El Encargo

Relato Completo

Autor: José Vilches Palma

Orígen: Cornellà de Llobregat, Barcelona, España.

Publicado en: 2001, Odisea Literaria, Libro Andrómeda n.4

     
 

EL ENCARGO

José Vilches Palma


Dedico este relato a mi padre y mis cuatro hermanos.


O B E R T U R A


Herbert von Karajan dirigió los últimos y enérgicos compases del cuarto movimiento (alegro), pertenecientes a la 5ª sinfonía de Ludwing van Beethoven, y el auditorio estalló en un impresionante estruendo de aplausos.
Nadie dirigía como Karajan. Un hombre que era pura fuerza sobrehumana, pura fuerza física, pero sobre todo pura fuerza intelectual; un hombre de esas características no podía por menos que hallarse como pez en el agua cuando interpretaba a un compositor como Beethoven. Sin duda, de haber sido contemporáneos, habrían sido almas gemelas fácilmente reconocibles por la historia...
Karajan se introdujo entre bastidores, llegó a su camerino, se duchó, se arregló y marchó silenciosamente del auditorio con rumbo a un próximo restaurante. Allí le aguardaban una suculenta cena y una periodista; efectivamente, tenía una entrevista.


* * *


Acababan de pedir los postres.
Victoria, una bellísima y joven mujer de largos cabellos negros, cambió rápidamente la cinta consumida e introdujo otra virgen; acto seguido formuló una nueva pregunta:
-Cualquier mortal que tenga conocimiento de lo que significa la revista “TIMES” estaría dispuesto a que lo fotografiasen para la portada... ¡Usted me acaba de decir que le es indiferente!, ¿por qué?
-Yo soy un simple músico que intenta hacer bien su trabajo, simplemente eso, ¿qué quiere que le diga?
-¡Bien! Una nueva pregunta, ¿cuál es su compositor predilecto de toda la historia de la música?
Karajan dudó unos instantes para responder súbitamente:
-¡Beethoven!
-Supuse que esa sería su respuesta... pero... ¡¿qué me dice de Mozart?!
-¡Mozart! Mozart es Dios.

M O Z A R T

Los primeros copos de nieve de la estación invernal ya estaban allí.
Rauda, Constanza Mozart se apresuró a sacar de los atestados armarios la ropa de invierno. Al mismo tiempo recriminaba a su marido, que se hallaba componiendo en su pequeño y desordenado estudio, con una crueldad mal disimulada:
-¡Wolfgang!- no había duda sobre su enfado puesto que no había usado el diminutivo para dirigirse a él-. No estoy dispuesta a que tanto mi hijo como yo pasemos frío este invierno. Nadie compra tus composiciones, con la miseria que ganas apenas nos alcanza para comer, ¿cómo esperas que alcance para poder encender la chimenea todos los días? Deberías comenzar a dar clases de música, seguro que no te faltaría clientela...
Mozart salió de su estudio, tenía el pelo revuelto y unas profundas ojeras, diciendo con voz queda:
-¡Nada de alumnos!. Ya quedé bien harto de clases cuando niño;- esto lo dijo señalando acusadoramente con el dedo hacia el retrato de su fallecido padre, Leopoldo Mozart- los alumnos son torpes, difíciles de enseñar. Conceptos musicales que yo ya había asumido a los tres años a ellos les parecen sumamente complicados... ¡Estoy componiendo una ópera!- soltó súbitamente.
-Una ópera, bien...¿y el dinero?- interrogó Constanza.
-Habrá dinero si hay éxito...
-¡Embustero!- gritó ella colérica-. Te has gastado el adelanto que te dieron por la composición de la obra en otra de tus malditas fiestas intempestivas, olvidándote de que tienes una mujer y un hijo que mantener, un casero al que pagar, una chimenea a la que alimentar durante el invierno...
Mozart ya no la escuchaba. Dando un sonoro portazo se había vuelto a introducir en su mundo particular para seguir componiendo.
Dos días después, el maestro, Mozart se encontró solo. Su esposa, consiguiendo con mucho esfuerzo un pequeño préstamo de su madre y empeñando algunas joyas, había reunido el dinero suficiente para “escapar” a un balneario. Por supuesto, se había llevado consigo al pequeño Wolfgang... Habiendo alegado para tal acción que la vida insalubre que llevaba la estaba poniendo enferma...


