Dudas de hielo

Relato Completo

Autor: Andrés M. Cardiel Martínez

Orígen: Zaragoza, España.

PREMIO ANDRÓMEDA 2005, Relato Ganador.

 

DUDAS DE HIELO 

            Los cadáveres estaban dispuestos tal y como la historia los recordaba. Los tres yacían en sus sacos de dormir. A izquierda y derecha dos hombres de expresión plácida que habían recibido una muerte tan serena como un sueño. Entre ellos, el comandante. Con medio cuerpo sobresaliendo del saco, tendía la mano a uno de sus compañeros, aquel que descansaba sus manos cruzadas sobre un maletín. Todo esto estaba bien. Así se recordaba desde hacía cuatro siglos.
            Pero el comandante no había escrito el mismo diario de viaje. Un nuevo factor había cambiado los acontecimientos. Un viajero inesperado que había transformado el pensar de aquellos hombres y sus últimos días. El resultado había sido el mismo: la muerte. Pero sus últimos momentos ya no serían recordados de igual modo. Estos hechos había que volver a cambiarlos.
            Lesser meditaba sobre ello. Sentado en la tienda delante de los fríos cuerpos que alargaban sus sobras aún vivas frente a la luz de gasóleo. Pensaba en cómo enmendaría el error. Tendría que cambiar todo lo que se había escrito desde que se encontró con la expedición. Buscó las páginas del diario en las que el comandante hizo mención de su presencia por primera vez. A partir de ese momento debía destruirlas o modificarlas.
             “3 de Enero de 1912. 87º 32´ Sur. 10.280 pies de altitud (según instrumental). Hace cinco horas que enviamos a los últimos hombres de regreso al campamento. Solo cinco de nosotros quedamos con la responsabilidad de alcanzar la gloria para Inglaterra. Creíamos que así era. Sin embargo no estamos solos. Taff ha creído ver una silueta en la lejanía. Es difícil distinguir el horizonte en estos días, el hielo y el cielo se funden en un mismo color. Pero Taff  tenía razón, hemos confirmado que alguien nos sigue y no es de nuestra expedición. Dudo que sea parte del grupo de mi desleal competidor. Se trata de un solo hombre que viaja a pie, sin trineo. Sus vestimentas son lo suficientemente llamativas como para poder haberle localizado a varias millas de distancia. Estando tan cerca el objetivo hemos decidido que no le vamos a esperar, sin embargo su marcha es más rápida que la nuestra y no creo que tarde en darnos alcance. Su presencia me preocupa, podría ser un correo con malas noticias.”
            Lesser rompió las cálidas hojas de papel y recordó por qué estaba allí y el primer encuentro con la expedición.
            El viento debía estar helado, pero él no lo sentía. La nieve estaba blanda por las continuas ventiscas que la habían posado sobre el hielo. A Lesser, sin embargo, le daba igual las condiciones del terreno. Su traje, último diseño de Tecnofacturas Nova S.A., estaba especialmente diseñado para soportar temperaturas inferiores a los 80º bajo cero y aislar el cuerpo de cualquier sensación adversa. Con él podía cambiar de color como un camaleón: blanco para camuflarse en la nieve o colores luminiscentes para ser localizado por alguna nave de rescate en caso de necesidad. ¿Nave de rescate? ¡En 1911 nadie te podía rescatar por medios aéreos por muy vistoso que fueses! Lesser no entendía cómo el consejo comercial de Tecnofacturas Nova S.A. había elegido una fecha como 1911 para promocionar su producto estrella: el nuevo traje Termotic®. “¡Con Termotic® su cuerpo no sabrá de temperaturas!” “¡Con Termotic® sus reservas biológicas se administrarán de manera inteligente!” “¡Con Termotic® no hay distancias!” “¡Con Termotic® todo es seguridad en sus viajes y expediciones!”
            Rojo luminiscente era su color preferido. No le importaba que le viesen. Tenía ya el grupo divisado en la lejanía y las huellas de sus trineos hacía tiempo que le acompañaban. Les alcanzaría al día siguiente.
            “6 de Enero. Avanzamos con mucha dificultad, pero hemos sobrepasado el punto en el que la expedición de 1908 tuvo que abandonar. Hemos acampado antes de tiempo por la ventisca. Desde hace seis horas ésta no nos ha dejado divisar a nuestro perseguidor. Tiene que estar pasándolo muy mal. Si todavía vive.”
            Más hojas rotas.
            “Es increíble. A pesar del temporal el viajero misterioso se ha presentado en nuestra tienda cuando despertábamos. No se cuanto tiempo llevaba allí. Su vestimenta es muy extraña y se ciñe a su cuerpo como una segunda piel. Su color nos ha puesto nerviosos a todos, pero más aún lo que decía. Al saber quiénes éramos se ha vuelto loco y a comenzado a decir incongruencias.”
            Papeles rotos entre el recuerdo de aquellos momentos.
            Lesser había alcanzado la expedición. Estaban acampados. Dentro de la tienda titilaba la débil luz de la lámpara de gasóleo. Silencio absoluto ahogado por el aullido del vendaval. Los trineos empezaban a sepultarse bajo la nieve que no cesaba de caer. Los perros, si los había, permanecían ocultos.
            La figura roja se acercó a la entrada de la tienda. Lesser apartó la lona y entró. Debía hacer calor dentro, el traje no le permitió sentirlo. De entre los sacos y rostros que tapizaban el fondo de la tienda, su mirada tropezó con los penetrantes ojos de un hombre mal afeitado y de tez pálida pero que irradiaba un intenso alo de fortaleza. Por un momento pareció demostrar sorpresa, sin embargo habló como si esperase su llegada.
            - Ha tardado menos de lo que esperaba. ¿Cómo consigue sobrevivir así en la gran llanura de hielo?- pregunto con voz firme sin preocuparse de que sus compañeros se despertasen. Su interlocutor hablaba un perfecto inglés, pero esto no le resultó raro a Lesser. Los informes de la preparación previa al viaje hablaban de esta posibilidad.
