| |
EL
ENCARGO
José
Vilches Palma
Dedico este relato a mi padre y mis cuatro
hermanos.
O B E R T U R A
Herbert von Karajan dirigió los últimos
y enérgicos compases del cuarto movimiento
(alegro), pertenecientes a la 5ª sinfonía
de Ludwing van Beethoven, y el auditorio
estalló en un impresionante estruendo
de aplausos.
Nadie dirigía como Karajan. Un hombre
que era pura fuerza sobrehumana, pura fuerza
física, pero sobre todo pura fuerza
intelectual; un hombre de esas características
no podía por menos que hallarse como
pez en el agua cuando interpretaba a un
compositor como Beethoven. Sin duda, de
haber sido contemporáneos, habrían
sido almas gemelas fácilmente reconocibles
por la historia...
Karajan se introdujo entre bastidores, llegó
a su camerino, se duchó, se arregló
y marchó silenciosamente del auditorio
con rumbo a un próximo restaurante.
Allí le aguardaban una suculenta
cena y una periodista; efectivamente, tenía
una entrevista.
* * *
Acababan de pedir los postres.
Victoria, una bellísima y joven mujer
de largos cabellos negros, cambió
rápidamente la cinta consumida e
introdujo otra virgen; acto seguido formuló
una nueva pregunta:
-Cualquier mortal que tenga conocimiento
de lo que significa la revista “TIMES”
estaría dispuesto a que lo fotografiasen
para la portada... ¡Usted me acaba
de decir que le es indiferente!, ¿por
qué?
-Yo soy un simple músico que intenta
hacer bien su trabajo, simplemente eso,
¿qué quiere que le diga?
-¡Bien! Una nueva pregunta, ¿cuál
es su compositor predilecto de toda la historia
de la música?
Karajan dudó unos instantes para
responder súbitamente:
-¡Beethoven!
-Supuse que esa sería su respuesta...
pero... ¡¿qué me dice
de Mozart?!
-¡Mozart! Mozart es Dios.
M
O Z A R T
Los primeros copos de nieve de la estación
invernal ya estaban allí.
Rauda, Constanza Mozart se apresuró
a sacar de los atestados armarios la ropa
de invierno. Al mismo tiempo recriminaba
a su marido, que se hallaba componiendo
en su pequeño y desordenado estudio,
con una crueldad mal disimulada:
-¡Wolfgang!- no había duda
sobre su enfado puesto que no había
usado el diminutivo para dirigirse a él-.
No estoy dispuesta a que tanto mi hijo como
yo pasemos frío este invierno. Nadie
compra tus composiciones, con la miseria
que ganas apenas nos alcanza para comer,
¿cómo esperas que alcance
para poder encender la chimenea todos los
días? Deberías comenzar a
dar clases de música, seguro que
no te faltaría clientela...
Mozart salió de su estudio, tenía
el pelo revuelto y unas profundas ojeras,
diciendo con voz queda:
-¡Nada de alumnos!. Ya quedé
bien harto de clases cuando niño;-
esto lo dijo señalando acusadoramente
con el dedo hacia el retrato de su fallecido
padre, Leopoldo Mozart- los alumnos son
torpes, difíciles de enseñar.
Conceptos musicales que yo ya había
asumido a los tres años a ellos les
parecen sumamente complicados... ¡Estoy
componiendo una ópera!- soltó
súbitamente.
-Una ópera, bien...¿y el dinero?-
interrogó Constanza.
-Habrá dinero si hay éxito...
-¡Embustero!- gritó ella colérica-.
Te has gastado el adelanto que te dieron
por la composición de la obra en
otra de tus malditas fiestas intempestivas,
olvidándote de que tienes una mujer
y un hijo que mantener, un casero al que
pagar, una chimenea a la que alimentar durante
el invierno...
Mozart ya no la escuchaba. Dando un sonoro
portazo se había vuelto a introducir
en su mundo particular para seguir componiendo.
Dos días después, el maestro,
Mozart se encontró solo. Su esposa,
consiguiendo con mucho esfuerzo un pequeño
préstamo de su madre y empeñando
algunas joyas, había reunido el dinero
suficiente para “escapar” a
un balneario. Por supuesto, se había
llevado consigo al pequeño Wolfgang...
Habiendo alegado para tal acción
que la vida insalubre que llevaba la estaba
poniendo enferma...
