La exótica pulcritud de la inteligencia

Relato Completo

Autor: Juan Antonio Fdez. Madrigal

Orígen: Málaga, España.

Publicado en: Dama Eternidad, Libro Andrómeda n.8

     
 

LA EXÓTICA PULCRITUD DE LA INTELIGENCIA

Juan Antonio Fdez. Madrigal

CLADIC


01:54h Después del Renacimiento

Las gotas de lluvia salpican la piel ya húmeda de Cladic. No le molestan. De hecho constituyen un pequeño placer que puede permitirse antes de volver al lago. Sus ojos detectan movimiento negro, pequeño, inclinado. Rápidamente, come. Otro pequeño placer que añadir a la caricia líquida.
Las grandes hojas oscuras que bailan a su alrededor golpeadas por el agua se prestan a la danza. Se dejan llevar con suavidad, flexibles, livianas, pero ahí es donde reside su fortale-za, ¿no?, en poder adaptarse sin quebrarse a los embites aleatorios de la lluvia. Cladic ve la analogía con su situación: la flexibilidad que ha conseguido él mismo le ha permitido, entre otras cosas, volverse sobre su mente y pensar de esa forma. ¿No es eso similar a la sutil-inherente-irracional estrategia de las plantas? ¿No es el universo un ciclo que se cierra eter-namente, por múltiples lugares, tiempos, pensamientos, conceptos, vidas?
Cladic prepara los músculos y se tensa. Salta y cae en una nueva perspectiva. Desde allí, muy lejos del lugar en donde ha efectuado el salto, puede ver otras cosas. El lago queda a su izquierda, emerge desde detrás de unas rocas sobre las que resbala la lluvia. Límpido, cris-talino. El cielo oscurecido esparce una luminosidad especial que hace que las ondas del agua brillen suavemente sin perder toda su intensidad. Es bello.
A su derecha la vegetación crece y se alza muy arriba. Es un placer contemplar esto. Se extasia incrementando su sensibilidad recién adquirida. Pasa el tiempo. Es también un pla-cer saber que el tiempo puede dejarse transcurrir sin percatarse de su paso. Es maravilloso pensar como un ser eterno.
Pero Cladic no es eterno, por supuesto. Es un ser entrópico, como todo el universo, y después de un intervalo indeterminado, vuelve a pensar en otras cosas. Como por ejemplo, qué hace allí. Quién es. A dónde va. De dónde vino. Quién le hizo volver a nacer.


04:13h D.R.

Tras un ligero sueño el resplandeciente fulgor de la luna aparece en el horizonte, tras los altos árboles, y declara el comienzo del imperio nocturno una vez más.
Cladic está comenzando, entre otras cosas, a integrar ciertas percepciones de su anti-gua vida a su nuevo estado. Aprovecha su capacidad de reflexión para afinar las sensaciones que tuvo antes de su renacimiento. Sabría enumerar la mayor parte de los instintos que guían su vida en estos momentos. Y también sabe que esos instintos estuvieron siempre presentes, sólo que a un nivel mucho más brumoso, alejado, incontrolable. Ahora comprende que están destinados a su supervivencia. También que puede manejarlos, hasta cierto punto. Puede apa-garlos. Ahora se mueve algo en su visión, negro, pequeño. Por tanto, no va a comer. Va a de-jarlo escapar. Si lo consigue, sabrá definitivamente que hay algo fundamental en él que lo ha-ce especial: puede controlarse conscientemente.
El objeto negro pasa de largo en su trayectoria y desaparece, sano y salvo.
Argumento demostrado. Aunque ahora tiene hambre.


11:02h D.R.

La noche ha pasado pulcra, exótica, como un cristalino zumbar. Tal y como sonaría una cuerda vibrante muy tensa. Nunca ha oído una cuerda vibrante muy tensa. Cladic ve el naranja intenso en el horizonte, reflejándose en el agua del lago. El sol crece gradualmente, inmenso. Rojizo, se refleja en sus ojos, que envían las señales hacia atrás a alta velocidad. Cladic tampoco ha visto nunca un esquema de su cerebro ni ha estudiado la formación de imágenes y el postproceso típico de organismos dotados de materia neuronal.
Tensa sus músculos. Le empujan impetuosamente saltando una gran porción de terre-no, y amortiguan el aterrizaje tras unos grandes matorrales que cubren su retirada (¿de quién?). Vuelve a tensarlos en una especie de angustia súbita y brillante. Vuelve a saltar hasta llegar casi a la orilla pedregosa del agua. Siente algo que le observa. Siente sus propios mús-culos, y los pocos (algunos cientos) de caminos que tienen que recorrer las señales nerviosas que emite desde su cabeza hasta activar los motores que mueven su cuerpo húmedo.
Una música inquietante cubre el horizonte. Cladic no sabe qué es la música, salvo a un nivel muy básico. El cielo vuelve a cubrirse. Parece que va a llover. Salta de nuevo hasta una de las rocas que crecen en el agua ondulante. Miedo. Mira hacia atrás, casi sin volverse. Intenta detectar más, percibir mejor, sentir hacia adentro desde muy lejos, afuera. Le resulta difícil, y luego, imposible, cuando las barreras físicas limitan la labor intangible de su cerebro consciente.
Le persiguen. Algo va tras él. Tiene que saltar. Justo hasta el agua. Se sumerge. Le cubre. Huye hasta el fondo. El frío le quita el miedo. Permanece allí hasta que la paz le alcan-za de nuevo y se percata de su irracional reacción.


