Niñoceronte

Relato Completo

Autor: Pedro Linares Balañá.

Orígen: Badalona, Barcelona, España.

Publicado en: Revista Mundo Imaginario (1ª época) ,nº.8

 

NIÑOCERONTE

-¡Eres un niñoceronte! Tienes tanta inteligencia como un animal. Eso es lo que eres, un animal, una bestia. Una estúpida bestia que ha derramado toda el agua en el suelo. No vales ni como mulo de carga. ¡Bestia!
-Uuuuh -se lamentó el niñoceronte con la cabeza gacha y unas lágrimas en los ojos.
-¡Márchate! No quiero verte más.
Ante las palabras del posadero, caminó despacio hacia la puerta con los hombros caídos, sus heridos sentimientos no contaban para nadie. Todo el mundo le trataba igual, con desprecio. Pero sabía que tarde o temprano el posadero lo mandaría llamar para realizar el trabajo que nadie quería, ni podía, hacer en toda la aldea. Estaba acostumbrado a que le llamaran niñoceronte, toda la vida, o lo que recordaba de ella, había sido así. Desde pequeño había tenido aquel aspecto de animal, unos brazos cortos y musculosos, y las piernas, también cortas, eran rechonchas, el tronco como un tonel, redondo y macizo.
Aquel cuerpo desproporcionado no hubiese sido obstáculo en la integración con sus semejantes si no fuese por la cabeza, una cabeza unida directamente al tronco, sin cuello; las facciones de la cara, de ahí su semejanza con el animal del que tomaba el nombre, eran más similares a una bestia que a las de un ser humano, tenía la mandíbula inferior muy salida, la boca era pequeña con unos labios finos que parecían no existir, la nariz era solamente unos agujeros en la cara y los ojos, diminutos, estaban colocados muy separados en una frente extremadamente estrecha y echada hacia atrás. Tan sólo le faltaba el cuerno en medio de la cara para ser la de un rinoceronte.
Tomó la senda de tierra que salía del pueblo en dirección hacia el río en medio de un coro de niños que cantaban, reían y se burlaban. Ya en las afueras los chicos se cansaron de asediarle y le dejaron en paz mientras se introducía en el río hasta la cintura y subía contracorriente. Cuando llegó a un remanso, se tumbó y allí lloró su soledad.
Debía haberse quedado adormilado cuando unas risas femeninas le despertaron. Con sigilo se asomó a la orilla y quedó extasiado con lo que le pareció la escena más fantástica que vieran sus diminutos ojos en toda la vida. Una hermosa ninfa se sumergía en las tranquilas aguas del río mientras un coro de bellas muchachas derramaban sus juveniles voces por todo el bosque.
Sin darse cuenta salió de entre los arbustos, al lado del río, y se quedó plantado delante de ellas sin siquiera saberlo.
Las voces se convirtieron en un alboroto espantoso acompañado de gritos femeninos.
-¡Bestia! ¿Qué estás mirando? -Le recriminó la más decidida de las muchachas mientras tapaba su desnudez con un velo y el resto de ellas empezaba a correr-. ¿Qué haces aquí? ¿Es que no sabes que tu sitio está entre los animales?
El pobre niñoceronte salió de súbito de su sueño dorado y se dio cuenta de que estaba contemplando cómo se bañaba la hija del jefe de la comunidad.
Su azoramiento no tuvo límites, la cara se le tornó de un escandaloso bermellón, su vista se clavó en el suelo y sólo tuvo ganas de que se le tragara la tierra.
-Déjalo -exclamó la ninfa saliendo del río totalmente desnuda como una diosa de las aguas-. No ves que el pobre idiota jamás ha visto en su vida a una mujer.
La mirada de mujer-niña era dura, cruel, se acercó desnuda como estaba al muchacho y soltó una risa más propia de un ser endemoniado que de una bella sílfide.
-Dime, niñoceronte, ¿has visto jamás una mujer desnuda?
-Uuuuuh.
-¿Te has quedado sin lengua? ¡Contesta! -Exigió con voz dura.
-Bel.la -intervino otra chica-, no puede contestar. Los animales no hablan.
Ante este cínico comentario las perversas chicas comenzaron a reír.
-¿Es cierto? Dime, bestia, ¿no puedes hablar? Pero sí entenderás lo que te digo, ¿verdad? -Continuó torturándole Bel.la.
Las atrofiadas cuerdas vocales y el continuo silencio del chico habían hecho que el solo susurro de una palabra le produjese un gran dolor. Lo más habitual, y lo más fácil, era hacer tan sólo un sonido parecido al de un animal. Pero delante de esta maravilla se esforzó por hablar.
-Sííí.
El esfuerzo le produjo un dolor que llegó hasta los oídos, pero no se dio cuenta de nada que no fuese la hermosa imagen que le llenaba los ojos.
-Ves, puede hablar. Es una bestia que habla -dijo Bel.la entre risas.
-¡Contéstame niñoceronte!¿Has visto a una mujer desnuda en tu vida?
-Noooo.
-Seguro que no, y seguro que no verás jamás a una mujer en todo lo que te queda de vida que sea tan bonita como yo.
La cabeza del chico no paraba de dar vueltas y creía que de un momento a otro podía irse al suelo delante de los ojos de la fémina.
-Bel.la, ¿por qué te esfuerzas con un animal? Tienes todos los chicos guapos que quieres a tus pies, no veo por qué le diriges la palabra al niñoceronte. Si tu padre se entera se pondrá furioso.
Tienes razón. Cualquiera pensaría que no estoy bien de la cabeza viéndome hablar con un animal. Vete, vete de aquí y que no vuelva a verte si no quieres que se lo diga a mi padre.
El niñoceronte no entendía las palabras que ella le dirigía, ¿Por qué le hablaba de esa manera? Ella tenía que ser diferente del resto del pueblo, no podía pensar que Bel.la actuase como los demás siendo tan hermosa.
-¡He dicho que te vayas, bestia asquerosa!
-Demasiado tarde, Bel.la. Oigo que se acercan hombres. Seguro que las otras chicas han avisado a tu padre de la presencia del niñoceronte.
Espantado, el chico salió corriendo por la orilla de río para refugiarse en las profundidades del bosque mientras ellas dos se reían con que el infeliz creyera la mentira que le había sido contada.