            - Entrenamiento y¼- Lesser prefirió no hacer referencia a su traje. En aquella época no lo entenderían.-¼y suerte supongo.
            - La suerte no existe en estas latitudes. Créame, se lo dice alguien que día a día la busca sin éxito en cada huella que dejamos en la nieve. Quizá la suerte que a mí me rehuye se cobije en usted.
            Lesser frunció el ceño ante tanto pesimismo. No esperaba esa actitud.
            - ¿Tengo el gusto de hablar con el jefe de esta expedición? Mi nombre es Lesser y soy el enviado de su majestad¼- el recién llegado congeló en su garganta el nombre que iba a pronunciar. Miraba con ojos desorbitados la tela de un rincón. Lesser aún recordaba el terror que se apoderó de él al ver aquella bandera británica doblada en la tienda.
            - ¿Qué le pasa?- Lesser no reaccionaba - Soy el capitán Robert Falcon Scott, al servicio de la Armada Británica- tendió la mano, pero Lesser continuaba paralizado.
            -¿En qué fecha estamos?- logró balbucear Lesser.
            - Seis de Enero de 1912- contestó el capitán.
            Lesser cayó abatido sobre sus rodillas.
            - ¡Demasiado tarde!- balbuceó.
            Los otros cuatro hombres se despertaron.
            - Buenos días señores. Les presento al Sr. Lesser, enviado de su majestad.- dijo Scott a los recién levantados.
            - Encantado de conocerle, yo soy Taff Evans- dijo uno de los hombres mientras su mano tendida quedaba en el aire sin obtener respuesta. Lesser seguía conmocionado.
            - Yo soy Edward Wilson, naturalista de la expedición- dijo otro ceremoniosamente- para servirle a usted y a su majestad.
            - Soy Bowers.
            - Yo, Oates.- se presentó el último.
            Lesser seguía sin reaccionar. Los expedicionarios se miraron unos a otros sin saber qué hacer.
            ¡Se habían confundido! ¡Los chapuceros de Marketing, seguro que por ahorrar costes habían contratado una empresa de viajes en el tiempo de bajo presupuesto! ¡Todo confundido! Y lo peor estaba por llegar.
            “Lesser, enviado de su majestad Haakon VII” es lo que tenía que haber dicho al encontrarse con la expedición. Los de Marketing así lo habían ideado para que fuese recibido con todos los honores. Incluso portaba un salvoconducto real falsificado por el equipo de asesores de Historia de Tecnofacturas Nova S.A. ¿Pero ahora? Estaba ante una expedición de otro país. Le habían mandado a unas coordenadas equivocadas. Tenía que improvisar.
             - Mi nombre es Lesser y soy el enviado de su majestad Eduardo VII- logró decir con la voz atenazada.
            - ¿Cómo ha conseguido llegar solo? ¿Qué noticias trae?- Preguntó Scott con impaciencia.
            A Lesser le costó responder, pero al fin acuchillo a aquellos hombres con la verdad.
            - Van a morir todos- dijo.
            “9 de Enero. Hemos tenido que atar y amordazar a Lesser después de reducirle. No hemos podido hacer otra cosa. De esto hace tres días. Gritaba desesperado que la expedición iba hacia una muerte segura. Creo que su estrategia es desestabilizarnos, poniéndonos nerviosos y retrasándonos en nuestra marcha. Estoy convencido de que es un espía de la corona noruega. Esta mañana mis sospechas se han hecho realidad al encontrarle un salvoconducto del rey Haakon. Mi competidor Amundsen ya ha demostrado su deslealtad al emprender su expedición en secreto cuando todos le hacíamos rumbo al norte. No hay duda de que el proyecto de Amundsen es una amenaza muy seria para el nuestro. Nos creen cerca de nuestro objetivo y Lesser es parte de una artimaña para hacernos creer que nuestra expedición ya no puede tener éxito. Lesser nos grita con insistencia que Admunsen ya ha conquistado el Polo Sur el 14 de diciembre. Que debemos regresar antes de que sea demasiado tarde. Hoy hemos tenido que permanecer todo el día en nuestros sacos debido al temporal.”
***
            No era el primer viaje en el tiempo que realizaba Lesser. Su pasaporte así lo atestiguaba. Pero esta vez había sido diferente, no era un viaje de placer sino de trabajo. Dejó que Nova se ocupase de todo. Y algo salió mal.
            No entendía como Nova había desperdiciado tantos recursos. Los visados eran muy difíciles de conseguir y las aduanas del tiempo ponían muchas restricciones a los viajes. Más allá de la aparición del homo sapiens no podía viajar nadie, era un tiempo ajeno a lo humano. Hasta la Edad Media solo se permitía viajar a determinados historiadores con buenos contactos en el gobierno. Se hacía la salvedad de la Roma Antigua, a la que se podía viajar por ocio si se tenían los recursos necesarios. Únicamente tres multimillonarios se habían podido permitir acudir a una sesión de gladiadores en el Coliseum. El renacimiento y la época ilustrada eran periodos propicios para los negocios, al igual que los siglos de los grandes descubrimientos en los que se promocionaban, previo pago al gobierno de una participación en las ventas, productos de gran consumo. El resto: ocio.
            Había una ley inviolable: “nunca se cambiará un acontecimiento histórico”. Si se quebrantaba la regla y se tenía dinero siempre se podía contratar una brigada de recuperación. Que viajase al momento anterior a la falta y rescatase al viajero antes de que la cometiese, devolviéndole a su época. Si no se tenía dinero, la brigada gubernamental hacía lo mismo pero en vez de rescatar al viajero, simplemente lo eliminaba sin darle oportunidad de volver a su época. La ejecución del infractor compensaba los costes de limpieza que solían generar los viajeros en el tiempo. Lesser era un simple empleado y su seguro laboral no cubría las incidencias en otras épocas. Si cometía un error sería eliminado.
