DEJANIRA
Dejanira
sentía como iba derrumbándose
cada vez más la hirviente pira. Grandes
ampollas iban levantándose en su
piel y el pecho estaba ya en carne viva.
Ahora sólo tenía la cabeza
por encima de las llamas. Alzó su
voz:
—¡Luzbel,
Luzbel lamá sabajzaní!.
Su
garganta estaba reseca por el acre humo
que iba penetrando en ella pero, con un
último esfuerzo, miró fijamente
al inquisidor del pueblo y levantó
su voz:
—Diego
Torrubiano, yo te maldigo en el nombre del
Maestro, del Príncipe de las tinieblas
y de los espíritus malignos. Siete
son las vocales en el alfabeto griego, siete
las notas musicales, siete los planetas,
siete las cuerdas de la lira de Apolo y
siete serán las generaciones que
te seguirán y serán malditas.
Y en la séptima generación
volveré y aniquilaré a toda
tu estirpe. Yo te aseguro que hoy estarás
conmigo en el infierno.
Antes
de que su cabeza se hundiera por última
vez, sintió como se derretían
sus ojos y empezaban a resbalarle por las
mejillas en dos viscosos surcos. Un agudo
alarido escapó por su garganta abrasada:
—Maestro,
en tus manos encomiendo mi espíritu.
Sobrecogida,
la muchedumbre sintió el hielo de
la noche penetrar en sus huesos. En silencio,
todos los que habían asistido, con
aire de festividad, al espectáculo
de la cremación de la bruja sintieron
como la sangre se les helaba en las venas.
Crueles e insensibles en su ignorancia,
habían celebrado la lenta y despiadada
agonía de otro ser humano con vítores
y aplausos. Ahora, ninguno de ellos se atrevía
a mirar a sus vecinos a la cara mientras
se encaminaban, presos del terror, cada
uno hacia el amparo de su propia casa.
Temerariamente, lleno de desdén y
desprecio por la cobardía y pusilanimidad
de sus vecinos, don Diego se plantó
delante de la figura achicharrada y desfigurada
de la joven:
—Has
ardido en vida, Dejanira, y ahora Dios te
quemará en los fuegos del Infierno
durante toda la eternidad. Tus sortilegios
no te serán de ninguna ayuda en la
ultratumba. Esto es adiós para siempre,
querida.
Lanzando
unas sonoras carcajadas, le hizo una irónica
reverencia y él también se
encaminó hacia la casa inquisitorial
del pueblo. Dos sombras recorrieron aquella
noche el estrecho sendero desde la pira
mortuoria hasta el pueblo. Desapercibida
por los ojos de Don Diego, una pequeña
y oscura forma seguía sus pasos.
Un pequeño gato de pelamen sedoso,
totalmente negro salvo por una mancha blanca
en forma de relámpago en la coronilla,
le seguía caminando sobre sus silenciosas
y aterciopeladas almohadillas.
A
la mañana siguiente, Don Diego no
apareció en la casa consistorial
a la hora habitual para despachar los trámites
cotidianos. Mariano, el alguacil, fue enviado
a buscarlo. No recibiendo ninguna respuesta
a sus gritos y no pudiendo franquear la
puerta de entrada, alistó la ayuda
de Bernardo el herrero para derribar la
puerta trasera y la de la alcoba.
El
cuerpo exánime de Don Diego fue hallado
en ésta última en medio de
un charco de sangre. Las cuencas de los
ojos estaban vacías como si los ojos
hubiesen sido extraídos por una diminuta
gubia. La garganta estaba totalmente desgarrada
con la traquea descubierta; la piel de la
cara colgaba en sanguinolentos jirones y
todo el resto del cuerpo estaba enteramente
recubierto de hondos arañazos.
El
misterio de la muerte de Don Diego jamás
fue resuelto. Sin embargo, en el pueblo
se mencionaba en susurros el nombre de Dejanira.
La superstición de la gente humilde
les hizo temer a la familia Torrubiano y,
más aún, cuando, con el paso
de los años, las desgracias parecían
cebarse despiadadamente en sus miembros.
La
humilde casita de Dejanira fue arrasada
y todos sus frascos, ampollas, redomas,
potes y vasijas llenos de polvos y pociones,
potingues y ungüentos fueron rotos
y quemados. Los que habían frecuentado
a escondidas la casa en busca de algún
sortilegio o afrodisiaco encontraron a faltar
un pequeño arcón que la hechicera
había guardado en un rincón
de la sala. Pero, ya que comentar la desaparición
habría equivalido a una admisión
de haber tenido algún vínculo
con Dejanira y, por consiguiente, correr
el riesgo de sufrir el mismo fin, nadie
lo comentó. Borrado todo vestigio
de su existencia, Dejanira se convirtió,
con el tiempo, en una desvaída leyenda.
