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BUENA ESPERANZA
El
rojo vivo bloqueó su campo de visión
y el olor de la sangre interrumpió
el flujo de ideas contradictorias, presentes
desde el mismo instante de cruzar el umbral.
Era una falacia eso de la costumbre, el
quirófano continuaba impresionándole.
Las normas de la naturaleza se abrían
paso a dentelladas en el blanco aséptico
del cubículo, pero la maldición
daba un aire abstracto al episodio. En esa
ocasión concreta, sonaron unos alaridos
inhumanos que rebotaron contra las baldosas.
La mujer de rasgos indios, venciendo a la
anestesia y sobre todo a su sufrimiento,
integral y completo como una funda, se incorporó
un poco entre sus muecas y la melé
de batas blancas volvió a tumbarla
sin miramientos. Gritó entonces un
nombre masculino, probablemente el de su
pareja, pero un oportuno pinchazo transformó
su lengua en una bola de masa inarticulable.
Su voluntad trajo el punto de fuerzas necesario
para incorporarse de nuevo y ver cómo
el temor constante arrastrado desde las
primeras noticias de la pesadilla venía
a convertirse en realidad irrebatible e
imposible de conjurar desde el silencio.
Un
nuevo alarido con la vibración aniquilante
de la pena resonó y ella sintió
transformarse su mascarilla en una mordaza
que la asfixiaba. Se la quitó entre
tirones histéricos apenas hubo alcanzado
el pasillo y allí las decenas de
miradas esperando información la
perforaron en busca de ese dato positivo
tan esperado. Su angustia se incrementó
en varios grados y sólo supo dar
la respuesta cobarde de la huída
apresurada hacia la sala convertida en Centro
de Coordinación. Todavía disponía
de unos minutos para recomponerse y cumplir
con su misión. El escozor de su cicatriz
en el hombro le recordó con mayor
contundencia que el tiempo apremiaba.
A
unos kilómetros por la Autopista
Sur, Carla hace el amor con Bruno, el joven
tímido de los pupitres del fondo
de la clase, en los mugrientos asientos
traseros del coche abandonado del descampado.
No puede emplear el vulgar verbo “follar”
pues recibe cada embate entre los gemidos
de placer de ambos como un regalo extraordinario
certificando ese sentimiento creciente desde
hace varias semanas. El agudo gallo final
del chico es interpretado por la enamorada
como la emoción espontánea
y, por tanto, inmodulable y siente que su
temblor de piernas no sólo es debido
a la laxitud consiguiente a lo recién
sucedido. También tiene un claro
componente de emoción desbordada
por el momento de dicha. El chico remata
lamiendo golosamente sus pezones semiocultos
por la blusa desabrochada, como si fueran
cualquier caramelo que hace no tantos años
hubieran compartido en el patio del recreo
y ella le peina con los dedos desde la ternura
infinita donde se ha instalado. Quiere retener
esa imagen en su memoria con precisión.
Los momentos felices no abundan, y menos
en esos tiempos.
Las
pruebas permiten marcar las pautas de trabajo,
y esas pautas finalmente son rígidas
capataces que no dejan lugar a la improvisación.
Su compañero de equipo, sin embargo,
tiene unos instantes de duda fatales. Sacarán
por ello su cadáver de entre los
escombros pues la solución última
pasa por la destrucción total de
la habitación. Ella se promete que
eso nunca le ocurrirá, aunque su
ánimo sea ese paisaje lunar tan propicio
a la ingesta de todo el bote de cápsulas
somníferas. Mira el cronómetro:
aun dispone de cinco minutos, pero prefiere
no agotarlos. Se coloca un nuevo par de
guantes de látex y se encamina a
la sala. Con un poco de suerte, evitará
ver la posterior partida del bulto al incinerador.
Debería ser una visión tranquilizadora,
si atiende a lo sufrido, pero a ella la
hundirá un poco más en ese
lodazal donde se ha hundido desde la alarma.
Viene de asistir al entierro de Aarón,
el simpático oficial de su promoción
universitaria. Él no lo resistió
y buscó el remedio en la vieja escopeta
de caza de su padre. Un amante de los vinos
y la buena mesa, despidiéndose del
mundo con el sabor del metal oxidado, pero
el Apocalipsis no entiende de aficiones.
Carla
cae desmayada en el retrete y por escasos
centímetros no se abre la cabeza
contra la taza. La prueba es positiva, señalándole
desde su punto rosa obsceno el futuro horror.
