Buena esperanza

Relato Completo

Autor: Mª Concepción Regueiro Digón

Orígen: Tui, Pontevedra, España.

Publicado en: La estirpe de Tordón, Libro Andrómeda número 11.

 



BUENA ESPERANZA

El rojo vivo bloqueó su campo de visión y el olor de la sangre interrumpió el flujo de ideas contradictorias, presentes desde el mismo instante de cruzar el umbral. Era una falacia eso de la costumbre, el quirófano continuaba impresionándole. Las normas de la naturaleza se abrían paso a dentelladas en el blanco aséptico del cubículo, pero la maldición daba un aire abstracto al episodio. En esa ocasión concreta, sonaron unos alaridos inhumanos que rebotaron contra las baldosas. La mujer de rasgos indios, venciendo a la anestesia y sobre todo a su sufrimiento, integral y completo como una funda, se incorporó un poco entre sus muecas y la melé de batas blancas volvió a tumbarla sin miramientos. Gritó entonces un nombre masculino, probablemente el de su pareja, pero un oportuno pinchazo transformó su lengua en una bola de masa inarticulable. Su voluntad trajo el punto de fuerzas necesario para incorporarse de nuevo y ver cómo el temor constante arrastrado desde las primeras noticias de la pesadilla venía a convertirse en realidad irrebatible e imposible de conjurar desde el silencio.

Un nuevo alarido con la vibración aniquilante de la pena resonó y ella sintió transformarse su mascarilla en una mordaza que la asfixiaba. Se la quitó entre tirones histéricos apenas hubo alcanzado el pasillo y allí las decenas de miradas esperando información la perforaron en busca de ese dato positivo tan esperado. Su angustia se incrementó en varios grados y sólo supo dar la respuesta cobarde de la huída apresurada hacia la sala convertida en Centro de Coordinación. Todavía disponía de unos minutos para recomponerse y cumplir con su misión. El escozor de su cicatriz en el hombro le recordó con mayor contundencia que el tiempo apremiaba.

A unos kilómetros por la Autopista Sur, Carla hace el amor con Bruno, el joven tímido de los pupitres del fondo de la clase, en los mugrientos asientos traseros del coche abandonado del descampado. No puede emplear el vulgar verbo “follar” pues recibe cada embate entre los gemidos de placer de ambos como un regalo extraordinario certificando ese sentimiento creciente desde hace varias semanas. El agudo gallo final del chico es interpretado por la enamorada como la emoción espontánea y, por tanto, inmodulable y siente que su temblor de piernas no sólo es debido a la laxitud consiguiente a lo recién sucedido. También tiene un claro componente de emoción desbordada por el momento de dicha. El chico remata lamiendo golosamente sus pezones semiocultos por la blusa desabrochada, como si fueran cualquier caramelo que hace no tantos años hubieran compartido en el patio del recreo y ella le peina con los dedos desde la ternura infinita donde se ha instalado. Quiere retener esa imagen en su memoria con precisión. Los momentos felices no abundan, y menos en esos tiempos.

Las pruebas permiten marcar las pautas de trabajo, y esas pautas finalmente son rígidas capataces que no dejan lugar a la improvisación. Su compañero de equipo, sin embargo, tiene unos instantes de duda fatales. Sacarán por ello su cadáver de entre los escombros pues la solución última pasa por la destrucción total de la habitación. Ella se promete que eso nunca le ocurrirá, aunque su ánimo sea ese paisaje lunar tan propicio a la ingesta de todo el bote de cápsulas somníferas. Mira el cronómetro: aun dispone de cinco minutos, pero prefiere no agotarlos. Se coloca un nuevo par de guantes de látex y se encamina a la sala. Con un poco de suerte, evitará ver la posterior partida del bulto al incinerador. Debería ser una visión tranquilizadora, si atiende a lo sufrido, pero a ella la hundirá un poco más en ese lodazal donde se ha hundido desde la alarma. Viene de asistir al entierro de Aarón, el simpático oficial de su promoción universitaria. Él no lo resistió y buscó el remedio en la vieja escopeta de caza de su padre. Un amante de los vinos y la buena mesa, despidiéndose del mundo con el sabor del metal oxidado, pero el Apocalipsis no entiende de aficiones.