—Come
tus cereales, cariño, y déjame
leer el correo.
Parapetado
por su tazón de café con leche,
Carlos estaba repasando el correo del día.
Con mirada intrigada, cogió su cuchillo
para rasgar un sobre marrón con el
remite de un bufete de abogados. Releyó
el contenido tres veces y, luego, apartando
bruscamente su plato y taza, exclamó:
—¡Escuchad
esto! Muy Señor mío... bla
bla... penoso deber ... fallecimiento...
por los poderes conferidos... bla bla...
único pariente... posesión
inmediata... contenido integro.
Rubén
escuchaba con pasmo reverencial como su
padre leía y, aparentemente, entendía
los términos legales, a la paciente
espera de que se lo tradujera a un idioma
más inteligible para él.
—O
sea —dijo al fin su padre—,
acabo de heredar una casa en un pueblo perdido
en algún lugar de Castilla. Por lo
visto, soy el único pariente viviente
de un tío abuelo de mi padre y me
ha dejado esta casa que, por más
inri, era antiguamente una casa inquisitorial.
Mirad, voy a llamarlos enseguida y, si resulta
que es habitable, vamos a echarle una ojeada
en estas fiestas. Podríamos ir allí
pasadas las Navidades y quedarnos hasta
pasado Reyes. En el trabajo me deben unos
cuantos días.
Dos
semanas más tarde, una fría
y soleada mañana de finales de diciembre,
Carlos aparcó el coche delante de
la casa inquisitorial con su blasón
del Santo Oficio aún intacto encima
del portal. Los vecinos del pueblo contemplaron
con curiosidad disimulada cómo los
tres bajaron del coche y utilizaron la grande
y pesada llave para entrar en el viejo caserón.
El
interior de la casa olía a cerrado
y a añoso. Al penetrar en la penumbra
del gran salón, Rubén corrió
a refugiarse entre los brazos de su madre
al verse rodeado de pálidas y fantasmagóricas
formas. Rápidamente, Carlos abrió
las pesadas contraventanas de madera y la
débil luz del sol apaciguó
los temores del niño, mostrándole
que los fantasmas no eran otra cosa que
viejas sábanas que servían
como guardapolvos. Carlos estiró
de una de ellas y apareció en toda
su antigua belleza un escritorio de roble
del siglo XVIII. Una a una, las sábanas
dejaron al descubierto sus tesoros celosamente
ocultos: pesados muebles de madera noble,
intrincadamente labrados; valiosos cuadros
al óleo y a la acuarela; grabados
mezzotintos; libros encuadernados en piel
y lámina de oro; cristalería
de Murano y porcelana de Sèvres.
De los arcones brotaron cortes de tul y
tarlatana, satén y tafetán
moiré de París, fruncidos
de fina blonda, ramilletes de rosas de seda,
delicado eau-de-nil... Sin habla por la
maravilla de los tesoros desplegados ante
sus atónitos ojos, Gabriela quedó
sentada en el frío suelo, incapaz
de mover un sólo músculo.
Finalmente,
fue la voz de su marido quien fue el primero
en emerger de su estupor que la despertó
de su ensueño. Carlos se secó
un imaginario sudor de la frente y silbó
sottovoce:
—Todo
esto ha sido acumulado a través de
siglos. Tienen que ser las ganancias ilícitas
de la Inquisición, sobornos y cosas
así. Lo del pelotazo no es una invención
de nuestros días. Y ahora es todo
nuestro. ¡Somos ricos!
Gabriela
sonrió. Interiormente se estaba refocilando
de la idea de invitar a los amigos a cenar
y ya estaba confeccionando el menú
que les serviría en la gran mesa
de roble del comedor.
Media
hora más tarde, Gabriela se había
enfrentado a la ardua tarea de convertir
el caserón en un confortable hogar.
Pasó las siguientes horas en una
alegre orgía de limpieza que consistía
en iguales partes de risas, sueños
y de detergentes.
Cuando,
por fin, todo relucía y brillaba,
y un nauseabundo cóctel de olores
a pino, limón, flores silvestres
y amoníaco invadía toda la
casa, las piernas le temblaban de cansancio,
se le habían roto tres uñas
y el pelo le colgaba lacio como colas de
ratas ahogadas. Y era tremendamente feliz.