16:24h D.R.

Sale de su guarida bajo las gigantescas hojas de los helechos y se aproxima hacia el movimiento. Esta vez come. Hacía muchas horas que no lo hacía y su vientre parecía hundido y blanquecino.
Se ha dado cuenta de un concepto: puede enumerar cosas. Conscientemente, eso es un descubrimiento crucial. Puede contar. Puede por tanto, decidir qué selecciona. Porque tras la enumeración, la clasificación de las cosas es algo inmediato. Puede basarse en algunas carac-terísticas de esos puntos negros que se mueven en su visión (u obtener otras más abstractas, inaccesibles en su antigua existencia instintiva) para hacer una lista de interés de la cual se-leccionará el primer elemento. Ha conseguido, de hecho, una pieza bastante sabrosa siguiendo ese método tan sencillo pero a la vez tan sofisticado y bello.
Por otra parte, quizás debido a la tremenda cantidad de energía que le proporciona el sol en lo alto, quizás debido a su rápida evolución mental hacia estados que nunca había ima-ginado, Cladic descubre algo dentro de él que le impulsa en alguna dirección. No ha determi-nado qué es ni hacia donde le dirige. No es un instinto de supervivencia, aunque tiene toda su fuerza. Debe averiguar de qué se trata.
En primer lugar, le impele a cambiar de posición. No puede quedarse todo el día en esa roca bajo los helechos. Debe explorar, en principio, sus dominios, que ahora son nuevos bajo la luz gris y nítida del redescubrimiento.
Salta de nuevo a la orilla del lago.
Una suave y cálida voz sale de su garganta y le satisface.

YÍIH


Yíih despierta con los primeros rayos de sol, guiada por una misteriosa sincronización con el astro. Se acicala rápidamente. El cielo azul se extiende por toda su visión. Debajo, el manto verde del bosque. Tras ella y a sus pies, el bloque gris de piedra donde ha establecido su refugio.
Yíih piensa en lo que puede hacer a medio y largo plazo. Es algo que deja para los ni-veles abstractos de pensamiento. Los instintos dominan la supervivencia inmediata y aún no siente hambre: a sus pies están los restos de la última comida. No le gusta que permanezcan en su refugio; el olor de la muerte y de la sangre se está convirtiendo en la tenue esencia de la putrefacción. No siente ninguna de los dos con especial intensidad, pero desde que renació, su sensibilidad se ha multiplicado.
Los restos deshechos caen desde el promontorio golpeándose contra las rocas hasta desaparecer en un punto, mucho antes de alcanzar la arboleda. Está muy alta, y se siente bien allí.
Mira al bosque. Enfoca un círculo en el centro de su visión donde puede distinguir mejor los colores, donde ve todo a mayor tamaño. Busca. El aguijón de la libertad le asalta y tarda poco en saltar al vacío y volar sobre las cálidas corrientes.


