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NIÑOCERONTE
-¡Eres un niñoceronte! Tienes
tanta inteligencia como un animal. Eso es
lo que eres, un animal, una bestia. Una
estúpida bestia que ha derramado
toda el agua en el suelo. No vales ni como
mulo de carga. ¡Bestia!
-Uuuuh -se lamentó el niñoceronte
con la cabeza gacha y unas lágrimas
en los ojos.
-¡Márchate! No quiero verte
más.
Ante las palabras del posadero, caminó
despacio hacia la puerta con los hombros
caídos, sus heridos sentimientos
no contaban para nadie. Todo el mundo le
trataba igual, con desprecio. Pero sabía
que tarde o temprano el posadero lo mandaría
llamar para realizar el trabajo que nadie
quería, ni podía, hacer en
toda la aldea. Estaba acostumbrado a que
le llamaran niñoceronte, toda la
vida, o lo que recordaba de ella, había
sido así. Desde pequeño había
tenido aquel aspecto de animal, unos brazos
cortos y musculosos, y las piernas, también
cortas, eran rechonchas, el tronco como
un tonel, redondo y macizo.
Aquel cuerpo desproporcionado no hubiese
sido obstáculo en la integración
con sus semejantes si no fuese por la cabeza,
una cabeza unida directamente al tronco,
sin cuello; las facciones de la cara, de
ahí su semejanza con el animal del
que tomaba el nombre, eran más similares
a una bestia que a las de un ser humano,
tenía la mandíbula inferior
muy salida, la boca era pequeña con
unos labios finos que parecían no
existir, la nariz era solamente unos agujeros
en la cara y los ojos, diminutos, estaban
colocados muy separados en una frente extremadamente
estrecha y echada hacia atrás. Tan
sólo le faltaba el cuerno en medio
de la cara para ser la de un rinoceronte.
Tomó la senda de tierra que salía
del pueblo en dirección hacia el
río en medio de un coro de niños
que cantaban, reían y se burlaban.
Ya en las afueras los chicos se cansaron
de asediarle y le dejaron en paz mientras
se introducía en el río hasta
la cintura y subía contracorriente.
Cuando llegó a un remanso, se tumbó
y allí lloró su soledad.
Debía haberse quedado adormilado
cuando unas risas femeninas le despertaron.
Con sigilo se asomó a la orilla y
quedó extasiado con lo que le pareció
la escena más fantástica que
vieran sus diminutos ojos en toda la vida.
Una hermosa ninfa se sumergía en
las tranquilas aguas del río mientras
un coro de bellas muchachas derramaban sus
juveniles voces por todo el bosque.
Sin darse cuenta salió de entre los
arbustos, al lado del río, y se quedó
plantado delante de ellas sin siquiera saberlo.
Las voces se convirtieron en un alboroto
espantoso acompañado de gritos femeninos.
-¡Bestia! ¿Qué estás
mirando? -Le recriminó la más
decidida de las muchachas mientras tapaba
su desnudez con un velo y el resto de ellas
empezaba a correr-. ¿Qué haces
aquí? ¿Es que no sabes que
tu sitio está entre los animales?
El pobre niñoceronte salió
de súbito de su sueño dorado
y se dio cuenta de que estaba contemplando
cómo se bañaba la hija del
jefe de la comunidad.
Su azoramiento no tuvo límites, la
cara se le tornó de un escandaloso
bermellón, su vista se clavó
en el suelo y sólo tuvo ganas de
que se le tragara la tierra.
-Déjalo -exclamó la ninfa
saliendo del río totalmente desnuda
como una diosa de las aguas-. No ves que
el pobre idiota jamás ha visto en
su vida a una mujer.
La mirada de mujer-niña era dura,
cruel, se acercó desnuda como estaba
al muchacho y soltó una risa más
propia de un ser endemoniado que de una
bella sílfide.
-Dime, niñoceronte, ¿has visto
jamás una mujer desnuda?
-Uuuuuh.
-¿Te has quedado sin lengua? ¡Contesta!
