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LEITMOTIV
Mi primer contacto con la masonería
se remonta a bastantes años atrás
en Inglaterra y me vino a través
de mi vecino de casa y su pandilla de amigos,
todos del sexo masculino. Yo, por aquel
entonces, contaba diez años y mi
vecino y sus compañeros eran, como
mínimo, todos dos o tres años
mayores. No obstante, a pesar de la diferencia
de edad y de sexo, me incluían en
todas sus actividades. Jugábamos
a fútbol, rugby, cricket; pescábamos
en el río en verano y hacíamos
carreras de trineos en invierno.
Aquel verano, entre la comunidad infantil
inglesa, para sustituir a los maratones
de peonza, las carreras de karts y la reconstrucción
de las aventuras de Robin de los Bosques,
surgió la moda de las sociedades
secretas. Tuvo una inusitada e inmediata
aceptación porque ha sido un fenómeno
social ampliamente constatado a través
de la historia que a los hombres siempre
les ha encantado formar grupos "exclusivos"
y "selectivos" donde poder hablar
de sus cosas a escondidas de la mujeres.
Aún sin pertenecer formalmente a
ninguna hermandad, sólo hay que observar
a un grupo de hombres en cualquier reunión
social. Se juntan instintivamente y se comportan
entre ellos como si compartiesen algún
importante secreto, desconocido por las
mujeres aunque, en la mayoría de
los casos, ninguno de ellos tiene la más
remota idea de cuál es este secreto.
Y ya desde niños, empiezan a formar
sus pandillas a las cuales ninguna niña
tiene acceso.
Sin embargo, aquel portentoso estío,
cuando mis compañeros de juegos decidieron
fundar su propia sociedad secreta, votaron
por unanimidad que yo podría ser
miembro por ser "un chico más".
Uno de los muchachos mayores, Richard, era
hijo de masón. Hoy día, este
antiguo compañero de juegos y travesuras
es Grand Master de una de las logias más
importantes de Gran Bretaña. Sin
embargo, por aquel entonces, sólo
era un chiquillo que había absorbido
parte de los conocimientos de su padre por
una especie de proceso de osmosis.
Siendo él el más docto en
la materia, se autonombró Presidente
de nuestra Sociedad. Nos hizo entrar uno
a uno en una sala de reflexión o,
para darle su nombre correcto, un "Dunkel
Kammer" (o sea, cámara oscura).
Cerró las cortinas y encendió
unas velas y luego nos dejó a solas.
En esta habitación había una
mesa sobre la cual estaban colocados una
pluma, tinta, papel, un reloj de arena y
una calavera. Teníamos que meditar
y luego escribir nuestras razones para querer
entrar en la Hermandad. Cuando todos lo
habíamos hecho, Richard escrutó
los papeles y decidió que todos éramos
merecedores de formar parte.
A continuación, nos hizo jurar que
guardaríamos el más absoluto
secreto y prometer incondicional lealtad
a la Hermandad. Con toda la solemnidad que
exigía la ocasión, entonamos
juramentos y promesas y, pinchándonos
el dedo con un alfiler, fuimos intercambiando
sanguinolentas huellas dactilares.
Nos reuníamos cada día aquel
largo verano. Teníamos consignas
secretas, saludos complejos y varios símbolos.
De estos últimos, el más frecuente
era una escalera que significaba el ascenso
y la columna central de la consciencia humana.
Por regla general, cogíamos nuestra
información de los libros del padre
de Richard que éste sustraía
a escondidas de la biblioteca de su casa.
Eran extremadamente difíciles de
entender así que cogíamos
nociones básicas y las complementábamos
con detalles de nuestra propia invención.
Nos sentíamos terriblemente importantes
y solidarios en este microcosmos de nuestra
propia creación, inasequible a los
adultos y a otros miembros de la sociedad.
Acabadas las vacaciones, en otoño
tuvimos que reanudar nuestras obligaciones
escolares. Por ser el mío un país
mayoritariamente protestante, había
escasez de colegios católicos y,
a menudo, los niños católicos
teníamos que desplazarnos a otra
ciudad para cursar nuestros estudios superiores.
