eran seguidas más allá de la representación, y habían conseguido introducirse en los puestos políticos de más relevancia.
Seguramente todo aquello desaparecería. Es más, con la muerte de Zhang Qian, nunca llegará a existir. La historia relegaría a China a otro plano y ya no se enseñaría a los jóvenes su avatar en el tiempo. No se volvería a hablar de las guerras religiosas entre budistas, confucionistas y taoístas. Y quizá el cristianismo dejaría de ser una moda sectaria entre los actores de teatro, para tener una mayor relevancia. Aunque a Xojung le daba igual este aspecto, ya que nunca había creído en estas supersticiones de Euron.
Le hubiese gustado disfrutar de todos estos cambios. Y sobre todo el poder tener un nombre heredado de sus antepasados, y no el de origen chino que le habían impuesto.
Solo había algo cuyo cambio le preocupaba, la perdida de la medicina acupuntural perfeccionada durante milenios hasta la infalibilidad. ¿Qué podía aportar la química de Euron frente a la efectividad de la acupuntura tecnológica en el tratamiento de las enfermedades? Esta incertidumbre era un riesgo que había que correr. El bien o el mal ya estaba hecho. Nada volvería a ser lo mismo desde la muerte de Zhang Qian.
Xojung se arrastró hasta la pared para apoyarse en ella. No se oía nada en la sala ni fuera de esta, tan solo el silbido sutil de las llamas de las antorchas lamiendo los muros.
Volvió a evocar su mundo, el motivo de su destino y como empezó todo.
***
Xojung trabajaba en la central de producción informática y de ingenios electrónicos, junto a la planta de biotecnología y genética. Todos los días sometía su trabajo e ideas al servicio de la elite china, al igual que sus compañeros de otras razas.
Día tras día acudía con fidelidad a su rutinario trabajo.
Pero una de esas monótonas jornadas conoció por casualidad a Mao, ingeniero implicado en el desarrollo de viajes a través del tiempo. Simplemente tropezaron el uno con el otro. Si todo hubiese quedado en ese encontronazo, ni siquiera se habrían mirado a la cara. Era habitual que los obreros se aglomerasen en los descansos, chocando unos contra otros. Pero a Xojung se le cayó un libro que llevaba bajo el brazo. Uno de sus enseres más preciados y que guardaba desde niño. Aquel día lo llevaba como entretenimiento para los descansos.
Mao reparó en el libro y fue a recogerlo. Al verlo en el suelo, Mao no pudo dejar de sorprenderse. Su rostro reflejaba nerviosismo. Por fin lo había encontrado. Tenía ante sí una obra maestra que se creía perdida, el compendio de sabiduría más antiguo, el Yi Jing o libro de los cambios. En aquel momento la duda de que solo se tratase de una leyenda se disipó. El libro existía. Sabía mucho sobre aquel libro que sin embargo nunca había llegado a ver.
Se databa su escritura entre la dinastía Shang y Zhou, en torno al siglo XII antes de la era de la secta cristiana. Su intención sapiencial y oracular se había basado en la interacción del yin, principio femenino, pasivo, oscuro y frío, representado en el libro por la línea discontinua, y el yang, principio masculino, activo, lumínico y caluroso, representado por la línea continua. Ambos principios son creadores y complementarios e impulsan el cambio en el universo.
Enseguida Mao demostró un interés inusitado por la obra milenaria. Xojung le contó que había pasado de generación en generación por todos sus antepasados, desde las primeras guerras entre China y Euron, hasta acabar en sus manos. Sabía que su abuelo le había dado un uso práctico, pero él no creía en juegos adivinatorios y lo guardaba solo por el cariño que profesó a su abuelo, muerto en las minas de Inca.
- ¡Es maravilloso!- exclamó Mao- lo he estado buscando durante toda mi vida.
A Xojung le parecieron estas palabras dignas de un fanático religioso.
