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DARWIN HA MUERTO, DE ESCORBUTO
This is the Golden Age,
because gold is the reason
for the wars we wage...
New Year's Day - U2 (War)
cuatro tótems
La tela negroazulada se vuelve ámbar. Los iris negros destellan en ámbar intermitentemente. La piel oscura se suaviza en el baño de ámbar una y otra vez. Hay una imperceptible arruga en la frente que intenta descifrar aquello, pero dura poco porque
el ámbar se apaga y la tela negroazulada es otra vez azul y negra, y los iris negros son otra vez oscuros, y la piel oscura recupera su duro color tostado y sus aristas.
No se distingue ninguna orden explícita, aunque el camello recomienza su andadura dejando la luz roja y redonda atrás. Elegante como una garza del desierto, el animal hace que el asiento de maderas cruzadas balancee al jinete hacia uno y otro lado sin perder las invisibles ligaduras que lo mantienen en equilibrio, como crema, como dominio, viento hecho control.
Tras el jinete de África vienen muchos más jinetes de África.
El semáforo en rojo vuelve al inicio de su ciclo tornándose de un verde pálido. Las telas negroazuladas se vuelven verdes. Los iris negros destellan en verde constante. Las pieles oscuras enferman en el baño de verde artificial. Hay imperceptibles arrugas en las frentes que intentan descifrar aquello, pero duran poco porque
Un diamante rojo, imagina, bordeado de una finísima línea de oro. El diamante de un tamaño minúsculo, oro y rojo ocupando no más que la uña del meñique. Unos ojos como no existen en ninguna otra parte, debajo del diamante, a cada lado, enamorantes. Bajo el diamante, la nariz perfecta y suave, y pequeña y perfecta. Bajo el diamante la piel marrón de sol y de herencia cálida. Unos ojos como no existen en ninguna otra parte que lo atrapan todo.
Cabellos azabache y brillantes sueltos lacios levemente sobre la brisa. Ropa de mil colores, de riquezas brillantes y de tonos exactos, rotundos, primarios.
Una mujer.
Los ojos de la India caminan por la acera bien cuidada, absorbiendo todo, los rostros de los transeúntes asombrados/indignados/aterrados, la limpieza del suelo, los símbolos de falsa riqueza y/o poder, las luces de tráfico, hasta la comitiva de garzas del desierto que avanza sobre sus camellos por la amplia avenida un poco más adelante.
Hay más diamantes rojos y oro, imagina, de tamaños minúsculos en comparación con los múltiples pares de ojos que derriten el alma, de los que no existen en ninguna otra parte, caminando por las aceras de la ciudad perfecta gris, absorbiéndolo todo.
Cuenta cien plumas. Multiplica por tres. Suma los colores del arcoiris en suave gradiente individual. Engárzalas en círculo cual corona, pues eso son quizás, deja el círculo abierto debajo, permite que las últimas plumas se engarcen en las tangentes lánguidas y lleguen hacia abajo, hacia abajo.
Por otra parte, coge un águila hembra de cabeza blanca. Toma un oso oscuro y negro. Adquiere la piel de un búfalo con su consentimiento. Extrae un corazón latiente de caballo. Mezcla todo eso y añade agua de río lluvia, hierba de pradera virgen y sesenta litros de aire no contaminado. Introdúcelo en un saco de piel humana, con un esqueleto humano, con músculos y órganos humanos, con la nariz aguileña, por supuesto, y piel enrojecida, y deja caer la corona de plumas sobre la cabellera don preciado de los espíritus.
Y cuando termines aúlla como lo hace aquél-que-persigue-la-nube-de-tormenta mientras pasea por la avenida pulcra y asquerosamente dura, violentamente dura, inmoldeable, que no obedece ni entiende a los espíritus de la tierra. Y arruga la frente como lobo-de-sangre lo hace al observar el tótem metálico de tres colores que muestra de nuevo su indescifrable signo ámbar intermitente. Y grita como luna-de-cosecha-tierna lo hace al sentir el asfalto duro e inmoldeable bajo sus pies descalzos demasiado endurecidos como para soportar el asfalto duro. Y sé orgulloso y no reniegues de lo que eres, porque no merece la pena, niño.
