Leitmotiv

Relato Completo

Autora: Mariarita Pennington-Evans.

Origen: Mataró, Barcelona, España.

Relato publicado en la antología: Sociedades Secretas.

 

 

LEITMOTIV


Mi primer contacto con la masonería se remonta a bastantes años atrás en Inglaterra y me vino a través de mi vecino de casa y su pandilla de amigos, todos del sexo masculino. Yo, por aquel entonces, contaba diez años y mi vecino y sus compañeros eran, como mínimo, todos dos o tres años mayores. No obstante, a pesar de la diferencia de edad y de sexo, me incluían en todas sus actividades. Jugábamos a fútbol, rugby, cricket; pescábamos en el río en verano y hacíamos carreras de trineos en invierno.
Aquel verano, entre la comunidad infantil inglesa, para sustituir a los maratones de peonza, las carreras de karts y la reconstrucción de las aventuras de Robin de los Bosques, surgió la moda de las sociedades secretas. Tuvo una inusitada e inmediata aceptación porque ha sido un fenómeno social ampliamente constatado a través de la historia que a los hombres siempre les ha encantado formar grupos "exclusivos" y "selectivos" donde poder hablar de sus cosas a escondidas de la mujeres. Aún sin pertenecer formalmente a ninguna hermandad, sólo hay que observar a un grupo de hombres en cualquier reunión social. Se juntan instintivamente y se comportan entre ellos como si compartiesen algún importante secreto, desconocido por las mujeres aunque, en la mayoría de los casos, ninguno de ellos tiene la más remota idea de cuál es este secreto. Y ya desde niños, empiezan a formar sus pandillas a las cuales ninguna niña tiene acceso.
Sin embargo, aquel portentoso estío, cuando mis compañeros de juegos decidieron fundar su propia sociedad secreta, votaron por unanimidad que yo podría ser miembro por ser "un chico más".
Uno de los muchachos mayores, Richard, era hijo de masón. Hoy día, este antiguo compañero de juegos y travesuras es Grand Master de una de las logias más importantes de Gran Bretaña. Sin embargo, por aquel entonces, sólo era un chiquillo que había absorbido parte de los conocimientos de su padre por una especie de proceso de osmosis.
Siendo él el más docto en la materia, se autonombró Presidente de nuestra Sociedad. Nos hizo entrar uno a uno en una sala de reflexión o, para darle su nombre correcto, un "Dunkel Kammer" (o sea, cámara oscura). Cerró las cortinas y encendió unas velas y luego nos dejó a solas. En esta habitación había una mesa sobre la cual estaban colocados una pluma, tinta, papel, un reloj de arena y una calavera. Teníamos que meditar y luego escribir nuestras razones para querer entrar en la Hermandad. Cuando todos lo habíamos hecho, Richard escrutó los papeles y decidió que todos éramos merecedores de formar parte.
A continuación, nos hizo jurar que guardaríamos el más absoluto secreto y prometer incondicional lealtad a la Hermandad. Con toda la solemnidad que exigía la ocasión, entonamos juramentos y promesas y, pinchándonos el dedo con un alfiler, fuimos intercambiando sanguinolentas huellas dactilares.
Nos reuníamos cada día aquel largo verano. Teníamos consignas secretas, saludos complejos y varios símbolos. De estos últimos, el más frecuente era una escalera que significaba el ascenso y la columna central de la consciencia humana.
Por regla general, cogíamos nuestra información de los libros del padre de Richard que éste sustraía a escondidas de la biblioteca de su casa. Eran extremadamente difíciles de entender así que cogíamos nociones básicas y las complementábamos con detalles de nuestra propia invención. Nos sentíamos terriblemente importantes y solidarios en este microcosmos de nuestra propia creación, inasequible a los adultos y a otros miembros de la sociedad.
Acabadas las vacaciones, en otoño tuvimos que reanudar nuestras obligaciones escolares. Por ser el mío un país mayoritariamente protestante, había escasez de colegios católicos y, a menudo, los niños católicos teníamos que desplazarnos a otra ciudad para cursar nuestros estudios superiores. Yo frecuentaba un convento en Manchester a bastantes kilómetros de mi casa. Salía de mi casa a las 06:30 de la mañana y volvía sobre las 7 de la tarde. Resultado, sólo veía a mi Hermandad los sábados.