Carla cae desmayada en el retrete y por escasos centímetros no se abre la cabeza contra la taza. La prueba es positiva, señalándole desde su punto rosa obsceno el futuro horror. Bruno desapareció hace semanas con la excusa de ese centro educativo en otra ciudad y junto con la retahíla de promesas, desde la suprema del amor eterno a la más prosaica de llamar a las diez todos los días. La nube de la desgracia inmensa ha descargado sobre ella toda su furia, y ahora sólo resta aguantar sus efectos. Mientras intenta levantarse anegada en llanto no puede evitar el miedo añadido al enfado de sus padres. Sobre las noticias horribles y las sirenas ululantes de los primeros días de la alarma se colocan ambos ceños fruncidos y las seguras amenazas nada más articule su frase nefasta. La orden será cumplida por tanto tras esa humillación previa y con el juramento posterior de sanciones interminables. Sus progenitores siempre han sido muy legalistas y las circunstancias invitan a ese cumplimiento exacto de las órdenes pero ella, por primera vez, siente algo muy dentro dirigiéndola como un mando a distancia. Sorbiéndose los mocos, sale de los aseos y ya con la cara un poco más limpia, del recinto del instituto. Tocaba Inglés, pero para ella se ha acabado esa rutina de clases y evaluaciones. La necesidad va a dictar desde ese mismo instante todos sus horarios y ahora le apremia para llegar a casa antes que su madre. Dispone del tiempo justo para hacer la maleta y coger el dinero que su hermano mayor esconde en una caja de puros bajo la cama. Con él pagará el autobús y, con un poco de suerte, la manutención de los primeros días hasta encontrar un trabajo. Siempre se precisan camareras y limpiadoras en la ciudad.

Ya no es necesaria su presencia en el quirófano. La estadística ha venido a demostrar que no hay esperanzas para los nuevos casos y las investigaciones se encuentran en ese callejón sin salida que no permite albergar mejores perspectivas a corto o medio plazo. La cruel realidad es que ahora su trabajo se desarrolla en la rutina repetitiva propia de sus tiempos juveniles preuniversitarios como pinche de cocina. Se reduce a esperar equipada con sus guantes de látex y la bolsa preparada con la mezcla mientras el camillero trae la carga. El bebé es un mulato regordete en esa ocasión. Busca en su cabecita la vena e inserta la aguja entre susurros tranquilizadores, iguales a los que solía emitir en la consulta con sus pequeños pacientes, pero el niño llora salvajemente al sentir el pinchazo y las primeras gotas descendiendo por la goma. Las manos le tiemblan al auscultar ese pequeño cuerpo a los pocos minutos y el silencio total del fonendoscopio le indica que de nuevo ha reducido una estancia en la tierra a unos minutos miserables. El camillero mete el cadáver minúsculo en una bolsa de papel y se lo lleva al incinerador. No la mira en ningún momento pero a ella no le importa, lo comprende perfectamente. Ese hombre no puede sentir mayor desprecio que el que ella siente por sí misma. Se arranca los guantes deseando llevarse la piel de esas manos no hace tanto curadoras pero, como siempre, dejan al descubierto sus diez dedos largos engarzados en dos palmas delgadas. “Las manos de una asesina vil”, piensa mortificándose. Recuerda su principal motivación para elegir la especialidad de Pediatría y no puede reprimir unas carcajadas amargas: la promesa de una nueva vida.

El embarazo tarda bastante en notarse, así que las primeras semanas de su huída transcurren con cierta tranquilidad. Su aspecto bondadoso le permite negociar con la dueña de una fonda el alquiler de una habitación con el pago en especie de la limpieza de las escaleras y los cuartos de baño del local e incluso recibe de vez en cuando pequeñas cantidades de dinero por su trabajo esmerado. Almuerza en el comedor de caridad de unas calles más abajo y apenas desayuna o cena, por lo que consigue estirar los ahorros del hermano más de lo esperado. Coincidiendo con el inicio del buen tiempo la contratan para recoger los vasos en una terraza pero la gente ha perdido el interés por pasearse y enseguida la despiden. Los negocios relacionados con el ocio están en franca decadencia, excepto aquellos que puedan garantizar una inmediata suspensión de la consciencia y su plan inicial de empleo sufre un golpe importante, sobre todo de cara a los meses venideros. Por las noches vuelve a repasar las anotaciones de ofertas laborales apuntadas en sus vueltas por la ciudad y el tiempo restante previo a su sueño cansado se dedica a llorar unas lágrimas de decepción por la indiferencia de Bruno y de miedo por el futuro aunque sigue decidida a llegar hasta el final.