Observa a tus hermanos de sangre y aire, detrás tuyo, en la ciudad gris rica y poderosa que siguen el camino que indicó oso-pálido hace varias lunas y que están realmente asustados, tanto que son incapaces de demostrarlo. Grandes guerreros son. Que la madre tierra los acoja.
tres juguetes
-Gracias.
El hombre gordo vierte el agua hirviendo sobre el sobrecito. Inmediatamente el sobrecito comienza a flotar, lo cual le provoca ansiedad, pero sigue vertiendo agua que humea. Sólo cuando el agua llega al límite impuesto del treinta y tres por ciento de la altura del vaso de cristal sin marcas se permite dejar el recipiente a un lado pulcramente conteniendo la ansiedad como siempre y matándose por ello, y toma la cucharilla entre el pulgar y el índice y la utiliza para ahogar al sobrecillo y mantenerlo allí debajo del agua ardiente, y lo exprime y lo retuerce y lo infusiona.
La mujer pelirroja rizada pálida pecosa le observa desde su asiento acolchado con la intensidad que da la confianza que sólo da el tiempo. No pierde un detalle de los movimientos. Sigue al sobrecillo asesinado, a los vaivenes de la cucharilla brillante, a los ojos del hombre gordo que sólo miran al sobrecillo y que se desdibujan tras la cortina de vapor de agua que exhala el vaso. La mujer no siente nada por el hombre, ni lo va a sentir nunca, esas cosas son así.
Tras la silueta del hombre gordo está el amplio ventanal. El amplio ventanal es transparente como debe serlo cualquier ventanal que sea limpiado cuidadosamente día tras día sin descanso, bonita forma de luchar contra la entropía. Puesto que es tan transparente, deja pasar la estampa de la ciudad que rodea el edificio cilíndrico. La estampa de la ciudad es limpia a esa distancia, perfecta, recta, angulosa, occidental. Los edificios brillan sin lanzar destellos, puesto que el sol es difuminado eficazmente por la densa capa de contaminación que flota a la altura del último piso del edificio cilíndrico. Es una mala escena para un dibujo, no hay contraste.
El hombre gordo piensa en algo concreto, o no piensa en nada durante esos instantes. Luego levanta mecánicamente el vaso humeante y vierte el contenido casi directo en la garganta. Intenta que el calor relaje la ansiedad, pero el calor calienta. Solamente.
En tres veces. El vaso queda vacío.
-Es la hora -dice el hombre gordo a la superficie negra de la mesa. La mujer se levanta elegante mirándolo y deja de mirarlo con la misma naturalidad para salir del despacho y buscar a la comitiva. El hombre aparta el vaso a un lado y se consuela a sí mismo pensando en el poder que ha llegado a ostentar.
Cuántos niños se consuelan a sí mismos con vacíos juguetes de plástico.
Sólo tres. Sólo tres etnias han venido a su llamada. Ignora si quedan más o las demás son sólo recuerdos de una extinción. Cuando era niño había más. Quizás siete. Claro, cuando el bosque del Brasil aún tenía árboles donde cobijarse. Los viejos dicen que había habido incluso una selva allí. Sí, alguna vez todo había sido muy bonito. Para los viejos sólo hay recuerdos, y si no los hay se los inventan. La cuestión es que te hagan caso. Una selva en Brasil. Estupendo.