Yo frecuentaba un convento en Manchester
a bastantes kilómetros de mi casa.
Salía de mi casa a las 06:30 de la
mañana y volvía sobre las
7 de la tarde. Resultado, sólo veía
a mi Hermandad los sábados.
Santa Clara, discípula de San Francisco
no pudo hacerse franciscana por razones
de sexo, así que decidió fundar
su propia orden. Yo no iba a ser menos y
decidí fundar una hermandad en el
convento.
Mi empresa floreció y recluté
bastantes adeptas. Pronto hubo lista de
espera e, incluso, pude permitirme el lujo
de rechazar las solicitudes de unas cuantas
frívolas. Sospecho que fue una de
estas últimas que me delató
y ocasionó el abrupto final de mi
incipiente carrera pseudomasónica.
Un buen día, mi presencia fue requerida
en el despacho de la Madre Superiora. Esta
me hizo sentar en una silla de respaldo
recto, justo en el centro de la alfombra,
mientras ella y otra religiosa, la profesora
de religión, revoloteaban a mi alrededor
explicándome la maldad y la perversidad
de estas sociedades, rigurosamente prohibidas
por la Iglesia. Hablaron largo y tendido
de prácticas dañinas, misas
negras, sacrilegios, sortilegios y muchas
otras cosas que no tenían sentido
para mis asustados oídos infantiles.
Intenté alegar que no podía
ser tan malo si, incluso Jesús, junto
con doce amigos, había formado una
sociedad donde no admitían mujeres.
Además, los primeros cristianos también
habían tenido sus símbolos
secretos como el pez que dibujaban en todas
partes. Mi mente infantil no podía
ver la lógica de porqué cuando
lo hacían unos estaba bien pero si
lo hacían otros estaba mal.
Creo que fue en este momento que mi mente
empezó a rebelarse contra las ideas
procrusteanas de mis mentores. Igual que
Procrustes estiraba o amputaba algún
miembro de su víctima para que cupiera
en su cama, mis profesores estaban inflando
mi mente con sus propias ideas e intentaban
amputar cualquier iniciativa que no encajara
en su propio patrón ético
preestablecido.
De todas formas, ya consciente de que en
esta sociedad la manera de no buscarse problemas
es mostrarse tácitamente e hipócritamente
conforme con las reglas establecidas, pedí
disculpas alegando que no había sido
mi intención pecar y que, en mi inocencia
e ignorancia, sólo lo había
considerado un juego. Acepté confesarme
y no volver más a las andadas.
Aparentemente, fue así pero la semilla
estuvo latente y durante los años
que siguieron, en mis lecturas, iba regándose
una y otra vez con referencias directas
o bien alusiones más o menos veladas
a la masonería con las cuales tropezaba.
Las encontré en material tan dispar
como "Guerra y Paz" y "El
Constructor de Norwood" de "Las
Memorias de Sherlock Holmes". Estas
alusiones sólo sirvieron para aguzar
mi apetito y muchos fueron los sábados
por la mañana que me hallaban oculta
entre tomos polvorientos de lomos oscuros
en los rincones menos frecuentados de la
biblioteca local. Devoré los escritos
de Wilgus, Arcon, Baigent, Lepper y Herron.
Una vez, en una excursión escolar
a York, me escapé de la vigilancia
de mis preceptores y efectué una
rápida visita al Castle Museum donde
hay una sala dedicada exclusivamente a las
insignias y los parafernales propios de
este tipo de sociedades secretas.
De toda mi investigación privada
sólo pude aprender lo que era la
forma de la cuestión y no el fondo.
Es decir, que en un principio el término
"masones", elipsis de "francmasones",
masones libres, designaba a aquellos constructores
de corporaciones privilegiadas que no se
atenían a las reglamentaciones municipales
como los demás constructores. Empezaron
a formar unos grupos, como gremios selectivos,
con sus secretos y consignas que eran de
índole profesional y no se divulgaban
a nadie fuera de su propia esfera sino que
se enseñaban en locales cerrados
llamados logias. Los Maestros, que eran
como la directiva de cualquier empresa,
también se reunían para discutir
en privado asuntos de estrategia y gerencia.