-Exigió con voz dura.
-Bel.la -intervino otra chica-, no puede
contestar. Los animales no hablan.
Ante este cínico comentario las perversas
chicas comenzaron a reír.
-¿Es cierto? Dime, bestia, ¿no
puedes hablar? Pero sí entenderás
lo que te digo, ¿verdad? -Continuó
torturándole Bel.la.
Las atrofiadas cuerdas vocales y el continuo
silencio del chico habían hecho que
el solo susurro de una palabra le produjese
un gran dolor. Lo más habitual, y
lo más fácil, era hacer tan
sólo un sonido parecido al de un
animal. Pero delante de esta maravilla se
esforzó por hablar.
-Sííí.
El esfuerzo le produjo un dolor que llegó
hasta los oídos, pero no se dio cuenta
de nada que no fuese la hermosa imagen que
le llenaba los ojos.
-Ves, puede hablar. Es una bestia que habla
-dijo Bel.la entre risas.
-¡Contéstame niñoceronte!¿Has
visto a una mujer desnuda en tu vida?
-Noooo.
-Seguro que no, y seguro que no verás
jamás a una mujer en todo lo que
te queda de vida que sea tan bonita como
yo.
La cabeza del chico no paraba de dar vueltas
y creía que de un momento a otro
podía irse al suelo delante de los
ojos de la fémina.
-Bel.la, ¿por qué te esfuerzas
con un animal? Tienes todos los chicos guapos
que quieres a tus pies, no veo por qué
le diriges la palabra al niñoceronte.
Si tu padre se entera se pondrá furioso.
Tienes razón. Cualquiera pensaría
que no estoy bien de la cabeza viéndome
hablar con un animal. Vete, vete de aquí
y que no vuelva a verte si no quieres que
se lo diga a mi padre.
El niñoceronte no entendía
las palabras que ella le dirigía,
¿Por qué le hablaba de esa
manera? Ella tenía que ser diferente
del resto del pueblo, no podía pensar
que Bel.la actuase como los demás
siendo tan hermosa.
-¡He dicho que te vayas, bestia asquerosa!
-Demasiado tarde, Bel.la. Oigo que se acercan
hombres. Seguro que las otras chicas han
avisado a tu padre de la presencia del niñoceronte.
Espantado, el chico salió corriendo
por la orilla de río para refugiarse
en las profundidades del bosque mientras
ellas dos se reían con que el infeliz
creyera la mentira que le había sido
contada.
Cuando Bel.la regresó a su casa,
el padre estaba esperándola.
-¡Bel.la!¿Dónde has
estado?
-Bañándome -contestó
ella con tranquilidad.
-Bel.la, ¿qué ha ocurrido
en el río?
-Nada, padre.
¡El niñoceronte ha estado allí!
-Padre, sé cuidarme de mí
misma. ¿Piensas que yo, que manejo
como me place a cuantos hombres me rodean,
no puedo manejar también a un animal?
Una sonrisa de orgullo afloró a los
labios del progenitor sin darse cuenta de
que en el cínico comentario también
lo incluía a él.
Sí Bel.la, sé que puedes cuidarte
de ti misma, pero no me gusta que ese animal
pueda ver a mi hija cuando se baña
en el río. Diré que le den
un buen escarmiento.
-Tienes razón padre, pero que no
le azoten, está acostumbrado y no
sentirá dolor. Mejor que lo encierren
unos cuantos días, prívale
de su libertad, es el mejor castigo que
le puedes imponer.
-Hija, eres maravillosa, no sé qué
haría sin ti.
Cuando, pasados unos días, el pobre
niñoceronte entró en el pueblo,
se encontró con un grupo de hombres
que le estaban esperando y, en medio de
una lluvia de golpes, lo llevaron hasta
un oscuro pozo que habían excavado
en el suelo.
-¡Bestia! ¿Cómo te atreves
a acercarte a la hija de nuestro jefe?
-¡Éste es tu sitio, animal!
-¡Si tuvieses padres renegarían
de ti, bastardo!
