ILUMINADO
El
reloj le advirtió que eran más de las seis de la mañana. Se había
acabado el mes y aún no había pagado la factura de la compañía
eléctrica.
-
Cuando
algo no pertenece a la época
– pensó –, se le dice anacrónico.
¿Cómo se dirá entonces a lo
que está fuera de lugar?
Se
sabía ajeno a su Tiempo y mucho más al lugar donde vivía. Recordó
que había sido su madre la que le había regalado aquel reloj. Si él
no fuese una persona racional la culparía a ella.
-
Los
verdaderos responsables –se
dijo - son los hombres y su
estupidez.
Vivía
en una pequeña habitación interior dentro de una casa de vecindad. No
tenía más espacio que para una cama y una mesa donde acumulaba las
herramientas de su invento. Las paredes estaban casi negras de
suciedad. No tenía ventanas, lo único que le alumbraba era una
bombilla incandescente en el techo. El sitio y él conjugaban
perfectamente; ambos eran lúgubres.
Los
vecinos lo creían algo desequilibrado. Nunca saludaba y sólo
hablaba para pedir su turno en la cola del lavabo (el baño era
común). Evitaba las miradas, pasaba la mayor parte del tiempo
metido dentro de su casa. Vestía de modo descuidado y siempre de la
misma forma, una camiseta y un pantalón vaquero. En invierno se
envolvía en un abrigo de piel de borrego y una bufanda. Poseía un
semblante serenamente triste, y un brillo inteligente en la mirada.
Andaba con calma, cabizbajo, encorvado, como si le resultara
incómoda su altura, y se pegaba a la pared, tal vez para imitar a
su sombra.
Durante
mucho tiempo nadie supo de donde sacaba el dinero. Un día
averiguaron que era su madre quien lo mantenía. Ella era una
anciana también de limitados recursos; pero que hacía sacrificios
por su único hijo. Al inicio de todos los meses, él se iba durante
tres días a visitarla, y le pedía lo que necesitaba. Sin embargo el
mes pasado no había sido así. En verdad durante los últimos tiempos
su comportamiento había sido más extraño de lo común. Se le veía
salir todas las noches y regresar muy tarde, algunas veces con
objetos aparentemente inútiles. Ahora incluso había roto con su
costumbre de viajar al inicio de mes y se quedó en la ciudad. Los
vecinos habían deducido entonces que su madre había muerto.
Sin
embargo la razón era otra. Se había propuesto terminar de una vez
con su proyecto. Esa era la causa de tantos objetos extraños. También consideraba que
visitar a su madre era demasiado tiempo perdido. Cuando terminara,
seguramente podría vivir en la abundancia. Ya no necesitaría acudir
a escuchar sus banalidades. Le aparecerían centenares de personas
interesantes que quisiesen ser sus amigos. Podría darse el lujo de
escoger a las mejores o a las más convenientes.
-
Todo
es hipocresía – se decía -.
No es cierto que exista la
amistad. Lo que existen son
aliados eventuales que a veces
sirven para mitigar la soledad.
Todos los sentimientos entre
los hombres, son meros camuflajes
del miedo y del impulso de
reproducción.
No
había hecho otra cosa en su vida que estudiar. Jamás se había
permitido el amor. El cortejo de apareamiento, como él lo llamaba,
le hubiera quitado demasiado tiempo y energía. Las mayores
emociones que conocía, eran intelectuales, comprender las leyes de
Maxwell, concluir un libro de historia. Todo lo que sabía de las
relaciones humanas lo había aprendido a través de las lecturas;
sobre todo de las biografías (era su género más apreciado). Leía
mucho, sin embargo no se había hecho con libros propios. Los sacaba
de las bibliotecas. Creía que si compraba alguno, después no le
alcanzaría el dinero para pagar la luz y entonces no podría leerlo.
La
idea del invento le surgió mientras revisaba una biografía de
Heisinberg. Leyó que era imposible saber con toda exactitud la
posición y la velocidad de una partícula, a la vez.
-
Cuando
vemos algún objeto – explicaban
en el libro - es porque nos
llega luz reflejada de él.
La luz está formada por pequeñas
partículas llamadas fotones,
las cuales poseen peso. Al
reflejarse la luz, es decir,
al chocar los fotones contra
lo que queremos ver, la velocidad
de dicho objeto cambia. Esto
no lo percibimos porque los
cuerpos que vemos son demasiado
grande comparadas con los
fotones. Sin embargo, la situación
es distinta al estudiar corpúsculos
del orden de los electrones.
