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LOS
ÁRBOLES DEL TIEMPO
I. LÍNEAS Y GRADIENTES
Indra
Ros entró en el túnel y la
puerta deslizante se cerró tras él.
Durante unos instantes quedó sumido
en la oscuridad mientras un ruido agudo
crecía a su espalda. Cuando el acelerador
de partículas alcanzó el nivel
energético necesario, la estancia
se iluminó. En la pequeña
pantalla de la parte superior brilló
la indicación “Bloqueado”
y se inició la cuenta atrás
desde veintitrés. Un viento cálido
y suave le agitó el cabello. Al fondo
del túnel cilíndrico -de unos
quince metros de longitud-, podía
verse una puerta idéntica a la que
quedaba a su espalda. Decían que
en realidad el túnel tenía
sólo la mitad de esa longitud, que
la otra mitad correspondía al reflejo
de ésta en la línea alternativa
-la realidad paralela de destino-. Quien
presumía de haber estado ahí
con el sistema desconectado -algo inusual,
por el alto coste energético que
suponía su puesta en marcha-, afirmaba
que en el centro del túnel, cortándolo,
había una pared lisa de hormigón
plástico, totalmente sólida
e infranqueable; algo realmente difícil
de creer cuando uno recorría la longitud
completa del tubo caminando sin notar nada
en absoluto en el momento de atravesar la
zona central.
Cuando alcanzó el otro extremo, la
cuenta atrás rondaba el quince. El
por qué unos enlaces podían
mantenerse más que otros sin que
el coste energético se disparara
exponencialmente era solo uno de los misterios
pendientes alrededor del proceso de salto
entre líneas. El sonido se detuvo
y las luces se apagaron. Instantes después,
se abrió la puerta y entró
de nuevo en la misma sala de la que salió,
pero a cincuenta y seis Gigajulios de distancia.
Un Niko Arosa con la melena algo más
corta y de color más claro lo esperaba
sentado en su sillón giratorio.
-Veamos esa autorización -dijo-,
acercando un diminuto lápiz electrónico
a la pulsera que Indra portaba en la mano
izquierda.
-¿Sigues sin fiarte de mí?
-De ti si que me fío. El problema
es saber de qué “ti”
se trata.
-Sólo hay un “mí”
relevante y soy yo. Lo demás son
burdas copias.
-Sí, sí... Eso dicen todos.
Bien, la autorización es correcta.
He aquí el hombre privilegiado que
puede permitirse gastar unos millones de
las arcas públicas para echar una
cana al aire -dijo Niko extendiendo las
manos teatralmente hacia él.
-No necesito cambiar de línea para
echar un polvo -protestó Indra.
-¡No me digas! Vienes a una línea
en la que no existes, y por lo tanto no
estás casado, solamente a pasear
por las calles, que ya conoces, y meditar
con tranquilidad, ¿no?
-Claro que no. En realidad trabajo para
el SIG y he entrado aquí con un ángulo
de declinación negativo para cambiar
el pasado de esta mierda de línea
que no conduce a ninguna parte.
-Pues para que lo sepas, esta línea
es la línea central original del
discurrir cosmológico y todas esas
parodias alrededor nuestro son simples ramificaciones
condenadas a desaparecer tarde o temprano.
-Sí, sí... Eso dicen todos
-respondió Indra mientras se alejaba
hacia la salida.
Cuando ya salía de la sala de control
se volvió y dijo:
-A propósito, te sienta mejor un
tinte más oscuro, como en la otra
parte.
-Yo no uso tintes. Algún día
voy a pasar por esa puerta y voy a decirle
cuatro cosas a ese afeminado que pretende
ser yo al otro lado del túnel.
Mientras caminaba por la calle, volvió
a reflexionar -como casi todos los días-
sobre su peculiar situación. Sí,
realmente era un privilegio poder apartarse
de su vida diaria, dejar a un lado -temporalmente-
todas las obligaciones: su trabajo, su esposa
y su hijo y disfrutar de unas horas sólo
para él; allí, en aquella
línea dentro de un gradiente en el
que él mismo no existía, al
parecer, porque murió siendo muy
pequeño a causa de una enfermedad
desconocida. Disponía de unas cuatro
horas extra en aquel lugar -durante la media
hora del desayuno en el trabajo-, tiempo
extra que conseguía retornando a
su línea con un ligero ángulo
de declinación negativo –un
pequeño retroceso temporal- que le
hacía llegar sólo media hora
después de la partida. Un retroceso
hasta un instante anterior al de su partida,
es decir, fuera del cono temporal, amen
de disparar el gasto energético,
estaba estrictamente prohibido. Al principio,
tener días de veintiocho horas le
había ocasionado algunos trastornos
físicos, pero con el tiempo había
terminado por adaptarse al ritmo, a cambio
de dormir diez horas diarias. Loria, su
mujer -que no estaba al tanto de nada- pasó
bastante tiempo preocupada por él,
pensando que podía tener alguna enfermedad
que le hiciera dormir tanto. Pero finalmente,
terminó por acostumbrarse. Tan sólo,
a veces, le reprochaba:
-¡Qué viejo estás! Deberías
darte algún tratamiento en la cara.
No te cuidas nada.
Y desde luego, tenía razón.
Entre sus escapadas diarias y los desfases
debidos a los saltos de su propio trabajo,
él había vivido más
años que ella durante el periodo
que llevaban juntos. Pero si no fuera por
aquel privilegio -estipulado cuidadosamente
en su contrato de trabajo-, por aquellas
preciosas horas de libertad, no habría
podido sacar adelante su libro. Un ensayo
de opinión sobre diversos temas relacionados
con las líneas temporales. Trataba
especialmente las cuestiones más
polémicas que eran motivo de debate
entre técnicos y juristas con vistas
a la elaboración de una nueva Ley
que regulara el complejo proceso de los
saltos. Como la liberalización del
uso de túneles interlínea,
traspasando las competencias de vigilancia
y control desde los gobiernos a las empresas.
Algo que, a juicio de Indra provocaría
un aumento de irregularidades y conflictos
entre los gradientes más próximos;
por ejemplo, un aumento de los “secuestros
a la carta”, consistentes en que una
persona, habiendo perdido a un familiar
cercano, saltaba a un gradiente en el que
no se había producido ese fallecimiento
y, mediante engaños, se llevaba al
ser querido a su propia línea temporal
–traspasando así la desgracia
a su doble de la otra línea-. El
control privado de los túneles abría
las puertas –en opinión de
Indra- a toda una mafia de empresas que
ofrecieran estos servicios a cambio de grandes
sumas de dinero. Además, se ponían
en riesgo los acuerdos entre líneas
próximas que prohibían el
acceso con declinación inferior al
cono temporal, es decir, entrar en un tiempo
anterior. Aunque no era posible realmente
cambiar los hechos de una línea concreta
-en realidad, lo único que se hacía
era generar un nuevo gradiente compuesto
por cuasi infinitas líneas-, sí
que podía darse el caso de generar
nuevas realidades con una finalidad puramente
especulativa, como eliminando empresas de
la competencia o dando lugar a situaciones
más favorecedoras que permitirían
a los especuladores obtener grandes beneficios
en esa nueva realidad y trasladarlos a la
propia. En ese sentido, para Indra, resultaba
especialmente alarmante el proyecto de ley
planteado por diversos partidos que pretendía
una liberalización total de las transacciones
económica entre líneas; según
ellos, al fin y al cabo, se trataba se sociedades
idénticas y en igualdad de condiciones.