Cuando Bel.la regresó a su casa, el padre estaba esperándola.
-¡Bel.la!¿Dónde has estado?
-Bañándome -contestó ella con tranquilidad.
-Bel.la, ¿qué ha ocurrido en el río?
-Nada, padre.
¡El niñoceronte ha estado allí!
-Padre, sé cuidarme de mí misma. ¿Piensas que yo, que manejo como me place a cuantos hombres me rodean, no puedo manejar también a un animal?
Una sonrisa de orgullo afloró a los labios del progenitor sin darse cuenta de que en el cínico comentario también lo incluía a él.
Sí Bel.la, sé que puedes cuidarte de ti misma, pero no me gusta que ese animal pueda ver a mi hija cuando se baña en el río. Diré que le den un buen escarmiento.
-Tienes razón padre, pero que no le azoten, está acostumbrado y no sentirá dolor. Mejor que lo encierren unos cuantos días, prívale de su libertad, es el mejor castigo que le puedes imponer.
-Hija, eres maravillosa, no sé qué haría sin ti.

Cuando, pasados unos días, el pobre niñoceronte entró en el pueblo, se encontró con un grupo de hombres que le estaban esperando y, en medio de una lluvia de golpes, lo llevaron hasta un oscuro pozo que habían excavado en el suelo.
-¡Bestia! ¿Cómo te atreves a acercarte a la hija de nuestro jefe?
-¡Éste es tu sitio, animal!
-¡Si tuvieses padres renegarían de ti, bastardo!
-¡Seguro que eres un monstruo que se les ha perdido a los Comerciantes!
Fue el último insulto que oyó antes de que la trampa se cerrara. Los Comerciantes, con sólo pensar en ellos se ponía a temblar. Recordó cuándo fue la última vez que les vio. Su nave bajaba de los cielos en medio de un resplandor producido por las llamas de las toberas. Entonces, el niñoceronte se retiró a un rincón oculto en el bosque espantado del prodigio que había contemplado y no volvió al pueblo hasta que oyó el espantoso ruido de los motores cuando la nave ascendía al cielo pasando sobre el bosque en su camino a las estrellas.
Los Comerciantes venían, aproximadamente, una vez cada 10 años, y traían todo tipo de cosas maravillosas en sus bodegas para intercambiar por artículos que creían necesarios en otros sitios. Eran los únicos que mantenían el contacto con los diseminados pueblos que se habían esparcido por toda la Galaxia, cuando la primera guerra interplanetaria comenzó a menguar. Y eran, también los únicos que poseían naves espaciales, a excepción de los cuerpos de élite, conocidos por el pueblo como Los Guerreros. Estos eran diferentes, por cuanto se sabía de ellos, al resto de los humanos, estaban capacitados para realizar proezas sin fin como los aterradores saltos espacio-temporales y las heroicas batallas por las cuales eran admirados, y envidiados en el confín del espacio. La guerra continuaba en otros frentes, pero en aquella zona habían pasado siglos sin que se tuviese noticia de un encuentro con los Arácnidos.