Pasaron varias semanas en las que Mao buscaba la compañía de Xojung. Mao comenzó a caerle bien con el tiempo, a pesar de la insistencia en querer ver el libro, lo cual demostraba su relación interesada hacia él. Sin embargo la revelación del importante secreto que guardaba Mao, le demostró que esto último no era así.
Era habitual ver a hombres de diferente razas compartiendo trabajo o amistad, siempre que no fuesen orientales, pues estos, a pesar de no ser de etnia china se sentían más cercanos a estos que el resto, y por ello superiores. Mao era de raza negra y de maneras afables. A ninguno de los dos les quedaba ya familia y no tardaron en hacerse buenos amigos. Más aún compartiendo su oposición al régimen imperial chino.
El abuelo de Xojung, el único familiar que había conocido, murió aplastado en los derrumbamientos de las minas incas que explotaban los chinos. Se rumoreaba que el propio emperador había causado el desastre para cerrar una extracción que ya no era rentable. El corazón desconsolado de Xojung necesitaba creerlo así. Su rabia alimentaba la necesidad de culpar a alguien. El Imperio.
La familia de Mao fue detenida. Un vecino deseaba a su hija pero ésta no le correspondía. Mao siempre fue contrario a los matrimonios pactados. El pretendiente, despechado, les denunció. Se les acusaba de conspiración. Sólo Mao sobrevivió al cautiverio. Cuando se descubrió todo ya no había remedio. De nada le sirvió que los cargos se retirasen y se eliminase a su vecino por falsos testimonios. Su odio alimentado en la celda solo tenía presente vengarse de su enemigo. El Imperio.
El rencor hacia el Imperio unió a aquellos dos hombres. El Libro de los Cambios sellaría sus destinos.
***
Una noche, oscurecida por la proximidad de las ciudades flotantes, Mao propuso a Xojung reunirse en su casa. Nunca había estado en ella y le agradaba la invitación para poder conocer más a su colega. Pero Mao había impuesto una condición, debía llevar el Yi Jing. Mao le quería revelar el trabajo en el que estaba empleando su tiempo libre de manera secreta, y demostrarle la necesidad del libro para sus investigaciones.
Al llegar, no pudo ver donde vivía, ya que el ingeniero le llevó directamente a una especie de antiguo hangar. El aspecto exterior herrumbroso de este no se correspondía con su interior. Miles de microordenadores se comunicaban a través de destellos, pantallas y sonidos formando un maravilloso concierto de tecnología punta. Ni siquiera en la central tecnológica Xojung había visto tal complejidad y potencial informático.
- Si la guardia imperial descubriese todo esto no creo que pudiese salvarte nadie. No me imaginaba que fueses un ladrón de material tecnológico.-dijo Xojung.
- Mas bien por ladrón de secretos… este material es todo de desecho-le contestó Mao.
-¿secretos?- preguntó Xojung sin entender.
- Si, allá arriba están tan preocupados de su propio ombligo que se olvidan de que nosotros, además de trabajar como esclavos para ellos, también evolucionamos. Y aunque no nos damos cuenta, nuestra inteligencia se está desarrollando más deprisa que la de esos aristócratas amarillos.- explicó Mao.
- Si, pero la inteligencia sin medios para tener el mando político se corrompe en su anhelo de poder. – interrumpió Xojung
-. Los chinos tienen el poder y nosotros le damos la tecnología, pero esto tiene que cambiar. Con huelgas podríamos obligarles a que se nos permitiese acceder a la administración del imperio. El problema es que no somos estrategas ni militares y eso nos limita, ya que aunque las ciudades flotantes se quedasen sin tecnología, podrían aplastarnos sin problemas. La solución no esta en un enfrentamiento. Por eso me he apropiado de unos cuantos secretos de la planta de desarrollo de viajes en el tiempo con la intención de poder cambiar las cosas.
-Veo que tienes ideas peligrosas- inquirió Xojung con cautela para tantear hasta que punto Mao quería el cambio.
Mao se puso a la defensiva, pero Xojung sonrió relajando aquella momentánea tensión.