Evitaban así el "espionaje industrial".
Sin embargo, en el siglo XVII en Gran Bretaña
se permitió el acceso a no-profesionales,
igual que un "doctor honoris causa"
en una universidad hoy en día. Las
solicitudes para entrar eran numerosas porque
es un rasgo endémico del ser humano
el querer ser partícipe de un secreto
y, más aún, ser miembro de
una asociación, cuanto más
selecta y restringida, mejor. Estos "accepted
masons" o masones aceptados, provenían
de las clases altas, la burguesía
y el clérigo. Debido a esta intrusión,
los principios éticos originales
fueron paulatinamente desplazados y remplazados
por sentimientos patrióticos y políticos
que, bien pronto, convirtieron las logias
en centros políticos donde se incubaban
conspiraciones y revoluciones. De hecho,
años después la Revolución
Francesa tomó su lema de "Liberté,
Égalité, Fraternité"
de la Masonería. De esta forma, en
el siglo XVIII, ya se había perdido
la masonería operativa, la que iba
exclusivamente asociada a la actividad laboral,
y había empezado la nueva etapa de
la masonería especulativa, una asociación
jerarquizada que admitía el acceso
a cualquier hombre, independiente de su
religión. Surgieron muchos más
ritos y ceremonias y, en muchos casos, cultivaban
el esoterismo. La masonería en Escocia,
por ejemplo, estaba cargada de esoterismo
y en las logias de Francia se practicaba
la alquimia y la magia. Los enemigos de
la Masonería siempre han querido
especular sobre la influencia política
que ésta haya tenido pero lo único
que se le puede achacar es lo del tráfico
de influencias entre "Hermanos"
y esto es un hecho que siempre se ha dado
en todos los países y en todos los
niveles de la sociedad.
Creí haber llegado hasta donde era
posible llegar así que, aunque atiborrada
de datos y fechas, pero insatisfecha, decidí
dar por zanjada la cuestión que había
morado en mi mente durante los seis últimos
años y dedicarme en cuerpo y alma
a prepararme para los inminentes exámenes
de acceso a la universidad.
Aquel otoño, a punto de cumplir los
diecisiete años y sintiéndome
toda una mujer libre e independiente, empecé
mi primer curso en la Universidad de Edimburgo.
Escogí como asignatura optativa Historia
Moderna. El primer día de clase,
nos reunimos en el Aula Magna donde asistiríamos
todos juntos a las "lectures"
o conferencias. Aparte de las "lectures",
asistiríamos también a unos
"tutorials" que eran grupos de
seis o siete estudiantes y un profesor no
catedrático. Estas clases reducidas
tenían el propósito de aclarar
dudas individuales que podíamos tener
así como fomentar nuestra capacidad
de discusión, análisis o crítica
sobre la materia.
Yo fui asignada al grupo del profesor Donald
Ferguson. Eramos dos chicas y cinco chicos
y, bien pronto, nos estábamos congratulando
de la buena suerte que nos había
tocado. El Profesor Ferguson, o Donald,
como nos pidió que le llamáramos,
era el sueño de cualquier alumno:
joven, entusiasta, campechano, informal...
Nunca nos trató como sus inferiores:
muy al contrario, invitaba nuestras opiniones
aunque éstas fueran diametralmente
opuestas a las suyas. Lo único que
hacía en estas ocasiones era hacer
una mueca cómica y citar a Voltaire:
"Desapruebo lo que dices, pero defenderá
hasta la muerte tu derecho a decirlo."
Era una especie de maestro del vudú
que hacía volver a la vida los polvorientos
cadáveres del pasado. Nos hablaba
de personajes y acontecimientos históricos
como si los hubiese conocido y vivido personalmente.
Sus palabras evocaban escenas, olores, sonidos
y los traían hasta donde nuestros
sentidos pudiesen percibirlos. Manipulaba
el concepto de tiempo a su antojo. A su
voluntad lo estiraba, lo comprimía,
lo reducía a la nada...