No puede apartar la mirada de la mujer. Se siente confuso. Una tribu como la suya, hundida en la miseria, casi extinta, y aún sigue produciendo especímenes de tal belleza. Las mujeres que él ha tenido podrían palidecer de envidia. Y a alguna le haría falta. Repasa los papeles que tiene frente a él. La India. Debe de ser alguna zona perdida en las montañas del este. Relee el resto con fastidio. Escasos datos compilados por burócratas ineficientes. Mientras tanto el hombre enfundado en la túnica oscura que se ha sentado junto a la mujer observa la habitación fingiendo ignorar que está frente a la persona más poderosa de Zevernejia, o sea, del planeta. Demonios, dónde está Argelia. En África. Al Norte. El hombre es un cábila. Afortunadamente tiene puesto el traductor automático. Sí, la mujer también lo lleva. El tercero permanece en pie. No le dice nada. El rostro firme refleja demasiado orgullo pero se niega sin embargo a reflejar el frío que hace en la habitación, a pesar de llevar el torso desnudo. No lleva traductor. Joder, es casi una herejía. El calor de la tila le recuerda al hombre gordo su presencia forzada en el estómago. El hombre rojizo que se empeña en estar de pie viene de Norteamérica. Dónde estará Norteamérica. Ah, sí. Ahora recuerda algo: un continente devastado y desértico en el que no hay más que arena y rocas. Los viejos también cuentan que llegó a ser el más rico del planeta. Increíbles, los viejos.
Intenta concentrarse.
-Me gustaría darles la bienvenida a Boi' Sevik. Espero que la travesía no les haya resultado demasiado incómoda. Si bien no hemos podido fletar vuelos específicos hasta sus lugares de origen, hemos hecho un verdadero esfuerzo por encontrar las alternativas menos traumáticas para su transporte.
En ese intervalo, ha comenzado relajando la voz, luego ha ofrecido una magnífica sonrisa de circunstancias (a la altura de la palabra "incómoda"), a la que ha seguido una típica disculpa simpática hemos hecho todo lo posible qué buenos somos. En ese intervalo, la mujer India no ha modificado su dulce expresión. El hombre americano ha permanecido como un mástil coloreado, uno de esos que hay descritos brevemente en el papel que le han pasado, un tótem, sí. Por su parte el targui ni siquiera ha parecido constatar que la reunión ha comenzado y sigue explorando la habitación con la mirada.
Debe ser el retardo de los traductores. Seguramente.
-Bien... hum. En cualquier caso sus comitivas estarán bien alojadas en
La mujer de la India, no recuerda su nombre, comienza a hablar en ese momento. Las palabras cantarinas son traducidas tras un leve lapso por el circuito adherido a sus ropas. El hombre gordo está doblemente fastidiado, primero por la interrupción, segundo por la ineficacia del mecanismo. Debería haber sido uno de los nuevos aparatos, pero todo ha sucedido demasiado rápido y han tenido que arreglárselas con ésos. Confía en que tarde poco en adaptarse al hindi y todo se vuelva más fluido. Mientras tanto la mujer sigue hablando. Y el hombre gordo se obliga a atender a la voz impersonal del traductor.
-No nos han explicado por qué hemos sido traídos aquí. Usted y nosotros sabemos que no ha sido un viaje de placer. Más bien no teníamos otra opción, ¿verdad?. Supongo que es porque nos necesitan. Después de tantos años, siglos, ustedes, el primer mundo, nos necesitan. -el traductor se ha adaptado ya, y la sonrisa de la mujer coincide con las palabras ácidas, que también se van pareciendo cada vez más a la voz de pájaro que las provoca- Entonces, si hemos aclarado esto, dejémonos de formalismos y díganos para qué nos quiere. Resulta un tanto... molesto el tener que convivir con ustedes en su ciudad. Nos gustaría abreviar los trámites.
El hombre gordo reacciona tarde, como si fuera un aparato traductor que tuviera que reestructurar las palabras sinceras en formato hipócrita para poder entenderlas. No sólo están esos ojos, esos malditos ojos arrebatadores intentando absorberle. Ahora los tres representantes le miran sin parpadear. A él. Y él, en nombre del mundo occidental, en nombre del mundo, debe responder.
-Oh, disculpen mi torpeza -el hombre gordo mira a la mesa, esboza una sonrisa y vuelve de nuevo a sus interlocutores con lo más sincero que puede expresar en el rostro- Insisto en que espero que disfruten de su estancia, pero comprendo que esos asuntos no les interesen en este momento.