* * *


Cubierto con una gruesa y raída manta, bebiendo incesante y directamente de la boca de una polvorienta botella de vino y alumbrado por la paupérrima luz de una solitaria vela, Mozart, no sólo intentaba componer su ópera, sino que también hacía vanos esfuerzos por alejar el intenso frío que le asediaba.
Por enésima vez se llevó la botella a los labios, sólo para comprobar que ésta se encontraba totalmente vacía; con un acceso de furia repentino se incorporó de la silla y estrelló la botella contra la pared al tiempo que gritaba:
-Maldita sea... ¡La última botella de vino!, ¡la última vela!, ¡el último tintero!- dicho esto cogió el diminuto tintero que descansaba junto a las partituras desparramando la oscura tinta sobre éstas-. ¡Las últimas partituras...!
Enfurecido agarró el candelabro, salió de su estudio al comedor y se encaró nuevamente con el retrato de su padre al cual le gritó interrogativamente:
-¿Por qué diablos no me enseñaste a ser una persona normal?. Sólo me educaste para la música, querías que tu hijo se convirtiera en un genio, en un compositor de tal fama que su nombre fuera recordado por generaciones y generaciones... ¿Soy yo ese genio?, ¡responde maldito seas!, ¿soy yo ese genio?-. Mozart cayó de rodillas al suelo y comenzó a sollozar-. Mi vida se desmorona a mi alrededor, soy incapaz de vivir como una persona normal y lo único que hay claro en mi cabeza es la música... la música...- Concluyó susurrando antes de dormirse.
Entre los vapores de la embriaguez, llegó a sus oídos un nervioso repiqueteo, estaban llamando a la puerta. ¿Quién podría ser?, no esperaba a nadie. Atisbó un instante por la ventana, todavía era noche cerrada pero ignoraba la hora exacta... Tambaleándose de un lado a otro se acercó a la puerta y preguntó:
-¿Quién es a estas horas?
-Maestro, señor Mozart, vengo a haceros un encargo musical que no podréis rechazar-. La voz del otro lado de la puerta sonaba un tanto siniestra y este hecho intimidó a Mozart, que inquirió un tanto confundido:
No son éstas horas para realizar encargos... vuelva con la luz del día, ahora no me encuentro bien-. Súbitamente cayó en la cuenta de que un encargo musical le reportaría, con toda seguridad, dinero fresco; así que imponiendo su sentido práctico a su psicológica indisposición interrogó:
-¿Cuánto vais a pagarme?
-El dinero no es problema para mi cliente.
-¡Así que vos sólo sois un intermediario! - Exclamó Mozart abriendo la puerta.
Una ráfaga de viento helado cruzó el umbral apagando la escuálida vela que el maestro sostenía entre sus manos. Ante él apareció la figura de un hombre alto, totalmente cubierto con una capa oscura como la noche y que escondía íntegramente el rostro tras una máscara igualmente negra. Mozart fue preso de un estremecimiento al imaginar, calenturientamente, que se hallaba ante el espíritu de su padre que venía a reprenderle por su renegada actitud de horas antes; con voz queda volvió a preguntar:
-¿Cuánto vais a pagarme?
-Doscientos florines. La mitad ahora, el resto a la entrega del trabajo debidamente concluido-. El encapuchado extendió su enguantada mano, haciéndole entrega de una pequeña bolsa de cuero donde titilaron débilmente las monedas.
-Doscientos florines- musitó Mozart; con la voz quebrada por la emoción y manos temblorosas recogió la bolsa que le alargaba el desconocido, guardándosela rápidamente. Con un gesto un tanto brusco e inesperado comenzó a cerrar la puerta, pero el enmascarado lo impidió interponiéndose entre el marco y la hoja al tiempo que decía con voz gutural:
-¿Ya sabéis en qué tipo de obra deberéis trabajar?
-Perdonadme... ¡Qué despistado!- se autoincrepó-. Es que me hallo en un extraño estado de nervios y... ¿Cuál es el encargo?
-Se trata de una Misa de Requiem para honrar a un muerto.
-¡¿Un muerto?!- exclamó interrogativamente Mozart, al tiempo que retrocedía unos pasos-. ¿Qué muerto?- su voz denotaba auténtico pavor.
-No puedo complaceros ante vuestras preguntas. Ya conocéis vuestro cometido. Trabajad. Muy pronto vendré a recoger la obra y a entregaros el resto del dinero. Una última cuestión...
-¿Sí?- interrogó Mozart con un debilísimo susurro. Por un instante pensó que el desconocido iba a pedirle ahora su propia alma.
-Mi cliente quiere que el trabajo le sea entregado por duplicado y recordad, muy pronto...
Dicho esto, el misterioso desconocido enfiló escaleras abajo haciendo caso omiso de la desesperada pregunta del maestro:
-¡Muy pronto!, ¿cuándo es muy pronto?
Sus palabras se perdieron en el frío de la noche.