Carlos,
mientras tanto, trajinaba dentro y fuera,
arrastrando maletas, cajas y bolsas del
coche. Encontró una pila de troncos
en el cortijo y encendió un fuego
en el lar; revisó la instalación
eléctrica y, en general, se encargó
de todas aquellas misteriosas tareas que
parecen requerir siempre la atención
especial del cabeza de familia armado de
destornillador y martillo.
Por
su parte, Rubén, viéndose
libre por una vez de la supervisión
paternal y maternal, aprovechó la
ocasión para explorar todos los recovecos
y rincones de la casa, así como los
alrededores. Sólo apareció,
dichosamente sucio y recubierto de telarañas,
cuando su estómago le avisó
de la perentoria necesidad de llenar el
hueco que allí se había formado.
Aquella
tarde, cuando se sentaron alrededor de la
mesa de la cocina, el tiempo cambió.
Grandes nubarrones se formaron en el cielo.
La estancia se volvió oscura. Gabriela
miró por la ventana, desprovista
de cortinas, el desnudo paisaje de campos
desiertos.
Empezó
a experimentar una vaga e indescriptible
sensación de presagio de amenaza
que le oprimía el pecho. Miró
a su alrededor como si esperara ver unos
ojos que le acechaban desde el rincón
más oscuro. El silencio se le antojó
asfixiante.
De
repente, sin previo aviso, comenzó.
La tormenta estalló con toda la saña
de que es capaz la naturaleza enfurecida.
Con un ahogado grito, Gabriela cerró
instintivamente los ojos y sintió
como su corazón daba un aterrorizado
salto dentro de su pecho. El viento aullaba
y bramaba alrededor de la casa e intentaba
forzar la entrada por debajo de las puertas
y entre las rendijas de los ventanales.
La nevisca golpeaba rabiosamente contra
los cristales.
—Soy
tonta —pensó Gabriela—,
alargando una mano que temblaba ligeramente
para coger su vaso. —No es la primera
vez que veo una tormenta.
Por
encima de los aullidos del viento, oyeron
el llanto agudo y desesperado de un niño.
Gabriela se estremeció, su primitivo
temor de madre haciendo que su corazón
emprendiera de nuevo su alocada carrera.
Sin embargo, el sentido común le
hizo recapacitar. No era posible que hubiese
ningún niño fuera en una noche
como aquella. Sólo era su imaginación
que le gastaba una grotesca broma. Pero
no, no era su imaginación, los horripilantes
vagidos habían empezado de nuevo
y todos los habían oído.
Carlos
se levantó y abrió la puerta.
Una helada ráfaga de viento y lluvia
entró de golpe trayendo consigo un
pequeño e informe guiñapo
de pelambre y huesos.
—Mira,
mamá, un gatito. ¡Pobrecito!
Está todo mojado y está temblando.
Gabriela
miró al gato. Era una criatura escuálida
y famélica. Los huesos del espinazo
y de las ancas eran visibles a través
del pelamen sucio y enmarañado. Refugiado
y medroso en un rincón, fijó
sus ojos verdes y hostiles en la madre.
—Mamá,
tiene sed. Dale un poco de leche.
Para
complacer a su hijo, Gabriela colocó
un platillo de leche tibia en el suelo delante
del animal quien empezó a beberla
frenéticamente mientras Carlos y
Rubén, sentados en el suelo a su
lado, le arrullaban palabras de ánimo
y aliento. Al acabar, el animalito se puso
a asearse, lamiendo y restregando todo su
cuerpo con aquella plena dedicación
y concentración tan característica
de los felinos. Una vez libre de la mugre,
apareció un hermoso felino de fina
osamenta y pelamen sedoso, totalmente negro
salvo por una mancha blanca en forma de
relámpago en la coronilla. Carlos
lo levantó, lo colocó en su
regazo y empezó a acariciarlo. Haciendo
alarde de su elasticidad, el animal se puso
panza arriba y comenzó a ronronear
de placer, mirando fijamente a Carlos con
sus hermosos ojos color esmeralda.
—Es
una gata —dijo Carlos.
Siguió
acariciándola distraídamente
y con aire meditativo.
—Hay
algo familiar en su mirada. Ya sé
que es un gato pero tiene una mirada casi
humana que me recuerda algo. Bueno —dijo,
encogiéndose de hombros—, será
un caso de "déjà vu".