Intenta imaginarse el trayecto que han recorrido por las calles de la ciudad hasta llegar al edificio. A pie, en sus animales, si los han traído, un bonito espectáculo para los transeúntes. Eso ha sido una de las cosas en las que ha tenido que ceder. Y el hombre gordo comienza a prever algunas más.
-Les he convocado porque tenemos un problema. Un asunto en el que su colaboración sería de gran valor.
-Nunca antes habían requerido nuestra colaboración.
Es la primera vez que el targui habla. La túnica azul negruzca apenas muestra signos de agitación. El hombre del desierto es orgulloso. El retardo del traductor le hace arrugar la frente. También es malditamente sincero, como la mujer.
-No... es cierto. Escuchen, sé que las circunstancias no han sido fáciles para ustedes. Nunca. Pero les aseguro que eso puede cambiar. De hecho, esto puede ser una magnífica oportunidad de solventar las dificultades que siempre hemos tenido -no puede esquivar la mirada afilada del hombre americano, que permanece en pie con los brazos cruzados sobre el pecho. Le pone nervioso. Le da la impresión de que está al acecho, dispuesto a revolverse contra él y despellejarle vivo.
La mujer le sonríe.
-Insisto en que nos gustaría ir directamente al asunto -le dice con suavidad pero visiblemente nerviosa. El hombre gordo se mueve en su asiento, un poco más incómodo.
-¿Son ustedes técnicos? -pregunta.
-¿Es usted técnico? -pregunta/contesta a su vez el hombre del desierto mientras acaricia con los dedos morenos el pequeño traductor con forma de escarabajo de plástico que le han adherido a la túnica.
-Debería intentar explicarnos lo que ocurre de una manera suficientemente... asequible -continúa el targui tras una leve sonrisa. El hombre gordo ya se ha dado cuenta de que la reunión se ha deslizado entre sus dedos antes de lo que esperaba. Había supuesto que debería tratar con unos jefes ignorantes, después de tantos años aislados en sus reservas en los países más míseros del globo. Se ha equivocado. Tiene que ir con más tiento y dejar de lado parte de su orgullo.
-Está bien. Miren.
De la superficie negra de la mesa surgen tres finísimos haces de luz coherente. Se entrelazan a corta distancia, en el aire, y gradualmente los puntos de sus intersecciones van haciendo cada vez más nítida una imagen. Es un mapa desplegado del planeta. La imagen se encuadra alrededor del primer mundo: un área bastante irregular correspondiente al cinturón ártico, parte del norte de Eurasia, Groenlandia y las islas de la reina Isabel, al norte de lo que en un tiempo fue Canadá. Esas zonas se amplían. Hay multitud de puntos verdes nítidamente sobreimpresos sobre Severnaja Zem´la, cerca de la capital del planeta, Boi' Sevik.
-Esto que ven es la zona habitada del planeta, quiero decir, la zona más poblada -la mirada de la mujer se le ha clavado como una navaja- Es lo que nos queda, después de que el cambio climático provocara el deshielo e hiciera inhabitables las antiguas ciudades occidentales. Claro, que de eso hace ya demasiado tiempo y ustedes deben conocer la historia. Fíjense. Los pequeños círculos rojos indican los principales núcleos de población. Hay nueve indicados: Boi' Sevik, Rudol' fa, Nordutslander, Nueva Atenas, Cornwall, Prince Patrick, Vrangle's, Nueva Moscú y L'achovskij. Son las megaciudades con más de treinta millones de habitantes.
-Siguen creyéndose el ombligo del mundo -interviene la mujer India- Es deprimente.
El hombre gordo parece no verse afectado por la mordaz crítica.
-Por supuesto hay muchas más personas, pero se distribuyen lejos de las áreas civilizadas. Lo decidieron así tras el cambio de clima, y como ustedes mismos conocen, ahora los enlaces entre ellos y nosotros son prácticamente inexistentes.
-¿Qué es eso? -pregunta el hombre del desierto.