Si por ejemplo, intentamos
localizar algún electrón con
total precisión, la incertidumbre
de la velocidad crecerá hasta
hacerse infinita. De igual
modo, si queremos conocer
la velocidad con exactitud,
entonces no podremos tener
ninguna aproximación del sitio
dónde se encuentra. De forma
poco rigurosa podemos decir
que el principio de incertidumbre
de Hesinberg, nos prohíbe
saber a la vez la velocidad
y la posición de una partícula.
Levantó
la vista y se dijo:
-
Si
no se puede saber a la vez
la posición y la velocidad
de un cuerpo, entonces se
pierde toda posibilidad de
predecir su movimiento. Si
algo está en un sitio y no
se sabe a donde va, no se
sabrá en que lugar estará
después... No tiene sentido.
Esto no es una ciencia. Han
encontrado una dificultad
y en vez solucionarla, la
han tomado como parte de la
teoría. ¿Es eso lógico? Es
un conformismo. Las ciencias
modernas han sido contaminadas
por el pragmatismo de esta
época. El fin último ya no
es encontrar la verdad. Les
basta una mera descripción
que prediga unas pocas cosas
y no les interesa tener una
concepción exacta del Mundo.
Tampoco
le agradaba el entusiasmo de moda por la teoría del caos. Cada vez
que escuchaba hablar del butterfly effect, casi se indignaba. Creía
que era una metáfora sensacionalista. Podría ser cierto que el
batir de las alas de una mariposa en las islas Mauricio provocara
una depresión tropical cerca de las Canarias, y que aquello
concluyera en un huracán que destrozara todas las antillas; pero
eso según él, no justificaba abandonar el punto de vista
determinista. Por el contrario, si un hecho en apariencia
insignificante, como el vuelo de una mariposa, es la causa de
tantas desgracias, lo sensato sería insistir en la exactitud y
estudiar hasta qué punto se debe permitir que los insectos vuelen.
Era
un convencido determinista, sentía nostalgia por la época en que el
determinismo era popular, y quería ponerlo de moda. Ese era su
superobjetivo, su proyecto. Consideraba que las dificultades para
predecir podrían solventarse si se encontraba alguna razón aún
oculta. No se permitía creer que la naturaleza nos hubiera
condenado a la ignorancia perpetua.
-
¿Entonces
para qué fuimos dotados con
inteligencia si no podemos
usarla? – Se preguntaba en
ocasiones, cuando olvidaba
que era ateo.
Lo
primero que debía hacer era encontrar la esencia de todas las
fuerzas, el mecanismo de las cuatro interacciones elementales. Estaba
convencido de que podría encontrar una descripción determinista de
las leyes de la naturaleza.
-
Una
realidad sólo puede generar
una única siguiente – se decía.
- “El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer” – gustaba
de citar a Borges en estos
casos.
Como
la mayoría de los científicos, confiaba en que hubiese una
naturaleza común para todas las interacciones. Se lo decía sin
rodeos, buscaba la deseada Teoría de Todas Las Cosas (The Theory of
Everything, TOE). Tenía un argumento intuitivo que lo convencía y
le daba fuerzas:
-
El
Tiempo es homogéneo – eran
sus palabras -. La caída de
una piedra desde la Torre
de Pisa, tarda lo mismo ahora
que en el Renacimiento, cuando
Galileo las dejaba caer. Siempre
demoran lo mismo. Por otra
parte, medir el tiempo consiste
en comparar velocidades. Se
compara cuanto desciende un
reloj de arena o agua, o cuantas
oscilaciones de un péndulo
ocurren mientras cae una de
esas piedras. Si se verifica
que es la misma cantidad,
se debe interpretar que entre
las velocidades de dos procesos
cualesquiera hay la misma
relación siempre. Pueden ser
incluso dos fenómenos cuyas
interacciones sean de las
que se conocen como de naturalezas
distintas; por ejemplo, un
suceso que esté motivado por
fuerzas gravitatorias y otra
por electromagnéticas. Las
interacciones conservan pues,
la relación entre sus velocidades
de propagación; pero ¿por
qué? Es altamente razonable
pensar que todas las fuerzas
tienen igual esencia, ¿pero
cuál?