Otra cuestión polémica que
había tratado en el libro, aunque
sin una opinión tan clara y definitiva
como en los demás temas, era la “Ley
de Responsabilidad Extendida”, por
la cuál, un delito de ámbito
interlineal debía atribuirse, con
gravedad decreciente –en relación
con la distancia energética- a todos
los dobles de esa persona –o repeticiones
de sí mismo- a lo largo de las líneas
de su gradiente e incluso de los gradientes
más cercanos. Este concepto, escandaloso
en principio, no resultaba tan descabellado
cuando se conocía la realidad que
rodeaba las relaciones interlínea.
Con la ley vigente en ese momento, ningún
delito interlínea podía ser
castigado, porque, técnicamente,
era imposible acceder exactamente al infractor
de la línea original, entre otras
cosas porque las líneas no eran tales,
sino estallidos constantes en forma de árboles
de probabilidad. Pasado un tiempo habría
millones de infractores y ninguno sería
exactamente el original. Con la citada ley,
la responsabilidad de un delito se extendería
alcanzando a los dobles cercanos –aunque
esas personas no hubieran cometido ninguna
infracción-. La justificación
principal pasaba por afirmar que esa persona,
y por lo tanto, todos sus dobles energéticamente
próximos, serían delincuentes
en potencia que, simplemente, no habrían
delinquido por no concurrir las circunstancias
propicias. Negar esto, sería afirmar
que las cárceles están llenas
de “circunstancias adversas”.
Potencialmente, la publicación del
libro le supondría sumar unos valiosos
puntos con vistas a su traslado al área
de altas energías. Algo que perseguía
hace tiempo y que, como era de esperar,
no agradaba mucho a su esposa a causa del
mayor índice de riesgo de esa sección.
Su actual trabajo se circunscribía
al departamento de baja energía,
es decir, las líneas probabilísticamente
más próximas y por tanto,
más similares a la suya. Entre sus
funciones habituales estaba la de enlace
diplomático entre líneas.
En muchas ocasiones había sido el
encargado de llevar valijas conteniendo
leyes y tratados fundamentales para las
relaciones entre sociedades. Pero en realidad
el auténtico contenido del maletín
rara vez le era revelado por lo que su trabajo
podría decirse que se asemejaba más
a una labor de mensajería que cualquier
otra cosa. Había cientos de personas
trabajando en su área, pero el centro
de atención y el principal objetivo
de casi todo el personal era el departamento
de altas energías. Donde unos pocos
afortunados se aventuraban hasta los gradientes
más remotos a los que los actuales
recursos energéticos permitían
acceder para escrutar realidades muy distantes
en términos de probabilidad. Había
quien afirmaba que, con una cantidad de
energía lo suficientemente grande,
se podría acceder a realidades de
probabilidad casi nula y, por tanto, asistir
a acontecimientos imposibles, como cruzarse
por la calle con el pato Donald. Por supuesto,
había detractores de tales teorías
que afirmaban que el conjunto de realidades
posibles se encontraban acotadas en el interior
de una franja energética cuyo límite
superior lo establecía la constante
de Brotnik y se fijaba en torno a los veinte
Terajulios. Otro factor motivo de polémicas
y especulaciones eran las franjas prohibidas,
regiones energéticas a las que no
se tenía acceso y que, en principio
se atribuían a realidades en las
que no existía la tecnología
del salto, aunque a su alrededor bullían
toda clase de teorías repartidas
a lo largo de un amplio espectro de excentricidad.
Un campo de estudio que había cobrado
gran relevancia era la predicción
y localización de nuevas franjas
prohibidas. Era fundamental conocer su ubicación
en el espectro energético para evitar
la conexión involuntaria con ellas,
lo que provocaba la desaparición
del extremo reflejado del túnel y
su sustitución por la masa original
de hormigón plástico que,
por razones aún no completamente
explicadas, provocaba un empuje en una dirección
imprevisible equivalente a la inercia de
la masa y en proporción directa a
la energía del gradiente. En varias
ocasiones, el desafortunado ajuste energético
se había saldado con la destrucción
del túnel original y parte de la
sala de control. A estos riesgos generales
a ambos departamentos, el de altas energías
sumaba otros mucho mayores y de naturaleza
desconocida. Cuando el Centro treinta y
dos, situado en Kérouané se
desintegró provocando un seísmo
de magnitud siete, hubo que replantear por
completo las especificaciones en materia
de seguridad. La ubicación de varios
Centros en plataformas orbitales supuso
una nueva etapa en las investigaciones de
alta energía. Permitió realizar
conexiones con líneas más
distantes reduciendo el riesgo para el personal,
ubicado en tierra. Aunque, para los viajeros,
suponía añadir el siempre
arriesgado trayecto entre el planeta y la
estación.
Para Indra, los grandes saltos eran sólo
un sueño, que esperaba cumplir antes
de que la edad y las condiciones físicas
se lo impidieran. Por ahora, sus emocionantes
aventuras consistían en traspasar
maletines desde el despacho de enlace diplomático
a ese mismo despacho al otro lado del túnel.
Tomándolo de la mano de un funcionario
y entregándolo nuevamente a ese mismo
funcionario, a varios Gigajulios de distancia.
A menudo se preguntaba si aquello tenía
realmente algún sentido.
II. EL ENCUENTRO
En
su deambular por el gradiente cincuenta
y seis solía frecuentar un café
a un par de manzanas del Centro. Le resultaba
llamativo que el local tuviera el mismo
aspecto que en su realidad natal y, sin
embargo, el camarero fuera otra persona.
¿Qué relación podía
tener el hecho de que él mismo no
existiera allí con el cambio de propietario
de aquel establecimiento? En realidad, sabía
que su propia existencia no era la única
diferencia entre ambos gradientes. Cincuenta
y seis Gigajulios era un nivel de energía
importante y las variaciones entre ambas
líneas debían ser incalculables;
sin embargo, no dejaba de ser curioso también
el efecto opuesto: cuando uno recorría
la ciudad, todo parecía idéntico
a la línea cero. ¿A qué
obedecía que los cambios fueran tan
puntuales e inconexos? ¿Realmente
una variación histórica tenía
tendencia a desaparecer con el paso del
tiempo -como afirmaban algunos científicos-
en lugar de extenderse y ramificarse indefinidamente?
Sentado en su mesa habitual junto a la ventana,
andaba sumido en esos pensamientos cuando
una figura extrañamente familiar
entró en el local. Estupefacto contemplo
cómo Loria -su esposa- se dirigía
hacia él.
-Ca... cariño... ¿Qué
haces aquí? -tartamudeó.
Ella pareció sorprendida y tras unos
instantes esbozó una sonrisa.
-¡Vaya! Eso sí que es ir al
grano. ¿Nos conocemos?
En ese momento se dio cuenta de su error.
No era su esposa sino la Loria del gradiente
cincuenta y seis, la que nunca conoció
a Indra ni se casó con él
porque él no existía en ese
mundo.
-P... Perdone... Creo que la he confundido
con otra persona.
Ella volvió a sonreír y se
acomodó en una mesa cercana.