—¿Un
déjà qué? —preguntó
Rubén.
—Es
francés —contestó su
padre—. Significa "ya visto"
y se utiliza cuando tienes la impresión
de que ya has vivido o conocido algo antes.
—Entonces,
gatita, ya tienes un nombre. Te vas a llamar
Deja. ¿Te gusta?
La
gata maulló y lamió la mano
de Carlos.
—Dice
que sí, Papa, —exclamó
Rubén riendo y batiendo las manos.
—Este
gato no puede quedarse aquí —dijo
Gabriela, con una voz que temblaba ligeramente
y que le sonaba demasiado estridente incluso
a sus propios oídos.
Tres
pares de ojos, llenos de silencioso reproche,
la miraron acusatoriamente. Tuvo la incomprensible
sospecha de que los tres habían formado
una alianza contra de ella.
—Bueno,
sólo una noche —cedió
a regañadientes. —Pero dormirá
aquí en la cocina. No la quiero vagando
por toda la casa.
Dicho
lo cual, preparó una caja de cartón
y unos trapos.
Aquella
noche, Carlos tuvo un extraño y erótico
sueño. Tendida a su lado, una hermosa
y sinuosa mujer de larga melena negra con
una mecha blanca cayéndole sobre
unos extraños ojos verdes, le estaba
lamiendo sensualmente el pecho y arañándole
la espalda con sus largas y afiladas uñas.
Un arañazo particularmente doloroso
le despertó y vio a su lado la gatita,
Deja. Sonrió para sus adentros y
recogiéndola en brazos la llevó
de nuevo a la cocina.
—No
te puedes quedar aquí. Gabriela se
enfadará. Mañana jugamos ¿vale?
Al
día siguiente, Gabriela se fue a
comprar provisiones en el próximo
pueblo, dejando a Carlos y Rubén
solos en casa. Una vez desaparecido el coche,
Rubén estiró el brazo de su
padre en gesto de complicidad.
—Ven,
Papá. Vamos al desván. Hay
un montón de cosas raras allí
arriba.
Acompañados
de Deja, subieron la empinada escalera al
polvoriento ático. Pasaron la siguiente
media hora entre viejos trastos, oxidados
aperos y apolilladas ropas de tiempos pasados.
Un fuerte maullido interrumpió su
investigación. Vieron a Deja en el
rincón más oscuro, sentada
encima de un viejo arcón y rascando
las cerraduras.
—A
ver lo que has encontrado —dijo Carlos
apartándola.
A
pesar de la edad, las cerraduras se soltaron
con facilidad. La primera cosa que vieron,
encima de todo, fue un cuadro. Parecía
el retrato de una mujer pero la penumbra
y la edad dificultaron su apreciación.
Cerrando el arcón, bajaron de nuevo
a la cocina para verlo mejor.
Cuidadosamente,
Carlos limpió la pintura con un trapo
suave. Al ver las facciones, se sobresaltó
al ver el rostro de la mujer de su sueño.
Por momentos, la mirada parecía cobrar
vida. En la parte inferior había
una inscripción que Rubén
leyó en voz alta:
VIda
eterna gozaré
eXImida
de la muerte
y
mi iMagen brillará
para
seDuCir al más fuerte
rendido
éste Caerá
al
eXtrañar mi beldad
y
su aLma entregará
para
toda la eternIdad
—Pues,
no sabía escribir muy bien, —dijo,
disgustado Rubén. —Mezcla las
mayúsculas y minúsculas.
Repentinamente,
una luz de entendimiento brilló en
los ojos de Carlos. Cogió un lápiz
y un trozo de papel y apuntó unas
letras. Luego, sonriendo satisfecho, miró
al niño.
—En
aquellos tiempos, a la gente les encantaban
los jeroglíficos y los códigos
ocultos. Este es un cronograma. Nos indica
la fecha en que fue pintado este cuadro.
Mira, si cogemos todas las mayúsculas,
tenemos "VI XI MDCCXLI". Es decir,
el seis de noviembre de 1741.
Deja
le saltó al regazo y empezó
a tocar suavemente el retrato. Distraídamente,
Carlos le acarició las orejas.
En
aquel momento, oyeron un motor apagándose
seguido del sonido de una portezuela cerrándose.
Rápida e instintivamente, Carlos
escondió el cuadro y arrugó
el papel para luego salir y ayudar a Gabriela
a descargar la compra.