Había
diseñado una estrategia para buscar esa esencia. El método
consistía en hacer aproximaciones sucesivas de la realidad:
-
Si
las leyes naturales enunciadas
hasta ahora son buenas aproximaciones
de la verdad – se decía -;
podría teniéndolas en cuenta
y a partir del presente, calcular
algo muy parecido a lo que
será el futuro. Por otra parte,
es bastante razonable esperar
que en el futuro el conocimiento
del Mundo sea más preciso.
Entonces, a las aproximaciones
del futuro antes calculadas,
se le podrían arrancar muchas
verdades aún no descubiertas.
Podríamos tener ahora los
descubrimientos e inventos
que se encontrarán luego,
y con ellos mejorar aún más
los cálculos. Así, sucesivamente,
las predicciones podrían ser
tan precisas como quisiéramos.
Estaba
muy entusiasmado, pero tenía muchas dificultades para empezar.
Necesitaba como mínimo una máquina de cálculo bien potente. No
tenía confianza en nadie más que en su madre, y a ella no le
alcanzaba el dinero para tanto. Es verdad que todo podría
encontrarlo en los centros de investigación o en las empresas; pero
¿cómo tener acceso? ¿Quién lo iba a escuchar? A la primera frase lo
iban a tomar por loco. Así que al final resolvió robarlos. Se
argumentaba que era un desperdicio olvidar aquella idea, sólo por
convenciones morales.
-
¿Qué
es lo malo y lo bueno? – Se
preguntaba. – ¿Acaso está
tan mal robar, cuando el propósito
es entregarle a la humanidad
lo máximo que se le puede
dar, la verdad, la luz?
Aquella
frase le hizo recordar que le habían enviado un ultimátum de la
empresa eléctrica para que pagara la factura. Si durante ese mes no
depositaba el dinero, le iban a cortar el suministro.
-
Todavía
tengo tiempo – pensó – estamos
a principio de mes.
Durante
las noches buscaba sin reparos en todos los lugares posibles un
computador. Estaba seguro de que nadie sospecharía de un hombre que
vive en una casa de vecindad, con una vida absolutamente gris. Tras
la primera semana encontró uno en una universidad. Estaba
abandonado; pero era todo lo potente que necesitaba. Puso el
programa a punto en muy pocos días. Los primeros resultados los
obtuvo en la segunda semana. Todavía tenía un margen de dos semanas
más antes de que le cortaran la luz.
Funcionaba
perfectamente. Al arrancar solicitaba una fecha y un lugar
determinado, luego respondía con una descripción tan detallada como
se quisiera. Para probar la eficacia, escogió fechas del pasado y
lugares en los que él sabía lo qué había ocurrido. Comprobó con las
guerras púnicas, la conquista de las Galias, el juicio de los
estrategos en la guerra del Peloponesio, y no le falló ni una vez.
Sin
embargo, aquel resultado no lo satisfizo completamente. Le
resultaba un poco ridículo que aquel cúmulo de caracteres en el
display, fuera la totalidad de una época.
-
Las
palabras son muy frías - se
dijo –. Nada se compara a
la realidad. Yo quiero percibir
el futuro o el pasado tal
y cómo será o fue; estar en
la carroza de Napoleón cuando
huía de Waterloo…; más veracidad.
Siempre es mejor ver una película
que escuchar a un rapsoda;
y sospecho que es preferible
acostarse junto a una mujer
que soñar con ella.
Siguió
buscando durante las noches algún equipo que le tradujera la
respuesta del computador en sensaciones. Al final encontró en un
hospital una especie de casco que servía para hacer encefalogramas.
El aparato percibía las alteraciones en el campo electromagnético
alrededor del cráneo debido a la actividad cerebral. Él creyó que
si lo integraba al computador, podría leer el pensamiento de quien
se lo pusiese. Después de todo, las ideas los razonamientos, las
emociones, son impulsos eléctricos entre las neuronas, que también
generan sutiles ondas electromagnéticas captables por el casco.
Incluso podría lograrse el proceso inverso. Si el casco captaba las
ondas, también podría emitirlas y provocar las corrientes adecuadas
para inducir los pensamientos deseados.
El
aparato estuvo terminado tres días antes de que finalizara el mes.
Desde luego, lo primero que hizo fue visitar el futuro. Siempre
genera más curiosidad que el pasado, hasta para los deterministas.
Solicitó estar cuatro siglos hacia delante. Casi se muere de
vértigo. No había referencia alguna. Nada tenía que ver con lo que
conocía. Ni las personas, si es que se llamaban así, se parecían a
las de su época. Eran inmensas, ni siquiera eran antropomorfas.