            Si no se cometían alteraciones históricas, se rescataba a los viajeros y se les devolvía a su época un minuto después de haber partido al pasado. Entonces comenzaba la limpieza. La brigada volvía al momento en el que el viajero aparecía en el pasado y se eliminaba para evitar todos los rastros que dejase a partir de entonces. Era como si para el pasado nunca hubiese existido un viajero del tiempo, pero para el viajero sí había existido el viaje y así lo recordaría siempre. Se limpiaba el pasado de los viajeros del presente, y estos se llevaban al futuro su experiencia. Lo único que podían traerse como souvenir eran imágenes grabadas del viaje. Nunca un objeto material. Devolver el objeto supondría más gastos para el Estado y la eliminación para el viajero.
            El consejero de Marketing de Tecnofacturas Nova S.A. le había asegurado que la misión era segura al cien por cien. Solo tenía que contactar con el noruego Amundsen momentos antes de conquistar el Polo Sur y grabar esos instantes junto a él vestido con el traje Termotic® para su promoción. Debía evitar salir en las fotografías que Admunsen realizó en la Antártica. A Lesser no se le podría recuperar hasta dos meses después, pero no corría peligro, ya que Amundsen volvió sano y salvo. Solo tenía que acompañar a la expedición en calidad de enviado de su majestad el rey Haakon VII. Para ello los historiadores le habían preparado concienzudamente y se le habían falsificado todos los documentos necesarios. Después desaparecería sin dejar rastro. La brigada gubernamental se encargaría.
            Pero todo había salido mal. Alguien erró los cálculos. Lesser no se encontraría nunca con la expedición de Admunsen. Su camino se cruzó con el de Scott y su grupo, condenados a una muerte segura en su intento por ser los primeros en llegar al Polo Sur.
            No sabía de cuanto tiempo disponía antes de que la brigada fuese a eliminarle el día en que arribó al 3 de enero de 1912. Mientras siguiese vivo tendría la oportunidad de corregir el nuevo futuro que el diario del capitán Scott había creado. Modificaba los párrafos rescribiéndolos tal y como los recordaba. O los destruía si la historia que conocía nunca había sabido de ellos.
            Siguió leyendo.
            “10 de Enero. Reanudamos la marcha. Lesser ya no nos retrasa, avanza maniatado con más agilidad que nosotros. Nos mira con cierta tristeza. No ha articulado palabra alguna en todo el día. Si no es un espía de Amundsen y cree lo que dice es que está trastornado. ¿Pero como a llegado a nosotros sin ayuda? ¿Quién es?”
            “Come con tranquilidad y menos que nosotros. Yo mismo me encargo de su alimentación. Dejarle solo sería inhumano, pero nuestros recursos son limitados y tendremos que tomar alguna determinación. También me preocupa que podamos dejarle libre y sabotee los depósitos de víveres que hemos ido dejando a lo largo del trayecto para poder sobrevivir a la vuelta. No nos quedan más de 100 millas. ¡Estamos tan cerca!”
            En aquellos momentos Lesser se enfrentaba a una gran disyuntiva. Si huía, el traje Termotic® le protegería del frío, pero moriría de inanición, aunque tenía una remota posibilidad de localizar los depósitos de Scott. Si convencía a Scott de que desistiese en el intento de alcanzar el Polo, cambiaría la historia para salvar su vida pero acabaría eliminado. Si seguía con la expedición hasta sus últimas consecuencias moriría con aquellos hombres. Su cadáver entre los de ellos cambiaría la historia, pero ya no estaría en este mundo como para que le importase. Tenía una oportunidad. Murieron a 11 millas del depósito que les hubiese podido salvar la vida. Una tonelada de equipo y víveres. Él conseguiría sobrevivir al frío con el Termotic®, esperaría a que muriesen y ha que pasase el temporal. Después andaría las 11 millas.
***
            “13 de Enero. Acabamos de cruzar el paralelo 89º. Lesser colabora y no nos crea problemas. Por las conversaciones que he tenido con él demuestra ser un hombre culto y conocedor de las geografías más extremas. Conforme pasan los días se muestra más dócil y dialogante. Pero cuando le interrogo sobre el motivo de su viaje o sus intenciones, cambia la expresión de su rostro tornándose melancólica. Entonces guarda silencio. No creo que llegue a desvelarnos el secreto que oculta. Si no fuese por las circunstancias, sería un agradable compañero de expedición.”
            Al leer estas palabras Lesser se sonrió. Con el paso de los días llegó a apreciar al comandante. Con sus subordinados era enérgico y exigía disciplina, pero sus hombres le servían con fidelidad. Por encima del protocolo jerárquico que imponía la Armada, se respiraba un sentimiento de admiración y aprecio hacia Scott. Y Lesser no tardo en contagiarse de esta simpatía.
            Evans era el más resistente del grupo, parecía no desfallecer nunca. Oates demostraba una nobleza tan inagotable como la fortaleza de su compañero. Siempre estaba dispuesto a ayudar. Trataba de aliviar el cautiverio de Lesser aflojándole las ataduras que se hacían más hirientes con el frío. Wilson y Bowers eran los hombres que todo mando quisiera tener en sus filas, se mantendrían siempre leales hasta el final. Todos ellos eran los pilares de la expedición, Scott la esencia.
            - ¿Por qué nos dice que Amundsen a llegado ya al Polo Sur? ¿Cómo lo sabe?- le preguntaba Scott cada día.