El niñoceronte pasó los días y las noches en el pozo sin saber el verdadero motivo por el que estaba allí. Le alimentaban tirándole las sobras de las comidas por un agujero situado sobre su cabeza pero eran pocas las veces que le introducían un jarro con agua para calmar su sed.
Hacía ya dos días que se había acabado el agua y la sequedad de la boca se hacía dolorosa, cuando comenzó a llover copiosamente. Pudo calmar su sed bebiendo en un reguero de agua que caía desde lo alto. Pero el reguero continuó haciéndose cada vez más amplio, y empezó a formar un charco a sus pies que le impedía tumbarse a dormir. Continuó toda la noche y todo el día, al caer la tarde tenía que estar nadando para mantenerse a flote, pero nadie parecía oír sus gritos pidiendo ayuda, todo el mundo debía de estar en la parte alta del río impidiendo que la presa reventara.
Era ya de noche cuando el nivel del agua lo elevó hasta que sus manos tocaron la trampa de madera que cubría el foso. Pero la trampilla estaba cerrada por fuera. Pensó que moriría ahogado y que encontrarían a la mañana siguiente el cuerpo flotando en el agua.
En un arrebato de rabia extendió su corto brazo y el poderoso puño atravesó limpiamente la gruesa madera. Logró alcanzar el cerrojo y abrir la puerta. Exhausto salió del pozo arrastrándose y, con gran esfuerzo, se puso en pie. Mirando a su alrededor comprendió que su sospecha debía de ser cierta, todo el mundo estaba en la presa impidiendo su destrucción y que las aguas descontroladas acabasen con el pueblo.
Comenzó a correr en esa dirección, mientras el torrente de agua procedente de las nubes parecía no remitir.
-¡Niñoceronte! -Exclamó el jefe de la aldea cuando le vio-. ¿Cómo has podido...?
-¡Padre! El niñoceronte ha venido a ayudarnos, recuerda que es, con mucho, el hombre más fuerte del pueblo -interrumpió Bel.la a su padre.
-Sííí -reconoció el padre viendo la dirección que tomaban los pensamientos de Bel.la-. Niñoceronte, tú eres el hombre más fuerte que he conocido, sólo tú puedes sujetar los postes de la presa mientras nosotros la apuntalamos.
-Uuuuh -contestó el chico con una radiante sonrisa de satisfacción en la cara al ver que ella le reconocía.
Bajando la ladera de tierra, se sumergió hasta los hombros en el cauce del río y apoyó en la presa las poderosas extremidades empujando para que la empalizada no se viniera abajo. Los hombres a su alrededor, ponían sacos y enviaban paletadas de tierra a los costados del dique. Llevaba ya un rato aguantando, cuando un fuerte crujido de la madera anunció que la presión del agua al otro lado aumentaba.
-¡Padre! Ordena a las gentes que suban a la colina y salven sus vidas mientras el animal aguanta la presa.
-Pero morirá si no le ayudamos. No lo resistirá. Cuando los que están apuntalando se aparten, la presa caerá. No le dará tiempo a salir. El pueblo entero quedará arrasado.
-Pero las gentes habrán salvado la vida. Eso es lo que nos interesa, la gratitud de las personas hacia ti por haberles salvado.
-Como siempre, tienes razón Bel.la.
-Ha de aguantar mientras la gente sale del río. Él es prescindible. Espera aquí. -Dijo Bel.la acercándose al muchacho.
-¡Niñoceronte! -Llamó -. ¡Niñoceronte!.
Cuando giró el rostro, se mostró llenó de felicidad al ver que ella le dirigía la palabra.
-Uuuuh.
-Niñoceronte, has de aguantar. ¡Has de aguantar! ¡Hazlo por mí!. Si el agua arrasa el pueblo, yo moriré y no podrás casarte conmigo. ¿Es eso lo que quieres? ¡Pues aguanta, has de aguantar!
El niñoceronte cerró los ojos y apretó los dientes en la lucha contra la naturaleza.
Sin darse cuenta, los que hasta ese momento habían sido sus compañeros, fueron dejándole solo en el esfuerzo, y huyeron para salvar la vida sin avisarle.