Estaba aturdido. En todos sus saltos acarreando
valijas, nunca había coincidido con
alguien tan próximo, alguien a quien
lo uniera un lazo emocional tan directo.
No podía dejar de dirigir miradas
fugaces hacia ella. ¿En verdad era
la misma persona? ¿Cuanto había
cambiado de una realidad a otra? ¿Se
habría casado con otro?... De pronto,
se sintió extraño, como una
especie de intruso. Su presencia allí
no tenía sentido, era una especie
de “incoherencia cósmica”.
Ella había notado que la miraba y
parecía algo nerviosa. “Soy
un idiota -pensó Indra-, se va a
dar cuenta de que pasa algo. No debo mirar
más”. Cuando ella se marchó,
ignorándolo, se sintió extraño...,
vacío. Era una sensación desagradable
ver cómo es el mundo sin uno mismo,
como ocurría en aquella vieja historia
cuyo nombre no recordaba.
De vuelta en su línea de origen,
cuando se dirigía a su casa, ideas
extrañas rondaban por su cabeza:
¿Y si había alguna especie
de conexión espiritual entre ambas
Lorias; entre todos los dobles de cada gradiente?
¿Habría notado algo su mujer
auténtica? ¿Intuiría
quizás, lo que le había pasado
hoy a él? Todo el mundo tiene dobles,
infinitos dobles; sin embargo, él
mismo no era consciente de nada que no fuera
su propia realidad. ¿Era posible
que los pensamientos, las ideas, los antojos,
los “¿y si hubiera ocurrido
que...?”, fueran producto de una interacción
entre las mentes de los millones de dobles
que poblaban todos esos mundos similares
pero nunca idénticos, esparcidos
a lo largo de incontables gradientes de
energía?
Ya en casa, Loria no parecía haber
percibido nada de todo aquello. Indra Levantó
al bebé y jugueteó con él.
-No lo agites que acaba de cenar -dijo ella.
Con el bebé abrazado, Indra no podía
dejar de mirarla. Trataba de buscar similitudes
y diferencias con aquella otra mujer. ¿Eran
verdaderamente la misma persona? El matiz
que más las diferenciaba era la mirada.
No podría concretar en qué
consistía pero la Loria del café
tenía en la mirada el brillo de la
euforia, la decisión, el interés...
¿la depredadora?... La Loria de su
mundo -su Loria- tenía la mirada
cansada, apagada por el esfuerzo diario
y la rutina, pero tenía también
una luz cálida, una sensación
tierna, un brillo acogedor... familiar...
Durante varios días coincidió
con la otra Loria en aquel café.
Se había propuesto dejar de ir allí
pero no lo hizo. No sabría decir
cuándo comenzaron a saludarse aunque
sí recordaba el día en que
ella se sentó a su mesa con una vaga
excusa y comenzaron a hablar. Debería
haber cortado con aquello inmediatamente
pero, era algo tan... extraño. Como
volver a otro tiempo. Revivir momentos pasados
de su vida pero teniendo la ocasión
de saborear las cosas, de cambiarlas, de
no cometer los mismos errores...
-Un nombre curioso, Indra, ¿no? -decía
ella, repitiendo sin saberlo, una vieja
conversación.
-Mi abuela materna era de La India.
-Oh, ¡vaya! Entonces supongo que ya
habrá concertado tu matrimonio ¿No?
-rió.
-No creo. Ella se fugó cuando era
una adolescente y se casó en Europa.
No creo que tuviera un apego excesivo por
las tradiciones.
-De todas formas, es un nombre original.
-Tiene sus inconvenientes. En la escuela
se reían de mí porque mi nombre
parecía de chica.
Era una sensación extraña,
verla allí, hablando y comportándose
comedidamente mientras él conocía
todos los pormenores e intimidades acerca
de ella. La forma en que disimuladamente
encogía el dedo anular izquierdo
para ocultar esa mancha en la piel que la
avergonzaba. Como trataba de aparentar interés
hacia temas de la conversación que
él sabía con certeza que la
aburrían profundamente... La gran
preocupación que mostraba por arreglarse
la ropa y por comprobar continuamente si
su escote se desbocaba demasiado... y mientras,
él la miraba y podía verla
allí, completamente desnuda, no porque
la imaginara así, sino porque la
había visto cientos de veces y la
imagen estaba grabada en sus retinas. La
mezcla de esos recuerdos con su actual comportamiento
pudoroso, ignorante de todo, resultaba extrañamente
turbador y sexualmente excitante.
Todos los días, cuando regresaba
a su línea original, hacía
el firme propósito de dejar de verla;
pero, sin percatarse, había quedado
atrapado en aquella vieja trampa: “Sólo
una vez más. Mañana lo haré”.
En cierta ocasión, mientras conversaban,
se quedó mirándola fijamente
absorto en sus pensamientos. Ahí
estaba, con el pelo prácticamente
igual, quizá un color algo más
claro, pero el peinado semejante; las ropas
en el mismo estilo, distintas pero, en el
fondo, iguales... “¿Tan poco
he significado en tu vida que mi ausencia
no te ha cambiado nada? -pensó, con
tristeza-”.
-Te cambio mi copa por tus pensamientos
-dijo ella.
-Esa es la segunda frase que más
molesta a un hombre cuando viene de una
mujer.
Ella sonrió algo azorada.
-Perdona. A veces soy un poco brusco -dijo
él.
-Bien. Ahora tendrás que decirme
cuál es la primera antes de que este
estereotipo que parece que soy la pronuncie.
-Esta otra tarda más tiempo en aparecer,
pero está comprobado científicamente
que su aparición es inevitable.
-¿Sí? -dijo ella haciendo
una mueca-. ¿Por qué tengo
la impresión de que va a ser algo
desagradable?
-Quizá porque las verdades duelen
más.
-Bien. Escuchemos al gran profeta, el portador
de la verdad -bromeó ella, divertida
pero algo molesta.
-No sé si debo... Apenas nos conocemos
y estos excesos...
-¡Suéltala ya!, don Juan de
pacotilla -casi gritó ella entre
risas.
Era evidente que el alcohol estaba haciendo
estragos.
-“Ya no me quieres como antes”
-dijo Indra.
Loria explotó a reír y él
se contagió de su risa.
-¡Qué bobada! Yo jamás
diré eso -dijo, entre risas.
-Lo dirás. Puedo asegurarte que lo
harás –rió él.
“Dentro de cincuenta Gigajulios lo
harás” –pensó.
Aquella noche, en la cama, junto a la Loria
de siempre -su Loria-, tenía una
extraña sensación de culpabilidad.
¿Que pasaría si se acostaba
con ella en la otra realidad? ¿Estaría
siendo infiel a su esposa? ¡Pero si
era ella misma! Y sin embargo no conseguía
convencerse a sí mismo. Era alguien
igual que ella pero no exactamente ella.
Una especie de hermana gemela. Sin embargo,
en algún momento del pasado -antes
de que las dos realidades se bifurcaran-
sí que fueron la misma persona. Giró
entre las mantas y se abrazó a ella.
“Qué insensatez -pensó-.
Liarse con la misma mujer dos veces y simultáneamente”.
Debía de estar loco, cuando una sola
bastaba para complicarle a uno la vida hasta
límites insospechados...