* * *
Cubierto con una gruesa y raída manta,
bebiendo incesante y directamente de la
boca de una polvorienta botella de vino
y alumbrado por la paupérrima luz
de una solitaria vela, Mozart, no sólo
intentaba componer su ópera, sino
que también hacía vanos esfuerzos
por alejar el intenso frío que le
asediaba.
Por enésima vez se llevó la
botella a los labios, sólo para comprobar
que ésta se encontraba totalmente
vacía; con un acceso de furia repentino
se incorporó de la silla y estrelló
la botella contra la pared al tiempo que
gritaba:
-Maldita sea... ¡La última
botella de vino!, ¡la última
vela!, ¡el último tintero!-
dicho esto cogió el diminuto tintero
que descansaba junto a las partituras desparramando
la oscura tinta sobre éstas-. ¡Las
últimas partituras...!
Enfurecido agarró el candelabro,
salió de su estudio al comedor y
se encaró nuevamente con el retrato
de su padre al cual le gritó interrogativamente:
-¿Por qué diablos no me enseñaste
a ser una persona normal?. Sólo me
educaste para la música, querías
que tu hijo se convirtiera en un genio,
en un compositor de tal fama que su nombre
fuera recordado por generaciones y generaciones...
¿Soy yo ese genio?, ¡responde
maldito seas!, ¿soy yo ese genio?-.
Mozart cayó de rodillas al suelo
y comenzó a sollozar-. Mi vida se
desmorona a mi alrededor, soy incapaz de
vivir como una persona normal y lo único
que hay claro en mi cabeza es la música...
la música...- Concluyó susurrando
antes de dormirse.
Entre los vapores de la embriaguez, llegó
a sus oídos un nervioso repiqueteo,
estaban llamando a la puerta. ¿Quién
podría ser?, no esperaba a nadie.
Atisbó un instante por la ventana,
todavía era noche cerrada pero ignoraba
la hora exacta... Tambaleándose de
un lado a otro se acercó a la puerta
y preguntó:
-¿Quién es a estas horas?
-Maestro, señor Mozart, vengo a haceros
un encargo musical que no podréis
rechazar-. La voz del otro lado de la puerta
sonaba un tanto siniestra y este hecho intimidó
a Mozart, que inquirió un tanto confundido:
No son éstas horas para realizar
encargos... vuelva con la luz del día,
ahora no me encuentro bien-. Súbitamente
cayó en la cuenta de que un encargo
musical le reportaría, con toda seguridad,
dinero fresco; así que imponiendo
su sentido práctico a su psicológica
indisposición interrogó:
-¿Cuánto vais a pagarme?
-El dinero no es problema para mi cliente.
-¡Así que vos sólo sois
un intermediario! - Exclamó Mozart
abriendo la puerta.
Una ráfaga de viento helado cruzó
el umbral apagando la escuálida vela
que el maestro sostenía entre sus
manos. Ante él apareció la
figura de un hombre alto, totalmente cubierto
con una capa oscura como la noche y que
escondía íntegramente el rostro
tras una máscara igualmente negra.
Mozart fue preso de un estremecimiento al
imaginar, calenturientamente, que se hallaba
ante el espíritu de su padre que
venía a reprenderle por su renegada
actitud de horas antes; con voz queda volvió
a preguntar:
-¿Cuánto vais a pagarme?
-Doscientos florines. La mitad ahora, el
resto a la entrega del trabajo debidamente
concluido-. El encapuchado extendió
su enguantada mano, haciéndole entrega
de una pequeña bolsa de cuero donde
titilaron débilmente las monedas.
-Doscientos florines- musitó Mozart;
con la voz quebrada por la emoción
y manos temblorosas recogió la bolsa
que le alargaba el desconocido, guardándosela
rápidamente. Con un gesto un tanto
brusco e inesperado comenzó a cerrar
la puerta, pero el enmascarado lo impidió
interponiéndose entre el marco y
la hoja al tiempo que decía con voz
gutural:
-¿Ya sabéis en qué
tipo de obra deberéis trabajar?
-Perdonadme... ¡Qué despistado!-
se autoincrepó-. Es que me hallo
en un extraño estado de nervios y...
¿Cuál es el encargo?
-Se trata de una Misa de Requiem para honrar
a un muerto.
-¡¿Un muerto?!- exclamó
interrogativamente Mozart, al tiempo que
retrocedía unos pasos-. ¿Qué
muerto?- su voz denotaba auténtico
pavor.
-No puedo complaceros ante vuestras preguntas.
Ya conocéis vuestro cometido. Trabajad.
Muy pronto vendré a recoger la obra
y a entregaros el resto del dinero. Una
última cuestión...