-¿Se refiere a las manchas verdes? Bien, por eso han sido traídos aquí. Es el avance actual de la enfermedad. Atrex 7. Aún es débil. Sin embargo su área de influencia es tan dispersa y generalizada que ya está a punto de intersectar la megaciudad de Nueva Atenas, la única situada en un continente, en la antigua confederación rusa, concretamente. Aquí... ¿ven?. La megaciudad tiene un radio aproximado de cien kilómetros, así que aunque la escala de esta proyección reste importancia al hecho, lo cierto es que es una situación extremadamente preocupante. Pueden observar que otras megaciudades, incluida ésta en la que estamos, también registran débiles apariciones de Atrex 7.
-Esto es increíble... -la mujer se ha levantado y se acerca a la mesa, apoyándose en el plástico negro, sólo separada del rostro hinchado y sudoroso por la silueta transparente de Groenlandia- Extremadamente preocupante para ustedes, ¿verdad?. Jamás han movido un músculo para sacar a nuestra gente de la miseria. En toda la historia que ustedes llaman moderna no hay ni una sola muestra de sensatez en sus relaciones con el tercer mundo. Y ahora los amos del planeta tienen un pequeño problema con una epidemia... ¿y para qué nos han traído? ¿Para que les cedamos nuestros despreciables órganos a bajo precio?
El hombre gordo permanece en silencio. No aparta la mirada porque es imposible apartar la mirada de esos ojos, pero una parte de sí mismo desearía con toda el alma estar a varios siglos luz de distancia, en la nada del universo, flotando como una ameba energética despreocupada.
El targui interviene.
-Tienes razón -la mujer india no se vuelve, pero algo de la tensión va desapareciendo- Aunque si no queremos ser como ellos al menos deberíamos escucharle un poco más, ¿no crees?
Ahora sí se vuelve. El cruce de miradas entre los dos sólo es parcialmente revelado al hombre gordo a través de los minúsculos reflejos en los ojos oscuros del targui. Tras demasiados instantes la mujer regresa a su asiento. Por su parte el pielrroja sigue en pie, apartado de todos, clavado como una lanza en el suelo.
-Explíquenos en qué consiste la enfermedad -continúa el targui.
-Bien... lo primero que quería aclarar es que no se trata de un pequeño problema -se atreve a mirar a la mujer, pero no soporta durante demasiado tiempo sus ojos- Es muy parecido a una epidemia, aunque conceptualmente es muy distinto, y aún no tenemos cura. De hecho nuestros científicos la han estudiado y se muestran muy escépticos respecto a encontrar una cura a tiempo.
-No vemos qué tenemos que ver nosotros en esto.
El hombre gordo piensa las palabras, las masca.
-Digamos.... digamos que hay indicios de que en las poblaciones de las que ustedes proceden existe cierta inmunidad a la enfermedad.
-¿Cómo pueden saberlo? Aún no tienen suficientes casos estudiados.
-Verán... es que no necesitamos que haya más casos. Los estudios científicos han sido lo suficientemente exactos. De hecho conocemos ahora mismo la enfermedad a la perfección, sin asomo de dudas. Se preguntarán por qué a pesar de ello está avanzando tan rápido, y por qué no estamos diseñando ya el remedio. Es muy simple: porque el remedio no puede ser diseñado y fabricado sintéticamente en un tiempo razonable. En la práctica sólo sería útil un remedio natural ya existente.
-Y nosotros... -recomienza la mujer.
-Y ustedes es posible que lo tengan. Por eso están aquí.
-Es un detalle el habernos preguntado amablemente primero, en lugar de invadirnos y cogerlo -dice el targui- ¿De qué se trata?