Ahora le parece un producto de su imaginación el comienzo de la hecatombe, pero todas las catástrofes tienen un preludio de tranquilidad, incluso de dicha. Le cuesta imaginar los días donde ella era la joven médica con plaza fija en el hospital y una vida privada plena, pero fue así. Todo cortado por la llamada recibida una mañana después de sus consultas externas, al principio interpretada como una broma de mal gusto de los compañeros de la planta del semisótano. El terror de aquellas frases entrecortadas gritadas al auricular de cualquier forma, sin embargo, le extrajo de un tirón de esa idea. Antes de que se pudiese dar cuenta, estaba frente a la puerta de entrada de donde le habían llamado empuñando su maletín. Los gritos procedentes del interior animaban a salir corriendo pero ella consiguió vencer esa impresión y empujó la hoja. El primer muerto encontrado fue Martín, el enfermero que un par de años antes había trabajado con ella y dueño de la voz del teléfono reclamando un remedio apropiado. Había quedado sentado apoyado en la pared. La sangre que aun manaba de la herida de su cuello sobre el verde claro del pijama producía el efecto de un gran collar de abalorios de granates pero apenas tuvo tiempo de comprobar su estado cuando nuevos berridos activaron sus alertas. Provenían de la sala donde un instante antes se había resuelto el caso que marcaba ese principio del fin y en su avance por ese infierno inicial descubrió otros cadáveres, todos anónimos salvo el de Gloria, la tocóloga más veterana de aquel departamento, pese a sólo distinguir la mitad de su rostro, el otro segado por cualquier monstruoso cortador. El corazón le latía desbocado y, por unos instantes, creyó que nunca alcanzaría aquel umbral, pero una curiosidad malsana ajena a toda precaución la empujaba a descubrir el origen del desastre. De súbito, sintió cómo se aferraban a sus tobillos y el pánico contenido hasta ese instante se desbordó como aguas enloquecidas. Gritó hasta que sus cuerdas vocales parecieron deshilacharse, pero un átomo de cordura profesional la obligó a comprobar el origen de su sobresalto. Una mujer de no más de veinte años se desangraba desde la mutilación espantosa de sus senos y el caño desbordado de su útero y la estaba agarrando con sus últimas fuerzas. En su primer vistazo comprendió que no disponía más allá de unos minutos de vida. Prefirió acompañarla y no echar mano del contenido de su maletín ensayando remedios inútiles pero la mujer la observaba con los ojos desorbitados, intentando avisar desde esa mirada distorsionada por el sufrimiento lo que su voz ya era incapaz de articular. El “se esconde bajo el armario” lo interpretó al principio como la alucinación extravagante de la postrera actividad cerebral pero, más tarde, almohadillada entre las vendas y mientras el pip-pip de los monitores punteaba el inicio de un insomnio perenne, se maldeciría por no haberse dado cuenta de la principal ausencia en aquella sala de partos: el bebé.