Bruno desapareció hace semanas con
la excusa de ese centro educativo en otra
ciudad y junto con la retahíla de
promesas, desde la suprema del amor eterno
a la más prosaica de llamar a las
diez todos los días. La nube de la
desgracia inmensa ha descargado sobre ella
toda su furia, y ahora sólo resta
aguantar sus efectos. Mientras intenta levantarse
anegada en llanto no puede evitar el miedo
añadido al enfado de sus padres.
Sobre las noticias horribles y las sirenas
ululantes de los primeros días de
la alarma se colocan ambos ceños
fruncidos y las seguras amenazas nada más
articule su frase nefasta. La orden será
cumplida por tanto tras esa humillación
previa y con el juramento posterior de sanciones
interminables. Sus progenitores siempre
han sido muy legalistas y las circunstancias
invitan a ese cumplimiento exacto de las
órdenes pero ella, por primera vez,
siente algo muy dentro dirigiéndola
como un mando a distancia. Sorbiéndose
los mocos, sale de los aseos y ya con la
cara un poco más limpia, del recinto
del instituto. Tocaba Inglés, pero
para ella se ha acabado esa rutina de clases
y evaluaciones. La necesidad va a dictar
desde ese mismo instante todos sus horarios
y ahora le apremia para llegar a casa antes
que su madre. Dispone del tiempo justo para
hacer la maleta y coger el dinero que su
hermano mayor esconde en una caja de puros
bajo la cama. Con él pagará
el autobús y, con un poco de suerte,
la manutención de los primeros días
hasta encontrar un trabajo. Siempre se precisan
camareras y limpiadoras en la ciudad.
Ya
no es necesaria su presencia en el quirófano.
La estadística ha venido a demostrar
que no hay esperanzas para los nuevos casos
y las investigaciones se encuentran en ese
callejón sin salida que no permite
albergar mejores perspectivas a corto o
medio plazo. La cruel realidad es que ahora
su trabajo se desarrolla en la rutina repetitiva
propia de sus tiempos juveniles preuniversitarios
como pinche de cocina. Se reduce a esperar
equipada con sus guantes de látex
y la bolsa preparada con la mezcla mientras
el camillero trae la carga. El bebé
es un mulato regordete en esa ocasión.
Busca en su cabecita la vena e inserta la
aguja entre susurros tranquilizadores, iguales
a los que solía emitir en la consulta
con sus pequeños pacientes, pero
el niño llora salvajemente al sentir
el pinchazo y las primeras gotas descendiendo
por la goma. Las manos le tiemblan al auscultar
ese pequeño cuerpo a los pocos minutos
y el silencio total del fonendoscopio le
indica que de nuevo ha reducido una estancia
en la tierra a unos minutos miserables.
El camillero mete el cadáver minúsculo
en una bolsa de papel y se lo lleva al incinerador.
No la mira en ningún momento pero
a ella no le importa, lo comprende perfectamente.
Ese hombre no puede sentir mayor desprecio
que el que ella siente por sí misma.
Se arranca los guantes deseando llevarse
la piel de esas manos no hace tanto curadoras
pero, como siempre, dejan al descubierto
sus diez dedos largos engarzados en dos
palmas delgadas. “Las manos de una
asesina vil”, piensa mortificándose.
Recuerda su principal motivación
para elegir la especialidad de Pediatría
y no puede reprimir unas carcajadas amargas:
la promesa de una nueva vida.
El
embarazo tarda bastante en notarse, así
que las primeras semanas de su huída
transcurren con cierta tranquilidad. Su
aspecto bondadoso le permite negociar con
la dueña de una fonda el alquiler
de una habitación con el pago en
especie de la limpieza de las escaleras
y los cuartos de baño del local e
incluso recibe de vez en cuando pequeñas
cantidades de dinero por su trabajo esmerado.
Almuerza en el comedor de caridad de unas
calles más abajo y apenas desayuna
o cena, por lo que consigue estirar los
ahorros del hermano más de lo esperado.
Coincidiendo con el inicio del buen tiempo
la contratan para recoger los vasos en una
terraza pero la gente ha perdido el interés
por pasearse y enseguida la despiden. Los
negocios relacionados con el ocio están
en franca decadencia, excepto aquellos que
puedan garantizar una inmediata suspensión
de la consciencia y su plan inicial de empleo
sufre un golpe importante, sobre todo de
cara a los meses venideros. Por las noches
vuelve a repasar las anotaciones de ofertas
laborales apuntadas en sus vueltas por la
ciudad y el tiempo restante previo a su
sueño cansado se dedica a llorar
unas lágrimas de decepción
por la indiferencia de Bruno y de miedo
por el futuro aunque sigue decidida a llegar
hasta el final.