ARESX


Todo es lento para Aresx. Es decir, desde que renació, se ha dado cuenta de que todo a su alrededor se mueve muy despacio, si es que lo hace, y de que ella puede captar lo que su-cede tan rápidamente que sus movimientos resultan casi eléctricos. Aresx no sabe lo que es la electricidad.
También se ha percatado de que huele muy intensamente. Antes no olía así. El resto de las cosas son también olores, aún más que manchas difusas, aún más que colores y despla-zamientos y cambios de luz. Le gusta el olor. Ha llegado a la conclusión de que la realidad consciente es un 80% de olor y un 20% de otros elementos. Claro, que Aresx nunca ha estu-diado, y por supuesto, no sabe qué es un porcentaje.
Los gigantescos árboles del bosque se alzan hacia arriba, inmensas moles que le inspi-ran un sentimiento de humildad rayano en la adoración. Abajo, en su mundo inmediato, sólo hay arbustos, tierra negruzca y blanda donde sus huellas no se imprimen, sombras y comida. Los árboles están tan altos que Aresx se pregunta si realmente poseerán olor, como todas las cosas terrenas. Ella no ha trepado nunca demasiado arriba.
Algo se ha movido a su izquierda. Rápido como el relámpago (Aresx no ha visto nun-ca un relámpago) corre hacia unos matorrales cercanos y se oculta. Un ruido espantoso azota su sentido de supervivencia y le lleva a un estado de angustia que le cuesta dominar. Aresx sabe que puede dominarse, pero también sabe que los instintos son útiles, y ese instinto es realmente fuerte. El ruido se agranda. Es como si algo levantara el suelo del bosque y lo estu-viera agitando al aire como si se tratara de una gigantesca alfombra, Aresx nunca ha visto una, lanzando al aire toda la turba, las hojas secas, los pequeños seres putrefactos, arrancando los arbustos. Piensa que los árboles deben resistir, aún a esa catástrofe.
Unas sombras altas, ocres y grises cruzan su campo de visión levantando el suelo, golpeándolo con fuerza. Fugaces, desaparecen y el ruido se aleja. Aresx sale de su escondite y tiene una efímera visión de un cuerpo grande, rojizo y sucio, desapareciendo entre las hojas verdes y dejando tras de sí un olor realmente repugnante. El olor del asesino.


GNUERR


Gnuerr tiene hambre. Gnuerr correrá por el bosque denso y buscará, olerá y escuchará los sonidos, y cuando Gnuerr sepa donde está lo que busca lo cercará, lo acechará y finalmen-te hundirá la boca en su cuello para beber la sangre de su vida, y lo vaciará, y dejará que lo que hace que se mueva escape como su roja sangre, y luego lo devorará, y nunca más pasará hambre.
Gnuerr acaba de renacer. No entiende lo que le está pasando. Gnuerr se siente fuerte, sí, y poderoso, sí, y Gnuerr le dice a Gnuerr que si alguien le ha hecho mal puede estar bus-cando un buen lugar donde esconderse de Gnuerr, porque a Gnuerr no le gusta estar renacido, y Gnuerr piensa que todo eso le traerá graves problemas.
Sin embargo, Gnuerr tiene que reconocer que es mejor ahora, en el sentido más bási-co, pues ve más, y oye más y huele más, o mejor, huele mejor, oye mejor y ve mejor, o quizás todo es una ilusión del renacer y desaparecerá, o quizás todo es una ilusión del renacer y ve lo mismo, oye lo mismo y huele lo mismo que antes pero a él le parece que huele más intenso, oye más intenso y ve más intenso.
A Gnuerr no le gustan las ilusiones. Antes no tenía ese tipo de cosas.
Gnuerr está furioso. Gnuerr está hambriento. Gnuerr es grande, fuerte, poderoso. Gnuerr es el solitario, el único ser, la cúspide de la pirámide.
(Aunque, qué cosas, Gnuerr no sabe realmente qué es una pirámide)


CLAVIC, DE NUEVO


35:54h D.R.

Casi el anochecer, de nuevo. La luna en lo alto comienza a distinguirse en el cielo aún azul. La temperatura desciende.
Clavic ha pensado mucho desde que renació. Ve, o mejor, concibe cosas que antes no existían para él. Se ha dado cuenta, entre otras, de que existe una constante, por decirlo de al-guna manera, universal, en todo. Él lo llama Ciclo.


37:00h D.R.

Siente de nuevo el impulso interno que no es un instinto, pero que tiene toda su fuer-za. Tensa los músculos (ha vuelto a considerar esto al nivel en el que estuvo en su antigua vi-da, es decir, a nivel inconsciente) y salta hacia la orilla. La noche ya ha caído, pero con las es-trellas y la luna ve perfectamente.
El suelo, cubierto de hojarasca húmeda puede servirle. Clavic intenta hacer un esfuer-zo. Finalmente utiliza las manos (torpemente), el cuerpo, su vientre. Se percata de algo más: con la prueba y el error se consigue un conocimiento más alto y más perfecto.
Empujando las hojas con las extremidades traseras, más fuertes, consigue su objetivo mucho más eficientemente. Se pregunta qué lugar tendrá eso en el Ciclo.


41:29h D.R.

Clavic mira hacia atrás y ve que lo que está dibujando en el barro tiene sentido y le trasciende.


44:45h D.R.

Cuando vuelve a amanecer, Clavic está terminando su labor. Pocos minutos (Clavic no sabe lo que es un minuto) le llevará completarla.