-¡Seguro que eres un monstruo que
se les ha perdido a los Comerciantes!
Fue el último insulto que oyó
antes de que la trampa se cerrara. Los Comerciantes,
con sólo pensar en ellos se ponía
a temblar. Recordó cuándo
fue la última vez que les vio. Su
nave bajaba de los cielos en medio de un
resplandor producido por las llamas de las
toberas. Entonces, el niñoceronte
se retiró a un rincón oculto
en el bosque espantado del prodigio que
había contemplado y no volvió
al pueblo hasta que oyó el espantoso
ruido de los motores cuando la nave ascendía
al cielo pasando sobre el bosque en su camino
a las estrellas.
Los Comerciantes venían, aproximadamente,
una vez cada 10 años, y traían
todo tipo de cosas maravillosas en sus bodegas
para intercambiar por artículos que
creían necesarios en otros sitios.
Eran los únicos que mantenían
el contacto con los diseminados pueblos
que se habían esparcido por toda
la Galaxia, cuando la primera guerra interplanetaria
comenzó a menguar. Y eran, también
los únicos que poseían naves
espaciales, a excepción de los cuerpos
de élite, conocidos por el pueblo
como Los Guerreros. Estos eran diferentes,
por cuanto se sabía de ellos, al
resto de los humanos, estaban capacitados
para realizar proezas sin fin como los aterradores
saltos espacio-temporales y las heroicas
batallas por las cuales eran admirados,
y envidiados en el confín del espacio.
La guerra continuaba en otros frentes, pero
en aquella zona habían pasado siglos
sin que se tuviese noticia de un encuentro
con los Arácnidos.
El niñoceronte pasó los días
y las noches en el pozo sin saber el verdadero
motivo por el que estaba allí. Le
alimentaban tirándole las sobras
de las comidas por un agujero situado sobre
su cabeza pero eran pocas las veces que
le introducían un jarro con agua
para calmar su sed.
Hacía ya dos días que se había
acabado el agua y la sequedad de la boca
se hacía dolorosa, cuando comenzó
a llover copiosamente. Pudo calmar su sed
bebiendo en un reguero de agua que caía
desde lo alto. Pero el reguero continuó
haciéndose cada vez más amplio,
y empezó a formar un charco a sus
pies que le impedía tumbarse a dormir.
Continuó toda la noche y todo el
día, al caer la tarde tenía
que estar nadando para mantenerse a flote,
pero nadie parecía oír sus
gritos pidiendo ayuda, todo el mundo debía
de estar en la parte alta del río
impidiendo que la presa reventara.
Era ya de noche cuando el nivel del agua
lo elevó hasta que sus manos tocaron
la trampa de madera que cubría el
foso. Pero la trampilla estaba cerrada por
fuera. Pensó que moriría ahogado
y que encontrarían a la mañana
siguiente el cuerpo flotando en el agua.
En un arrebato de rabia extendió
su corto brazo y el poderoso puño
atravesó limpiamente la gruesa madera.
Logró alcanzar el cerrojo y abrir
la puerta. Exhausto salió del pozo
arrastrándose y, con gran esfuerzo,
se puso en pie. Mirando a su alrededor comprendió
que su sospecha debía de ser cierta,
todo el mundo estaba en la presa impidiendo
su destrucción y que las aguas descontroladas
acabasen con el pueblo.
Comenzó a correr en esa dirección,
mientras el torrente de agua procedente
de las nubes parecía no remitir.
-¡Niñoceronte! -Exclamó
el jefe de la aldea cuando le vio-. ¿Cómo
has podido...?
-¡Padre! El niñoceronte ha
venido a ayudarnos, recuerda que es, con
mucho, el hombre más fuerte del pueblo
-interrumpió Bel.la a su padre.
-Sííí -reconoció
el padre viendo la dirección que
tomaban los pensamientos de Bel.la-. Niñoceronte,
tú eres el hombre más fuerte
que he conocido, sólo tú puedes
sujetar los postes de la presa mientras
nosotros la apuntalamos.