Y un día, no sé cómo,
salió el tema de los masones. Una
vez más, la masonería volvía
a surgir en mi vida con la previsible e
implacable frecuencia de un leitmotiv. Puede
ser que fueran figuraciones mías,
pero me parecía que los ojos de Donald
refulgían con un brillo inusitadamente
comprometido incluso para él. No
sé lo que dijo aquel día pero
vi que mis compañeros estaban igual
de hipnotizados que yo. Y cuando sonó
el timbre de cambio de clase, quedamos todos
inmóviles como estatuas. Donald rompió
el hechizo al anunciar el tema de la siguiente
clase. Nuestras enérgicas y vociferantes
protestas provocaron una sonrisa de misteriosa
complicidad.
—Os propongo una cosa, —dijo
al fin—. Pero que quede entre estas
cuatro paredes porque sino me vais a buscar
problemas con los mandamases del departamento
y celos de parte de vuestros compañeros
porque creerán que hay favoritismo
aquí.
Todos prometimos el más absoluto
mutismo fuera cual fuese la propuesta.
—Os invito a todos a mi apartamento
el viernes por la noche. Tengo bastantes
cosas interesantes para enseñaros.
Podemos charlar todo el tiempo que queráis
y de lo que queráis.
Aquel viernes, los siete nos presentamos
puntualmente en la casa del Profesor Ferguson.
A pesar del frío de la noche, todos
teníamos calor e íbamos jadeando
ligeramente debido a la pendiente algo pronunciada
pero continua que habíamos tenido
que subir para llegar a su alojamiento en
la parte alta de Calton Hill. Y, por si
esto fuera poco, el profesor vivía
en el ático de la vieja casa y no
había ascensor.
Cuando nos abrió la puerta, quedamos
algo desconcertados por el cambio en su
aspecto. Estábamos acostumbrados
a verle enfundado en unos viejos y raídos
pantalones de pana y un grueso jersey de
Aran. Ahora, sin embargo, iba ataviado con
una larga túnica color morado y un
cíngulo en la cintura. El aturdimiento,
sin embargo, sólo fue momentáneo
ya que, en aquellos años, la sociedad
vivía una especie de locura colectiva
y cada uno tenía libertad para vivir
su vida como quisiera y la vestimenta heterogénea,
desenfadada y estrambótica de aquella
época simbolizaba esta libertad.
—Hola Profe! —saludó
Ian, extendiendo la mano.
Donald, sin embargo, sonrió y cruzando
los brazos sobre el pecho con las manos
extendidas y los dedos unidos, hizo una
genuflexión. Ian, algo desconcertado,
hizo un torpe intento de imitación.
—No —dijo Donald, ayudándole
a levantarse—. Este es el signo de
los Rosa-Cruz. La contestación o
contrasigna es así... —y, señaló
con el dedo índice de la mano derecha
el suelo, mirándolo fijamente.
Luego se apartó y nos dejó
pasar. Entramos en silencio, mirándolo
todo sin disimulo. El salón estaba
abarrotado de mesitas y estanterías
todas ellas cargadas de objetos y símbolos
de la masonería. Había compases,
escuadras, escoplos y estrellas de cinco
puntas. También había pequeños
manteles de terciopelo ricamente bordados
en hilo de oro que parecían bastante
antiguos y valiosos. Había sobretodo
uno de terciopelo grana recamado de oro
que representaba el delta sagrado y la espada
flamígera y con unas letras hebraicas.
Otro, con motivos de plata sobre terciopelo
negro, mostraba una serpiente que se mordía
la cola. También vi un escudo con
el lema: "Liberté, Égalité,
Fraternité". En las paredes
había varios grabados y retratos.
Reconocí los retratos de Washington
y de Franklin, así como una estampa
algo descolorida de Lafayette. El ambiente
era, a mi manera de verlo, demasiado esotérico
e histriónico. Parecía como
si el dueño hubiese saqueado un museo
masónico y expuesto todo su botín.
Daba la impresión de una cuidadosa
"mise-en-scène".