-¿Sí?- interrogó Mozart
con un debilísimo susurro. Por un
instante pensó que el desconocido
iba a pedirle ahora su propia alma.
-Mi cliente quiere que el trabajo le sea
entregado por duplicado y recordad, muy
pronto...
Dicho esto, el misterioso desconocido enfiló
escaleras abajo haciendo caso omiso de la
desesperada pregunta del maestro:
-¡Muy pronto!, ¿cuándo
es muy pronto?
Sus palabras se perdieron en el frío
de la noche.
D
I O S
El hombre anduvo unos minutos por entre
los helados callejones de la vieja ciudad
de Viena, hasta que llegó a un pequeño
descampado; una vez allí se cercioró
de que nadie podía verle y se dirigió
a un punto en concreto, al tiempo que susurraba:
-Aquí Odello. Misión cumplida.
Teletranspórtame.
Un brillante pero fugaz haz de luz le envolvió
y nuestro hombre misterioso desapareció,
sin dejar rastro alguno, del oscuro descampado
donde se encontraba sólo unas milésimas
de segundo antes.
Su cuerpo fue materializándose poco
a poco dentro de una urna transparente de
forma cilíndrica. Una vez completada
esta operación comenzó a quitarse
apresuradamente las ropas que llevaba: la
máscara, la larga capa, las botas
de media caña, los pantalones, el
jersey y los calzones; quedando completamente
desnudo y arrojándolo todo por una
pequeña abertura que, al abrirla,
desprendió un fuerte calor que convirtió
en ceniza todas estas ropas en un segundo.
Casi instantáneamente su cuerpo fue
rociado abundantemente por una sustancia
acuosa, cuya finalidad no era otra que la
de eliminar de la totalidad de su epidermis
cualquier organismo nocivo que hubiera podido
traer consigo.
-Odello, ¡restriégate bien
las orejas!- bromeó Hing, su compañero
de operación, desde el puente de
mando de la astronave.
-¿Nunca te han dicho que eres muy
gracioso?- preguntó Odello. Mientras
terminaba de secarse, se enfundaba un ajustado
pero elástico mono azulado y salía
de la cilíndrica urna-. ¿Qué
clase de mundo es éste?, ¡ese
tipo tenía la sífilis, la
tuberculosis y... sólo Dios sabe
cuántas enfermedades más!.
Dudo mucho de que pueda concluir el encargo
que le he hecho.
-Ese músico es un ser humano que
ha exprimido la vida... A sus treinta y
cinco años largos ha desarrollado
más que muchos que llegan a los noventa.
Puede que esté gravemente enfermo
e incluso loco, pero es un genio, un superdotado.
No lo creerás, pero en cuanto le
dijiste que la obra que tenía que
componer era una Misa de Requiem se puso
a componer mentalmente el Introitus (introducción
orquestal).
-Y eso a pesar del pavor que sintió.
¡El pobre diablo cree que se trata
de una Misa para su propio entierro!. De
eso pude darme cuenta sin utilizar el lector
cerebral- masculló Odello.
-Además, ¿de qué te
quejas?. Con esta misión, viajando
en el espacio-tiempo, hemos tenido la oportunidad
de conocer a nuestros ancestrales antepasados,
el planeta del que surgió la estirpe
humana...
*
* *
-¡Cien florines!- gritó Mozart.
El primer impulso que tuvo fue el de escribir
una urgente carta a su mujer comunicándole
que las penurias económicas, de momento,
se habían acabado; pero recordando
que no le quedaba tinta ni papel donde escribir
cambió radicalmente de actitud y
decidió ir a celebrarlo por su cuenta.
Durante varios días comió
en los restaurantes más lujosos de
Viena, visitó las más reputadas
casas de alterne, se emborrachó en
las tabernas de moda y asistió a
multitud de fiestas donde los vapores del
alcohol y la música hacían
que éstas terminasen casi siempre
en apoteósicas orgías... ¡Terminó
de componer su ópera!, la estrenó
con gran éxito y el río de
dinero en el que había nadado se
le terminó; es decir, no es que su
ópera La Flauta Mágica no
le diera dinero, que sí que le daba,
pero nunca la cantidad suficiente para poder
aguantar el nivel de vida que se había
impuesto...
¡Fue entonces cuando se acordó
del Requiem!.