El quinto mes descubre las redondeces inocultables incluso bajo las amplias camisetas hasta ese momento tan eficaces. Su preñez es imposible de disimular y la dueña de la pensión rompe la media docena de platos que llevaba en las manos cuando una mañana se percata definitivamente de que la joven esconde algo más que un exceso de kilos. Con todo, consigue mantener la calma y regresar a la cocina, desde donde llamará al número de emergencias. Carla se percata a su vez de que vuelve a ser hora de emprender la fuga y, tras meter sólo algunas cosas en su bolsa, escapa de allí antes de ser detenida con excusas mientras no llega el vehículo del hospital. Vaga por las calles hasta que nuevas miradas de suspicacia la animan a abandonar el centro urbano e internarse en los suburbios, verdaderos cementerios de edificaciones, antaño hogar y taller de otras gentes y ahora nuevo refugio hasta el momento del parto. Acaba pues metiéndose en una nave abandonada, pero, como queda demostrado, todo el espacio de esa ciudad es un bien cotizado y el grupo de vagabundos que en ese momento se emborrachan en círculo con unos cartones de vino la reciben con una hostilidad inimaginable, de hecho, llega a temer por su propia vida cuando uno de ellos rompe una botella y empieza a acercársele empuñando el arma blanca de cristales resultante, pero la fortuna decide sonreírle en esa ocasión o, por lo menos, torcerle el labio simulando una sonrisa y hace aparecer a Timoteo quien, tras un par de blasfemias y varias patadas al suelo, acoge a Carla como nueva huésped de ese sitio y, lo que es más importante, como su nueva novia. Ella está demasiado asustada para buscar otra solución y se limita a aceptar sin más ese nuevo rol, tan opuesto al conjunto de sus gustos y anhelos. Antes de una hora comprueba que ese Timoteo es el líder y que su palabra es ley allí, por eso los demás la acogen sin protestar aunque el miedo siga patente en los ojos de todos. Antes de las seis horas puede comprobar otro extremo inquietante y tranquilizador a la vez sobre ese hombre: pese a todas sus declaraciones y aspavientos es impotente. Los encuentros sexuales de los días futuros se resolverán por tanto con manoseos torpes de los ya abundantes pechos de la joven y besos borrachos. Nunca es capaz de llegar más allá, lo que a veces desata su ira, liberada en ocasionales bofetadas que Carla aguanta sin protestar mientras sorbe sus lágrimas en silencio. Aún así, sigue dando por bueno el arreglo alcanzado. Timoteo la protege y todos los días le trae comida e incluso alguna prenda de abrigo. Ha contenido a quienes rogaban por llamar al número de emergencias, hasta ha llegado a pelearse a navajazos con el yonki que amenazaba con rajarlos a ambos en prevención de la catástrofe anunciada. Carla podrá llegar a su noveno mes y dar a luz en medio de la mugre con el auxilio de una panda de borrachos y dementes en el nuevo Portal de Belén para una época de caos.

El bocado le destrozó los músculos del hombro y sólo por unos centímetros no llegó a su carótida, aunque ella muchas noches se haya arrepentido de esquivar esa acometida. El dolor y la sangre, con todo, no fueron lo peor. Lo peor siempre es la tierra abierta bajo los pies y ella sintió esa sima interminable al distinguir por fin los contornos del ser de menos de medio metro que la acababa de tumbar y se le aferraba con una potencia increíble buscando su cuello. Su mente seguía negándose a admitir que había estado forcejeando con un recién nacido cuando la sacaban en la camilla y sólo al cabo de varios días mientras dejaba pasar las horas tumbada boca arriba pareció leer lo sucedido en el blanco techo de la clínica donde seguía ingresada recuperándose de las graves lesiones. Los neonatos eran los emisarios del cataclismo final, en una ironía del tamaño de una galaxia. Tiernos bebés deseados convertidos en bestias sedientas de sangre y dotadas de una fuerza inaudita para acabar con cualquier grupo, hostil o no. La cámara de video con que el padre del primer caso intentó grabar el momento de dicha registró en un atroz cambio de destino aquel espanto primigenio, cómo la infortunada joven mostraba su desconcierto ante las mandíbulas prominentes y la extraña protuberancia de la frente de su hijo recién nacido mientras Gloria se afanaba en detener su hemorragia inesperada, como si el feto la hubiese estado royendo por dentro, o cómo las primeras reacciones furiosas de la criatura fueron interpretadas por el equipo médico como un berrinche desproporcionado. Las cámaras de televisión grabaron el resto, una vez aquello salió del hospital dejando su rastro de destrucción y llegó a las calles añadiendo más víctimas a su precoz lista particular. Sólo aquella granada que levantó media avenida puso punto final a sus desmanes, aunque ella de eso no se enteró, demasiado preocupada en aquellos instantes por contener su hemorragia. Era una máquina perfecta de devastación, sin nociones previas sobre el bien o el mal, dotada de un aprendizaje rápido y dirigido a la supervivencia, movimientos veloces y, lo peor de todo, hambrienta. El reguero de cadáveres ensangrentados hacía suponerle un apetito desordenado, caprichoso con los manjares como cualquier niño consentido y en nada parecido a la economía alimenticia de las demás fieras, de objetivos cazadores más reducidos. Se acababa el concepto de primera infancia, lo que era más grave, se acababa el concepto de humanidad. Las pruebas enseguida demostraron sin ningún género de dudas la veracidad de esa afirmación y la visión futura de una población muriéndose senil sin nuevas generaciones de relevo en unas décadas se hizo patente cuando toda la ciencia y la tecnología desarrolladas durante siglos sólo fue capaz de ofrecer escasos datos sobre esa epidemia, generalizada en pocas semanas a nivel mundial y exterminadora de poblaciones enteras del tercer mundo, como siempre castigadas por una pobreza secular ajena a las necesarias medidas preventivas. Éstas apuntalaron enseguida esa idea de desgracia: cesáreas a las embarazadas en sus últimos meses y eutanasias rápidas, una vez comprobado el período crítico del neonato de una hora, abortos a miles y anticonceptivos mezclados con los alimentos como disciplina final de la historia de la humanidad.