Ahora
le parece un producto de su imaginación
el comienzo de la hecatombe, pero todas
las catástrofes tienen un preludio
de tranquilidad, incluso de dicha. Le cuesta
imaginar los días donde ella era
la joven médica con plaza fija en
el hospital y una vida privada plena, pero
fue así. Todo cortado por la llamada
recibida una mañana después
de sus consultas externas, al principio
interpretada como una broma de mal gusto
de los compañeros de la planta del
semisótano. El terror de aquellas
frases entrecortadas gritadas al auricular
de cualquier forma, sin embargo, le extrajo
de un tirón de esa idea. Antes de
que se pudiese dar cuenta, estaba frente
a la puerta de entrada de donde le habían
llamado empuñando su maletín.
Los gritos procedentes del interior animaban
a salir corriendo pero ella consiguió
vencer esa impresión y empujó
la hoja. El primer muerto encontrado fue
Martín, el enfermero que un par de
años antes había trabajado
con ella y dueño de la voz del teléfono
reclamando un remedio apropiado. Había
quedado sentado apoyado en la pared. La
sangre que aun manaba de la herida de su
cuello sobre el verde claro del pijama producía
el efecto de un gran collar de abalorios
de granates pero apenas tuvo tiempo de comprobar
su estado cuando nuevos berridos activaron
sus alertas. Provenían de la sala
donde un instante antes se había
resuelto el caso que marcaba ese principio
del fin y en su avance por ese infierno
inicial descubrió otros cadáveres,
todos anónimos salvo el de Gloria,
la tocóloga más veterana de
aquel departamento, pese a sólo distinguir
la mitad de su rostro, el otro segado por
cualquier monstruoso cortador. El corazón
le latía desbocado y, por unos instantes,
creyó que nunca alcanzaría
aquel umbral, pero una curiosidad malsana
ajena a toda precaución la empujaba
a descubrir el origen del desastre. De súbito,
sintió cómo se aferraban a
sus tobillos y el pánico contenido
hasta ese instante se desbordó como
aguas enloquecidas. Gritó hasta que
sus cuerdas vocales parecieron deshilacharse,
pero un átomo de cordura profesional
la obligó a comprobar el origen de
su sobresalto. Una mujer de no más
de veinte años se desangraba desde
la mutilación espantosa de sus senos
y el caño desbordado de su útero
y la estaba agarrando con sus últimas
fuerzas. En su primer vistazo comprendió
que no disponía más allá
de unos minutos de vida. Prefirió
acompañarla y no echar mano del contenido
de su maletín ensayando remedios
inútiles pero la mujer la observaba
con los ojos desorbitados, intentando avisar
desde esa mirada distorsionada por el sufrimiento
lo que su voz ya era incapaz de articular.
El “se esconde bajo el armario”
lo interpretó al principio como la
alucinación extravagante de la postrera
actividad cerebral pero, más tarde,
almohadillada entre las vendas y mientras
el pip-pip de los monitores punteaba el
inicio de un insomnio perenne, se maldeciría
por no haberse dado cuenta de la principal
ausencia en aquella sala de partos: el bebé.
El
quinto mes descubre las redondeces inocultables
incluso bajo las amplias camisetas hasta
ese momento tan eficaces. Su preñez
es imposible de disimular y la dueña
de la pensión rompe la media docena
de platos que llevaba en las manos cuando
una mañana se percata definitivamente
de que la joven esconde algo más
que un exceso de kilos. Con todo, consigue
mantener la calma y regresar a la cocina,
desde donde llamará al número
de emergencias. Carla se percata a su vez
de que vuelve a ser hora de emprender la
fuga y, tras meter sólo algunas cosas
en su bolsa, escapa de allí antes
de ser detenida con excusas mientras no
llega el vehículo del hospital. Vaga
por las calles hasta que nuevas miradas
de suspicacia la animan a abandonar el centro
urbano e internarse en los suburbios, verdaderos
cementerios de edificaciones, antaño
hogar y taller de otras gentes y ahora nuevo
refugio hasta el momento del parto. Acaba
pues metiéndose en una nave abandonada,
pero, como queda demostrado, todo el espacio
de esa ciudad es un bien cotizado y el grupo
de vagabundos que en ese momento se emborrachan
en círculo con unos cartones de vino
la reciben con una hostilidad inimaginable,
de hecho, llega a temer por su propia vida
cuando uno de ellos rompe una botella y
empieza a acercársele empuñando
el arma blanca de cristales resultante,
pero la fortuna decide sonreírle
en esa ocasión o, por lo menos, torcerle
el labio simulando una sonrisa y hace aparecer
a Timoteo quien, tras un par de blasfemias
y varias patadas al suelo, acoge a Carla
como nueva huésped de ese sitio y,
lo que es más importante, como su
nueva novia. Ella está demasiado
asustada para buscar otra solución
y se limita a aceptar sin más ese
nuevo rol, tan opuesto al conjunto de sus
gustos y anhelos. Antes de una hora comprueba
que ese Timoteo es el líder y que
su palabra es ley allí, por eso los
demás la acogen sin protestar aunque
el miedo siga patente en los ojos de todos.