III. LA AUSENCIA
Cuando entraba en casa después de
varias horas de recorridos por la ciudad
haciendo compras y encargos, Rosa -la niñera-,
con un cierto matiz de impertinencia en
la voz, dijo:
-¿Otra vez aquí? ¿Y
ahora qué se le ha olvidado?
Sabía que Rosa tenía una especie
de paranoia, la manía de que cuando
alguien volvía de inmediato a la
casa después de salir era para tratar
de sorprenderla haciendo algo indebido;
pero, ¿hoy? Hacía más
de dos horas que había salido de
allí.
-No se me ha olvidado nada, Rosa. Simplemente
vuelvo a casa después de hacer puntualmente
todos los recados.
Ella lo miró, pensativa, un buen
rato.
-¿Y qué ha hecho con Loria?
¿La ha dejado sola allí?
-No la he dejado en ningún sitio.
¿De qué hablas?
-Hablo de que se la ha llevado usted hace
un rato a hacer una visita al sitio ese
donde trabaja -casi gritó ella agitando
las manos exageradamente como acostumbraba-.
¿Ya se le ha olvidado? ¡Y esa
manía de cambiarse de ropa! ¿A
qué viene ahora?
Y se marchó rezongando.
-En esta casa están medio locos y
me van a volver loca a mí también...
Indra estaba petrificado. Su corazón
latía vertiginosamente. ¿Era
posible? ¿Estaba ocurriendo de verdad
aquel desatino? ¿Había venido
un doble suyo para llevársela?
Salió de la casa a la carrera y dando
un portazo. Condujo alocadamente hasta el
Centro y entró al aparcamiento. Allí
estaba el coche de Loria. Dejó el
suyo detrás bloqueándole la
salida y corrió hacia las escaleras.
Al pasar por el arco del detector de la
entrada sonó una alarma. Su amigo
Efrén, el guardia de seguridad le
cortó el paso.
-¿Qué pasa Efrén? Tengo
mucha prisa.
-Calma, hombre. Espera que comprobemos cuál
es el problema -respondió mientras
miraba en el terminal.
-Has entrado por segunda vez -dijo.
-¡Está aquí! ¡Va
a escaparse con ella!
Efrén volvió a sujetarlo cuando
trataba se salir corriendo hacia la sala.
-¡No puedo dejarte pasar! Hay órdenes
estrictas ahora sobre estos casos.
-¡Ayúdame! El tipo de antes
no era yo, era un doble mío y se
ha llevado a Loria. Va a volver con ella
a su propia línea.
-Tengo orden de retenerte hasta que venga
un inspector de seguridad y haga todo el
trámite. Esto es muy serio.
-¡Claro que es serio! ¡La va
a secuestrar! ¿No lo entiendes? Se
la lleva y después será imposible
localizarlo.
Su amigo se frotó la cara con la
mano mientras resoplaba.
-¡Mierda, Ros! Vas a conseguir que
me echen. ¡Vamos! Pero no te separes
de mí.
Y se dirigieron a paso ligero hacia los
ascensores. Cuando entraron en la sala de
control, sólo estaba Niko.
-¿Indra? Un instante antes y te encuentras
en persona con un doble tuyo. No debe ser
agradable.
-¿Dónde está? ¿Iba
Loria con el?
-Sí, iban juntos. Sólo era
una visita; han regresado a su línea.
-¡Dios! ¿A dónde han
ido? ¿A qué gradiente?
La sonrisa desapareció del rostro
de Niko.
-¿Qué es lo que pasa? ¿Ocurre
algo?
-Sí -dijo Indra-. ¡Ocurre que
ese tipo ha secuestrado a mi mujer! ¡Se
la ha llevado!
Niko miró atónito a Indra.
Parpadeó innumerables veces antes
de acertar a hablar.
-Pero... pero, tenían autorización
los dos. Una simple visita, ida y vuelta...
-¡No puede ser! ¿A qué
gradiente han ido?
-Esa información no está.
Tú lo sabes. Se registra sólo
en la pulsera personal.
-Pero, tiene que haber una forma de saberlo.
Mira en el registro de la máquina.
-La información no está. Es
algo que se acordó en uno de los
tratados. Una forma de protección
para que nadie pueda suplantar al viajero
y saltar fingiendo su regreso. Es probable
que tú llevaras ese acuerdo en una
maleta en alguno de tus saltos. Indra sacó
nervioso su teléfono y marcó
el número de ella. ¿Y si estaba
equivocado? ¿Y si realmente la que
se había marchado era una visitante
de otra línea? La esperanza se aferra
a los resquicios más insignificantes
dispuesta a hacer a la lógica renunciar
a cualquier evidencia obtenida con el mayor
de los esfuerzos... El número no
estaba disponible.
El sistema de localización de teléfonos
personales de la policía vino a sepultar
el tenue brillo de esperanza que aun se
agitaba en el interior de Indra.
-Este teléfono no se encuentra en
nuestro país o bien ha sido destruido
o modificado alterando su identificador
-dijo el agente que operaba el sistema.
El Mundo cayó sobre la cabeza de
Indra y se hizo pedazos. Lo imposible, lo
impensable, había ocurrido. Y le
había ocurrido a él.
La demanda de secuestro dio paso a todo
un aparatoso proceso del que ya había
oído hablar -y no bien- en más
de una ocasión. Policía, detectives,
registros, pruebas, testimonios, informes,
un ejercito de abogados, sumarios, más
policía, más informes, más
sumarios … en conjunto, nada. Un maldito
enigma la forma en que su yo alternativo
había hecho para conseguir autorizar
la salida de ella. Según los datos
recabados, ambos habían llegado juntos
y se habían vuelto a marchar juntos.
Para colmo, el vacío legal en lo
referente a los delitos interlíneas
impedía castigar al culpable, algo
que a Indra en realidad no importaba, sólo
quería recuperar a su mujer; pero
la ley actual era taxativa: sólo
se puede capturar al culpable identificado
inequívocamente y eso era algo, técnicamente
imposible. El salto entre líneas
no tenía precisión para fijar
el destino en una línea concreta,
lo más que se podía hacer,
era acceder a un gradiente compuesto por
un número cuasi infinito de líneas
similares. No era una cuestión tecnológica,
sino un límite físico impuesto
por el Principio de Inestabilidad. En realidad
–se decía-, no existen líneas
propiamente dichas que se continúen
en el tiempo, sino explosiones permanentes
de variaciones que se expanden en forma
arborescente. Por tanto, técnicamente,
aunque atraparan a uno de sus dobles, no
podrían identificarlo inequívocamente
como el responsable primero de la acción
ni a la mujer secuestrada como la auténtica
mujer de Indra. En su actual situación,
la futura Ley de Responsabilidad Extendida
no parecía ya algo tan descabellado,
aunque se diera la paradoja de que él
mismo se viera afectado por la penalización,
siendo a la vez, víctima e imputado.
El
paso del tiempo le fue inyectando la cruda
realidad en las venas como un líquido
frío. ¿De qué servía
toda aquella metafísica? Lo único
cierto era la ausencia de ella, la soledad
de él; la tristeza en los ojos del
bebé...
Hasta que un día, mientras contemplaba
a su hijo jugar –inquieto, como siempre,
impaciente, pendiente de cualquier ruido,
esperando volverse y encontrar por fin a
su madre-, tomó una decisión.
