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.I
Las hay más bonitas, pero esta es
mía y es especial. Conozco todas
sus líneas, sus defectos y sus cualidades,
podría nombrarlos todos y no equivocarme
en ninguno. Siempre está hermosa,
como si el tiempo no pasara para ella. Cuando
la veo ya presiento su calidez y me embarga
una tranquilidad que no por familiar es
menos placentera. Sí, cuando la veo
me siento tranquilo, con la tranquilidad
de un ser que ama a otro. Y sin embargo
tengo miedo, un miedo atroz a que me la
quiten o quieran que la comparta. Sé
que no me puedo fiar de nadie. Quieren que
en un momento dado conviva con otras gentes.
Eso nunca, mi casa es sólo mía
y en ella me siento a salvo. Yo la quiero
y sé que ella me quiere a mí.
Siempre he vivido aquí con mi familia.
Aquí he sentido dolor, he sentido
placer y también felicidad. Horas
interminables explorando sus rincones en
juegos infantiles y, más tarde, con
la curiosidad del adolescente. Ya entonces
me juré que siempre viviría
aquí, siempre rodeado de mis seres
queridos, compartiendo la calidez y la seguridad
del hogar. Y sin embargo, a mi familia no
le importan mis sentimientos, sólo
piensan en ellos. Hace ya tiempo que no
nos hablamos, y no es que no les quiera.
Pero como ellos no se preocupan por mí,
yo no me preocupo demasiado por ellos. Desgraciadamente,
mi hermanastro heredó, al igual que
yo, la mitad de mi casa. Si yo tuviera dinero
suficiente, compraría su parte y
ya sería toda mía, solo mía.
Pondría rejas en las ventanas. No
es que sea un paranoico o un neurótico.
Soy nervioso, eso sí, siempre he
sido nervioso. Sin embargo, todos mis miedos
han sido fundados. Cambiaría toda
la instalación eléctrica,
por el peligro de incendio. Y las rejas,
sí, son muy importantes las rejas.
Odio la idea de extraños penetrando
en mi casa y tocando y rompiéndolo
todo. Aquí puedo hacer lo que quiero,
odio el exterior. Ahí fuera soy vulnerable,
rodeado de tanta gente, me repugnan casi
todos ellos. Sólo buscan aprovecharse
de los demás en su propio beneficio.
Ya no hay altruismo ni sinceridad, sólo
seres repugnantes y babosos que te vigilan
constantemente.
Me he visto obligado a prescindir de la
gente. Incluso me he visto obligado a romper
con mi novia. Era igual que todas las demás,
sólo buscaba gobernar mi vida y cambiar
mi casa... mi querida casa. Incluso llegó
a decir que la vendiera. ¡Qué
vendiera mi casa! Durante un tiempo creí
poder encontrar alguna mujer que fuera distinta.
Pero mirándolas a los ojos y metiéndome
en su piel me di cuenta de que todas son
iguales. Soy listo y no tengo intención
de caer en la trampa. Sé que para
ellas soy una pieza preciada, pero no me
dejaré cazar, no señor. Qué
sufran quedándose solas. Yo seguiré
solo, mejor solo que mal acompañado.
Eso sí, con un poco de amabilidad
y simpatía siempre le caes bien a
alguna. El sexo es importante, es un buen
sustitutivo del amor. Aunque yo no necesito
sustitutivos, siento mucho amor por mí
y sobre todo por mi casa.
Cuando llego, voy de habitación en
habitación respirando el aroma del
pasado. Entre estas paredes todavía
viven mis seres queridos. ¡Y nadie,
absolutamente nadie me quitará eso!
Debo ser constante y contar cada día
el dinero que me falta para poder comprar
la otra mitad, aunque me cueste toda la
eternidad.
II
FIESTA DE TODOS LOS SANTOS (CEMENTERIO MUNICIPAL)
Mi mujer y yo acudimos, como cada año,
por estas fechas al cementerio. Sabemos
que nuestros seres queridos no volverán
ni, seguramente, serán más
felices por ponerles flores o velas. Estamos
firmemente convencidos de que es por nuestra
propia tranquilidad y que a parte de llevarles
siempre en nuestro corazón, necesitamos
demostrarnos que somos capaces de hacer
un pequeño sacrificio. Todo sería
de lo más corriente, sino fuera porque...
Pero antes de entrar en detalles debo decir
que tengo 72 años y me considero
valiente. Hemos tenido tres hermosos hijos
en nuestro matrimonio, a los cuales hemos
dado la mejor educación posible.
Disfruto de una vasta experiencia y sin
embargo, al igual que cada año, también
siento intranquilidad y angustia cada vez
que debo acercarme a su tumba. Luisa, mi
mujer, y mis hijos prefieren no oír
hablar del tema, es natural, ya que me quieren
y me han acompañado en mi dolor en
todo momento.