            Lesser nunca le dio respuesta, aunque lo hubiese deseado. Quería contarle toda la verdad, pero no le creerían, era demasiado descabellada para 1912. Deseaba con todo su alma que esto no fuese así. Conforme avanzaban por el hielo anhelaba que aquellos hombres pudiesen evitar su terrible destino. Pero no podía salvarlos, tenían que morir. Siempre habían estado muertos hasta que él se cruzó en sus vidas. 
            “14 de Enero. Hoy hemos comenzado a descender. Nos Hundíamos hasta las rodillas y la marcha ha sido muy penosa. Lesser a estado a punto de caer en una grieta, a merced de sus ataduras no hubiese sobrevivido si no le sujeto a tiempo. Se muestra agradecido por haberle salvado la vida. Quizá hubiese sido mejor para todos que cayese. Tarde o temprano los víveres escasearan con una boca más.”
            “Pido a Dios que me perdone por estas palabras. Lesser es un buen hombre y no me perdonaría nunca dejarle morir.”
            Mientras leía los remordimientos le atenazaron. Entendía los sentimientos de Scott en aquellas circunstancias. Miró el cadáver del capitán, congelado e inerte, era la misma persona que le salvó de caer en una grieta. Aquella misma sensación sintió aquel día de enero. Sabía que todos iban a morir.
            Destruyó los párrafos que hacían alusión a su presencia.
            “16 de Enero. Después del difícil descenso de los días anteriores, hoy hemos realizado una buena marcha. Estimo que mañana conseguiremos conquistar para Inglaterra y la Humanidad el Polo Sur. La excitación me impide dormir y creo que al resto le ocurre lo mismo a juzgar por los movimientos de los sacos. Tampoco puedo seguir escribiendo”
            Aún recordaba Lesser aquel funesto 17 de enero como si los acontecimientos que en él sucedieron se estuviesen desarrollando ante sus ojos.
            Por la tarde Bowers divisó algo en la distancia. Lesser sabía de qué se trataba pero prefirió callar. Todos callaron para soportar mejor el paso más rápido que imprimió Scott a la  marcha. Una horrible sospecha le hería en la cabeza a cada paso, deshaciendo sus esperanzas, mermando su integridad.
            Cuando tuvieron cerca el avistamiento, intuyeron en él movimiento. Movimiento que se reflejaba en las pupilas de Scott y que se introducía en su cerebro como un gusano en una manzana. Movimiento ondulatorio causado por el viento: la bandera noruega ondeaba impetuosa a pesar de que el frío y la mirada de aquellos hombres tratasen de congelarla.
            Scott dejó caer su bastón y cayó de rodillas. Sus hombres se volvieron. Nunca podrían decir que habían visto a su capitán desfallecer. Lesser creyó ver un instante lágrimas en las mejillas de Oates. Imaginadas o congeladas desaparecieron cuando el expedicionario se acercó a su capitán ya en pie.
            - Inspeccionaré la zona- dijo Oates. Scott no contestó.
            La bandera estaba atada al patín de un trineo. Cerca estaban los restos del triunfal campamento que había conseguido la proeza, lleno de huellas de trineos y perros.
            Las líneas del diario de Scott, frías como su tinta, no revelaban todo el dolor que tuvo que sufrir ante aquella derrota.
            “Lo peor a sucedido. Una simple mirada nos revela todo. Los noruegos nos han adelantado¼volveremos a la base lo más rápidamente posible.”
            Oates entró en la pequeña tienda que quedaba como mausoleo de las ilusiones de la expedición británica. Cuando salió portaba un trozo de papel que entregó a Scott.
            “14 de Diciembre de 1911. Querido Comandante Scott: como usted será probablemente el primero en llegar aquí después de nosotros, ¿puedo pedirle que envíe la carta adjunta al rey Hakoon VII? Si los equipos que hemos dejado en la tienda pueden serle de alguna utilidad, no dude en tomarlos. Les deseo un feliz regreso. Sinceramente suyo. Roald Amundsen.”
            - ¡Dios mío!- rompió el silencio Scott- Este es un lugar horrible, aún más por haber trabajado tanto sin obtener la recompensa de ser los primeros.
            Se quedó pensativo. Nadie dijo nada. Lesser lo sentía, pero aquella era la historia. De pronto Scott se volvió hacia él sorprendiéndole con una nueva energía.
            - ¡Muy bien! No se como lo sabía y creo que no tiene intención de decírnoslo. Estamos en sus manos. ¡Sálvenos! ¡Llévenos a casa!- Mientras le decía esto rompió las ligaduras que apresaban a Lesser con un cuchillo. 
            Aquello lo cambiaba todo. Lesser no lo esperaba. Salvar a aquellos hombres suponía cambiar la historia. Suponía su propia muerte.
            - Quizá sea demasiado tarde- realmente no sabía como ayudar a aquellos hombres. Habían llegado al punto a partir del cual todo iría mal. Este momento era el que había que evitar si querían salvarse. Demasiado tarde.
            -¿Por donde regresó Admunsen? ¿Volvemos sobre sus pasos?- preguntó Wilson. Aquellos hombres se ponían ciegamente en sus manos. Estaban desesperados.
            - No. Tenemos que encontrar nuestros propios depósitos. Si llegamos al One Tom Camp estaremos salvados¼- contestó Lesser- Estarán salvados- corrigió.
            - ¿Cómo sabe que llamamos al último depósito de víveres One Tom Camp?- preguntó Bowers. Todos sabían que no habría respuesta.
            El tiempo comenzaba a empeorar, el viento se volvía huracanado. Aquella noche soportaron 54º bajo cero, temperatura más alta que los ánimos de los cinco expedicionarios. Pero lo peor estaba por llegar.