Santa Clara, discípula de San Francisco no pudo hacerse franciscana por razones de sexo, así que decidió fundar su propia orden. Yo no iba a ser menos y decidí fundar una hermandad en el convento.
Mi empresa floreció y recluté bastantes adeptas. Pronto hubo lista de espera e, incluso, pude permitirme el lujo de rechazar las solicitudes de unas cuantas frívolas. Sospecho que fue una de estas últimas que me delató y ocasionó el abrupto final de mi incipiente carrera pseudomasónica. Un buen día, mi presencia fue requerida en el despacho de la Madre Superiora. Esta me hizo sentar en una silla de respaldo recto, justo en el centro de la alfombra, mientras ella y otra religiosa, la profesora de religión, revoloteaban a mi alrededor explicándome la maldad y la perversidad de estas sociedades, rigurosamente prohibidas por la Iglesia. Hablaron largo y tendido de prácticas dañinas, misas negras, sacrilegios, sortilegios y muchas otras cosas que no tenían sentido para mis asustados oídos infantiles.
Intenté alegar que no podía ser tan malo si, incluso Jesús, junto con doce amigos, había formado una sociedad donde no admitían mujeres. Además, los primeros cristianos también habían tenido sus símbolos secretos como el pez que dibujaban en todas partes. Mi mente infantil no podía ver la lógica de porqué cuando lo hacían unos estaba bien pero si lo hacían otros estaba mal.
Creo que fue en este momento que mi mente empezó a rebelarse contra las ideas procrusteanas de mis mentores. Igual que Procrustes estiraba o amputaba algún miembro de su víctima para que cupiera en su cama, mis profesores estaban inflando mi mente con sus propias ideas e intentaban amputar cualquier iniciativa que no encajara en su propio patrón ético preestablecido.
De todas formas, ya consciente de que en esta sociedad la manera de no buscarse problemas es mostrarse tácitamente e hipócritamente conforme con las reglas establecidas, pedí disculpas alegando que no había sido mi intención pecar y que, en mi inocencia e ignorancia, sólo lo había considerado un juego. Acepté confesarme y no volver más a las andadas.
Aparentemente, fue así pero la semilla estuvo latente y durante los años que siguieron, en mis lecturas, iba regándose una y otra vez con referencias directas o bien alusiones más o menos veladas a la masonería con las cuales tropezaba. Las encontré en material tan dispar como "Guerra y Paz" y "El Constructor de Norwood" de "Las Memorias de Sherlock Holmes". Estas alusiones sólo sirvieron para aguzar mi apetito y muchos fueron los sábados por la mañana que me hallaban oculta entre tomos polvorientos de lomos oscuros en los rincones menos frecuentados de la biblioteca local. Devoré los escritos de Wilgus, Arcon, Baigent, Lepper y Herron. Una vez, en una excursión escolar a York, me escapé de la vigilancia de mis preceptores y efectué una rápida visita al Castle Museum donde hay una sala dedicada exclusivamente a las insignias y los parafernales propios de este tipo de sociedades secretas.
De toda mi investigación privada sólo pude aprender lo que era la forma de la cuestión y no el fondo. Es decir, que en un principio el término "masones", elipsis de "francmasones", masones libres, designaba a aquellos constructores de corporaciones privilegiadas que no se atenían a las reglamentaciones municipales como los demás constructores. Empezaron a formar unos grupos, como gremios selectivos, con sus secretos y consignas que eran de índole profesional y no se divulgaban a nadie fuera de su propia esfera sino que se enseñaban en locales cerrados llamados logias. Los Maestros, que eran como la directiva de cualquier empresa, también se reunían para discutir en privado asuntos de estrategia y gerencia. Evitaban así el "espionaje industrial". Sin embargo, en el siglo XVII en Gran Bretaña se permitió el acceso a no-profesionales, igual que un "doctor honoris causa" en una universidad hoy en día. Las solicitudes para entrar eran numerosas porque es un rasgo endémico del ser humano el querer ser partícipe de un secreto y, más aún, ser miembro de una asociación, cuanto más selecta y restringida, mejor. Estos "accepted masons" o masones aceptados, provenían de las clases altas, la burguesía y el clérigo. Debido a esta intrusión, los principios éticos originales fueron