44:51h D.R.

Clavic observa lo que ha dibujado en el suelo desde una alta roca justo en la orilla. Es-tá cansado, y, mucho peor, está ensimismado en su obra. Ve la verdad de ella, ve que, a la vez que un vulgar arañazo en la tierra, también es el reflejo del Ciclo. Clavic se pregunta si real-mente ha encontrado la esencia de la vida.


ARESX Y CLAVIC


Aresx ha estado estudiándolo desde hace un rato. Sus pensamientos, sin embargo, han rodeado siempre el mismo tema. Está hambrienta.
Su olor es extraño. Húmedo, suave, rancio. Casi puede ver su interior a través de su olfato. Será blando y blanco y débil y se desparramará.
Corriendo sin hacer ruido, Aresx avanza por las rocas húmedas bajo los grandes hele-chos, hasta que se acerca tanto que siente la imperiosa necesidad de decidir. Y la decisión es bastante obvia.
Las uñas aún no actúan. Es suficiente con la sujeción que sus cortos miembros ejercen sobre él. Mientras se agita bajo su peso, Aresx lo nota frío, mojado, bulboso, gelatina pura (Aresx no sabe qué es gelatina pura). Se le quita el hambre.
Cuando levanta su presa permanece inmóvil. Un hilillo de líquido verde o amarillento corre desde su vientre hacia el agua. Está muerto. Aresx sabe que no se lo comerá. No le gus-ta. Pero tiene curiosidad. Delicadamente, con un colmillo, incide en la piel. Ésta se abre. Tira y agranda la abertura.
Como suponía.
Se ha desparramado todo.

GNUERR Y ARESX


Gnuerr persigue ahora un olor. Gnuerr está más hambriento que nunca y perseguir olores da hambre a Gnuerr. Los sentidos se agudizan por momentos aunque ya sabe que es eso lo que sucede cuando está a punto de atrapar una presa. Antes de renacer ya lo sabía. Nota que se está acercando a un lago. Nota la humedad, y también nota la carne de su víctima.
Ahora Gnuerr controla todo a su alrededor, y Gnuerr piensa que Gnuerr controla tam-bién el exterior que le rodea. Ve su propio interior, los flujos de su cuerpo, y Gnuerr los con-trola; ve su calor que emana y su sudor que emana y su hambre que le atenaza, y Gnuerr lo controla; ve las hojas que le golpean y la luz que le ilumina y las sombras que le oscurecen y Gnuerr se siente capaz de pensar en otras formas en que las hojas le golpeen, y la luz le ilu-mine, y las sombras le oscurezcan, y Gnuerr atisba un poco en el futuro y sabe que si él lo pensara de alguna otra forma, de esa otra forma sucedería. Porque Gnuerr controla todo en su propio universo. Hasta los árboles se convierten en aliados sirvientes de Gnuerr. Porque Gnuerr lo es todo.
El olor se hace más fuerte. Gnuerr sabe que podría incrementar el olor aún más y que el olor le obedecería y sería aún más intenso, pero Gnuerr quiere apreciarlo poco a poco. Gnuerr corre ahora más en silencio, y Gnuerr sabe que podría apagar el ruido de las hojas y de los arbustos y de los árboles y de toda la vida, y que toda la vida, los árboles, los arbustos y las hojas se apagarían, pero tal como está es más interesante.
Gnuerr jadea, pero Gnuerr no sabe que jadea.
Gnuerr ve la presa y babea, pero Gnuerr no sabe que babea.
Gnuerr apesta ahora, pero Gnuerr no sabe que apesta.
(La presa está sobre unas rocas a la orilla del lago, distraída con algo.)
Y Gnuerr salta, y la atrapa, y la cola espesa, amarilla sucia y negra sucia y gris le gol-pea el rostro mientras los colmillos de Gnuerr penetran hasta romper el pálpito súbito de la sangre y el calor fluye afuera y le salpica y el pequeño ser se debate entre sus fauces y grita y se queja a Gnuerr, el fuerte Gnuerr, el despiadado Gnuerr, el asesino Gnuerr.
Gnuerr se ríe para adentro de lo patético que resulta.