***
            El infierno helado reclamó a la mañana siguiente la penitencia de los cuerpos de Oates, Evans y Bowers. Los tres sufrían congelaciones en algunas de sus extremidades. Lesser les ayudó a reactivar la corriente sanguínea con fricciones. Pero sus cuerpos estaban tan afectados como sus ánimos. Tenían que seguir, el tiempo corría en contra de ellos.
            Anduvieron siete millas sur-suroeste hasta alcanzar una altitud de 9500 pies, a una milla del Polo. Silenciosamente construyeron un soporte para la patriótica tela. Oates no pudo levantar la cabeza mientras la bandera británica ondeaba con más violencia que la noruega debido al vendaval. Scott la miraba sin verla. Seguramente sus pensamientos iban más allá de la barrera de hielo. Más allá de la barrera del tiempo. A su enfermiza infancia en Outlands, a la temprana muerte de su padre que le obligó a hacerse cargo de la familia, a las privaciones, al aislamiento¼ a Amundsen. Scott cerró los puños. La bandera se retorcía rebelándose.
            - Nuestras familias nos esperan, volvamos a casa- se volvió a Lesser- usted sabía que Amundsen había conquistado el Polo y, si no me equivoco, nunca estuvo con ellos. Dice que vamos a morir. No se cómo ni por qué lo sabe. No sabemos de donde viene, ni sus verdaderas intenciones. Tiene usted superioridad sobre nosotros, no pasa frío y su salud es excelente. Ya ve que acepto las derrotas- Scott volvió a mirar hacia el Polo- Usted gana, nos hemos encomendado a sus deseos. Pero no seremos vencidos por la muerte. No ahora. ¿Cuándo sucederá?
            - El 29 de Marzo- Contestó Lesser ocultando que para entonces ya habría muerto alguno de ellos.
            -¿Cómo?- preguntó Wilson.
            Pero Scott le hizo una seña moviendo la cabeza negativamente.
            -¡En marcha!- ordenó el comandante.- Si vamos encontrando los depósitos tendremos carne suficiente como para llegar al monte Hooper. Allí no esperan los perros y agilizaremos la marcha hasta llegar al One Tom Camp¼ antes del dieciséis.
            Las seis figuras, las únicas manchas en la blancura antártica, comenzaron su andadura hacia los pasos montañosos de profundos precipicios. Ochocientas millas contra cinco ingleses y un viajero del tiempo.
            “7 de Febrero. Por fin hemos pasado los pasos montañosos. Hemos acampado en la cúspide del glaciar Beardmore. Mañana iniciaremos el descenso hacia la meseta. Es fácil realizarlo con buen tiempo, pero no estamos teniendo suerte y un inesperado invierno nos está dificultando la marcha. La temperatura por el día es de 34º bajo cero, por la noche baja diez grados más. Nadie se queja, pero todos sentimos el dolor de la carne congelada. Excepto Lesser que solo tiene la nariz algo dañada. Creo que la extraña indumentaria que lleva le protege mejor que nuestros equipos. No me explico como un traje tan liviano puede retener el calor suficiente para evitar las congelaciones, cuando ni siquiera las lámparas y estufas lo pueden hacer con nosotros"
            Lesser recordaba la conversación que mantuvo con Scott aquella noche mientras los demás dormían. 
            - No Importa lo que sepa. ¡Lo conseguiremos!-Scott se mantenía arrogante a pesar de las adversidades.
            Lesser callaba.
            - ¿Donde ha conseguido un traje tan magnífico?- preguntó Scott.
            - La empresa para la que trabajo me lo proporcionó. Es la razón de que me encuentre aquí.- contesto Lesser.
            - ¿Para quién trabaja?
            - No les conoce. Es una empresa especializada que vende material de expediciones.
            - ¿Especializada? Pero una empresa así no es viable. ¿No fabrican nada más? No hay tanta gente que realice expediciones.
            - Todavía no. Pero la habrá.
            - Es pues una inversión de futuro.
            - Se puede decir así- Lesser se sonrió por la paradoja. En realidad los recursos se estaban invirtiendo en el pasado.
            -Demasiado arriesgado. Debería cambiar de profesión antes de que quiebre su empresa.
            - Tiene razón, demasiado arriesgado.- Lesser volvió a sonreír sin convicción.
            - ¿No habrá venido hasta aquí para vendernos unos trajes?- Los dos se rieron- Ahora mismo le compro uno- dejaron de reír al notar que algunos de los sacos se movían con impaciencia.
            - ¿Por qué ha venido?- Scott miraba a Lesser fijamente a los ojos.- No nos buscaba a nosotros, sino a Amundsen. Y sin embargo sabe demasiado de nuestro destino. No le ha agradado encontrarnos por que teme correr la misma suerte.- Lesser permanecía en silencio.
            - ¿Cómo sabe todas esas cosas que nos ha contado? ¿De donde viene?- interrogó Scott con insistencia.
            - Nunca me creería.- contestó Lesser.
            - Hace un tiempo,- Scott se recostó un poco, parecía evocar una imagen.- creo que fue en 1985. Yo tenía entonces dieciséis años. Una época de sueños. Leí un libro de un profesor de escuela. Creo recordar que se apellidaba Wells. Trataba sobre un viajero en el tiempo. Creo que su caso solo se puede explicar desde un punto de vista tan descabellado como este.- el cansancio había provocado que Scott bajase la guardia y no hablase como un comandante responsable de la vida de cinco hombres. Sincero pero ilógico.
            - Como usted ha dicho: una época de sueños.- dijo Lesser. Quiso cambiar el tema de la conversación.- ¿le espera alguien en Inglaterra?- ya conocía la respuesta.
            - Mi mujer Kathleen¼ y mi hijo.- contestó Scott.
            - Cada día nos acercaremos un poco más a ellos.
            - Buenas noches.- Scott se giró sobre su saco. A Lesser le pareció que los ojos del comandante habían tenido un brillo más húmedo de lo normal en el último instante.
            Lesser aquella noche dudó. ¿Sería posible salvarles y salvarse él también? Dudó hasta dormirse.