Durante
los días que siguieron, por alguna
desconocida razón, Carlos, que seguía
soñando con la misteriosa joven,
se sintió reacio a comentar el asunto
con su mujer. No tuvo más tiempo
para subir al desván porque estaban
atareados arreglando algunos desperfectos
de la casa y con los preparativos para las
fiestas. Deja le seguía a todas partes.
Rubén, una vez pasada la novedad
de tener un gato en casa, encontraba cada
día cosas más interesantes
para ocupar su atención. En cuanto
a Gabriela, la gata y ella parecían
evitarse mutuamente. Pero mientras Deja
parecía estar cada vez más
lustrosa, Gabriela tenía un aspecto
demacrado y de extrema palidez.
Un
par de días antes de Reyes, Carlos
llevó a Rubén a cortarse el
pelo. Gabriela subió al desván
para esconder los regalos de Reyes del niño.
De repente, sintió el compelimiento
de mirar a sus espaldas. En la penumbra,
dos ojos refulgían con un brillo
verde diabólicamente maligno siguiendo
todos sus movimientos. La maldad de la mirada
le atravesó el corazón como
una puñalada venenosa. El odio parecía
fulminarla y quedó hipnotizada. La
gata se acercó silenciosa e insidiosamente,
las orejas aplastadas contra la cabeza,
reptando hacia ella arrastrando el estómago
contra el suelo.
Gabriela
despertó de su trance, cubierta de
sudor frío, la sangre reverberando
en sus oídos. Esto ya era el colmo.
Agarró una escoba y amenazó
al animal.
—¡Fuera
de aquí, fuera de mi casa!
Deja
arqueó el espinazo. Con un fuerte
bufido, estiró los belfos hacia atrás
mostrando dos hileras de afilados dientes,
los malévolos ojos entrecerrados.
Gabriela iba retrocediendo lentamente. Deja
saltó. Gabriela dio un último
paso hacia atrás y, con un aterrorizado
grito, cayó de espaldas por la escalera.
Cuando
Carlos y Rubén llegaron a casa, hallaron
a Gabriela muerta al pie de la escalera.
Deja estaba sentada a su lado maullando
lastimeramente. Sólo calló
cuando el cuerpo había sido retirado
y Carlos la tenía en brazos.
Al
día siguiente, la hermana de Gabriela
vino para llevarse a Rubén, y Carlos
se quedó para recogerlo todo y hacer
los arreglos para el funeral.
Subió
una última vez al desván seguido
fielmente de Deja. Era penumbroso allí
arriba. Las sombras parecían apoyarse
cansadamente contra las paredes y reproducirse
en los rincones. El silencio de la casa
subía y horadaba el suelo del ático.
Entre
los viejos papeles y documentos, Carlos
encontró el diario de Don Alfredo
Torrubiano, hijo de Don Diego. Allí,
estaba escrita toda la historia de la quema
de Dejanira y lo de la maldición.
Cuando acabó la lectura, Deja, que
había estado sentada a su lado todo
este tiempo mirándole fijamente,
le hizo entender por sus maullidos que quería
que le siguiese.
Como
uno en trance, y arrastrado por alguna fuerza
misteriosa e inevitable, la siguió
hasta el arcón. Abriéndolo,
la primera cosa que encontró su mano
fue un frágil y amarillento pergamino
que desplegó y leyó en la
débil luz:
aunque
Muerta y Condenada
la
Maldición acataré
para
eXigir su Cumplimiento
del
Infierno Volveré
y
el día en que me Verás
Inicialmente
lo sabrás
Como
en un sueño, Carlos cogió
las iniciales y descifró el mensaje
tal y como había hecho con el primer
cronograma:
—MCMXCIV
V I. Cinco de enero de 1994, —musitó—.
Es decir, hoy.
Una
terrible y estremecedora sospecha le acometió.
Intentó huir pero Deja se le lanzó
encima. Poco a poco se fue convirtiendo
en Dejanira, la mujer del retrato, la de
sus sueños, la hechicera que había
muerto doscientos cincuenta años
antes. Alarido tras sobrecogedor alarido
desgarró los aires del apacible pueblecito.
Cuando
por fin los aterrorizados vecinos se atrevieron
a subir, encontraron a Carlos acurrucado
en un rincón en posición fetal,
los ojos desorbitados, la babeante boca
profiriendo sonidos inhumanos. Y a su lado
una pequeña gata negra lamiéndole
cariñosamente la mano.
Autor:
Mariarita Pennington-Evans; Mataró,
Barcelona, España.
Premio
Cronos 1994. Relato Ganador. |