Antes de las seis horas puede comprobar
otro extremo inquietante y tranquilizador
a la vez sobre ese hombre: pese a todas
sus declaraciones y aspavientos es impotente.
Los encuentros sexuales de los días
futuros se resolverán por tanto con
manoseos torpes de los ya abundantes pechos
de la joven y besos borrachos. Nunca es
capaz de llegar más allá,
lo que a veces desata su ira, liberada en
ocasionales bofetadas que Carla aguanta
sin protestar mientras sorbe sus lágrimas
en silencio. Aún así, sigue
dando por bueno el arreglo alcanzado. Timoteo
la protege y todos los días le trae
comida e incluso alguna prenda de abrigo.
Ha contenido a quienes rogaban por llamar
al número de emergencias, hasta ha
llegado a pelearse a navajazos con el yonki
que amenazaba con rajarlos a ambos en prevención
de la catástrofe anunciada. Carla
podrá llegar a su noveno mes y dar
a luz en medio de la mugre con el auxilio
de una panda de borrachos y dementes en
el nuevo Portal de Belén para una
época de caos.
El
bocado le destrozó los músculos
del hombro y sólo por unos centímetros
no llegó a su carótida, aunque
ella muchas noches se haya arrepentido de
esquivar esa acometida. El dolor y la sangre,
con todo, no fueron lo peor. Lo peor siempre
es la tierra abierta bajo los pies y ella
sintió esa sima interminable al distinguir
por fin los contornos del ser de menos de
medio metro que la acababa de tumbar y se
le aferraba con una potencia increíble
buscando su cuello. Su mente seguía
negándose a admitir que había
estado forcejeando con un recién
nacido cuando la sacaban en la camilla y
sólo al cabo de varios días
mientras dejaba pasar las horas tumbada
boca arriba pareció leer lo sucedido
en el blanco techo de la clínica
donde seguía ingresada recuperándose
de las graves lesiones. Los neonatos eran
los emisarios del cataclismo final, en una
ironía del tamaño de una galaxia.
Tiernos bebés deseados convertidos
en bestias sedientas de sangre y dotadas
de una fuerza inaudita para acabar con cualquier
grupo, hostil o no. La cámara de
video con que el padre del primer caso intentó
grabar el momento de dicha registró
en un atroz cambio de destino aquel espanto
primigenio, cómo la infortunada joven
mostraba su desconcierto ante las mandíbulas
prominentes y la extraña protuberancia
de la frente de su hijo recién nacido
mientras Gloria se afanaba en detener su
hemorragia inesperada, como si el feto la
hubiese estado royendo por dentro, o cómo
las primeras reacciones furiosas de la criatura
fueron interpretadas por el equipo médico
como un berrinche desproporcionado. Las
cámaras de televisión grabaron
el resto, una vez aquello salió del
hospital dejando su rastro de destrucción
y llegó a las calles añadiendo
más víctimas a su precoz lista
particular. Sólo aquella granada
que levantó media avenida puso punto
final a sus desmanes, aunque ella de eso
no se enteró, demasiado preocupada
en aquellos instantes por contener su hemorragia.
Era una máquina perfecta de devastación,
sin nociones previas sobre el bien o el
mal, dotada de un aprendizaje rápido
y dirigido a la supervivencia, movimientos
veloces y, lo peor de todo, hambrienta.
El reguero de cadáveres ensangrentados
hacía suponerle un apetito desordenado,
caprichoso con los manjares como cualquier
niño consentido y en nada parecido
a la economía alimenticia de las
demás fieras, de objetivos cazadores
más reducidos. Se acababa el concepto
de primera infancia, lo que era más
grave, se acababa el concepto de humanidad.