-Esa enfermedad... antiguamente, muy antiguamente quiero decir, antes incluso de que se conociera la forma del planeta, antes de que hubiera realmente ciudades ni núcleos que hoy llamamos civilizados, fue combatida por los europeos de una manera paradójicamente sencilla, con un producto natural. Hoy en día ya no nos queda. Ese producto está extinto hoy en nuestras ciudades, al igual que los míticos elefantes o los rinocerontes o los tigres, o el maíz. En su lugar tenemos productos sintéticos, más eficientes en otros aspectos, pero faltos de los principios que son eficaces para combatirla. Hasta ahora habíamos suplido la carencia de estos principios con otros similares, pero la creciente contaminación de la atmósfera y el cambio de clima los ha vuelto definitivamente inútiles. Nuestros laboratorios podrían diseñar los principios originales de nuevo, sí, -se adelanta a las palabras que la mujer está comenzando a formar- pero sería un esfuerzo demasiado largo y costoso, teniendo en cuenta el ratio de expansión de la enfermedad. Sin embargo, si tuviéramos ejemplares vivos de los antiguos antídotos naturales...
-¿Se refiere a...? -invita el targui. El hombre gordo hace una pequeña pausa antes de completar la frase que le han ofrecido.
-Me refiero a naranjas.
-¿Naranjas? -exclaman al unísono la mujer india y el hombre del desierto.
-Naranjas. Limones. Cítricos y frutas en general. El Atrex 7 no es más que la reaparición de lo que se denominaba antiguamente escorbuto.
Una risa atronadora como la tormenta, retumbante como el trueno, afilada como el rayo, emerge de la garganta poderosa del hombre rojo de Norteamérica y se extiende por la habitación haciendo vibrar el amplio ventanal.
dos arquitecto
No sé si habéis tenido la misma sensación alguna vez. Se nota el miedo en el cuerpo, aunque es tan dulce su aguijón que casi no se parece a ese viejo conocido. Cuando se tambalea el mundo establecido por ti a tu alrededor, del que tan seguro te creías. Cuando una frase y un entorno en el que algo ha cambiado te hacen ver el abismo que se abre realmente a tus pies.
Hay personas que viven perpetuamente en el borde de ese abismo. Se han acostumbrado, porque pueden hacerlo, les resulta fácil, a andar sobre el vacío y a esperar que surja cualquier cosa bajo ellos. Son pocos. Son más los que están tan ciegos que no vislumbran la nada debajo, y todos sabemos que no existe lo que no se ve.
Pero también hay arquitectos. Los arquitectos aprenden a construir puentes sobre el acantilado. Sitúan pilares profundos, profundos, hasta que son tan altos que se sostienen por su propia rotunda existencia. Lapidan los huecos con losas gruesas y resecas. Tienden cables hasta la siguiente roca antes de seguir su obra. Pavimentan el aire. Poco a poco. Firmes. Seguros, porque ellos mismos han diseñado y construido el suelo que pisan.
Hasta que alguien viene y les recuerda que el abismo, después de todo, no tiene fondo.
Y algunos pilares se derrumban.
Túnica azulada que camina por una calle de camisas de algodón cien por cien y gafas benetton antirradiación. Piel morena como una mancha insolente en el traje de caras pálidas que viste a la ciudad. El targui camina por la acera intentando encontrar un punto de apoyo para la realidad que le han cambiado tan de repente. El arquitecto de los tuareg tiene un mal día, como tantas otras veces, e intenta alejarlo sin pensar mucho en ello. Quizás si el corazón no estuviera roto...
Quizás. Naranjas, muchas naranjas, de las que plantaron sus antepasados los Omeyas en los huertos de Córdoba. Los señores de la ciudad gris del norte del mundo quieren naranjas, y en realidad todo lo que se le parezca.
¿Y qué quieren los señores del desierto a cambio? ¿Y qué pueden pedir a cambio? Liberarse del yugo de la miseria. Comenzar de nuevo a igualdad de oportunidades con el hombre del primer mundo. Mandar al carajo la absurda carrera que no debió nunca comenzar.
El hombre del desierto desvía la mirada hacia el cielo, hacia esa mancha color cemento que cuelga de allí gracias al petróleo. Aún hay petróleo, quién lo diría. Sintético, por supuesto, como la ciudad, como los hombres de la ciudad, como el cielo.