Los primeros rayos del sol anunciaban el principio de un nuevo día, y el fin de la tormenta. Cuando los aldeanos se acercaron a la presa, allí, de rodillas y con los brazos todavía extendidos, se hallaba el niñoceronte. Las gentes bajaron en tropel, dando gritos de alegría y lanzando al aire el nombre del niñoceronte en muestra de reconocimiento eterno. Le rodearon por todos los lados, mientras vitoreaban al héroe que les había salvado. Pero nadie se acercó hasta él para ayudarle a ponerse en pie.
Desde la cercana colina, miraba Bel.la con los ojos anegados en lágrimas.
-¡Padre yo no puedo casarme con la bestia! ¡Es un animal!
-Ya lo sé Bel.la, -dijo su padre con - pero tú se lo prometiste. El pueblo querrá que cumplas con tu parte como él ha cumplido con la suya.
Los ojos de Bel.la se agrandaron mientras miraba a su padre.
-¿Estás loco? ¿Cómo puedes decir una cosa así? Yo lo dije para que todos pudieran salvar su vida, y tú el prestigio delante de ellos.
-Sí ya lo sé pero...
-¡Mátalo. Acaba con él!
-¡Bel.la! No puedo hacerlo, eso sería...
-¡Tienes que hacer algo! ¡No puedo casarme con él!
-¡Espera!. Ya sé lo que haremos. Está a punto de llegar el día en que vienen los Comerciantes. En cuanto los vea les diré que tenemos un espécimen raro, algo especial que podrán vender en cualquier circo. Eso llamará su atención hacia él y se lo llevarán. Ten paciencia unos días, le diremos que estamos preparando la boda mientras pasa el tiempo.
-¡Pero yo no quiero que me toque! ¡Me da asco!
Bel.la, el pobre infeliz se conforma con mirarte, no es más que un animal que te va detrás todo el día. Ten paciencia.

El tiempo pasó como acordaron padre e hija. El niñoceronte tenía bastante con el reconocimiento del pueblo y llenarse los ojos con la imagen de su amada. Fueron los únicos días realmente felices que vivió en su vida. Pero llegó un día, cuando el calor es más intenso y los árboles han perdido todas las hojas, en que volvieron los comerciantes. El niñoceronte tenía miedo, el terror que le daba pensar en ellos se incrementaba ante su próxima presencia. Y todo su cuerpo tembló cuando, al mirar fuera de la choza que ocupaba, vio a todos los habitantes del pueblo con antorchas que gritaban su nombre. Detrás de éstos se hallaban los Comerciantes, con lo que pensó que eran armas con largo cañón en las manos. Y delante de todos ellos se encontraba Bel.la, gritando más que ningún otro, con un rostro transformado en máscara demoníaca.
-¡Aquí está! ¡Ahí le tenéis! ¡El monstruo, el niñoceronte, el animal! ¡La bestia!
Sus gritos eran codeados con menos fuerza por el resto de los habitantes, pero ninguno de ellos elevaba su voz para defenderle.
-¡Acabad con él, matadlo! -Insistía ella.
El niñoceronte, invadido por el miedo, no sabía qué hacer. Tomando impulso, cruzó la pared de la casa y a toda carrera se dirigió hacia el bosque, su único y auténtico amigo. En un momento de descanso para recobrar el aliento, vio con horror que los Comerciantes estaban detrás de él. Continuó su carrera haciéndose desesperada, corría como un loco en medio de la negra noche, queriendo escapar de un destino que se le antojaba mucho peor que los días pasados en el pozo.
No notó las ramas que le azotaban el cuerpo durante la carrera, ni tan solo el dolor cuando una puntiaguda rama le arrancó el ojo dejándolo colgado junto a un surtidor de sangre. Su mente estaba ocupada en un solo pensamiento: ¿Por qué?


Transcurrieron apaciblemente los años en la aldea. Los mayores casi no recordaban al pobre niñoceronte cazado por los Comerciantes, y los jóvenes no lo habían conocido. La que un día fuera bella entre las bellas, estaba marchita por una vida de sufrimientos con un hombre escogido por su padre para casarse. Un jefe de la aldea vecina que había quedado viudo, se rumoreaba que por dar una paliza a su mujer, y que la dejó a ella viuda también tras muchos años de sufrimiento junto a él. Y en esta recta final de la vida de Bel.la, sola, sin hijos, ni amistades, fue cuando se tuvo noticia de que una incursión de Arácnidos había atacado la capital y se dirigía en línea recta, acabando con la vida de todos los seres humanos que encontraban a su paso, hacia el pueblo. El terror se adueñó de las gentes de la aldea y corrieron de un lado a otro buscando ayuda donde no la había.
Una nube de cenizas seguía al grupo atacante cuando llegaron a la vista del pueblo. Sus armas se abrieron camino entre las gentes mientras rogaban clemencia y pedían perdón a los cielos, pensando que era un castigo por no auxiliar a un joven de buen corazón.
El Arácnido se dirigía rápidamente hacia Bel.la mientras ella enviaba una súplica hacia las estrellas, cuando un luminoso rayo de pura energía acabó con el enemigo. La mujer cayó de rodillas, sollozando mientras giraba la cara para ver quién era su salvador. Vio pasar por su lado una multitud de hombres achaparrados, cortos de miembros pero poderosos, y al frente de ellos un hombre armado con un fusil de asalto, todavía humeante por el calor desprendido, con un parche en uno de los ojos, con una cara sin nariz y de mandíbula saliente, y un rostro antaño triste, antaño confiado y todavía amoroso.

Niñoceronte. Relato completo. Autor: Pedro Linares Balañá

 

 

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