Las pruebas enseguida demostraron sin ningún
género de dudas la veracidad de esa
afirmación y la visión futura
de una población muriéndose
senil sin nuevas generaciones de relevo
en unas décadas se hizo patente cuando
toda la ciencia y la tecnología desarrolladas
durante siglos sólo fue capaz de
ofrecer escasos datos sobre esa epidemia,
generalizada en pocas semanas a nivel mundial
y exterminadora de poblaciones enteras del
tercer mundo, como siempre castigadas por
una pobreza secular ajena a las necesarias
medidas preventivas. Éstas apuntalaron
enseguida esa idea de desgracia: cesáreas
a las embarazadas en sus últimos
meses y eutanasias rápidas, una vez
comprobado el período crítico
del neonato de una hora, abortos a miles
y anticonceptivos mezclados con los alimentos
como disciplina final de la historia de
la humanidad.
Y
lo más irónico de todo, dentro
de ese ácido sarcasmo, eran los agentes
destinados a practicar esas ejecuciones
de los neonatos si bien, siendo fieles al
protocolo laboral, es cosa sabida el derecho
de los mandos a otorgar nuevas funciones
cuando el trabajo habitual se acaba. La
prometedora pediatra experta en el tratamiento
de leves enfermedades infecciosas de recién
nacidos se había convertido en la
eficiente verdugo que preparaba el suero
letal con precisión y se lo aplicaba
a aquellos cuerpecitos antes de mutar a
las terribles bestias asesinas de sus compañeros.
Por eso en los primeros casos ella empleaba
el recuerdo de Martín y de Gloria
para justificar su tarea, pero las excusas
poco firmes acaban por ceder y por eso se
veía en los últimos tiempos
tan al borde de un nuevo descenso a los
infiernos. El pitido de su móvil
vino a sacarla de esos pensamientos y a
ponerla en marcha una vez más. Un
equipo se dirigía a buscar a una
adolescente a una nave abandonada de los
suburbios. Los testigos afirmaban que su
tripa era propia de un noveno mes. Se pasaba
a la situación de alerta máxima,
de acuerdo con el nuevo protocolo sanitario.
Las
paredes de la nave conocían por vez
primera el color sobre su superficie, aunque
se tratase de las salpicaduras de la sangre
de los mendigos que hasta unos minutos antes
eran sus ocupantes habituales. Timoteo yacía
tendido en el suelo, a escasas boqueadas
para su último aliento. Su nariz
había sido arrancada y ahora el centro
de su cara presentaba un cráter viscoso
renovando el muestrario de viejas cicatrices
de una vida patibularia. El resto habían
quedado tumbados en su carrera desesperada
hacia la puerta, no lo suficientemente rápida
para los vertiginosos movimientos de la
criatura. Ésta, ahora, ahíta
por el festín de carnes resecas y
fluidos vitales enriquecidos de etílico,
se acercaba a su madre lentamente. En sus
facciones deformadas se adivinaba la curiosidad
y Carla pudo distinguir en ellas un parecido
evidente con Bruno. Pensó en la posible
alegría del novio desaparecido si
se hubiese visto con un hijo varón
pero sabía que ésa era una
imagen de consuelo más propia de
su agonía. El bebé se le subió
encima y apoyó la pequeña
cabeza en su pecho, como si buscase los
últimos restos de calor de su madre,
ésta mordiendo los últimos
minutos de una vida que escapaba entre sus
piernas en forma de río caliente.
Lo acogió en sus brazos y su débil
voz llegó a articular los primeros
acordes de una nana. El ruido de las sirenas
le hizo perder el hilo de su canción
y la criatura levantó la cabeza sorprendida
por ese nuevo elemento sonoro del entorno,
tan diferente al muestrario de gritos y
maldiciones escuchados con anterioridad.
Carla comprendió que iban a por ellos
y que en cuestión de minutos entrarían
al local. “Corre, hijo, escapa”,
dijo con sus últimas fuerzas mientras
expiraba. La criatura contempló de
nuevo con curiosidad el cuerpo muerto donde
estaba subido y, como un buen hijo, obedeció
la orden. Los primeros en entrar del operativo
de emergencia no lo pudieron ver llegando
a rastras a un agujero de la pared y escapando
por él.
Autor:
Mª Concepción Regueiro Digón;
Tui, Pontevedra, España.
Relato
publicado en La estirpe de Tordón,
Libro Andrómeda número 11.
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