Y en ese momento recuerda que tras la capa de gas tóxico que cubre la ciudad están las estrellas.
Aún están las estrellas.
Ella se mueve en caminos misteriosos. Mueve el cuello mientras danza, a izquierda y derecha, las manos delgadas enfrentadas por las palmas y bajo la suave barbilla de crema. Los pies descalzos se levantan y se posan sobre el entarimado haciéndolo crujir de gusto, volando lentamente, deslizándose entre la lluvia de pétalos de rosa que ha llovido del cielo. Una vez más Kali declara su amor a Shiva a través de la sensualidad del cuerpo pequeño y perfecto y del roce de las túnicas de oro y bermellón. La voz de pájaro borda los movimientos hasta desaparecer como tragada por río de cristal.
La mujer de la India termina su baile y suda inclinada.
Sus ojos negros como el cielo de la noche se elevan y sonríen, y luego la nariz sonríe y los labios sonríen y la piel se eleva al ver a su amado desnudo esperando.
Kali camina por el entarimado dejando atrás las sedas de color, las joyas y las naranjas, y se sumerje hasta el alma en asuntos realmente importantes.
El hombre de piel roja ríe y ríe. Como el lobo que alcanza a su presa. Como el águila que observa todo sin perder detalle. Como la luna que ríe en la noche haciendo que la hierba crezca. Como un padre del infantilismo de su hijo pequeño.
uno darwin
Alguien tiene que decidir. La sociedad civilizada tiene sus reglas, nos gusten o no, y una de ellas es que alguien tiene que tomar las decisiones difíciles, porque la mayoría no es capaz de hacerlo.
Cuando te toca a ti te cagas en la sociedad civilizada.
El hombre gordo les mira uno a uno. La estampa apenas ha cambiado desde la primera reunión. Tantos días negociando, y al final debe ceder más de lo que creía, como creía. Mal asunto, pero las manchas verdes se extienden sorprendentemente rápido, y ellos tienen las naranjas.
-Firmemos.
Mientras traza la caligrafía barroca junto a su número de serie personal e intransferible piensa en diversas formas de asesinar al que tomó la primera decisión en contra de las enseñanzas de Darwin, al que decidió eliminar la sagrada y rica evolución natural y sustituirla por la burda planificación sintética dirigida por dinero.
La mujer primero, el targui, el hombre rojo que sorprendentemente firma con soltura, incluido su propio número de serie. La ayudante pelirroja delicada pecosa pálida se acerca con intensidad y aroma de tila relajante y retira los documentos de papel sintético sin sonreírle pero mirándole como siempre lo hace para hacerle sentirse muerto, para hacerle sentir. Como un niño.
La comitiva se va y él se vuelve a mirar a través del ventanal. La ciudad que se extiende kilómetros y kilómetros en todas direcciones. Menos arriba. La plancha de contaminación aparece como la culpable de que no haya caminos hacia allí. Un espacio demasiado desaprovechado.
Bueno, ahora ya no tanto.
cero diversidad
Las inmensas naves estelares, las últimas que había en los hangares subterráneos abandonados. Se alzan como gigantescos seres vibrantes que emitieran su aliento al cielo. Dejan la atmósfera gris y opaca y se alejan, se alejan de las ciudades grises y opacas que ya tienen naranjas para morir más lentamente. Se apartan del mundo que fue llamado primero y que ahora sólo se tiene a sí mismo y a toneladas de frutas que han valorado tanto como su libertad.
Generaciones enteras comienzan su ciclo vital en los úteros de metal y luz y se extienden, se extienden, poblando el universo como esporas inteligentes. Esporas de muy distintos colores, de muy distintas especies, pero unidas como siempre debieron estarlo.
Esporas rojas. Esporas doradas. Esporas marrones.
Ah, Manitú, Vishnú, Alá.
Dejad de sonreír.
:-)
Autor: Juan Antonio Fernández Madrigal, Málaga, España.
Relato aparecido en “Dama Eternidad”, Libro Andrómeda número 8. |
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