Todo empezó hace 44 años,
cuando abandoné el hogar para casarme
con Luisa. Mi hermanastro, a pesar de ser
mayor, se quedó en casa con nuestros
padres. Debido al espacio no había
problema, la casa es grande y sus dos plantas
eran más que suficiente para albergar
a dos familias. Pasó el tiempo y
nuestros padres murieron, dejando sólo
a mi hermanastro, pues este nunca llegó
a casarse.
En todos los años de vivencia en
común jamás logré llegar
al fondo de su corazón. Me sorprendía
continuamente, ya fuera mostrándome
su lado más frío o su cariño
más incondicional. Frecuentemente
tenía la sensación de estar
en presencia de alguien que, encerrado en
un laberinto, iba corriendo de un lado a
otro sin encontrar la salida.
Parecía disfrutar sintiendo dolor
y miedo, como si fueran su razón
de ser. Por mucho que riera, sus ojos no
reían jamás.
Las desavenencias empezaron al quedar mi
hermanastro solo en la casa. Lo más
natural era que una de las dos viviendas
se alquilara para sacar un rendimiento y
así permitirnos ir más desahogados.
Cuando se lo comenté insistió
en querer vivir solo, incluso me propuso
comprarme mi mitad si hacía falta.
Le dije que no me parecía mal, mientras
que, hasta que llegara el momento, se alquilara
una planta. La discusión se tornó
en pelea, y ni siquiera cuando me dijo que
antes prefería estar muerto me di
cuenta de la realidad.
No volvimos a hablar del tema hasta que
tres semanas después le llamé
para comentarle que había encontrado
unos interesados en alquilar una de las
dos plantas, que al día siguiente
acudiríamos a ver la vivienda y que
decidiera en cuál de las dos se iba
a quedar. Me colgó sin dirigirme
la palabra.
Cuando acudí con los posibles inquilinos
encontré la puerta atrancada, toqué
repetidamente el timbre sin obtener respuesta.
No estaba dispuesto a perder la oportunidad
y disimulando les dije que debía
llamar a los bomberos ya que seguramente
la cerradura debía estar estropeada.
Estaba en mi perfecto derecho y cuando acudieron
les dije que hicieran el favor de entrar
por alguna ventana o por la puerta, destrozándola
si hiciera falta.
Fue necesario abrir una ventana de la planta
superior por la fuerza para que penetrase
un integrante de la brigada.
Mientras esperábamos a que abrieran
la puerta me fijé en lo meticulosamente
que estaba arreglado el jardín. Ninguna
brizna de hierba sobresalía más
que las demás, las flores estaban
ordenadas por tamaños y colores y
lo más seguro es que también
por especies, los árboles estaban
podados milimétricamente y en el
suelo no había una sola hoja seca.
Observé una belleza casi obsesiva
y empecé a sentirme intranquilo.
Cuando por fin se abrió la puerta...
Nunca olvidaré la cara de aquel hombre.
Me dijo que no entrara, que había
que avisar a la policía. Le aparté
de un empujón y entré corriendo.
Recuerdo que pensé en la similitud
con un río, la escalera ofrecía
una corriente de platos, vasos y muebles
rotos hasta la demencia; papeles quemados,
restos y fragmentos de libros, revistas
y fotografías, ropas desgarradas
en mil pedazos y zapatos completamente destrozados.
Resbalando sobre aquella pesadilla subí
corriendo y gritando el nombre de mi hermanastro.
Caí una, dos o tres veces. Jamás
sabré cuántas ni me importa,
debí cortarme con los fragmentos
que sembraban la escalera pues mis manos
sangraban profusamente.
Le encontré completamente desnudo
colgando de una soga, en su locura se había
ahorcado de la baranda. Me abracé
llorando y gritando a sus pies e intenté
bajarle inútilmente hasta que vinieron
a separarme de él.
Recuerdo que tuvieron que sedarme para tranquilizarme,
también recuerdo vagamente que me
vendaron las manos. Al día siguiente
se presentó un agente de policía
en nuestro domicilio, rogándonos
que acudiéramos en presencia del
juez para entregarnos un sobre cerrado en
el que figuraba mi nombre y que habían
encontrado atado a la mano derecha del cadáver.
No esperé ninguna explicación
escrita pues ya sabía la causa del
suicidio y sin embargo y a pesar de las
circunstancias no dejaron de sorprenderme
sus palabras. El juez tomó el papel
lo leyó y le comentó a Luisa
que en unos días nos llamarían
a declarar.
Desde entonces he intentado inútilmente
vender la casa. Entregué las llaves
a una inmobiliaria que me las devolvió
al cabo de un tiempo sin demasiadas explicaciones.
Coloqué un letrero en la verja y
entregaba las llaves para que acudiese a
verla quien quisiera. Una vez me las devolvieron
insultándome incluso. No me hizo
falta pensar demasiado para averiguar la
causa, sólo debo pensar en su último
mensaje: "Reuniré el dinero",
para saber que su alma vaga por la casa
a la espera de reunir el dinero necesario
y que entonces... entonces se presentará
para comprar mi mitad.
Esquizofrenia.
Autor: Javier Mayugo Fink, Calella de La
Costa, Barcelona, España.
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