D I O S

El hombre anduvo unos minutos por entre los helados callejones de la vieja ciudad de Viena, hasta que llegó a un pequeño descampado; una vez allí se cercioró de que nadie podía verle y se dirigió a un punto en concreto, al tiempo que susurraba:
-Aquí Odello. Misión cumplida. Teletranspórtame.
Un brillante pero fugaz haz de luz le envolvió y nuestro hombre misterioso desapareció, sin dejar rastro alguno, del oscuro descampado donde se encontraba sólo unas milésimas de segundo antes.
Su cuerpo fue materializándose poco a poco dentro de una urna transparente de forma cilíndrica. Una vez completada esta operación comenzó a quitarse apresuradamente las ropas que llevaba: la máscara, la larga capa, las botas de media caña, los pantalones, el jersey y los calzones; quedando completamente desnudo y arrojándolo todo por una pequeña abertura que, al abrirla, desprendió un fuerte calor que convirtió en ceniza todas estas ropas en un segundo. Casi instantáneamente su cuerpo fue rociado abundantemente por una sustancia acuosa, cuya finalidad no era otra que la de eliminar de la totalidad de su epidermis cualquier organismo nocivo que hubiera podido traer consigo.
-Odello, ¡restriégate bien las orejas!- bromeó Hing, su compañero de operación, desde el puente de mando de la astronave.
-¿Nunca te han dicho que eres muy gracioso?- preguntó Odello. Mientras terminaba de secarse, se enfundaba un ajustado pero elástico mono azulado y salía de la cilíndrica urna-. ¿Qué clase de mundo es éste?, ¡ese tipo tenía la sífilis, la tuberculosis y... sólo Dios sabe cuántas enfermedades más!. Dudo mucho de que pueda concluir el encargo que le he hecho.
-Ese músico es un ser humano que ha exprimido la vida... A sus treinta y cinco años largos ha desarrollado más que muchos que llegan a los noventa. Puede que esté gravemente enfermo e incluso loco, pero es un genio, un superdotado. No lo creerás, pero en cuanto le dijiste que la obra que tenía que componer era una Misa de Requiem se puso a componer mentalmente el Introitus (introducción orquestal).
-Y eso a pesar del pavor que sintió. ¡El pobre diablo cree que se trata de una Misa para su propio entierro!. De eso pude darme cuenta sin utilizar el lector cerebral- masculló Odello.
-Además, ¿de qué te quejas?. Con esta misión, viajando en el espacio-tiempo, hemos tenido la oportunidad de conocer a nuestros ancestrales antepasados, el planeta del que surgió la estirpe humana...

 

* * *


-¡Cien florines!- gritó Mozart.
El primer impulso que tuvo fue el de escribir una urgente carta a su mujer comunicándole que las penurias económicas, de momento, se habían acabado; pero recordando que no le quedaba tinta ni papel donde escribir cambió radicalmente de actitud y decidió ir a celebrarlo por su cuenta.
Durante varios días comió en los restaurantes más lujosos de Viena, visitó las más reputadas casas de alterne, se emborrachó en las tabernas de moda y asistió a multitud de fiestas donde los vapores del alcohol y la música hacían que éstas terminasen casi siempre en apoteósicas orgías... ¡Terminó de componer su ópera!, la estrenó con gran éxito y el río de dinero en el que había nadado se le terminó; es decir, no es que su ópera La Flauta Mágica no le diera dinero, que sí que le daba, pero nunca la cantidad suficiente para poder aguantar el nivel de vida que se había impuesto...
¡Fue entonces cuando se acordó del Requiem!.
De los doce movimientos preceptivos tan solo había compuesto cuatro y ni una sola nota de la Introducción, el Dies irae, la Tuba mirum y el Rex tremendae se hallaba transcrita al papel. Todas estaban perfectamente ordenadas en su cabeza aguardando la oportunidad de ser llevadas convenientemente a la partitura, oportunidad que Mozart esquivaba continuamente... Tal era el miedo que sentía cuando lo intentaba que el maestro caía en un gravísimo trance físico-mental al sentarse a escribir.