“Si no puedo tener a la auténtica,
al menos tendré una idéntica.
Se lo debo a mi hijo, porque yo también
soy culpable en cierto modo, solo que las
circunstancias no me han empujado a ello”.
Sentado en el café donde conoció
por segunda vez a Loria -en el gradiente
cincuenta y seis-, meditaba sobre lo que
iba a decir. No era fácil explicar
todo aquel enredo a alguien ajeno a los
saltos interlínea. Decidió
que la sinceridad absoluta era la mejor
opción; un buen punto de partida
para una futura relación. Ella era
una mujer inteligente ¿Cómo
asimilaría aquello? ¿Se sentiría
abrumada al recibir de golpe tanta y tan
sorprendente información? Y luego
estaba el problema de las autorizaciones
para sacarla de allí, pero ya lo
arreglaría de algún modo con
Niko.
Quizá se engañó a sí
mismo confundiéndola inconscientemente
con su auténtica mujer; quizá
le atribuyó demasiados lazos y recuerdos
que estaban en él pero no en ella
o tal vez sólo sucedió que
lo que había urdido era una simple
y llana insensatez. La cuestión es
que, a medida que iba hablando sentado frente
a ella, con cada frase que salía
de su boca, se iba percatando de lo descabellado
de aquel plan gestado en la angustia y la
desesperación. ¿Qué
le estaba pidiendo a aquella mujer, a aquella
desconocida? ¿Que entrara en su vida
obviando todo lo bueno de una relación?
Que se saltara el romance inicial, el descubrimiento
mutuo, la ilusión del comienzo, la
gestación y nacimiento de un niño...
y entrara directamente en la monotonía
de una vida conyugal ajena, construida sobre
recuerdos que no le pertenecían,
con un hijo biológicamente suyo pero
al que no había alumbrado, ni disfrutado
desde el principio, ni conocido... En definitiva,
un disparate inconmensurable.
Tal vez por eso, no se inmutó cuando
ella salió por la puerta habiendo
pronunciado sólo tres palabras: “Estás
completamente loco”.
IV. OJO POR OJO
Le
habían concedido algunos días
de permiso “para que resolviera los
problemas legales”, los mismos días
que se conceden por fallecimiento de un
familiar. Tumbado en su cama, ajeno al mundo;
su mente trabajaba frenéticamente.
En la otra habitación, el bebé
lloraba y Rosa lo atendía. No podía
olvidarlo todo y seguir como si nada. Los
preceptos de la Ley de Responsabilidad Extendida
pendía sobre él como la espada
de Damocles. “No soy un criminal -se
repetía-, pero mi doble, alguien
idéntico a mí, en estas mismas
circunstancias ha obrado así. Ahora
la pregunta es: ¿Puedo yo realmente
tomar una decisión distinta a la
suya? Somos la misma persona en las mismas
circunstancias. ¿Qué puedo
hacer? No soy un criminal. Pero... entre
las cuasi infinitas líneas donde
ella está, ¿por qué
he de ser yo el tonto que se queda sin caramelo?
No era algo que me correspondiera a mí.
Fue otro el que me traspasó su problema...”.
Desde mucho antes de planearlo conscientemente,
en su interior, la idea del secuestro estaba
ya claramente arraigada. “No soy un
criminal -se volvió a repetir a sí
mismo-”. Y, de nuevo, la Ley de Responsabilidad
refutó sus palabras: “El instinto
criminal está en el hombre y aflorará
si se dan las circunstancias apropiadas.
Negar esto, es decir, afirmar que un hombre
inocente puede convertirse en criminal sólo
por las circunstancias, sería afirmar
que las cárceles están llenas
de circunstancias adversas”.
“¡Claro que las cárceles
están llenas de circunstancias adversas!
-pensó- ¿Acaso no es una circunstancia
adversa nacer en una familia miserable?
¿No es una circunstancia adversa
ser maltratado y pisoteado en la infancia
y a lo largo de tu vida? ¿Y no es
en último extremo una circunstancia
adversa nacer con una carga genética
propensa a la violencia o a la agresividad?
¿Es alguien responsable de la herencia
genética que recibe?...”
-¡No es mi problema! -gritó
incorporándose hasta quedar sentado
en la cama-. No es mi maldito problema y
no me lo voy a tragar. ¡A la mierda
con la Ley!
Pocos días después, Indra
se presentó ante Niko, maletín
en mano, con autorización para un
salto estructural programado.
-No era necesario que te incorporaras tan
pronto, este salto podía haberlo
hecho Salas.
-Voy a entrar en ese túnel y cuando
vuelva no voy a estar solo.
Niko lo miró fijamente con los ojos
muy abiertos y parpadeando a toda velocidad.
-Necesito una autorización para ella
-continuó Indra.
-¿Piensas secuestrar a Loria? ¿A...
otra Loria?
-Pienso deshacer el daño que otro
ha hecho y necesito que me ayudes.
-¿Me estás pidiendo que sea
cómplice de un secuestro? ¡Hay
pena de cárcel por eso!
-¡Pero esta vez es algo justo! Vamos
a deshacer el daño. ¡Por Dios,
Niko! Tú has cenado con nosotros,
en casa, con Loria... Ahora ya no está.
¿Vas a dejar a mi hijo sin su madre?
-Yo… No tengo la culpa… No sé…
No debemos hacerlo…
-¡No trates de hacer el papel de incorruptible
hombre justo porque no lo eres!
-¿Y tú cómo lo sabes?
-gritó Niko.
Indra calló unos instantes mientras
miraba a su amigo. Y finalmente, respondió:
-Porque ya me has dado esa autorización
en otra línea. Me la diste permitiéndome
así hacer el daño... y ahora
tendrás que volver a dármela
para que repare ese daño.
Niko giró en su silla y se rascó
furiosamente la cabeza.
-¿Y qué harás cuando
entres en esa otra línea ante mi
doble con una autorización para Loria
sin que ella venga contigo? ¿Cómo
me vas a engañar allí?
-Dímelo tú. Si no me equivoco,
otro doble mío te engañó
a ti para llevarse a Loria de aquí.
-¡Por Dios, Indra! ¡Deja ya
de echarme en cara mi responsabilidad en
el secuestro! ¡Tú fuiste quién
lo planeó y lo llevó a cabo
y ahora lo estás volviendo a hacer!
¡Deja ya de descargar tus culpas sobre
mí!
-¡No tendría que hacerlo si
abandonaras esa posición de santurrón
escandalizado y me ayudaras a acabar con
esta mierda cuanto antes!
Niko Arosa hizo una mueca de desagrado pero
finalmente, suspiró y se frotó
la cara con la mano.
-Está bien. Acabemos con esto cuanto
antes.
-¿Cómo pudo hacer mi doble
para engañarte? Las conclusiones
de la investigación dicen que él
entró con ella desde su línea
original y ambos volvieron a salir. ¿Cómo
demonios lo hizo? ¿Entró él
solo furtivamente y luego volvió
con declinación negativa acompañado
por ella?
-¡Bah! –respondió Niko
haciendo un gesto de rechazo con la mano-.
Es mucho más fácil que toda
esa mierda. Me engañaste; me pusiste
entre la espada y la pared obligándome
a mentir a la policía.