***
            “11 de Febrero. No hemos sido capaces de encontrar el siguiente depósito y nos hemos perdido. Hemos caído por un pequeño desnivel lastimándose Wilson una pierna y yo un hombro. El dolor es atenuado por la analgesia del frío intenso que siento en la articulación. Ha Evans se le ha congelado la nariz y ha perdido dos uñas de la mano. Oates tiene una sensación continua de frío en los pies. Intentamos evitar la congelación, pero si logramos sobrevivir, alguno de nosotros sufrirá daños irreversibles en alguna parte del cuerpo. El único que se mantiene intacto es Lesser.”
            “Como no se están cumpliendo las distancias entre depósitos de manera adecuada, vamos a tener que racionar la comida. Este es el único momento en el que la presencia de Lesser es incómoda. Oates se ha ofrecido a compartir su ración con él. Pero no lo he permitido y hemos hecho la división en seis partes iguales. Lesser trabaja como uno más y su fuerza es necesaria, aunque suponga racionar la comida.”
            Las palabras que le aludían eran ahogadas en tinta o rasgadas para acabar alimentando el fuego del hornillo. Lesser retrocedió en su pensamiento hasta el dieciséis de febrero. Todo empeoró.
            La nieve golpeaba sus pómulos y la nariz como agujas cristalinas impulsadas por el huracán. Scott abría el camino, Lesser cerraba el grupo detrás de Evans. Los insistentes copos espesaban el manto, ralentizando los esquís y las raquetas, sepultando los tobillos.
            De pronto el más fuerte cayó. Lesser vio a Evans resbalar y desapareció de su visión. Gritó al resto para que se detuviesen mientras corría a socorrer al caído. Cuando llegó a su altura le encontró tumbado en una pequeña depresión. La caída había sido mala a pesar de la poca altura. Evans tenía la cabeza ensangrentada al habérsela golpeado con un bloque de hielo. Estaba inconsciente. Llegó el resto y lo levantaron entre todos. Tuvieron que levantar el campamento antes de tiempo para que Wilson pudiese reconocer al herido.
            Media hora después de encender las estufas y las lámparas Evans recobró el conocimiento. Se sentía desorientado pero Wilson confirmó que se recuperaría.
            Al día siguiente durante la marcha Evans se paró. Lesser le adelantó.
            - Tengo que atarme más firmemente las botas. Me está costando mucho avanzar- le dijo Evans.
            - Te esperaré.- Lesser vio a su compañero más pálido de lo normal.
            - Mejor alcanza a los demás. Diles que aminoren la marcha, os alcanzaré en seguida.- Evans se afanó en asegurar los cordones de piel mientras Lesser seguía.
            Los demás se habían parado.
            - Ahora viene.- comentó Lesser al reunirse con ellos- si continuamos un poco más despacio nos alcanzará.
            Pero diez minutos después volvieron a parar. Detrás de ellos entre la espesura de la nevada vieron que Evans seguía inclinado sobre su bota.
            - Oates, acompaña a Lesser y traerle.- ordenó Scott.
            Mientras se acercaban le llamaban a voces. No contestaba y sin embargo parecía mirarles fijamente. Le alcanzaron. Miraba al infinito, con los ojos desencajados como si quisiesen continuar hacia delante la marcha que Evans ya no podía seguir.
            - ¡Evans!- no contestó.
            Acamparon. Esa medianoche Evans murió entre estertores y delirios.
            “¼Evans sufrió una conmoción cerebral. Murió de muerte natural. Su desaparición dejó a nuestro equipo debilitado en el momento en el que un invierno precoz se cernía sobre nosotros. Pero todo esto no es nada en comparación con lo que nos esperaba en la barrera¼ Jamás seres humanos han sufrido tanto como nosotros en este mes. A pesar del frío y del viento habríamos logrado pasar pero¼
            Después de reponer fuerzas durante unas horas, dieron sepultura a su compañero. No fue difícil, la nieve que no dejaba de caer ayudó. El comandante Scott le dio el último adiós. Decidieron seguir adelante, sin parar hasta que alcanzasen el depósito a pie del glaciar. Allí habían guardado carne fresca de pony.
            - Nunca me imaginé que la carne de pony fuese tan exquisita.- comentó Lesser mientras comían ávidamente.
            - Los noruegos no son del mismo parecer- dijo Wilson.- ellos prefieren llevar solo perros.
            - Sería incapaz de comerme uno- dijo Oates con repugnancia.
            - Ellos tampoco los comen- comentó Scott- Usan los más débiles como comida para el resto de los perros. Los ponis son prácticos por que luego podemos comerlos, pero el perro es más resistente y te permite ir más rápido.
            Era la primera comida completa que ingerían en mucho tiempo. Tenían el mejor ánimo desde que abandonaran la meseta.
            - El pony tiene el problema de transpirar por todo el cuerpo,- explicó Wilson en calidad de naturalista- por lo que no pueden dormir a la intemperie ya que se congelarían. Sin embargo el perro, que transpira solo por la boca, sí puede hacerlo.
            - La combinación de ambos es lo más acertado.- dijo Scott- tienes animales de tiro y carne.
            - Amundsen lo consiguió solo con perros- Lesser se arrepintió enseguida de haber dicho esas palabras. Se hizo un largo silencio.
            - Buenas noches. Procuren descansar, mañana será un día duro.- Scott se metió en su saco y el resto hizo lo propio.
***
            “19 de Febrero. Abandonamos el pie del glaciar. Atrás queda nuestro compañero Evans, que Dios le tenga en su Gloria.”