-Uuuuh -contestó el chico con una
radiante sonrisa de satisfacción
en la cara al ver que ella le reconocía.
Bajando la ladera de tierra, se sumergió
hasta los hombros en el cauce del río
y apoyó en la presa las poderosas
extremidades empujando para que la empalizada
no se viniera abajo. Los hombres a su alrededor,
ponían sacos y enviaban paletadas
de tierra a los costados del dique. Llevaba
ya un rato aguantando, cuando un fuerte
crujido de la madera anunció que
la presión del agua al otro lado
aumentaba.
-¡Padre! Ordena a las gentes que suban
a la colina y salven sus vidas mientras
el animal aguanta la presa.
-Pero morirá si no le ayudamos. No
lo resistirá. Cuando los que están
apuntalando se aparten, la presa caerá.
No le dará tiempo a salir. El pueblo
entero quedará arrasado.
-Pero las gentes habrán salvado la
vida. Eso es lo que nos interesa, la gratitud
de las personas hacia ti por haberles salvado.
-Como siempre, tienes razón Bel.la.
-Ha de aguantar mientras la gente sale del
río. Él es prescindible. Espera
aquí. -Dijo Bel.la acercándose
al muchacho.
-¡Niñoceronte! -Llamó
-. ¡Niñoceronte!.
Cuando giró el rostro, se mostró
llenó de felicidad al ver que ella
le dirigía la palabra.
-Uuuuh.
-Niñoceronte, has de aguantar. ¡Has
de aguantar! ¡Hazlo por mí!.
Si el agua arrasa el pueblo, yo moriré
y no podrás casarte conmigo. ¿Es
eso lo que quieres? ¡Pues aguanta,
has de aguantar!
El niñoceronte cerró los ojos
y apretó los dientes en la lucha
contra la naturaleza.
Sin darse cuenta, los que hasta ese momento
habían sido sus compañeros,
fueron dejándole solo en el esfuerzo,
y huyeron para salvar la vida sin avisarle.
Los primeros rayos del sol anunciaban el
principio de un nuevo día, y el fin
de la tormenta. Cuando los aldeanos se acercaron
a la presa, allí, de rodillas y con
los brazos todavía extendidos, se
hallaba el niñoceronte. Las gentes
bajaron en tropel, dando gritos de alegría
y lanzando al aire el nombre del niñoceronte
en muestra de reconocimiento eterno. Le
rodearon por todos los lados, mientras vitoreaban
al héroe que les había salvado.
Pero nadie se acercó hasta él
para ayudarle a ponerse en pie.
Desde la cercana colina, miraba Bel.la con
los ojos anegados en lágrimas.
-¡Padre yo no puedo casarme con la
bestia! ¡Es un animal!
-Ya lo sé Bel.la, -dijo su padre
con - pero tú se lo prometiste. El
pueblo querrá que cumplas con tu
parte como él ha cumplido con la
suya.
Los ojos de Bel.la se agrandaron mientras
miraba a su padre.
-¿Estás loco? ¿Cómo
puedes decir una cosa así? Yo lo
dije para que todos pudieran salvar su vida,
y tú el prestigio delante de ellos.
-Sí ya lo sé pero...
-¡Mátalo. Acaba con él!
-¡Bel.la! No puedo hacerlo, eso sería...
-¡Tienes que hacer algo! ¡No
puedo casarme con él!
-¡Espera!. Ya sé lo que haremos.
Está a punto de llegar el día
en que vienen los Comerciantes. En cuanto
los vea les diré que tenemos un espécimen
raro, algo especial que podrán vender
en cualquier circo. Eso llamará su
atención hacia él y se lo
llevarán. Ten paciencia unos días,
le diremos que estamos preparando la boda
mientras pasa el tiempo.
-¡Pero yo no quiero que me toque!
¡Me da asco!
Bel.la, el pobre infeliz se conforma con
mirarte, no es más que un animal
que te va detrás todo el día.
Ten paciencia.