-Hazme un favor: no hables de mí
cuando te refieras a ese tipo -puntualizó
Indra.
-Está bien. Él llegó
solo. Llevaba su autorización que
yo registré; debía llevar
la de ella en el bolsillo. Hasta aquí
todo era normal. Salió del edificio
sin novedad. El truco vino luego, un par
de horas más tarde: cuando regresé
de desayunar, él estaba aquí…
con ella. Me dijo: “¿Dónde
estabas? He tenido que hacer tu trabajo.
Antes olvidé decirte que Loria vendría
a hacer una visita a las once. He supervisado
yo mismo el proceso de llegada, aquí
tienes su autorización”.
-Pero, ¿y ella? Se supone que la
trajo engañada. ¿No le resultó
extraña la conversación?
-No estaba escuchando. Curioseaba por los
paneles.
-¡Mierda! Era de esperar en ella.
-Como es lógico, registré
la autorización y ambos salieron
del edificio. Desde luego, tuvo que forzar
bastante la cosa ante ella si es que la
había traído engañada
para una supuesta visita a los túneles.
No sé qué le diría
para volver a salir de aquí. El caso
es que se fueron y regresaron apenas media
hora después…
-¿Y no te resultó extraño
que la supuesta visita de ella aquí
fuera tan breve? –dijo Indra.
-¡Claro que sí! Pero, ¿qué
iba a hacer? Las autorizaciones estaban
en orden.
-¿Y cómo es posible que ocurra
algo así? ¿Dónde están
las medidas de seguridad?
-La seguridad consiste en que yo debería
haber bloqueado la máquina antes
de salir de aquí. ¿Quién
iba a imaginar que alguien de la casa iba
a tramar algo así? Al final de la
jornada había una discordancia entre
el número de saltos y las autorizaciones.
-¿Y por qué no salió
a la luz eso en la investigación
policial?
-Porque yo falsifiqué una entrada
en la lista de saltos –respondió
Niko.
-¿Qué hiciste qué?
-Sí, Indra ¡Falsifiqué
un salto! ¿Qué iba a hacer?
Podían echarme por el maldito descuido
del desayuno, de manera que falsifiqué
una entrada en la lista y dije que los dos
habían llegado normalmente. ¡De
todas formas ya no tenía solución!
Eso no iba a influir en nada a la hora de
intentar recuperar a Loria. ¿Qué
necesidad había de una víctima
más? Esto es lo único que
sé hacer y me encanta mi trabajo.
Indra abrió la boca para arrojar
algún reproche pero se contuvo. En
realidad él mismo era el auténtico
culpable de todo –él bajo otras
circunstancias- y no tenía fuerza
moral para echar en cara nada a su amigo.
-Bien. Así lo haremos otra vez. Pero...,
¿qué pasará si el Niko
de la línea de destino conoce ya
el engaño que me has contado?
-No puede haber reciprocidad circular en
un secuestro de este tipo -dijo Niko mientras
hacía los ajustes preliminares-;
sólo multiplicidad.
-No entiendo.
-No puedes ir a por una Loria a una línea
donde se haya producido el secuestro porque
entonces Loria no estará allí.
Tienes que ir a una en la que Loria sí
esté y, por lo tanto, ese Niko no
habrá sufrido el engaño ¿Entiendes?
-¿Se te ocurre algo más que
pueda salir mal?
Niko lo miró detenidamente y parpadeó
varias veces.
-No veo la forma en que esto pueda salir
bien. Pero te la jugaste una vez y supongo
que tendrás que hacerlo de nuevo.
Dame ese maletín, se lo daré
a Salas. No puedes mezclar esto con un salto
oficial; las coordenadas quedarían
registradas en el destino. Te conseguiré
una autorización de visita para ella,
ida y vuelta y otra para ti; pero si alguien
me pregunta diré que los dos entrasteis
juntos en ese tubo.
-¿Y qué pasará si ese
otro Niko no se ha olvidado de bloquear
la consola?
-Asurbanipal.
-¿Qué?
-Asurbanipal, es mi clave para acceder a
la consola.
Tras algunos preparativos, Niko le entregó
las pulseras con las autorizaciones.
-Bien. Cuando pases por ese túnel,
tendrás unas dos horas para localizar
a Loria y llevarla -con el engaño
que prefieras- al Centro antes de que aquel
Niko vuelva del desayuno. Entonces, con
tus fantásticas dotes de actor lo
convencerás de que esa Loria que
está contigo vino también
de visita a través del túnel,
teniendo la precaución de que ella
-que no sabrá nada- no escuche tu
conversación con mi doble. ¿Estás
seguro de que quieres seguir adelante con
esta insensatez?
-Ya seguí adelante una vez. ¿Qué
ha cambiado ahora?
-Bien. Entonces..., estas son las franjas
de energía disponibles; elige una.
-¿Yo?
-Sí, tú. No quiero cargar
yo con la responsabilidad de elegir a la
víctima. Ya sabes, en vertical varía
la banda energética y en horizontal
el grado de torsión.
Indra pulsó sobre la pantalla táctil
en medio de una franja de color rojizo,
en la parte donde se tornaba anaranjada
antes de convertirse en amarilla.
-Bien. La franja es buena. Vamos con ello
-dijo Niko.
La puerta se abrió y Indra entró
en el túnel.
-Espero que no nos tengamos que arrepentir
de esto -dijo su amigo-. Que tengas suerte.
La salida al otro lado transcurrió
con normalidad. Mostró su autorización
al doble de Niko y salió de la sala.
Mientras caminaba por los pasillos, saludó
a varios conocidos –algo que le hizo
sentirse definitivamente culpable-. “La
futura investigación por el secuestro
sacará a la luz esos pequeños
detalles: testigos, horas, lugares... -pensó-,
detalles que permiten reconstruir el trayecto
seguido por el secuestrador que ahora soy
yo”. Sabía muy bien como funcionaba
todo aquello; estaba fresco en su memoria.
Salió del edificio, tomó un
taxi y fue directo a su casa. Ninguno de
los dos coches estaba allí. Entró
en la casa. El bebé, a duras penas
se mantenía en pie agarrado a la
malla del parquecito. Al ver a su padre
dio unos saltitos entre risas. Rosa estaba
en otra habitación. Indra lo besó
en la frente y fue a su dormitorio. Ya empezaba
a tener algo de experiencia en suplantaciones.
Abrió su armario y comprobó
que la ropa que él mismo llevaba
encima estaba también en el armario,
lo cual quería decir que el Indra
de esa línea iba vestido con otra
ropa. Salió del dormitorio y entró
al salón sobresaltando a Rosa.
-Pero ¿Qué hace aquí
otra vez? -dijo ella.
-He venido a cambiarme. Me había
manchado de arriba a abajo.
-¡Pues qué bien!
-A propósito ¿Dónde
ha dicho Loria que iba?
-¡Yo qué sé! ¿No
habían quedado en el bar ese al lado
de la guardería?
-Ah, sí. Lo había olvidado...
Pero lo gracioso es que no recuerdo tampoco
la hora.
-Pues yo no la sé. A mí no
me pagan por hacer de secretaria.
-Bueno, bueno. No te enfades.
Dio un beso al bebé y se dirigió
a la puerta y entonces se dio cuenta de
lo que iba a hacer. Se volvió, miró
al niño y pensó: “Voy
a dejarte sin madre”. Y salió
a la calle con un nudo en la garganta y
una losa en la conciencia.