            “25 de Febrero. Llevamos seis días caminando a buen ritmo. Hemos llegado por la tarde al depósito Sur de la barrera. Sorprendentemente Lesser a descubierto que falta combustible, seguramente debido a la evaporación de éste por un mal cierre.”
            Lesser tuvo oportunidad de meditar aquellos seis días que transcurrieron sin incidentes. Las dudas le asaltaban por las noches. Todos dormían excepto el viento. Aquellos hombres tenían una fortaleza titánica y Lesser empezaba a dudar que no fuesen a conseguirlo. Además había un nuevo factor que ha veces olvidaba tener en cuenta: él aportaba a la expedición dos brazos fuertes más que no habían tenido durante aquellos acontecimientos que los asesores históricos le habían enseñado. ¡Lo iban a conseguir y la historia cambiaría! La duda se hacía cada vez más insistente en su cabeza.
            Cuando llegaron al depósito de la Gran Barrera, Scott mandó a Bowers ocuparse de la comida y prepararla. Wilson y Oates montaron la tienda. Y Lesser buscó el combustible para encender las estufas y las lámparas. Cuando se encontró frente a los bidones la duda volvió a asaltarle.
            “¼ falta combustible, seguramente debido a la evaporación de éste por un mal cierre.”
            Sesenta millas después, en el siguiente depósito, Lesser comunicó a Scott el mismo problema.
            - Tendremos que confiar en que las temperaturas suban- dijo amargamente el comandante. Pero descendieron aún más.
            Cuando reanudaron el viaje a Oates le costó seguir a sus compañeros. Disimulaba su dolor para no preocupar al resto. La gangrena empezaba a oscurecer sus pies. El viento se encaró frontalmente con ellos, como la impenetrable primera línea de un ejército bien aleccionado. Se hacía casi imposible avanzar con los trineos.
            -¡Vamos¡- les gritaba Scott intentando hacerse oír por encima del vendaval.- tenemos que llegar al monte Hooper. Si lo conseguimos estamos salvados. Allí nos esperan Cherry-Garrard y Dimitri con los perros.
            Aquella posibilidad dio nuevos bríos a sus hombres. Todos excepto Lesser tuvieron en sus mentes desde entonces al monte Hooper.
            “9 de Marzo. Llegamos al monte Hooper. ¡Dios Santo! Los perros no estaban allí. Seguramente se habrán replegado al One Tom Camp debido al mal tiempo. Estamos a 72 millas de distancia. Tenemos comida, pero Lesser ha vuelto a traer malas noticias: el combustible es escaso. No creo que lo consigamos. Estamos extenuados y esto supone un nuevo golpe. El monte Hooper era la última oportunidad de llegar al One Tom Camp. He reunido a los hombres con una firme determinación¼
            Se congregaron dentro de la tienda en torno a Scott.
            -Wilson-Scott dirigió su mirada al maletín que portaba.- ábrelo.
            El naturalista abrió el maletín. En el había medicinas, frascos y pastillas.
            - Repartiremos pastillas de Opio- se giró hacia Lesser- ¿usted quiere?
            Lesser negó con la cabeza.
            - Entonces treinta para cada uno. Las suficientes para ser letales. Wilson seguirá administrando morfina a dosis bajas para sobrellevar el dolor de la gangrena- Scott se miró la pierna que ya estaba afectada.
            Silencio.
            - Les ruego que mantengan su dignidad y eviten usarlas hasta que llegue la situación extrema.- Scott dio por terminada la reunión.
***
            “Creo que es 16 de Marzo. No estoy seguro. El tiempo se diluye en los torbellinos de nieve. Es imposible salir al exterior y no sabemos desde cuando estamos sitiados por las ventiscas. Fuera la temperatura es de 43º bajo cero. Creo que debemos salir, pues el One Tom Camp esta ya muy cerca. Solo a 11 millas. Pero estamos exhaustos. La mayor parte de nuestros miembros sufren congelaciones o están gangrenados. Si salvo la vida es seguro que perderé la pierna. Oates se ha rendido, ya no puede seguir y se ha cobijado en su saco. Mira constantemente las pastillas de opio, pero resiste la tentación.”
            Lesser recordaba el abatimiento de Oates. Se levantó de su saco y se dispuso para salir al exterior.
            - Sin mí tenéis más posibilidades- dijo Oates.
            Todos alzaron la mirada hacia su rostro, amable a pesar de la adversidad.
            - No saldrá, le necesitamos- le dijo Scott.
            - Aún no- dijo Bowers mientras le cogía la mano llena de pastillas de opio.
            - Bien- protestó Oates- tengo que hacer mis necesidades así que saldré fuera un momento y puede que por un tiempo.
            Abrió la abertura de la tienda y se dejó engullir por el huracán. Todos sabíamos que no volvería. Wilson comenzó a cantar el himno “Adelante soldados cristianos” que tanto gustaba a Scott. Mientras, aferraba el maletín con las drogas mientras se repetía mentalmente “solo en última instancia, solo en caso necesario, solo¼”
            “Sabíamos que el desdichado Oates caminaba hacia la muerte. Aunque tratamos de disuadirlo, entendíamos que era el acto de un valiente caballero inglés.”
            “29 de Marzo. Todo está perdido. Estamos los tres tendidos en los sacos. Lesser sentado nos mira pacientemente. Wilson aferrado a su maletín ha fallecido, quizá ayudado por alguna droga. Bowers hace horas que ya no se mueve. Solo quedamos Lesser y yo cara a cara. Afuera, delante de la puerta de la tienda, todo el paisaje es una terrible ventisca, resistiré hasta el final, la muerte ya no puede estar lejos. Lamentablemente creo que no voy a poder seguir escribiendo. Por el amor de Dios cuiden de nuestras familias.”
            - ¿Por qué?- preguntó Scott- ¡Hemos estado tan cerca de la salvación!
            Lesser permanecía cayado. Evitaba mirar al comandante directamente a los ojos.