* * *


Constanza Mozart reposaba, medio aletargada, en una de las bañera termales del balneario cuando se le acercó una joven y le susurró:
-¿Vos sois Constanza, la esposa del famoso compositor salzburgués?
-Sí. Siempre y cuando habléis de Wolfgang Amadeus Mozart- respondió ella con un deje de orgullo.
-Deberíais regresar raudamente a Viena... Su marido parece haber resuelto sus problemas económicos. Ha estrenado una ópera con gran éxito, ¡se comenta que va por ahí tirando el dinero a manos llenas...!
Dicho esto la joven se esfumó tan sigilosamente como había llegado.
La esposa de Mozart se incorporó de la bañera y tras secarse se encaminó hacia el servicio postal del balneario preguntando si había alguna carta para ella. Evidentemente no la había.
Ella decidió continuar con su orgullosa actitud. En vez de regresar a Viena haciendo caso de los rumores se quedó en el balneario hasta que tuviese noticias de primera mano.
Quince días después recibió una carta con el sello de urgente, decía así:


Queridísima Constanza Mozart:
Mi nombre es Schikaneder. Ya sé que no tenéis el placer de conocerme personalmente pero sin duda alguna os habrá hablado de mí vuestro inefable marido. Por si no lo ha hecho, os diré que soy un humilde empresario teatral, y por ende, apoderado de la última ópera compuesta por él.
Debéis regresar inmediatamente a Viena. Mozart me pidió que os escribiera la presente en su nombre puesto que él se hallaba un tanto indispuesto.
Atentamente,
Señor Schikaneder.

Constanza, apresuradamente, comenzó a realizar los preparativos para regresar, con su hijo, junto a su marido.
Le aguardaban doce días de largo y pesado viaje en carruaje, quizás alguno más.

* * *


Mozart se hallaba postrado en la cama. Sudaba copiosamente y de vez en cuando le sobrevenían unas extrañas convulsiones. Con la voz entrecortada y babeando no paraba de decir:
-Me muero... me muero...
-Doctor... ¿no podéis hacer nada para salvarle?- preguntó Schikaneder-. Todavía me quedan muchas representaciones y todas están pagadas por adelantado.
-Si tanto os preocupa vuestro teatro deberéis buscar a un músico que lo sustituya- argumentó el doctor con voz áspera-. Este hombre expira y necesita un sacerdote más que a mí- concluyó con un susurro-. ¿Decís que estaba dirigiendo su ópera y se desmayó?
-Exactamente- corroboró el empresario-. Unos días antes él me había comentado que no se encontraba muy bien, pero ni él mismo parecía darle mucha importancia a este hecho. Hace exactamente siete días que está en ese estado y usted es el séptimo médico que le visita... ¿De verdad que no puede hacer nada?.
-Cuántas veces tengo que decírselo para que me entienda. Este hombre está agonizando. Lo único que se puede hacer por él es avisar a su familia y proporcionarle la extremaunción.
-Bien. Haré lo que me pide- concluyó Schikaneder bajando la cabeza.