No sabía la hora de la cita, de modo
que se sentó en la terraza del café
a esperarla. El tiempo transcurría
lenta y agónicamente. Ya había
pasado más de una hora desde que
saliera del Centro; no quedaba mucho tiempo.
Cuando al fin apareció, Indra a duras
penas lograba ocultar su impaciencia.
-¿Por qué te has cambiado
de ropa? -preguntó ella.
-¿Eh...? No... sólo es...
que me he manchado con el café.
-¿Y te ha dado tiempo a volver a
casa y cambiarte?
-He llegado bastante justo.
-Bueno, tenemos que ir a buscar el sofá
y comprar alguna ropa para el niño.
-Sí; bien... ¿Que te parecería
hacer una visita a los túneles? -casi
explotó Indra apremiado por la hora.
Ella frunció el ceño.
-¿Qué pasa con los túneles?
¿Es el mes de las ofertas?
-¿Qué... qué quieres
decir?
-Ya hicimos la visitita hace dos semanas.
Y menuda caca de visita.
De pronto, comprendió que, por una
de esas extrañas coincidencias de
la vida, había ido a para al gradiente
o uno muy próximo del que salió
el secuestrador. Nunca creyó en ese
altisonante concepto llamado “Destino”,
por lo que le resultó más
fácil asimilar la idea de que la
elección de una banda energética
y grado de torsión al azar no había
sido tan aleatoria como le pudo parecer
y había sido muy parecida a la que
su doble en la otra línea eligió.
Esto le provocó un cierto malestar
por las implicaciones que tenía respecto
a otro altisonante concepto: “El Libre
Albedrío”; pero no eran el
momento ni el lugar para sumergirse en tales
disquisiciones.
-Cierto... Ya estuvimos allí, pero...
Reconoció, a lo lejos, entre la gente
que caminaba por la acera una figura familiar.
El corazón le latía con tal
intensidad que temió que ella pudiera
oírlo.
-...Precisamente por eso... -continuó-
querría compensar aquel fiasco con...
Su doble se aproximaba cada vez más
entre la multitud.
-¡Mierda! Basta ya de excusas y tonterías
-gruñó Indra en voz baja-.
Tengo que decirte algo importante.
-Sí, pero date prisa que van a cerrar
y tenemos que...
-¡Olvídate de eso y escúchame!
-gritó Indra.
Ella lo miró con una mezcla de asombro
e irritación.
-No nos queda mucho tiempo. Tú sabes
dónde trabajo. Sabes que existen
muchas líneas con realidades repetidas,
¿verdad?
-Sí, pero ¿es necesario que
montes este numerito aquí gritando
y...?
-Esa visita que hiciste... que hicimos a
los túneles no fue tal. La persona
que te acompañó no era yo.
Era alguien de otra línea que vino
para llevarte con él. ¿Entiendes?
La irritación de ella se había
transformado en inquietud.
-¿Te has vuelto loco? ¿De
qué estás hablando?
Su doble estaba ya a escasos cincuenta metros
de ellos y parecía haberse dado cuenta
de que había alguien más en
la mesa.
-Te estoy hablando de un secuestro. Una
persona exactamente igual que yo, llegó
desde una línea paralela y te llevó
con él.
-Pero... siempre dijiste que eran sólo
matemáticas. Líneas de probabilidad...
No eran reales.
-¡Sí lo son! Son totalmente
reales. No he hablado mucho de eso porque
se supone que es un secreto. La mayor parte
de la gente no sabe nada, pero tú...
-la frase quedó cortada.
Indra miraba por encima de Loria al otro
Indra, en pie tras ella. Era la primera
vez que se contemplaba a sí mismo
en otra realidad. Sintió un escalofrío.
¿Había algo peligroso en aquella
situación? ¿Estaban dando
lugar a algún tipo de paradoja cósmica?
-¿Qué... qué haces
aquí? ¿De dónde has
salido? -dijo el doble aún más
asombrado que él.
Loria se giró en la silla y vio al
otro Indra tras ella. El sobresalto fue
mayúsculo. Dejó escapar un
grito ahogado y el retroceso hizo volcar
la silla. Sentada en el suelo retrocedió
como huyendo de aquella visión imposible.
La gente de las demás mesas contemplaba
atentamente la escena.
-He venido a recuperar lo que es mío
-dijo Indra a media voz tratando de que
no lo oyera el público de alrededor.
-¿Cómo me has encontrado?
-dijo el otro.
-Eso no importa. Ahora ella vendrá
conmigo y repararemos el daño. Todo
volverá a la normalidad.
Tras unos instantes de silencio, el doble
dijo dirigiéndose a Loria:
-Es un impostor. Yo soy el auténtico
Indra.
Ella, seguía en el suelo, apoyada
en la pared y mirando en silencio a uno
y a otro en estado de shock.
-No me tenía por un miserable, pero
veo que estaba equivocado -dijo el Indra
original.
-No te preocupes, son sólo las circunstancias
-dijo el otro, acercándose a ella-.
Puedo demostrarte que yo soy el auténtico.
Mira mis ropas, son las mismas de esta mañana.
Puedo decirte exactamente lo que hemos desayunado...
-¿Necesita ayuda, señorita?
-dijo de pronto un camarero que se había
acercado- ¿Quiere que llame a la
policía?
-¡Lárguese de aquí!
-gritaron al unísono los dos.
-No te dejes confundir -continuó
Indra-. ¡Claro que esta mañana
era él! Era él desde la visita
a los túneles; desde el momento del
secuestro.
-No lo escuches -dijo el otro-. No te dejes
enredar por esa locura. Ven conmigo y volvamos
a casa.
-¿Qué pasó con la otra?
¿Qué le ocurrió a tu
mujer? ¿Por qué secuestraste
a la mía? -le acosó Indra.
-Está muerta -dijo ella.
Ambos la miraron con asombro.
-¿Cómo?
-Está muerta. Ahora lo comprendo
todo.
Indra la miraba absorto tratando de imaginar
cómo podía ella saber tal
cosa mientras su doble cerraba los ojos
en un gesto de dolor.
-Todas esas preguntas -continuó ella-,
esas caras de asombro... “Perdona,
alguien dijo que habías muerto. Desde
luego yo no podía creerlo. Cuanto
me alegro de que fuera un malentendido...”.
Los que no se atrevían a pronunciar
la palabra: “Nos dijeron que estuviste
muy muy enferma”...
-Desde el primer momento -comenzó
a decir pausada y resignadamente el doble-,
incluso antes de planearlo conscientemente,
la idea del secuestro estaba ya en mi mente.
Mientras esperaba la ambulancia en el suelo
junto a su cuerpo aún caliente, mi
cabeza estaba tramándolo todo.
Se dejó caer pesadamente en la silla
más próxima. La gente de alrededor
comenzó poco a poco a volver a sus
asuntos, una vez terminado el conato violento.
-Oculté el sepelio. No se lo dije
a nadie, ni a los más allegados,
pero fue inevitable que mucha gente se enterase.
Transeúntes circunstanciales, el
personal del hospital... Ya sabéis,
ésta es una ciudad pequeña...
-¿Qué pasó? -preguntó
Indra mientras ayudaba a Loria a levantarse.