            - ¿Por qué?- insistió Scott- ¿Por qué no nos ha dejado llegar?
            -No entiendo- contestó Lesser sorprendido.
            - Los depósitos de combustible- la voz de Scott era cada vez más apagada- Los depósitos¼ ¿Cómo? ¿Los derramó?
            - La historia no se puede cambiar, comandante Scott.
            - Confiábamos en usted como uno más.
            - Su muerte se recordará de manera heroica. Entrarán de manera más honorable en la historia que si hubiesen vivido. ¡Fueron los segundos en llegar!
            - Hubiera vivido lo suficiente como para buscar la gloria de otro modo. Entréguele este diario a mi viuda-le rogó el comandante- me lo debe.
            Lesser cogió el diario de sus huesudas manos heladas.
            - Kathleen¼Kathleen¼Kathleen- gemía Scott con la voz cada vez más atenazada por el peso de sus amoratados labios. 
            El comandante entonces estiró su mano hacia Wilson. Lesser nunca sabría si hizo aquello para despedirse de su amigo naturalista o para coger el maletín de las drogas. El comandante Robert Falcon Scott había muerto. Fue el último en abandonar el barco.
            Lesser leyó, corrigió, destruyó, pero quiso mantener la esencia de aquel hombre. Solo eliminaba los rincones donde aparecían alusiones al misterioso viajero del tiempo que un día se cruzó con aquellos desafortunados valientes. Por último escribió unas últimas palabras como cierre del diario.
            “Hemos vivido. Me gustaría tener una historia que contar sobre la fortaleza, resistencia y valor de mis compañeros que removería el corazón de todos los ingleses. Estas torpes notas y nuestros cuerpos muertos, contarán la historia¼” De Scott a Inglaterra .
            Lesser se aprovisionó de lo que pudo y salió al exterior. El Termotic® le protegería de la intemperie. ¿Pero cómo guiarse? Los asesores habían considerado innecesario que llevase un navegador ya que Admunsen volvió sin problemas. Pero no estaba con Amundsen. La ventisca le dificultaba la visión. Sin embargo no sentía la violencia del viento gracias a Termotic®. Pensó en el slogan que el departamento de marketing hubiese ideado para la ocasión: “con Termotic® lo hubiesen conseguido”.
            Solo le separaban once millas del gran campamento de víveres y combustible, donde esperaban dos hombres y varios perros a una expedición que nunca retornaría.
            No sabía cuanto tiempo vagó entre la nieve. De vez en cuando le parecía ver el montículo coronado por una bandera. En otras ocasiones creía oír los ladridos de los perros. El viento se burlaba de él creando con la nieve formas inexistentes y sonidos imaginarios.
            Comenzó a asustarse. En el suelo a unos pasos creyó ver un perro tumbado. Cuando lo alcanzó vio con horror que se trataba del saco de dormir que Oates se llevó. ¡Había andado en círculos!
            Intentó tranquilizarse, tenía víveres y Termotic® se encargaría de que no muriese congelado. Reanudó la marcha. Horas y horas sin resultado.
            Se detuvo bruscamente, le había parecido que el suelo crujía bajo sus pies. De pronto el hielo cedió y Lesser se precipitó a un abismo helado donde el viento no se atrevía a bajar y la nieve caía plácidamente. Una rugosa lámina de hielo le acogió con  violencia en su caída. Su columna vertebral se quebró y un alarido se elevó hasta la superficie para fundirse con el huracán. 
            Solo podía mover el cuello. Cuando el dolor empezó a desaparecer con el resto de sensaciones, intuyó por el rabillo del ojo una presencia. Giro la cabeza y su mirada tropezó con unos ojos enloquecidos por el sufrimiento y velados por la muerte. ¡Oates! Yacía a su lado con el cuerpo tronchado como un junco doblegado.
            - ¡Dios mío!- gimió.
            A Oates nunca le encontraron. Empezaba a dudar que la brigada de limpieza le recuperase o le eliminase. Le habían perdido para siempre. Quizá más allá del futuro del que Lesser venía, alguna expedición geológica hallaría el cuerpo del expedicionario congelado y a su lado un traje Termotic® con restos óseos dentro. ¡Termotic® evitaba la congelación estuvieses vivo o muerto!
            Ya no sentía el cuerpo. Tampoco sentía su mente. La nieve parecía cobrar vida propia en torbellinos que envolvían oscuros ojos. Le pareció ver, entre la neblina que se apoderaba de su visión, unas estilizadas figuras rojas cerniéndose sobre Oates. Algunas de ellas le señalaban.
            El viajero del tiempo cerró los ojos prensando alguna lágrima y emprendió su último viaje.

Andrés M. Cardiel  Martínez, Zaragoza, España.

Premio Andrómeda 2005, Relato ganador.

Algunas palabras insertadas en los textos entrecomillados corresponden a las que realmente escribió Scott en su diario. En el presente relato se han modificado y alterado para recrear esta ficción. Nota del autor.

 

 

 

 

Esta página pertenece a la Asociación Cultural MUNDO IMAGINARIO. Libro Andrómeda es una colección de libros dedicados a la ciencia ficción que se escribe actuálmente en el panorama Esta página pertenece a la Asociación Cultural MUNDO IMAGINARIO. Libro Andrómeda es una colección de libros dedicados a la ciencia ficción que se escribe actuálmente en el panorama nacional. El primer número de la serie: FANTASMAS CIBERNÉTICOS apareció en el mercado en enero de 1999. Te mostramos nuestro trabajo y la forma que tienes de conseguir los ejemplares que te interesen. Contacta con nosotros para conseguir nuestros libros en libroandromeda@hispavista.com. Página diseñada y mantenida por Jordi Armengol. Los derechos de las portadas de Libro Andrómeda pertenecen a Jordi Armengol. Gracias por vuestra visita.