paulatinamente desplazados y remplazados por sentimientos patrióticos y políticos que, bien pronto, convirtieron las logias en centros políticos donde se incubaban conspiraciones y revoluciones. De hecho, años después la Revolución Francesa tomó su lema de "Liberté, Égalité, Fraternité" de la Masonería. De esta forma, en el siglo XVIII, ya se había perdido la masonería operativa, la que iba exclusivamente asociada a la actividad laboral, y había empezado la nueva etapa de la masonería especulativa, una asociación jerarquizada que admitía el acceso a cualquier hombre, independiente de su religión. Surgieron muchos más ritos y ceremonias y, en muchos casos, cultivaban el esoterismo. La masonería en Escocia, por ejemplo, estaba cargada de esoterismo y en las logias de Francia se practicaba la alquimia y la magia. Los enemigos de la Masonería siempre han querido especular sobre la influencia política que ésta haya tenido pero lo único que se le puede achacar es lo del tráfico de influencias entre "Hermanos" y esto es un hecho que siempre se ha dado en todos los países y en todos los niveles de la sociedad.
Creí haber llegado hasta donde era posible llegar así que, aunque atiborrada de datos y fechas, pero insatisfecha, decidí dar por zanjada la cuestión que había morado en mi mente durante los seis últimos años y dedicarme en cuerpo y alma a prepararme para los inminentes exámenes de acceso a la universidad.
Aquel otoño, a punto de cumplir los diecisiete años y sintiéndome toda una mujer libre e independiente, empecé mi primer curso en la Universidad de Edimburgo. Escogí como asignatura optativa Historia Moderna. El primer día de clase, nos reunimos en el Aula Magna donde asistiríamos todos juntos a las "lectures" o conferencias. Aparte de las "lectures", asistiríamos también a unos "tutorials" que eran grupos de seis o siete estudiantes y un profesor no catedrático. Estas clases reducidas tenían el propósito de aclarar dudas individuales que podíamos tener así como fomentar nuestra capacidad de discusión, análisis o crítica sobre la materia.
Yo fui asignada al grupo del profesor Donald Ferguson. Eramos dos chicas y cinco chicos y, bien pronto, nos estábamos congratulando de la buena suerte que nos había tocado. El Profesor Ferguson, o Donald, como nos pidió que le llamáramos, era el sueño de cualquier alumno: joven, entusiasta, campechano, informal... Nunca nos trató como sus inferiores: muy al contrario, invitaba nuestras opiniones aunque éstas fueran diametralmente opuestas a las suyas. Lo único que hacía en estas ocasiones era hacer una mueca cómica y citar a Voltaire: "Desapruebo lo que dices, pero defenderá hasta la muerte tu derecho a decirlo."
Era una especie de maestro del vudú que hacía volver a la vida los polvorientos cadáveres del pasado. Nos hablaba de personajes y acontecimientos históricos como si los hubiese conocido y vivido personalmente. Sus palabras evocaban escenas, olores, sonidos y los traían hasta donde nuestros sentidos pudiesen percibirlos. Manipulaba el concepto de tiempo a su antojo. A su voluntad lo estiraba, lo comprimía, lo reducía a la nada...
Y un día, no sé cómo, salió el tema de los masones. Una vez más, la masonería volvía a surgir en mi vida con la previsible e implacable frecuencia de un leitmotiv. Puede ser que fueran figuraciones mías, pero me parecía que los ojos de Donald refulgían con un brillo inusitadamente comprometido incluso para él. No sé lo que dijo aquel día pero vi que mis compañeros estaban igual de hipnotizados que yo. Y cuando sonó el timbre de cambio de clase, quedamos todos inmóviles como estatuas. Donald rompió el hechizo al anunciar el tema de la siguiente clase. Nuestras enérgicas y vociferantes protestas provocaron una sonrisa de misteriosa complicidad.
—Os propongo una cosa, —dijo al fin—. Pero que quede entre estas cuatro paredes porque sino me vais a buscar problemas con los mandamases del departamento y celos de parte de vuestros compañeros porque creerán que hay favoritismo aquí.
Todos prometimos el más absoluto mutismo fuera cual fuese la propuesta.
—Os invito a todos a mi apartamento el viernes por la noche. Tengo bastantes cosas interesantes para enseñaros. Podemos charlar todo el tiempo que queráis y de lo que queráis.