De los doce movimientos preceptivos tan
solo había compuesto cuatro y ni
una sola nota de la Introducción,
el Dies irae, la Tuba mirum y el Rex tremendae
se hallaba transcrita al papel. Todas estaban
perfectamente ordenadas en su cabeza aguardando
la oportunidad de ser llevadas convenientemente
a la partitura, oportunidad que Mozart esquivaba
continuamente... Tal era el miedo que sentía
cuando lo intentaba que el maestro caía
en un gravísimo trance físico-mental
al sentarse a escribir.
* * *
Constanza Mozart reposaba, medio aletargada,
en una de las bañera termales del
balneario cuando se le acercó una
joven y le susurró:
-¿Vos sois Constanza, la esposa del
famoso compositor salzburgués?
-Sí. Siempre y cuando habléis
de Wolfgang Amadeus Mozart- respondió
ella con un deje de orgullo.
-Deberíais regresar raudamente a
Viena... Su marido parece haber resuelto
sus problemas económicos. Ha estrenado
una ópera con gran éxito,
¡se comenta que va por ahí
tirando el dinero a manos llenas...!
Dicho esto la joven se esfumó tan
sigilosamente como había llegado.
La esposa de Mozart se incorporó
de la bañera y tras secarse se encaminó
hacia el servicio postal del balneario preguntando
si había alguna carta para ella.
Evidentemente no la había.
Ella decidió continuar con su orgullosa
actitud. En vez de regresar a Viena haciendo
caso de los rumores se quedó en el
balneario hasta que tuviese noticias de
primera mano.
Quince días después recibió
una carta con el sello de urgente, decía
así:
Queridísima Constanza Mozart:
Mi nombre es Schikaneder. Ya sé que
no tenéis el placer de conocerme
personalmente pero sin duda alguna os habrá
hablado de mí vuestro inefable marido.
Por si no lo ha hecho, os diré que
soy un humilde empresario teatral, y por
ende, apoderado de la última ópera
compuesta por él.
Debéis regresar inmediatamente a
Viena. Mozart me pidió que os escribiera
la presente en su nombre puesto que él
se hallaba un tanto indispuesto.
Atentamente,
Señor Schikaneder.
Constanza, apresuradamente, comenzó
a realizar los preparativos para regresar,
con su hijo, junto a su marido.
Le aguardaban doce días de largo
y pesado viaje en carruaje, quizás
alguno más.
*
* *
Mozart se hallaba postrado en la cama. Sudaba
copiosamente y de vez en cuando le sobrevenían
unas extrañas convulsiones. Con la
voz entrecortada y babeando no paraba de
decir:
-Me muero... me muero...
-Doctor... ¿no podéis hacer
nada para salvarle?- preguntó Schikaneder-.
Todavía me quedan muchas representaciones
y todas están pagadas por adelantado.
-Si tanto os preocupa vuestro teatro deberéis
buscar a un músico que lo sustituya-
argumentó el doctor con voz áspera-.
Este hombre expira y necesita un sacerdote
más que a mí- concluyó
con un susurro-. ¿Decís que
estaba dirigiendo su ópera y se desmayó?
-Exactamente- corroboró el empresario-.
Unos días antes él me había
comentado que no se encontraba muy bien,
pero ni él mismo parecía darle
mucha importancia a este hecho. Hace exactamente
siete días que está en ese
estado y usted es el séptimo médico
que le visita... ¿De verdad que no
puede hacer nada?.
-Cuántas veces tengo que decírselo
para que me entienda. Este hombre está
agonizando. Lo único que se puede
hacer por él es avisar a su familia
y proporcionarle la extremaunción.
-Bien. Haré lo que me pide- concluyó
Schikaneder bajando la cabeza.
* * *
Tuvieron que aguardar en órbita geoestacionaria
hasta la noche de la muerte de Mozart. Sólo
entonces se convencieron de que el músico
no concluiría el encargo que le habían
hecho. Habían tenido la vana esperanza
de que el maestro se recuperara y pudiera
acabarlo, pero no fue así. No obstante
la suerte estaba echada, agarrarían
lo que hubiera compuesto como si de un clavo
ardiendo se tratara.
Eran las 12:30 de la noche cuando Odello
volvió a bajar a la Tierra y se dirigió
al domicilio de Mozart. Una vez allí
fue recibido por una criada de aspecto somnoliento
que se hallaba cuidando del maestro por
orden de Schikaneder.
-¿Qué se le ofrece?- preguntó
ella un tanto asustada debido a la extraña
vestimenta de Odello y a la hora intempestiva
en que éste llevaba a cabo su visita.
-Vengo a recoger unas partituras que me
pertenecen. Traigo el dinero para pagarlas-
dijo esto haciendo sonar la bolsa con las
monedas. -Se trata de una Misa de Requiem.