El tiempo pasó como acordaron padre
e hija. El niñoceronte tenía
bastante con el reconocimiento del pueblo
y llenarse los ojos con la imagen de su
amada. Fueron los únicos días
realmente felices que vivió en su
vida. Pero llegó un día, cuando
el calor es más intenso y los árboles
han perdido todas las hojas, en que volvieron
los comerciantes. El niñoceronte
tenía miedo, el terror que le daba
pensar en ellos se incrementaba ante su
próxima presencia. Y todo su cuerpo
tembló cuando, al mirar fuera de
la choza que ocupaba, vio a todos los habitantes
del pueblo con antorchas que gritaban su
nombre. Detrás de éstos se
hallaban los Comerciantes, con lo que pensó
que eran armas con largo cañón
en las manos. Y delante de todos ellos se
encontraba Bel.la, gritando más que
ningún otro, con un rostro transformado
en máscara demoníaca.
-¡Aquí está! ¡Ahí
le tenéis! ¡El monstruo, el
niñoceronte, el animal! ¡La
bestia!
Sus gritos eran codeados con menos fuerza
por el resto de los habitantes, pero ninguno
de ellos elevaba su voz para defenderle.
-¡Acabad con él, matadlo! -Insistía
ella.
El niñoceronte, invadido por el miedo,
no sabía qué hacer. Tomando
impulso, cruzó la pared de la casa
y a toda carrera se dirigió hacia
el bosque, su único y auténtico
amigo. En un momento de descanso para recobrar
el aliento, vio con horror que los Comerciantes
estaban detrás de él. Continuó
su carrera haciéndose desesperada,
corría como un loco en medio de la
negra noche, queriendo escapar de un destino
que se le antojaba mucho peor que los días
pasados en el pozo.
No notó las ramas que le azotaban
el cuerpo durante la carrera, ni tan solo
el dolor cuando una puntiaguda rama le arrancó
el ojo dejándolo colgado junto a
un surtidor de sangre. Su mente estaba ocupada
en un solo pensamiento: ¿Por qué?
Transcurrieron apaciblemente los años
en la aldea. Los mayores casi no recordaban
al pobre niñoceronte cazado por los
Comerciantes, y los jóvenes no lo
habían conocido. La que un día
fuera bella entre las bellas, estaba marchita
por una vida de sufrimientos con un hombre
escogido por su padre para casarse. Un jefe
de la aldea vecina que había quedado
viudo, se rumoreaba que por dar una paliza
a su mujer, y que la dejó a ella
viuda también tras muchos años
de sufrimiento junto a él. Y en esta
recta final de la vida de Bel.la, sola,
sin hijos, ni amistades, fue cuando se tuvo
noticia de que una incursión de Arácnidos
había atacado la capital y se dirigía
en línea recta, acabando con la vida
de todos los seres humanos que encontraban
a su paso, hacia el pueblo. El terror se
adueñó de las gentes de la
aldea y corrieron de un lado a otro buscando
ayuda donde no la había.
Una nube de cenizas seguía al grupo
atacante cuando llegaron a la vista del
pueblo. Sus armas se abrieron camino entre
las gentes mientras rogaban clemencia y
pedían perdón a los cielos,
pensando que era un castigo por no auxiliar
a un joven de buen corazón.
El Arácnido se dirigía rápidamente
hacia Bel.la mientras ella enviaba una súplica
hacia las estrellas, cuando un luminoso
rayo de pura energía acabó
con el enemigo. La mujer cayó de
rodillas, sollozando mientras giraba la
cara para ver quién era su salvador.
Vio pasar por su lado una multitud de hombres
achaparrados, cortos de miembros pero poderosos,
y al frente de ellos un hombre armado con
un fusil de asalto, todavía humeante
por el calor desprendido, con un parche
en uno de los ojos, con una cara sin nariz
y de mandíbula saliente, y un rostro
antaño triste, antaño confiado
y todavía amoroso.
Niñoceronte.
Relato
completo. Autor: Pedro Linares Balañá
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