Y lo más irónico de todo, dentro de ese ácido sarcasmo, eran los agentes destinados a practicar esas ejecuciones de los neonatos si bien, siendo fieles al protocolo laboral, es cosa sabida el derecho de los mandos a otorgar nuevas funciones cuando el trabajo habitual se acaba. La prometedora pediatra experta en el tratamiento de leves enfermedades infecciosas de recién nacidos se había convertido en la eficiente verdugo que preparaba el suero letal con precisión y se lo aplicaba a aquellos cuerpecitos antes de mutar a las terribles bestias asesinas de sus compañeros. Por eso en los primeros casos ella empleaba el recuerdo de Martín y de Gloria para justificar su tarea, pero las excusas poco firmes acaban por ceder y por eso se veía en los últimos tiempos tan al borde de un nuevo descenso a los infiernos. El pitido de su móvil vino a sacarla de esos pensamientos y a ponerla en marcha una vez más. Un equipo se dirigía a buscar a una adolescente a una nave abandonada de los suburbios. Los testigos afirmaban que su tripa era propia de un noveno mes. Se pasaba a la situación de alerta máxima, de acuerdo con el nuevo protocolo sanitario.

Las paredes de la nave conocían por vez primera el color sobre su superficie, aunque se tratase de las salpicaduras de la sangre de los mendigos que hasta unos minutos antes eran sus ocupantes habituales. Timoteo yacía tendido en el suelo, a escasas boqueadas para su último aliento. Su nariz había sido arrancada y ahora el centro de su cara presentaba un cráter viscoso renovando el muestrario de viejas cicatrices de una vida patibularia. El resto habían quedado tumbados en su carrera desesperada hacia la puerta, no lo suficientemente rápida para los vertiginosos movimientos de la criatura. Ésta, ahora, ahíta por el festín de carnes resecas y fluidos vitales enriquecidos de etílico, se acercaba a su madre lentamente. En sus facciones deformadas se adivinaba la curiosidad y Carla pudo distinguir en ellas un parecido evidente con Bruno. Pensó en la posible alegría del novio desaparecido si se hubiese visto con un hijo varón pero sabía que ésa era una imagen de consuelo más propia de su agonía. El bebé se le subió encima y apoyó la pequeña cabeza en su pecho, como si buscase los últimos restos de calor de su madre, ésta mordiendo los últimos minutos de una vida que escapaba entre sus piernas en forma de río caliente. Lo acogió en sus brazos y su débil voz llegó a articular los primeros acordes de una nana. El ruido de las sirenas le hizo perder el hilo de su canción y la criatura levantó la cabeza sorprendida por ese nuevo elemento sonoro del entorno, tan diferente al muestrario de gritos y maldiciones escuchados con anterioridad. Carla comprendió que iban a por ellos y que en cuestión de minutos entrarían al local. “Corre, hijo, escapa”, dijo con sus últimas fuerzas mientras expiraba. La criatura contempló de nuevo con curiosidad el cuerpo muerto donde estaba subido y, como un buen hijo, obedeció la orden. Los primeros en entrar del operativo de emergencia no lo pudieron ver llegando a rastras a un agujero de la pared y escapando por él.

Autor: Mª Concepción Regueiro Digón; Tui, Pontevedra, España.

Relato publicado en La estirpe de Tordón, Libro Andrómeda número 11.


 

 

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