-No lo sé. Es algo absurdo -su rostro
se contrajo en un gesto de dolor-. No lo
entendí entonces y sigo sin entenderlo.
Ella había bajado del coche, yo estaba
aparcando... y escuché un ruido,
como un petardo... Entonces vi al tipo calvo
de negro correr con una pistola... Y ella
estaba muerta, tendida en la calle... No
hubo tiempo para nada, ni un atraco, ni
resistencia... Simplemente vino y la mató...
¡El muy hijo de puta la mató,
sin mediar palabra!...
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Indra y su esposa permanecieron en silencio
sin saber qué decir.
-Lo siento -dijo él-. De veras...
Pero no tengo mucho tiempo para volver a
mi línea... Tenemos que marcharnos
ya.
-¡Espera! -casi gritó el otro.
Se acercó a él con las manos
extendidas pero justo antes de tocarlo se
detuvo y apartó las manos como temiendo
que si ambos se tocaran pudiera producirse
algún tipo de paradoja que desencadenara
un desastre.
-Tienes que ayudarme -continuó-.
Yo no puedo entrar hacia atrás en
mi propia línea pero tú si
puedes hacerlo. Entra al pasado de este
gradiente y evita que la maten. Ve a la
calle Fundación el veinte de julio
a las cinco de la tarde. El tipo calvo de
negro...
-Es una locura. Tú sabes como yo
que nada puede cambiarse. Lo único
que haría es generar otro gradiente
en el que ella viviría, pero tú
seguirías igual.
-Eso pensaba yo también, pero, ¿y
si después de todo hay alguna relación?
He tenido mucho tiempo para meditar mientras
estaba sumido en el dolor. ¿Y si...
si hubiera una tendencia... un valor medio
hacia el que todas las líneas confluyen?
¿Y si cuantos más gradientes
en que ella viva más opciones hay
de que viva en todos? ¿Entiendes...?
-Lo siento. Sólo hay desesperación
en tus ideas. Lo siento de verdad... Adiós.
Indra y su mujer comenzaron a alejarse del
lugar. Tras ellos, el otro gritó:
-¿Qué son cuarenta Gigajulios?
¡No son nada! Tu mundo está
junto a este. Tal vez lo que me ha pasado
a mí te pase a ti también
dentro de poco. ¡Recuerda, el veinte
de julio a las cinco de la tarde!
Con las palabras de su otro yo grabadas
a sangre en su mente, Indra giró
la esquina abrazado a Loria y se alejaron
de allí. El doble se dejó
caer en una silla y, cubriéndose
el rostro con las manos, lloró en
silencio ante la atenta mirada del público
congregado.
El engaño a Niko para retornar se
consumó exactamente en los mismos
términos en que se produjo en la
línea cero. “La misma persona
en las mismas circunstancias” -pensó
Indra y , de nuevo, se sintió molesto
por aquella absoluta invariabilidad de los
hechos, por ese desprecio que la naturaleza
parecía tener hacia la supuesta libertad
de la condición humana. Las decisiones
parecían no existir, tan solo había
“acontecimientos”.
V. EL RETORNO
El regreso de Loria fue maravilloso. Sobre
todo por el bebé. Desbordaba alegría
y no necesitaba palabras para expresarlo.
Para la mayoría de los allegados,
la resolución del caso resultó
fácil de explicar, no sabían
nada de los saltos y pensaban que se trataba
de un secuestro normal. Para los pocos que
sí lo sabían, Indra describió
un heroico rescate interlínea por
parte de las autoridades. Lo que más
le preocupaba era la propia policía,
en cuyos archivos, Loria figuraba como desaparecida,
aunque, probablemente, el caso estaría
archivado y nadie tendría mucho interés
en sacar a la luz de nuevo aquel fracaso.
Todo volvía a la normalidad, la felicidad
hacía acto de presencia -de forma
imperceptible, como ella acostumbra.
Al menos al principio.
Poco a poco, las palabras de su doble en
el gradiente cuarenta, comenzaron a hacerse
más presentes en sus pensamientos
y a entretejer un oscuro tramado sobre el
horizonte que terminó por convertirse
en una insoportable losa que lastraba cualquier
intento de progreso. “Tu mundo está
junto a éste. Tal vez lo que me ha
pasado a mí te pase a ti también
dentro de poco”. “¿Y
si hubiera una tendencia, un valor medio
hacia el que todas las líneas confluyen?
¿Y si cuantos más gradientes
en que ella viva más opciones hay
de que viva en todos?”.
¿Y si su doble tenía razón?
¿Y si el hecho de que estuviera muerta
en la mayoría de los gradientes determinaba
de alguna forma que, finalmente muriera
en todos? ¿Había una tendencia
de las líneas a la confluencia…,
a contrarrestar de alguna forma el proceso
natural de multiplicación continua
en árboles infinitos…? Y también
estaba la reciprocidad. Si la habían
matado en aquel gradiente, ¿Quién
podía asegurarle que no la harían
en este más tarde? Si él lo
impedía allí, por reciprocidad,
es posible que otro doble suyo lo impidiera
en éste, si es que, finalmente se
producía el ataque.
Cada vez más, la idea de intervenir,
de cambiar lo ocurrido creando un número
cuasi infinito de líneas en las que
ella estuviera viva le resultaba tranquilizador,
deseable... necesario... imprescindible...
Como una especie de reto intelectual comenzó
a trazar un plan. ¿Era posible hacer
un salto negativo sin ser descubierto? ¿Cómo
podía hacerse? Día a día
se fue sumiendo más y más
en esos pensamientos, resolviendo cada uno
de los problemas que surgían en el
proceso. Le resultaba gratificante dejarse
llevar por aquellas ideas descabelladas
–y peligrosas-, mientras conducía,
mientras se cepillaba los dientes…
todas las actividades rutinarias se convirtieron
de repente en un reducto de fantasías
emocionantes. Y en el fondo sabía
que lo eran –emocionantes-, porque
podían llegar a convertirse en realidad.
Pasadas tres semanas desde el retorno de
su mujer, se encontró en una encrucijada:
había concluido el plan y no había
encontrado ningún escollo insalvable.
Bastó un día sin pensar en
ello –un simulacro de olvido- para
darse cuenta de que su vida sería
un infierno de remordimientos si no trataba
de llevarlo a cabo.
El primer problema al que se enfrentaba
su plan era conseguir un arma. La necesitaría
para detener al tipo calvo. Nada de disparos.
Si todo salía bien, bastaría
con encañonarlo hasta que llegara
la policía. No tenía contactos
en el mundo del hampa y las armas cortas
–por fortuna- no podían conseguirse
legalmente con facilidad. Además
había otro problema: aunque la consiguiera,
no podría entrar y salir con ella
del Centro, había detectores a la
entrada. La solución que urdió
era realmente brillante –a su entender-.
Sabía que su amigo Efrén,
el guardia de seguridad, tenía una
segunda arma en casa -se la había
mostrado alguna vez-. Era una lujosa pistola
que le habían regalado un grupo de
amigos del cuerpo. No podía pedírsela
por las buenas, tendría que robarla,
y aquí estaba la genialidad del plan:
la robaría en el gradiente de destino,
una vez fuera del edificio y, por supuesto,
se desharía de ella
|