Parecían gelatinas o amebas aumentadas. No hablaban. La ciudad a la
que había llegado no estaba construida sobre la superficie, sino
hacia todos los lugares. Había tráfico de aquellos seres en todas
las direcciones, y no entendía bien el orden de circulación. Todo
era muy rápido. Se percató de que las cosas no chocaban, porque
eran incorpóreas. La luz era cegadora. No tenía palabras para
nombrar casi nada de lo que existía, y ni siquiera las metáforas o
las asociaciones le alcanzaban. No había olores. Estuvo a punto de
perder el conocimiento. En ese momento, resolvió abandonar el
experimento y regresó a la oscuridad de su habitación.
-
Quizás
el pasado es menos inhóspito
– se dijo.
Acto
seguido se encaminó a la época minoica. Un hedor irresistible le golpeó
en el rostro. Olía a todo a la vez; al periodo de las mujeres, a
carne podrida, a sudor, a vinagre, a aceite rancio. Las mujeres
enseñaban los senos, pero sus senos y ellas en su conjunto no eran
nada apetecibles. Eran desdentadas, pequeñas, enjutas, sucias. El
cabello lo tenían grueso y desgreñado. Las casas eran oscuras y
calurosas.
Se
adelantó hacia la Atenas clásica, en especial a los años de la
guerra contra los peloponesios. En ocasiones se había permitido
enorgullecerse el ser heredero de aquella cultura. Pero en pocos
minutos se decepcionó. Había leído que los demagogos manipulaban al
demo, que la asamblea se corrompía, todo lo sabía, pero percibir
los hechos por sí mismo es siempre más doloroso que leerlos. Lo
peor de aquella experiencia fue comprobar que Sócrates, sí fue un
corruptor de menores.
-
No
soy anacrónico porque no estoy
fuera de tiempo. No pertenezco
a ningún tiempo. Quizás esté
fuera de lugar ¿Cómo se dice
a lo que está fuera de lugar?...
Inadecuado, tal vez - le estaba
huyendo a la palabra inadaptado.
Fue
decepcionante. Concluyó que no se podía viajar en el tiempo con los
mismos pensamientos, sensibilidades, vivencias..., sería
traumático. El invento no tendría sentido, si de algún modo no
contenía la opción de poder borrar la información almacenada en el
cerebro y colocar una adecuada al momento que se quisiese visitar.
No parecía difícil diseñar algo así. El casco actuaba directamente
sobre los contactos del cerebro.
Su
invento, que ya sin dudas era una máquina del Tiempo, quedó listo
definitivamente un poco después de la seis y media de la mañana del
día en que le cortarían la luz. Le quedaban poco más de dos horas
para probarlo. Aquella certeza le perturbó. Había tenido la
esperanza de poder vender su idea unos días antes. Había ido hacia
el contador y comprobó que el gasto del último mes había
sobrepasado al anterior. Hasta que no vendiera el aparato viviría a
oscuras.
Se
colocó el casco. Rayaban las siete. A las ocho menos cinco
entrarían los trabajadores de la empresa eléctrica y a las en punto
cortarían el suministro a todos los morosos. Las dudas que le
asistían no tenían que ver con el pasado ni con el futuro de
ninguna parte; sólo pensaba en sí mismo. ¿Cómo sería su vida dentro
de unos años? Tal vez todo cambiaría para siempre después que se
diera a conocer su talento. Ya no importaría que él fuera un
inadaptado, el Mundo se adaptaría a él.
Encendió
el computador. Al instante sintió como se le apagaban los ojos. No
veía nada; ni siquiera oscuridad. Era el vacío o el silencio de la
vista. Lentamente le fueron surgiendo algunas imágenes imprecisas,
o más bien los conceptos. Eran como recuerdos sin esfuerzo. Poco a
poco la visión se fue haciendo nítida. Podía mirar a su alrededor.
Estaba sentado a la mesa en una cocina iluminada y amplia. Se
sintió satisfecho por la comida, a su alrededor había una mujer
sonriente y un par de adolescentes varones discutiendo sobre quién
había colocado los platos el día anterior en el lavavajillas. Al
inicio, la escena le pareció tierna, pero cuando el computador le
transmitió la convicción de que aquella era su familia, y el
recuerdo de las frecuentes discusiones entre sus hijos, tuvo deseos
de que ya hubieran pasado diez años y se hubieran ido de casa.