- No te preocupes, no te delataría nunca.- comenzó a decir Xojung para tranquilizar a su amigo- Pero no creo que con tu forma de pensar llegues muy lejos.
- No quiero llegar lejos, sino antes.- contestó el ingeniero- Llegar antes de que todo fuese favorable para que China se hiciese con la hegemonía del planeta.
- No te entiendo.- dijo Xojung, no estando seguro de lo que su amigo quería decir.
- Es muy sencillo. ¿Qué sucedería si China no hubiese descubierto Inca?
- Eso nadie lo puede saber- contesto Xojung.
- Te equivocas,- afirmó Mao- tienes la respuesta en la mano.
Xojung miró el Libro de los Cambios que portaba. Pero aún seguía sin comprender. Mao se dio cuenta de que fruncía el ceño.
- El Yi Jing,- comenzó a explicar el ingeniero- ha sido considerado erróneamente durante milenios un libro de adivinación. El oráculo se realizaba asociando al azar las líneas del yin y del yang. De la combinación resultante se daban ocho trigramas, que eran interpretados a la luz de la sabiduría. El libro en su primera parte explica las imágenes de los trigramas, considerados de dos en dos, a modo de hexagramas. Después, el libro, en la parte conocida como “Diez Alas”, comenta y aclara las interpretaciones anteriores.
- Hasta aquí te sigo por que es lo que la tradición dice.- comentó Xojung.
- Si, pero el Yi Jing no debe considerarse un libro de adivinación, sino un método que contempla el pasado, el presente y el futuro en su interacción y mutación constantes. El Libro de los Cambios nos puede decir qué hubiese pasado si China no fuese la descubridora de Inca. Creo que China ha llegado a ser lo que es gracias al descubrimiento de este continente.
- ¿Y qué conseguiríamos con ello?- preguntó Xojung con el convencimiento de que aquella información especulativa solo serviría para hacer folletines de entretenimiento, que además no gustarían nada en la corte imperial.
- Mucho, puesto que yo puedo viajar al pasado para hacer que estos cambios se produzcan.
Xojung no quiso sonreír para no violentar a su amigo. Intentó aparentar el máximo interés.
- Pero, en la división de viajes temporales, según la última memoria, no habéis conseguido ningún resultado tangible. De hecho se rumorea que el proyecto corre peligro y que podéis dar gracias a que no lo clausuren por el interés que algunos de los hijos del cielo tienen en él.
- La división no tiene resultados, pero yo si.- dijo triunfal Mao- Tengo el medio para viajar al pasado, pero me faltaba saber las consecuencias de realizar cambios en el tiempo, y el Yi Jing me puede dar la solución, para evitar posibles paradojas temporales.
- Pero es sólo un libro. –protestó Xojung.
- Es más que eso. Es una filosofía universal. Es el alma filosófica que necesitaba para Zhou. – aclaró Mao mientras señalaba a su alrededor el gran despliegue informático que les envolvía. – Te presento a Zhou, mi inteligencia artificial, diseñada durante años. Mi compañero de largas horas de trabajo. Gracias a él he podido diseñar y construir un transportador de partículas al tiempo ya vivido. Y mi intención es introducir e inculcarle la filosofía del Yi Jing para que acote con precisión el momento exacto y la acción necesaria para cambiar el futuro, es decir nuestro presente.
- Pero ¿y si te equivocas y creas un presente peor?- Xojung no salía de su asombro.
- Es un riesgo que prefiero antes que soportar la subyugación que sufrimos desde hace siglos- contestó Mao.- Además yo no vería el resultado pues no podría regresar del pasado, ya que las partículas proyectadas a lo ya vivido se mantienen durante unos cinco días estables para acabar posteriormente disgregándose.
- ¿Cómo puedes saber con certeza todo eso?- preguntó Xojung.