Prosaicamente, encima de una mesa algo más
grande había un buen surtido de comida
para picar junto con cerveza y whisky. Donald
se repantigó en su sillón
y nosotros nos dispersamos en diversas sillas,
taburetes y cojines de satén negro
y púrpura a su alrededor. Mientras
comíamos, Donald nos relataba cosas
sobre la masonería, sus ceremonias,
cultos e ideas. Nos tradujo un extracto
de la encíclica "Humanum Genus"
del Papa León XIII que afirmaba que
la malicia del demonio había dividido
el mundo en dos partes. En un lado había
la Iglesia y en la otra, capitaneada por
el diablo, la Francmasonería y los
elementos impíos de diversas sociedades.
Asimismo, nos enseñó una transcripción
de la ley española del 1 de marzo
de 1940 donde en aquel país se prohibía
la masonería y se la consideraba
delito castigado con pena de cárcel.
Muchos años después, me enteré
de que, en el año 1979, la Audiencia
Nacional la legalizó de nuevo.
De repente, Gordon, que había estado
paseando por la habitación sometiendo
todos los objetos y escritos a un intenso
escrutinio, llamó desde el otro lado
de la estancia: —qué significa
esta sigla?
Todos nos levantamos y fuimos a reunir con
él.
—Esto es fácil. Todo el mundo
lo sabe —salté yo, mirando
las letras I.N.R.I.— Jesus Nazarenus
Rex Judeorum.
Por una vez, mi educación católica
me había permitido hacer gala de
mis conocimientos delante de mis compañeros
y mi profesor. Aún me estaba pavoneando
mentalmente cuando sentí una mano
en mi hombro:
—Te equivocas.
Asombrada, miré a Donald. Este, mirándome
fijamente a los ojos, entonó:
—Estas cuatro letras en lengua hebraica
son las iniciales de los cuatro elementos:
IMMIM, agua; NOUR, fuego; ROUAHH, aire;
IABESCHECH, tierra. De todas formas, hay
otras interpretaciones, como por ejemplo,
"Ignem Natura Regenerando Integrat"
o bien "Igne Natura Renovatur Invenitur"
o "Igne Nictum Roris Invenitur"
que viene a ser que el fuego renueva completamente
la naturaleza. O, incluso los elementos
principales de los secretos de la alquimia
que son fuego, sal, azufre y mercurio. "Igne
Nitrum Roris Invenitur".
La mano del profesor seguía en mi
hombro e, inexplicablemente, parecía
pesar cada vez más. El ambiente en
aquella casa se me antojaba sofocante y
anhelaba librarme de todo ello. Por suerte,
la voz de Gordon rompió la creciente
tensión y el silencio:
—Se está haciendo tarde. Creo
que deberíamos levantar la sesión.
Cinco minutos más tarde, el profesor
nos estaba despidiendo en su puerta.
—Hoscheah. Id en paz.
Una vez en la calle, el aire frío
pareció revivirme. Ni la oscuridad
ni la soledad del lugar podían empañar
el alivio que sentí de repente. Caminamos
en silencio, cada uno de nosotros absorto
en sus propios pensamientos.
Al día siguiente, a la luz del día,
todos los sombríos pensamientos de
la noche anterior parecían haberse
disipado y achaqué mi malestar a
mi imaginación que estaba trabajando
horas extra. Así fue como el viernes
siguiente nos halló todos de nuevo
en casa del profesor.
Y así continuamos varias semanas
más. Y cada vez, el escenario estaba
más recargado de objetos y de símbolos.
Una noche, Donald nos tenía preparada
una cena. La mesa iba cubierta de un mantel
blanco con ribetes y motivos rojos. Sobre
este mantel estaban dispuestos pan y un
jarrón de vino. En un extremo de
la mesa había un pequeño brasero
donde se estaban quemando perfumes y en
el otro, un candelabro de trece brazos.
Donald iba vestido con una casulla de raso
blanco en la parte delantera de la cual
figuraba un pelícano hundiendo el
pico en su pecho. De la herida manaban siete
chorros de sangre que bebían ávidamente
siete polluelos. Una vez estuvimos todos
sentados, rompió un trozo de pan
y lo alzó en alto. Luego, vertió
un poco de vino en una copa e hizo lo mismo.