Aquel viernes, los siete nos presentamos puntualmente en la casa del Profesor Ferguson. A pesar del frío de la noche, todos teníamos calor e íbamos jadeando ligeramente debido a la pendiente algo pronunciada pero continua que habíamos tenido que subir para llegar a su alojamiento en la parte alta de Calton Hill. Y, por si esto fuera poco, el profesor vivía en el ático de la vieja casa y no había ascensor.
Cuando nos abrió la puerta, quedamos algo desconcertados por el cambio en su aspecto. Estábamos acostumbrados a verle enfundado en unos viejos y raídos pantalones de pana y un grueso jersey de Aran. Ahora, sin embargo, iba ataviado con una larga túnica color morado y un cíngulo en la cintura. El aturdimiento, sin embargo, sólo fue momentáneo ya que, en aquellos años, la sociedad vivía una especie de locura colectiva y cada uno tenía libertad para vivir su vida como quisiera y la vestimenta heterogénea, desenfadada y estrambótica de aquella época simbolizaba esta libertad.
—Hola Profe! —saludó Ian, extendiendo la mano.
Donald, sin embargo, sonrió y cruzando los brazos sobre el pecho con las manos extendidas y los dedos unidos, hizo una genuflexión. Ian, algo desconcertado, hizo un torpe intento de imitación.
—No —dijo Donald, ayudándole a levantarse—. Este es el signo de los Rosa-Cruz. La contestación o contrasigna es así... —y, señaló con el dedo índice de la mano derecha el suelo, mirándolo fijamente.
Luego se apartó y nos dejó pasar. Entramos en silencio, mirándolo todo sin disimulo. El salón estaba abarrotado de mesitas y estanterías todas ellas cargadas de objetos y símbolos de la masonería. Había compases, escuadras, escoplos y estrellas de cinco puntas. También había pequeños manteles de terciopelo ricamente bordados en hilo de oro que parecían bastante antiguos y valiosos. Había sobretodo uno de terciopelo grana recamado de oro que representaba el delta sagrado y la espada flamígera y con unas letras hebraicas. Otro, con motivos de plata sobre terciopelo negro, mostraba una serpiente que se mordía la cola. También vi un escudo con el lema: "Liberté, Égalité, Fraternité". En las paredes había varios grabados y retratos. Reconocí los retratos de Washington y de Franklin, así como una estampa algo descolorida de Lafayette. El ambiente era, a mi manera de verlo, demasiado esotérico e histriónico. Parecía como si el dueño hubiese saqueado un museo masónico y expuesto todo su botín. Daba la impresión de una cuidadosa "mise-en-scène".