* * *


Tuvieron que aguardar en órbita geoestacionaria hasta la noche de la muerte de Mozart. Sólo entonces se convencieron de que el músico no concluiría el encargo que le habían hecho. Habían tenido la vana esperanza de que el maestro se recuperara y pudiera acabarlo, pero no fue así. No obstante la suerte estaba echada, agarrarían lo que hubiera compuesto como si de un clavo ardiendo se tratara.
Eran las 12:30 de la noche cuando Odello volvió a bajar a la Tierra y se dirigió al domicilio de Mozart. Una vez allí fue recibido por una criada de aspecto somnoliento que se hallaba cuidando del maestro por orden de Schikaneder.
-¿Qué se le ofrece?- preguntó ella un tanto asustada debido a la extraña vestimenta de Odello y a la hora intempestiva en que éste llevaba a cabo su visita.
-Vengo a recoger unas partituras que me pertenecen. Traigo el dinero para pagarlas- dijo esto haciendo sonar la bolsa con las monedas. -Se trata de una Misa de Requiem.
-El señor de la casa está muy enfermo, será mejor que vuelva en otro momento... cuando esté su esposa. Esta tiene que estar al llegar... pronto- la voz de la criada sonaba insegura.
-No puedo esperar- casi gritó Odello, intimidando a la chica-. Las quiero inmediatamente.
Ella prefirió no entrar en conflictos ajenos, así que preguntó:
-¿De qué obra dijo que se trataba?
-Una Misa de Requiem.
-Bien. Aguarde un momento, por favor- dicho esto entornó la puerta y se perdió en el interior del domicilio. Unos minutos después estaba de regreso. En su diestra traía unos legajos que entregó inmediatamente al hombre misterioso, al tiempo que le indicaba: -Sobre la mesa de su estudio habían dos copias, una de ellas tan sólo con siete movimientos y la otra con los doce correspondientes; imagino que es ésta última la que le interesa a usted.
Si Odello no hubiese llevado máscara, la criada hubiera podido apreciar como su rostro se tornaba blanco por la sorpresa.
-¡Lo ha acabado!- casi le gritó Hing por el auricular.
-¡Veo que tiene conocimientos musicales!- alabó Odello.
-He trabajado en la ópera, a veces...- dijo ella con una media sonrisa.
Odello, tras comprobar que, efectivamente, se trataba del Requiem completo con la ya estudiada caligrafía de Mozart, hizo entrega a la chica de la bolsa con los cien florines y se marchó sin mediar palabra.
Una vez en la calle, mientras sorteaba un montón de nieve acumulada en la acera y se dirigía al descampado donde su compañero Hing le teletransportaría hacia la seguridad de la nave, preguntó en voz alta:
-Hing, ¿cómo lo ha hecho?. ¡Ha logrado concluirlo eludiendo nuestro lector cerebral!.
-Ya te dije que ese hombre era un genio- fue la escueta respuesta de su compañero.
Tan sólo una hora después, una astronave con dos tripulantes a bordo surcaba veloz por el infinito espacio-tiempo estelar. Dos tripulantes humanos, pero pertenecientes a otra era, a otra galaxia, que habían venido con la misión de conseguir la mejor de las músicas compuesta por el mejor de los músicos para honrar la memoria del mejor de los difuntos.
El mismo lo había pedido así:
-Poco tiempo me queda de vida, pero podéis hacer algo importante por mi persona. Mi último deseo es que en mi entierro se celebre una Misa de Requiem compuesta por el mejor músico que ha dado la humanidad en toda su historia: Wolfgang Amadeus Mozart.
¡Así lo había pedido DIOS!.

C I E R R E

Wolfgang Amadeus Mozart nació en Salzburgo el 27 de Enero de 1756 a las ocho de la tarde.
Tuvo un padre autoritario, Leopoldo Mozart, que le obligó a aprender solfeo ante el piano, antes que a hablar.
Esto le convirtió en un virtuoso de la música a tan tierna edad que recorrió toda Europa, acompañado de su padre, dando recitales y asombrando a la clase noble de la época.
Mozart compuso su primera sinfonía a los nueve años de edad.
Su muerte tuvo lugar el 5 de Diciembre de 1791 a las doce de la noche y cincuenta y cinco minutos. El verdadero motivo de la misma todavía continúa siendo un misterio.
Tenía treinta y cinco años, diez meses y ocho días.
Pese a vivir tan pocos años, el conjunto de su obra no tiene parangón con el de ningún otro músico de la historia.
Enterrado en un día triste, gris y lluvioso en la fosa común; su tumba fue la tumba de los pobres.
¡Nadie!, excepto los enterradores y un sacerdote, se dignó a darle el último adiós que merecía.
En la mesa de su despacho se encontraron sesenta florines y la copia de los siete movimientos del Requiem.
Esta obra, inconclusa, es otro de los misterios de la vida de Mozart. ¡Nunca se supo quién fue el misterioso cliente!, aunque algunos estudiosos pretenden haber resuelto el enigma... ¿?
A petición de Constanza Mozart acabó el Requiem Franz Xavier Sussmayr, alumno aventajado del Maestro.


 

El Encargo (Autor: Autor: José Vilches Palma; Cornellà de Llobregat, Barcelona, España.)

 

Esta página pertenece a la Asociación Cultural MUNDO IMAGINARIO. Libro Andrómeda es una colección de libros dedicados a la ciencia ficción que se escribe actuálmente en el panorama Esta página pertenece a la Asociación Cultural MUNDO IMAGINARIO. Libro Andrómeda es una colección de libros dedicados a la ciencia ficción que se escribe actuálmente en el panorama nacional. El primer número de la serie: FANTASMAS CIBERNÉTICOS apareció en el mercado en enero de 1999. Te mostramos nuestro trabajo y la forma que tienes de conseguir los ejemplares que te interesen. Contacta con nosotros para conseguir nuestros libros en libroandromeda@hispavista.com. Página diseñada y mantenida por Jordi Armengol. Los derechos de las portadas de Libro Andrómeda pertenecen a Jordi Armengol. Gracias por vuestra visita.