A continuación nos pasó el
pan y el vino para que bebiéramos
todos. Cuando todos habíamos comido
y bebido, pronunció las palabras
"Consumatum est". Sentí
una sensación de angustia por aquel
sacrilegio.
Otra noche, nos recibió con una casulla
con la cruz de fuego y con la mirada vidriosa.
Aquella noche, toda la casa estaba impregnada
de un extraño olor dulzón
y una ligera niebla amargamente aromática.
Años después aún me
pregunto porqué seguí frecuentando
aquella casa. Ahora veo que tenía
la absurda lógica de una pesadilla
que aceptas ciegamente cuando estás
dentro sin vía de escapatoria.
Pronto nos dimos cuenta que Heather ya no
venía con nosotros. Siempre estaba
allí cuando los demás llegábamos
y se quedaba cuando nos marchábamos,
ostensiblemente para ayudar a poner las
cosas en orden. Al principio, ni yo ni mis
compañeros nos preocupábamos
ni nos escandalizábamos por lo que
intuíamos ocurría entre ella
y Donald. Eran los dos adultos y vivíamos
los años dorados del amor libre.
Además, ¿quién de nosotros
no se ha enamorado alguna vez de su profesor?
Sólo nos empezamos a preocupar cuando
nos dimos cuenta de que estaba cada vez
más demacrada y con la mirada perdida.
A menudo era presa de ataques de nausea.
Empezó a saltar clases y sus notas
se resentían. Un día vino
a despedirse de Gordon y de mi en la biblioteca.
—Me voy a pasar una temporada con
mis tíos en Londres —dijo,
acariciándose la barriga—.
La vergüenza mataría a mis padres...
Aquel viernes cuando expresamos nuestra
preocupación por el estado de salud
de Heather, Donald nos miró solemnemente
a través de la neblina etilo-narcótica
y sentenció:
—"Y los diez cuernos que has
visto y la Bestia, van a aborrecer a la
Ramera; la dejarán sola y desnuda,
comerán sus carnes y la consumirán
por el fuego."
Repugnada, le miré a los ojos. Tenían
una mirada que me era vagamente familiar.
Una mirada febril, demente, enajenada. ¿Dónde
la había visto antes? En los ojos
de los telepredicadores norteamericanos,
de Aleister Crowley, de Adolf Hitler...
Mi corazón dio un vuelco, como cuando
el pie salta un escalón, al reconocerla
por lo que era: la mirada de un hombre sediento
de poder que haría cualquier cosa
para lograr esta potestad absoluta.
Brian, estudiante brillante pero extremadamente
introvertido y sensible, giró su
rostro exangüe hacia mi y empezó
a bambolear ligeramente como si fuera a
desmayarse. Agarré su gélida
mano y, murmurando algunas frases incoherentes
sobre fiebre y gripe, le arrastré
fuera de la casa. Una vez en la calle, le
sostuve mientras arcada tras arcada sacudió
su tembloroso cuerpo. Fue la última
vez que lo vi porque, unos días más
tarde, su compañero de piso me informó
de que había sufrido un colapso nervioso
y había vuelto a su casa. A este
paso, Donald iba a acabar con todos nosotros.
No obstante, y a pesar de mi propio temor,
decidí asistir a una última
sesión.
Así fue como aquel viernes, desafiando
la fuerte lluvia y las potentes ráfagas
de viento, subí por última
vez la cuesta de Calton Hill. Aquel día
la puesta en escena era, si cabía,
aún más espeluznante que en
otras ocasiones. La mesa estaba cubierta
de una tela negra sobre la cual había
un crucifijo, una calavera, una cruz con
una rosa enlazada y dos velas. Donald llevaba
puesta una casulla negra con una gran cruz
encarnada ribeteada en oro. Empezó
a hablarnos con su voz hipnotizadora y monótona.
Yo estaba angustiada y todos mis sentidos
estaban gritándome que saliera de
allí corriendo pero resistí
la tentación.