Prosaicamente, encima de una mesa algo más grande había un buen surtido de comida para picar junto con cerveza y whisky. Donald se repantigó en su sillón y nosotros nos dispersamos en diversas sillas, taburetes y cojines de satén negro y púrpura a su alrededor. Mientras comíamos, Donald nos relataba cosas sobre la masonería, sus ceremonias, cultos e ideas. Nos tradujo un extracto de la encíclica "Humanum Genus" del Papa León XIII que afirmaba que la malicia del demonio había dividido el mundo en dos partes. En un lado había la Iglesia y en la otra, capitaneada por el diablo, la Francmasonería y los elementos impíos de diversas sociedades. Asimismo, nos enseñó una transcripción de la ley española del 1 de marzo de 1940 donde en aquel país se prohibía la masonería y se la consideraba delito castigado con pena de cárcel. Muchos años después, me enteré de que, en el año 1979, la Audiencia Nacional la legalizó de nuevo.
De repente, Gordon, que había estado paseando por la habitación sometiendo todos los objetos y escritos a un intenso escrutinio, llamó desde el otro lado de la estancia: —qué significa esta sigla?
Todos nos levantamos y fuimos a reunir con él.
—Esto es fácil. Todo el mundo lo sabe —salté yo, mirando las letras I.N.R.I.— Jesus Nazarenus Rex Judeorum.
Por una vez, mi educación católica me había permitido hacer gala de mis conocimientos delante de mis compañeros y mi profesor. Aún me estaba pavoneando mentalmente cuando sentí una mano en mi hombro:
—Te equivocas.
Asombrada, miré a Donald. Este, mirándome fijamente a los ojos, entonó:
—Estas cuatro letras en lengua hebraica son las iniciales de los cuatro elementos: IMMIM, agua; NOUR, fuego; ROUAHH, aire; IABESCHECH, tierra. De todas formas, hay otras interpretaciones, como por ejemplo, "Ignem Natura Regenerando Integrat" o bien "Igne Natura Renovatur Invenitur" o "Igne Nictum Roris Invenitur" que viene a ser que el fuego renueva completamente la naturaleza. O, incluso los elementos principales de los secretos de la alquimia que son fuego, sal, azufre y mercurio. "Igne Nitrum Roris Invenitur".
La mano del profesor seguía en mi hombro e, inexplicablemente, parecía pesar cada vez más. El ambiente en aquella casa se me antojaba sofocante y anhelaba librarme de todo ello. Por suerte, la voz de Gordon rompió la creciente tensión y el silencio:
—Se está haciendo tarde. Creo que deberíamos levantar la sesión.
Cinco minutos más tarde, el profesor nos estaba despidiendo en su puerta.
—Hoscheah. Id en paz.
Una vez en la calle, el aire frío pareció revivirme. Ni la oscuridad ni la soledad del lugar podían empañar el alivio que sentí de repente. Caminamos en silencio, cada uno de nosotros absorto en sus propios pensamientos.
Al día siguiente, a la luz del día, todos los sombríos pensamientos de la noche anterior parecían haberse disipado y achaqué mi malestar a mi imaginación que estaba trabajando horas extra. Así fue como el viernes siguiente nos halló todos de nuevo en casa del profesor.
Y así continuamos varias semanas más. Y cada vez, el escenario estaba más recargado de objetos y de símbolos. Una noche, Donald nos tenía preparada una cena. La mesa iba cubierta de un mantel blanco con ribetes y motivos rojos. Sobre este mantel estaban dispuestos pan y un jarrón de vino. En un extremo de la mesa había un pequeño brasero donde se estaban quemando perfumes y en el otro, un candelabro de trece brazos. Donald iba vestido con una casulla de raso blanco en la parte delantera de la cual figuraba un pelícano hundiendo el pico en su pecho. De la herida manaban siete chorros de sangre que bebían ávidamente siete polluelos. Una vez estuvimos todos sentados, rompió un trozo de pan y lo alzó en alto. Luego, vertió un poco de vino en una copa e hizo lo mismo. A continuación nos pasó el pan y el vino para que bebiéramos todos. Cuando todos habíamos comido y bebido, pronunció las palabras "Consumatum est". Sentí una sensación de angustia por aquel sacrilegio.