-El señor de la casa está
muy enfermo, será mejor que vuelva
en otro momento... cuando esté su
esposa. Esta tiene que estar al llegar...
pronto- la voz de la criada sonaba insegura.
-No puedo esperar- casi gritó Odello,
intimidando a la chica-. Las quiero inmediatamente.
Ella prefirió no entrar en conflictos
ajenos, así que preguntó:
-¿De qué obra dijo que se
trataba?
-Una Misa de Requiem.
-Bien. Aguarde un momento, por favor- dicho
esto entornó la puerta y se perdió
en el interior del domicilio. Unos minutos
después estaba de regreso. En su
diestra traía unos legajos que entregó
inmediatamente al hombre misterioso, al
tiempo que le indicaba: -Sobre la mesa de
su estudio habían dos copias, una
de ellas tan sólo con siete movimientos
y la otra con los doce correspondientes;
imagino que es ésta última
la que le interesa a usted.
Si Odello no hubiese llevado máscara,
la criada hubiera podido apreciar como su
rostro se tornaba blanco por la sorpresa.
-¡Lo ha acabado!- casi le gritó
Hing por el auricular.
-¡Veo que tiene conocimientos musicales!-
alabó Odello.
-He trabajado en la ópera, a veces...-
dijo ella con una media sonrisa.
Odello, tras comprobar que, efectivamente,
se trataba del Requiem completo con la ya
estudiada caligrafía de Mozart, hizo
entrega a la chica de la bolsa con los cien
florines y se marchó sin mediar palabra.
Una vez en la calle, mientras sorteaba un
montón de nieve acumulada en la acera
y se dirigía al descampado donde
su compañero Hing le teletransportaría
hacia la seguridad de la nave, preguntó
en voz alta:
-Hing, ¿cómo lo ha hecho?.
¡Ha logrado concluirlo eludiendo nuestro
lector cerebral!.
-Ya te dije que ese hombre era un genio-
fue la escueta respuesta de su compañero.
Tan sólo una hora después,
una astronave con dos tripulantes a bordo
surcaba veloz por el infinito espacio-tiempo
estelar. Dos tripulantes humanos, pero pertenecientes
a otra era, a otra galaxia, que habían
venido con la misión de conseguir
la mejor de las músicas compuesta
por el mejor de los músicos para
honrar la memoria del mejor de los difuntos.
El mismo lo había pedido así:
-Poco tiempo me queda de vida, pero podéis
hacer algo importante por mi persona. Mi
último deseo es que en mi entierro
se celebre una Misa de Requiem compuesta
por el mejor músico que ha dado la
humanidad en toda su historia: Wolfgang
Amadeus Mozart.
¡Así lo había pedido
DIOS!.
C
I E R R E
Wolfgang Amadeus Mozart nació en
Salzburgo el 27 de Enero de 1756 a las ocho
de la tarde.
Tuvo un padre autoritario, Leopoldo Mozart,
que le obligó a aprender solfeo ante
el piano, antes que a hablar.
Esto le convirtió en un virtuoso
de la música a tan tierna edad que
recorrió toda Europa, acompañado
de su padre, dando recitales y asombrando
a la clase noble de la época.
Mozart compuso su primera sinfonía
a los nueve años de edad.
Su muerte tuvo lugar el 5 de Diciembre de
1791 a las doce de la noche y cincuenta
y cinco minutos. El verdadero motivo de
la misma todavía continúa
siendo un misterio.
Tenía treinta y cinco años,
diez meses y ocho días.
Pese a vivir tan pocos años, el conjunto
de su obra no tiene parangón con
el de ningún otro músico de
la historia.
Enterrado en un día triste, gris
y lluvioso en la fosa común; su tumba
fue la tumba de los pobres.
¡Nadie!, excepto los enterradores
y un sacerdote, se dignó a darle
el último adiós que merecía.
En la mesa de su despacho se encontraron
sesenta florines y la copia de los siete
movimientos del Requiem.
Esta obra, inconclusa, es otro de los misterios
de la vida de Mozart. ¡Nunca se supo
quién fue el misterioso cliente!,
aunque algunos estudiosos pretenden haber
resuelto el enigma... ¿?
A petición de Constanza Mozart acabó
el Requiem Franz Xavier Sussmayr, alumno
aventajado del Maestro.
El
Encargo (Autor: Autor: José Vilches
Palma; Cornellà de Llobregat, Barcelona,
España.) |