YÍIH Y GNUERR


Yíih renació hace mucho tiempo. A pesar de ello, su consciencia está limitada: fun-damentalmente, es cuestión de la limitación de su olfato. Yíih, evidentemente, no sabe que es cuestión de la limitación de su olfato.
Lo que sí sabe Yíih es que es mejor así. Ahora es capaz de analizar las cosas de forma más exacta que antes, lo ve todo más nítido, y, simplemente, es capaz de planificar su vida. Es como si concibiera todo como un cielo azul límpido, sin una nube, y sobre él estuvieran sus objetivos a corto plazo, la supervivencia, y sobre él pero más lejos, quizás menos enfoca-dos, estuvieran sus planes de futuro, la evolución. Lo ve con frialdad, aunque ella no sabe que lo ve con frialdad, y hábilmente se dedica a entrelazar los consecuentes con las causas, for-mando el tapiz de su existencia meticulosamente. Así es Yíih.
Al mismo tiempo, debe buscar. Algo tan sencillo pero que tiene la misma importancia que todo lo demás (la evolución, su consciencia). Sus ojos enfocan con su excelente visión central los árboles del bosque, que a kilómetros bajo ella (ella no sabe qué es un kilómetro) forman una alfombra viva verde intensa que cobija, entre otras cosas, su comida.
Y después de algunos aleteos poderosos para cambiar la corriente de aire que le sirve de apoyo, vislumbra un punto oscuro, móvil, saliendo a un pequeño claro, oteando.
Yíih se deja caer lánguida, con delicada exactitud, y siente el aire bajo sus plumas y el pasar del tiempo dilatándose dentro de su cabeza. El sol la calienta y la anima, siente los ele-mentos sobre y en ella, adquiere velocidad, y la escena se va agrandando.
En pocos latidos de su corazón la flecha mortal de su cuerpo se abate a velocidad in-creíble sobre la presa, a medio camino en el claro, las garras se despliegan, las uñas se cierran y el pelaje rojizo y maloliente se hunde bajo su férrea tenaza.
La sangre de la víctima cae desde las alturas sobre los árboles a los que ya no llegará.

GIIANCO ESSONAI


-¡Eh, mirad esto! -gritó Giianco Essonai al acercarse al subsector 17 del sector D20.
Los ayudantes llegaron poco después, pisando cuidadosamente sobre las piedras del lago para dejar el menor número de huellas posible.
-Por todos los...
Giianco permanecía inmóvil, mudo, mirando como sin ver el signo que estaba dibuja-do sobre el barro húmedo.
-Tomad varios holos de eso -ordenó al fin. Cerca de la orilla había un anfibio muerto, deshecho, despanzurrado; más allá, signos de lucha y muchas huellas hechas por animales grandes. Seguramente algún zorro o alguna comadreja. Era una suerte que no hubieran borra-do el desconcertante dibujo.
Uno de los ayudantes se acercó con la cámara holográfica y fotografió desde varios ángulos y en diferentes bandas de longitudes de onda el símbolo curvo del infinito, trazado meticulosamente sobre el barro, entrelazando un gran sol y una gran luna en la que casi se distinguían los cráteres.


NERKA BEACOLL


Nerka le miró sintiendo parte de la satisfacción en forma de orgullo. Le conocía de-masiado bien.
-Al fin. Lo hemos conseguido -pronunció Giianco, nervioso, excitado, satisfecho.
Nerka no habló, sólo sonrió. Él continuó descargando la emoción que le invadía.
-Estábamos en la hipótesis correcta. Todas las dudas que me asaltaban eran terribles: dudaba de la misma base sobre la que se apoyaban mis teorías. Sin embargo ahora sabemos con certeza que todas las suposiciones que hicimos están demostradas: la amplitud del cere-bro, la tremenda capacidad de las redes neuronales, la flexibilidad que soportan, el gran por-centaje de materia gris que los humanos no aprovechamos. Todo ello surge ahora con toda su fuerza. ¿Utilizamos todo nuestro cerebro? Rotundamente: no. ¿Podremos utilizarlo? Rotun-damente: sí.
Se detuvo por un momento, buscando alguna forma de expresar un pensamiento.
-La glándula proteica ha funcionado. De todos los animales a los que se la implanta-mos, el noventa y uno por ciento han conseguido una mayor eficiencia en todas las activida-des que desarrollan. El sesenta y tres coma siete por ciento han creado nuevas formas de con-ducta. El trece por ciento han tenido descendencia viva que ha demostrado las mismas cuali-dades. Y ahora, finalmente, uno de ellos nos ha dejado un mensaje.
Los ojos crema de Nerka brillaron.
-La creatividad -dijo Giianco tomándola de los hombros- Nos ha demostrado su crea-tividad. Nos ha demostrado su inteligencia, pulcramente, exacta e ineludible.
El tiempo se ensanchó y transcurrió más lentamente.
-Miao -maulló suavemente Nerka Beacoll- Felicidades, futuro premio Nobel.

La exótica pulcritud de la inteligencia. (Autor: Juan Antonio Fdez. Madrigal, Málaga, España.)

 

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