Otra noche, nos recibió con una casulla con la cruz de fuego y con la mirada vidriosa. Aquella noche, toda la casa estaba impregnada de un extraño olor dulzón y una ligera niebla amargamente aromática. Años después aún me pregunto porqué seguí frecuentando aquella casa. Ahora veo que tenía la absurda lógica de una pesadilla que aceptas ciegamente cuando estás dentro sin vía de escapatoria.
Pronto nos dimos cuenta que Heather ya no venía con nosotros. Siempre estaba allí cuando los demás llegábamos y se quedaba cuando nos marchábamos, ostensiblemente para ayudar a poner las cosas en orden. Al principio, ni yo ni mis compañeros nos preocupábamos ni nos escandalizábamos por lo que intuíamos ocurría entre ella y Donald. Eran los dos adultos y vivíamos los años dorados del amor libre. Además, ¿quién de nosotros no se ha enamorado alguna vez de su profesor? Sólo nos empezamos a preocupar cuando nos dimos cuenta de que estaba cada vez más demacrada y con la mirada perdida. A menudo era presa de ataques de nausea. Empezó a saltar clases y sus notas se resentían. Un día vino a despedirse de Gordon y de mi en la biblioteca.
—Me voy a pasar una temporada con mis tíos en Londres —dijo, acariciándose la barriga—. La vergüenza mataría a mis padres...
Aquel viernes cuando expresamos nuestra preocupación por el estado de salud de Heather, Donald nos miró solemnemente a través de la neblina etilo-narcótica y sentenció:
—"Y los diez cuernos que has visto y la Bestia, van a aborrecer a la Ramera; la dejarán sola y desnuda, comerán sus carnes y la consumirán por el fuego."
Repugnada, le miré a los ojos. Tenían una mirada que me era vagamente familiar. Una mirada febril, demente, enajenada. ¿Dónde la había visto antes? En los ojos de los telepredicadores norteamericanos, de Aleister Crowley, de Adolf Hitler... Mi corazón dio un vuelco, como cuando el pie salta un escalón, al reconocerla por lo que era: la mirada de un hombre sediento de poder que haría cualquier cosa para lograr esta potestad absoluta.
Brian, estudiante brillante pero extremadamente introvertido y sensible, giró su rostro exangüe hacia mi y empezó a bambolear ligeramente como si fuera a desmayarse. Agarré su gélida mano y, murmurando algunas frases incoherentes sobre fiebre y gripe, le arrastré fuera de la casa. Una vez en la calle, le sostuve mientras arcada tras arcada sacudió su tembloroso cuerpo. Fue la última vez que lo vi porque, unos días más tarde, su compañero de piso me informó de que había sufrido un colapso nervioso y había vuelto a su casa. A este paso, Donald iba a acabar con todos nosotros. No obstante, y a pesar de mi propio temor, decidí asistir a una última sesión.
Así fue como aquel viernes, desafiando la fuerte lluvia y las potentes ráfagas de viento, subí por última vez la cuesta de Calton Hill. Aquel día la puesta en escena era, si cabía, aún más espeluznante que en otras ocasiones. La mesa estaba cubierta de una tela negra sobre la cual había un crucifijo, una calavera, una cruz con una rosa enlazada y dos velas. Donald llevaba puesta una casulla negra con una gran cruz encarnada ribeteada en oro. Empezó a hablarnos con su voz hipnotizadora y monótona. Yo estaba angustiada y todos mis sentidos estaban gritándome que saliera de allí corriendo pero resistí la tentación.