Al cabo de unos minutos, alegando una fuerte
jaqueca debido a la proximidad de una tormenta,
pedí a Donald que me dejara echarme
un rato a oscuras. Me acompañó
a su dormitorio y me dejó a solas.
Eché una rápida ojeada a mi
alrededor. El mobiliario era austero: solamente
una cama, una cómoda y un armario.
Unica concesión al lujo fue un televisor
al pie de la cama. ¿Así que
este monstruo era lo suficientemente humano
como para ver la televisión antes
de dormirse? Me acerqué a la puerta
y escuché. Una vez estuviera segura
de que Donald siguiera con su sermón
en el salón, salí por la ventana
al balcón. Rápidamente saqué
del bolsillo la pequeña bobina de
fino hilo de cobre que había comprado
ex profeso aquella misma tarde. Era tan
fino que era virtualmente invisible. Trabajando
cuan rápido como me permitieran mis
temblorosas manos, até este hilo
al cable de bajante del pararrayos. Entré
de nuevo al dormitorio desenrollando la
bobina hasta llegar al televisor donde até
el hilo a la antena y corté lo sobrante.
Luego, escondiendo la bobina de nuevo en
mi bolsillo, volví al salón.
—Lo siento pero no se me pasa. Será
mejor que me vaya.
Los chicos se ofrecieron enseguida para
acompañarme y salimos por última
vez de aquella casa.
Al día siguiente, las calles de Edimburgo
estaban llenas de los destrozos causados
por la terrible tormenta que se había
desatado durante la noche.
El lunes se presentó otro profesor
a la clase del profesor Ferguson con la
terrible noticia de la muerte de éste.
El dictamen oficial era de que la caída
de un rayo en el pararrayos, que no estaba
equipotencializado con la antena del televisor,
había hecho que éste explotara
matando al profesor. La energía de
la explosión había sido tan
fuerte que había desintegrado el
cuerpo del infortunado. Tampoco encontrarían
restos de mi hilo porque la intensidad había
sido tal que éste se había
fundido y volatilizado.
El "Sunday Clarion", alimentó
el morbo de sus lectores con un alud de
datos sensacionalistas y distorsionados
donde las inexactitudes y la manipulación
de aburridas verdades tenían por
objeto asegurarse un aumento de tirada.
No se mencionó nada de los que habíamos
estado presentes aquella noche y nosotros
mismos no nos referimos nunca más
a los acontecimientos de aquel trimestre,
ni siquiera entre nosotros.
Yo, desde luego, no dejé escapar
ni media sílaba hasta el último
año de carrera. Conocí a Kevin
y nos enamoramos. Cuando nos dimos cuenta
de que lo nuestro no era un capricho pasajero
sino algo duradero, supe que no podía
ocultarle nada de mi pasado y le confesé
todo lo que acabo de relatar aquí,
sin omitir detalle. Cuando por fin terminé
mi historia, Kevin tenía mi mano
aprisionada entre las suyas y había
una extraña mirada en sus ojos. Suspiró.
—Su nombre verdadero era Douglas McClure.
Era Hermano de la Gran Logia de Glasgow
pero fue expulsado hace unos años
por haber revelado secretos masónicos
cuando estaba borracho o bajo la influencia
de drogas. También habían
desaparecido varios objetos ceremoniales
de la Logia y él era el principal
sospechoso aunque nunca se pudo probar nada.
A su muerte, estos objetos fueron reconocidos
y restituidos a la Logia. McClure perjudicó
gravemente el nombre de la masonería.
La gente sólo sabe de los charlatanes
e impostores y creen que todos los masones
son iguales.
Asombrada, le miré: —¿Y
tú cómo sabes todo esto?
No
pienso revelar su respuesta. Desde aquel
día, ha sido nuestro secreto. Sólo
diré que, esta vez, el leitmotiv
ha dejado de ser tal para convertirse en
canción eterna.
Autora:
Mariarita Pennington-Evans; Mataró,
Barcelona, España.Relato publicado
en la antología: Sociedades Secretas
(Claudio Landete, Ed).
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