- Porque hace seis días un perro de los que tanto les gusta comer en la corte apareció de pronto en el hangar. Al principio no comprendí cómo. Pero enseguida vi la luz. Yo mismo lo había enviado desde el futuro. El perro tenía una nota en el collar: “Soy tú mismo dentro de un día y medio, he comprado este perro y te lo envío. Aunque ahora no se si el experimento dará resultado, si ves al perro lo sabré, pues este cambio también cambiará mi conocimiento en el futuro con respecto al hecho”. Desgraciadamente, el perro solo duró cinco días, después sus átomos perdieron consistencia y se licuó.- Mao miró a un gran frasco sanguinolento que guardaba en un estante. Xojung no pudo evitar un gesto de desagrado.
-¿No querrás convertirte en zumo exprimido?- le preguntó.
- Creo que el sacrificio merecería la pena.- contestó Mao- Pero sin tu libro no podré hacerlo.
El dolor de los tendones le devolvió a la realidad de su cautiverio, diluyendo en su memoria todos los recuerdos.
***
Le pareció oír pasos que se acercaban. Permaneciendo más atento no se dio cuenta de que casi dejaba de respirar. Los pasos avanzaban.
Por fin la puerta de madera se abrió apareciendo la figura de una mujer menuda y delicada. Sus pómulos eran anchos y almohadillaban dos intensos ojos negros que la hacían bella. Llevaba el pelo muy largo, con dos trenzas y sujeto con una cinta. Pero lo que más le llamó la atención fue su colorida vestimenta. Xojung no estaba acostumbrado a tanto color, pues sus trajes especiales de trabajo tenían un frío color metálico y se ceñían sin gracia al cuerpo. Esta mujer, en cambio, era una embajadora del color. La cubría una larga pieza rectangular de tela de alpaca tejida, que se había introducido por la cabeza y que le llegaba hasta los tobillos, ciñéndosela con un cinto. Sobre ella llevaba una capa de lana roja. Las sandalias de piel que cubrían sus pies parecían demasiado suaves como para imprimir los pasos que Xojung había oído.
En efecto el dueño de aquellos pasos aún no habia entrado en la celda. Detrás de la mujer emergió un hombre de ojos rasgados y pelo oscuro como el azabache. Xojung enseguida identificó su procedencia china. Y aún más le sorprendió al cautivo el refinamiento de aquel personaje, envuelto en finas sedas. La espada que portaba le indicaba que tenía un guerrero ante sí.
La mujer dejó en el suelo un tejido lanudo a modo de mantel, colocó dos tazones humeantes en los dos extremos, y haciendo una tímida reverencia se marchó. El recién llegado le miró intensamente a los ojos antes de hablar.
- ¿Hablas mi lengua?- preguntó el chino.
Xojung asintió.
- Veo que eres europeo- siguió el visitante.
Xojung volvió ha asentir.
- No eres muy cortés- increpó el guerrero chino ante el silencio del prisionero. Xojung miró sus tendones abiertos a modo de respuesta. – Ya veo. Pero reconocerás que tu crimen merecía un castigo.
- No tan cruel- comenzó a hablar Xojung
- Esto es tan solo el principio- le dijo el chino bajando los ojos.
- Lo sé. – Xojung prefería no pensar en ello.
- ¿Por qué lo has hecho?- preguntó el guerrero.
- Por derrotar a China- contestó Xojung, sabiendo que nada de lo que dijese seria comprendido por aquellos hombres antiguos.
- ¿Crees que China es derrotada por que solo uno de sus hijos caiga a manos de un desconocido como tú? Si piensas eso estas verdaderamente loco.
- Así es- contestó Xojung, sin saber su interlocutor si se refería a que había derrotado al gran imperio o bien que afirmaba que estaba loco. Xojung se llevo la impresión de que aquel hombre curtido en batallas realmente creía lo segundo.
- Tu cobarde acción nos obliga a volver a China, retrasando nuestra alianza con estos nuevos pueblos. Pero el imperio es poderoso aún sin la ayuda de estos ricos territorios.
Xojung sabía que si regresaban no podrían volver hasta varios años después, lo que le daba la certeza de haber cambiado las cosas.
El chino se levantó y sin tomar su tazón se volvió hacia Xojung.