Al cabo de unos minutos, alegando una fuerte jaqueca debido a la proximidad de una tormenta, pedí a Donald que me dejara echarme un rato a oscuras. Me acompañó a su dormitorio y me dejó a solas. Eché una rápida ojeada a mi alrededor. El mobiliario era austero: solamente una cama, una cómoda y un armario. Unica concesión al lujo fue un televisor al pie de la cama. ¿Así que este monstruo era lo suficientemente humano como para ver la televisión antes de dormirse? Me acerqué a la puerta y escuché. Una vez estuviera segura de que Donald siguiera con su sermón en el salón, salí por la ventana al balcón. Rápidamente saqué del bolsillo la pequeña bobina de fino hilo de cobre que había comprado ex profeso aquella misma tarde. Era tan fino que era virtualmente invisible. Trabajando cuan rápido como me permitieran mis temblorosas manos, até este hilo al cable de bajante del pararrayos. Entré de nuevo al dormitorio desenrollando la bobina hasta llegar al televisor donde até el hilo a la antena y corté lo sobrante. Luego, escondiendo la bobina de nuevo en mi bolsillo, volví al salón.
—Lo siento pero no se me pasa. Será mejor que me vaya.
Los chicos se ofrecieron enseguida para acompañarme y salimos por última vez de aquella casa.
Al día siguiente, las calles de Edimburgo estaban llenas de los destrozos causados por la terrible tormenta que se había desatado durante la noche.
El lunes se presentó otro profesor a la clase del profesor Ferguson con la terrible noticia de la muerte de éste. El dictamen oficial era de que la caída de un rayo en el pararrayos, que no estaba equipotencializado con la antena del televisor, había hecho que éste explotara matando al profesor. La energía de la explosión había sido tan fuerte que había desintegrado el cuerpo del infortunado. Tampoco encontrarían restos de mi hilo porque la intensidad había sido tal que éste se había fundido y volatilizado.
El "Sunday Clarion", alimentó el morbo de sus lectores con un alud de datos sensacionalistas y distorsionados donde las inexactitudes y la manipulación de aburridas verdades tenían por objeto asegurarse un aumento de tirada. No se mencionó nada de los que habíamos estado presentes aquella noche y nosotros mismos no nos referimos nunca más a los acontecimientos de aquel trimestre, ni siquiera entre nosotros.
Yo, desde luego, no dejé escapar ni media sílaba hasta el último año de carrera. Conocí a Kevin y nos enamoramos. Cuando nos dimos cuenta de que lo nuestro no era un capricho pasajero sino algo duradero, supe que no podía ocultarle nada de mi pasado y le confesé todo lo que acabo de relatar aquí, sin omitir detalle. Cuando por fin terminé mi historia, Kevin tenía mi mano aprisionada entre las suyas y había una extraña mirada en sus ojos. Suspiró.
—Su nombre verdadero era Douglas McClure. Era Hermano de la Gran Logia de Glasgow pero fue expulsado hace unos años por haber revelado secretos masónicos cuando estaba borracho o bajo la influencia de drogas. También habían desaparecido varios objetos ceremoniales de la Logia y él era el principal sospechoso aunque nunca se pudo probar nada. A su muerte, estos objetos fueron reconocidos y restituidos a la Logia. McClure perjudicó gravemente el nombre de la masonería. La gente sólo sabe de los charlatanes e impostores y creen que todos los masones son iguales.
Asombrada, le miré: —¿Y tú cómo sabes todo esto?

No pienso revelar su respuesta. Desde aquel día, ha sido nuestro secreto. Sólo diré que, esta vez, el leitmotiv ha dejado de ser tal para convertirse en canción eterna.

 

Autora: Mariarita Pennington-Evans; Mataró, Barcelona, España.Relato publicado en la antología: Sociedades Secretas (Claudio Landete, Ed).

 

 

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