De
súbito la situación cambió. Sintió el estrés de la mañana. Miró el
reloj y eran las siete y cuarto. Curiosamente el tiempo real era el
mismo. Faltaban tres cuartos de hora para que le cortaran la luz. A
su lado vio a su esposa, ya tenía unos cincuenta años. Salieron
juntos de la casa y entraron en el ascensor.
-
No
veo el día en que pueda jubilarme
– dijo ella –. Estoy cansadísima.
Por
primera vez en mucho tiempo estaba de acuerdo con ella. También
estaba cansado de trabajar.
-
Yo
igual – respondió.
El
computador le complacía. Calculó que a los sesenta y siete años
estaría jubilado y lo situó en un día cualquiera de entonces. Leía
el periódico en un parque y de vez en cuando levantaba la vista
para alimentar a las palomas.
-
¡Cómo
se ha degenerado mi vida!
- Pensó. - Cuando era pequeño
tenía una energía infinita.
Cuando íbamos a la playa,
me pasaba el día corriendo
y nadando. Entraba y salía
sin mucho problema, y al
acostarme a dormir,
todavía sentía como si nadara.
Ni el mar me vencía. ¿Quién
pudiera volver a aquella época?
Inmediatamente
apareció acostado, junto a su madre. Ella le leía un cuento. Era
bellísima. Ninguna mujer era más linda que ella.
-
No
te vayas, mamá – pedía él.
-
Tienes
que descansar.
-
Léeme
otro cuento.
-
Ya
te he leído cuatro.
Siempre
se quedaba con deseos de que le contaran más historias. Cuando
fuera a la escuela podría leérselas él mismo.
Todavía
faltaban mucho para que llegara la hora de salida del colegio.
Odiaba la escuela.
-
Algún
día dejaré de venir – pensaba
–. Puedo aprender por mí mismo.
La gente es insoportable.
La disciplina no la aguanto.
No entiendo por qué tengo
que estar aquí...
Al
computador le había dado tiempo de calcular toda su vida y la
conservaba en la memoria. Lo complacía cada vez con más celeridad.
Sin darse cuenta, él
viajaba por su vida, de la niñez a la vejez, y de vuelta a la niñez
en un ciclo interminable de inconformismos. No pudo percatarse de
que se acercaba peligrosamente a las ocho de la mañana con el casco
puesto. Faltaban apenas unos segundos para que se apagara el equipo
y lo dejara con los pensamientos, las emociones y las ambiciones de
una época ajena a la que estaba ocurriendo. De pronto aborrecía que
la madre lo llamara a comer, o le molestaba que el resto de los
niños le lanzaran papeles en el aula, o que las hijas de la vecina
se rieran de su timidez, o criticaba la alegría absurda de la
ciudad por haber ganado un campeonato de football, o que su primera
y única novia se enojara porque él necesitara leer biografías, o
que el llanto de su hijo más chiquito no le permitiera concentrarse
en un documental sobre los insectos... En alguno de esos momento su
máquina del tiempo pararía; pero ¿en cuál? La decisión casi estaba
dada al azar.
Las
ocho en punto de la mañana llegaron justo antes de ponerse el
uniforme para ir por primera vez al colegio. Se apagaron las luces.
No entendió que hacía en aquel lugar tan horrible, sucio, oscuro...
¿Y dónde estaba su mamá? ¿Y qué era aquel casco? ¿Y porqué él tenía
aquel tamaño tan grande? ¿Cuándo había crecido? Le dieron deseos de
llorar.
-
¡Mamá!
- gritó desconsolado.
Los
vecinos asistieron.
-
¿Tu
madre ha muerto? – Preguntó
alguien.
-
No,
mi mamá nunca va a morir.
¿Si mi mamá se muere, qué
va a ser de mí?
-
Así
es la ley de la vida – respondió
otro.
-
No
– gritó y comenzó a darse
golpes contra la pared.
Lo
sujetaron y llamaron a una ambulancia de un hospital psiquiátrico.
-
Siempre
había estado un tanto loco
– comentaban.
Nunca
imaginarán que aquel hombre había inventado un aparato capaz de
describir cualquier época de la historia y del porvenir, que había
calculado su vida al detalle, instante por instante, y que todo
hubiese ocurrido si hubiera tenido el dinero suficiente para
pagarle a la empresa eléctrica. Fue una lumbrera de la humanidad a
la que le cortaron la luz.
Autor: Ulises Fidalgo Prieto; Madrid, España.
Relato inédito.
|