- Puedes tomarte los dos, pues será tu última comida en la tierra de los vivos.- le dijo antes de marchar.
- Lo sé.- dijo impasible. Ya solo, se miraba las palmas de las manos que habían comenzado a perder sus líneas entre la carne que comenzaba a descomponerse.
Prefirió distraerse para no ver el proceso, pensando en los últimos días que pasó en su tiempo.
***
Xojung accedió a que Mao utilizase el Libro de los cambios. El ingeniero estuvo durante días trabajando en introducir toda la sabiduría antigua en Zhou. Pero el trabajo que esto supuso le absorbió tanto que comenzó a levantar sospechas. Había comenzado a no rendir igual en sus deberes con la planta tecnológica.
Xojung intentó que distribuyese mejor sus fuerzas, pero su amigo no le hizo caso. Terminar de aleccionar a Zhou se había convertido en una obsesión. La situación acabó por hacerse insostenible por que Mao ya no acudía a trabajar. Decidió volver a la casa de su amigo.
Cuando llegó fue directamente al hangar pues no esperaba encontrarlo en la vivienda. Mao estaba con un aspecto muy desmejorado desde la última vez que le vio. Sus ojos se habían hundido pronunciando más sus pómulos negros. Y su cuerpo exánime se movía con nerviosismo. Le oyó llegar pero no se volvió, solo se limitó a darle la bienvenida con un “Lo he logrado, Xojung, lo he conseguido”
-Mira, acércate. Zhou nos va a indicar el mejor momento para viajar al pasado y qué hacer para cambiar el rumbo de la Historia.- Dijo Mao mientras se volvía hacia la parte principal de Zhou.
- Zhou- llamó el ingeniero.
- Te escucho, maestro- contestó la máquina. Xojung pensó que aquel apelativo era muy propio de la tradición china y se preguntó si a pesar de todo no eran tan chinos como sus opresores.
- Zhou, señala con precisión el momento y acción que supuso en la historia una ventaja para China sobre las demás naciones y dinos como podríamos cambiar estos hechos. – le ordenó Mao.
Tras diez segundos de cálculos, la computadora respondió con precisión.
-Hace treinta y dos siglos, durante la dinastía Ming, se envió una expedición comandada por el almirante Zhang Qian, hacia el este a través del gran océano. Tenían la intención de llegar a la vieja Europa por otras vías alternativas a la ruta de la seda. En su viaje descubrieron unas tierras desconocidas y que más tarde se comprobó que tenían las dimensiones de un nuevo continente. Su riqueza era inmensa, tanto como para poder llegar a convertir a su descubridor en una potencia hegemónica dentro del orden mundial. Se le dio el nombre de los primeros pueblos que entraron en contacto con la expedición. Por ello conocemos el tercer continente como Inca. Los Incas estaban por aquel entonces gobernados por Pachacutec, “el Renovador”, que intentaba cohesionar los distintos grupos étnicos bajo un mismo imperio inca. El almirante Zhang le ayudo en la empresa y a cambio obtuvo el acceso al continente, convirtiéndose años después en una conquista hostil. Inca cayó al fin en poder de China al mismo tiempo que en Europa también caía la Rusia de los Zares. Para cambiar estos hechos se recomienda la eliminación del sujeto Zhang Qian.
- ¿Y qué consecuencias tendría esa acción?- preguntó Xojung anticipándose a Mao.
- Inca ya no sería descubierto por China, teniendo más posibilidades de conquista y descubrimiento otras potencias Europeas como Portugal o quizá España.
- ¿Hay otras variables que podrían poner en peligro a Europa frente a China, a pesar de impedir la conquista de Inca?- preguntó Mao
-Si.
En ese momento un láser calcinó con violencia la unidad central de la computadora, no sin antes quedar impresa en una de las pantallas la variable a tener en cuenta. Xojung solo pudo ver una palabra incomprensible, pero que se quedó grabada en su memoria antes de echar a correr detrás de Mao. La brigada de control imperial estaba entrando en el hangar en busca de los dos amigos con la orden de destruir todo, ya fuesen humanos o máquinas.
- ¡Corre, sígueme!- gritaba Mao entre las ráfagas de láser que les pasaban cada vez más cerca.
Se adentraron en un pasadizo cerrando tras de sí una puerta deslizante.
- Esto les detendrá lo suficiente- le dijo Mao a Xojung que intentaba recuperar el aliento.
- Lo suficiente para qué- preguntó Xojung entre bocanada y bocanada de aire.
- Xojung, esta situación ha precipitado las cosas, pero tengo todo ya preparado desde hace unas horas. Haremos realidad los cambios de Zhou. – dijo Mao internándose en un módulo parecido a una lanzadera espacial, y haciendo señas a su compañero para que le siguiese.
Xojung le siguió, pero no estaba seguro de que saliesen con vida de aquel atolladero. La palabra que había visto parpadear en la pantalla de Zhou le inquietaba. No sabía su significado, pero su intuición le decía que si cambiaban el curso de la historia aquella palabra constituiría una amenaza para Euron.
La puerta de su calabozo se abrió y la luz que se filtraba entre ella y la figura que la había abierto le anunció que la mañana había llegado.
***
Un corpulento hombre con el pecho descubierto y jalonado de adornos de oro y jade se le acercó desde la entrada. Al inclinarse hacia él descubrió un bello tocado de plumas multicolores que remataban unos adornos en forma de cabeza de jaguar. El hombre le habló en una lengua extraña que no entendió. Al ver su incomprensión, se le acerco. Una mueca de sorpresa se dibujaba en su rostro cuando la luz que su cuerpo tapaba se introducía en la sala para iluminar las extremidades informes y sanguinolentas de Xojung.
El extraño hombre jaguar le cogió en brazos sin dificultad y le sacó al exterior. La luz le cegó en un primer momento, pero sus oídos se vieron inundados por el clamor de una multitud. Cuando pudo acostumbrarse a la luminosidad se encontró ante una plaza llena de gente mirando hacia el templo de gruesos sillares en el que el hombre jaguar le sujetaba. Este le depositó en una especie de altar de piedra, y la mujer que vio durante su cautiverio se acercó desde atrás con un gran vaso de jade. El hombre jaguar lo tomo, lo alzó al cielo y después lo vertió en la garganta de Xojung. El líquido era tan amargo como el destino que le esperaba.
El hombre jaguar comenzó unas plegarias.
Xojung comenzaba a notar los efectos del brebaje que le habían dado. Primero dejo de sentir el dolor de sus extremidades deformadas. Después empezó poco a poco a sentirse etéreo, con ganas de reír y abandonarse al éxtasis que comenzaba a invadir sus venas.
Entonces giró la cabeza y vio en el suelo el cuerpo sin vida de Mao. Tenía el semblante apacible.
En la mente de Xojung comenzaron a agolparse los recuerdos más recientes. Recordó como hacía cinco días comenzaron a seguir a Zhang y Pachacutec a través de la selva. Revivió la imagen de Mao junto a él, mientras tensaba el arco entre la espesura. Volvió a oír el silbido de la flecha y el alarido de Zhang herido de muerte. Y también le vino a la mente como las huestes de Pachacutec y los soldados de Zhang les persiguieron sin descanso durante tres días, hasta que cayeron exhaustos y fueron apresados.
Pero había algo que le golpeaba las sienes, que volvía y volvía a su mente con más intensidad… aquella palabra parpadeando en el monitor de Zhou. Su significado se le escapaba, pero sus sentidos alterados por la droga le alertaban de su importancia.
Xojung miró hacia el cielo y le pareció ver al hombre jaguar con su corazón en la mano. Cerró los ojos y otra vez aquella palabra invadió los últimos estertores de su mente, repitiéndose una y otra vez como un eco que languidece con la muerte: COMUNISMO, COMUNISMO, COMUNISMO…
El libro de los cambios .
Relato completo. Autor: Andrés M. Cardiel Martínez |
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