Los árboles del tiempo

Relato Completo

Autor: Antonio J. Cebrián.

Orígen: Albacete, España.

Relato finalista: PREMIO ANDRÓMEDA 2005. "El tiempo y la modificación de acontecimientos históricos"

 

LOS ÁRBOLES DEL TIEMPO

I. LÍNEAS Y GRADIENTES

Indra Ros entró en el túnel y la puerta deslizante se cerró tras él. Durante unos instantes quedó sumido en la oscuridad mientras un ruido agudo crecía a su espalda. Cuando el acelerador de partículas alcanzó el nivel energético necesario, la estancia se iluminó. En la pequeña pantalla de la parte superior brilló la indicación “Bloqueado” y se inició la cuenta atrás desde veintitrés. Un viento cálido y suave le agitó el cabello. Al fondo del túnel cilíndrico -de unos quince metros de longitud-, podía verse una puerta idéntica a la que quedaba a su espalda. Decían que en realidad el túnel tenía sólo la mitad de esa longitud, que la otra mitad correspondía al reflejo de ésta en la línea alternativa -la realidad paralela de destino-. Quien presumía de haber estado ahí con el sistema desconectado -algo inusual, por el alto coste energético que suponía su puesta en marcha-, afirmaba que en el centro del túnel, cortándolo, había una pared lisa de hormigón plástico, totalmente sólida e infranqueable; algo realmente difícil de creer cuando uno recorría la longitud completa del tubo caminando sin notar nada en absoluto en el momento de atravesar la zona central.
Cuando alcanzó el otro extremo, la cuenta atrás rondaba el quince. El por qué unos enlaces podían mantenerse más que otros sin que el coste energético se disparara exponencialmente era solo uno de los misterios pendientes alrededor del proceso de salto entre líneas. El sonido se detuvo y las luces se apagaron. Instantes después, se abrió la puerta y entró de nuevo en la misma sala de la que salió, pero a cincuenta y seis Gigajulios de distancia. Un Niko Arosa con la melena algo más corta y de color más claro lo esperaba sentado en su sillón giratorio.
-Veamos esa autorización -dijo-, acercando un diminuto lápiz electrónico a la pulsera que Indra portaba en la mano izquierda.
-¿Sigues sin fiarte de mí?
-De ti si que me fío. El problema es saber de qué “ti” se trata.
-Sólo hay un “mí” relevante y soy yo. Lo demás son burdas copias.
-Sí, sí... Eso dicen todos. Bien, la autorización es correcta. He aquí el hombre privilegiado que puede permitirse gastar unos millones de las arcas públicas para echar una cana al aire -dijo Niko extendiendo las manos teatralmente hacia él.
-No necesito cambiar de línea para echar un polvo -protestó Indra.
-¡No me digas! Vienes a una línea en la que no existes, y por lo tanto no estás casado, solamente a pasear por las calles, que ya conoces, y meditar con tranquilidad, ¿no?
-Claro que no. En realidad trabajo para el SIG y he entrado aquí con un ángulo de declinación negativo para cambiar el pasado de esta mierda de línea que no conduce a ninguna parte.
-Pues para que lo sepas, esta línea es la línea central original del discurrir cosmológico y todas esas parodias alrededor nuestro son simples ramificaciones condenadas a desaparecer tarde o temprano.
-Sí, sí... Eso dicen todos -respondió Indra mientras se alejaba hacia la salida.
Cuando ya salía de la sala de control se volvió y dijo:
-A propósito, te sienta mejor un tinte más oscuro, como en la otra parte.
-Yo no uso tintes. Algún día voy a pasar por esa puerta y voy a decirle cuatro cosas a ese afeminado que pretende ser yo al otro lado del túnel.
Mientras caminaba por la calle, volvió a reflexionar -como casi todos los días- sobre su peculiar situación. Sí, realmente era un privilegio poder apartarse de su vida diaria, dejar a un lado -temporalmente- todas las obligaciones: su trabajo, su esposa y su hijo y disfrutar de unas horas sólo para él; allí, en aquella línea dentro de un gradiente en el que él mismo no existía, al parecer, porque murió siendo muy pequeño a causa de una enfermedad desconocida. Disponía de unas cuatro horas extra en aquel lugar -durante la media hora del desayuno en el trabajo-, tiempo extra que conseguía retornando a su línea con un ligero ángulo de declinación negativo –un pequeño retroceso temporal- que le hacía llegar sólo media hora después de la partida. Un retroceso hasta un instante anterior al de su partida, es decir, fuera del cono temporal, amen de disparar el gasto energético, estaba estrictamente prohibido. Al principio, tener días de veintiocho horas le había ocasionado algunos trastornos físicos, pero con el tiempo había terminado por adaptarse al ritmo, a cambio de dormir diez horas diarias. Loria, su mujer -que no estaba al tanto de nada- pasó bastante tiempo preocupada por él, pensando que podía tener alguna enfermedad que le hiciera dormir tanto. Pero finalmente, terminó por acostumbrarse. Tan sólo, a veces, le reprochaba:
-¡Qué viejo estás! Deberías darte algún tratamiento en la cara. No te cuidas nada.
Y desde luego, tenía razón. Entre sus escapadas diarias y los desfases debidos a los saltos de su propio trabajo, él había vivido más años que ella durante el periodo que llevaban juntos. Pero si no fuera por aquel privilegio -estipulado cuidadosamente en su contrato de trabajo-, por aquellas preciosas horas de libertad, no habría podido sacar adelante su libro. Un ensayo de opinión sobre diversos temas relacionados con las líneas temporales. Trataba especialmente las cuestiones más polémicas que eran motivo de debate entre técnicos y juristas con vistas a la elaboración de una nueva Ley que regulara el complejo proceso de los saltos. Como la liberalización del uso de túneles interlínea, traspasando las competencias de vigilancia y control desde los gobiernos a las empresas. Algo que, a juicio de Indra provocaría un aumento de irregularidades y conflictos entre los gradientes más próximos; por ejemplo, un aumento de los “secuestros a la carta”, consistentes en que una persona, habiendo perdido a un familiar cercano, saltaba a un gradiente en el que no se había producido ese fallecimiento y, mediante engaños, se llevaba al ser querido a su propia línea temporal –traspasando así la desgracia a su doble de la otra línea-. El control privado de los túneles abría las puertas –en opinión de Indra- a toda una mafia de empresas que ofrecieran estos servicios a cambio de grandes sumas de dinero. Además, se ponían en riesgo los acuerdos entre líneas próximas que prohibían el acceso con declinación inferior al cono temporal, es decir, entrar en un tiempo anterior. Aunque no era posible realmente cambiar los hechos de una línea concreta -en realidad, lo único que se hacía era generar un nuevo gradiente compuesto por cuasi infinitas líneas-, sí que podía darse el caso de generar nuevas realidades con una finalidad puramente especulativa, como eliminando empresas de la competencia o dando lugar a situaciones más favorecedoras que permitirían a los especuladores obtener grandes beneficios en esa nueva realidad y trasladarlos a la propia. En ese sentido, para Indra, resultaba especialmente alarmante el proyecto de ley planteado por diversos partidos que pretendía una liberalización total de las transacciones económica entre líneas; según ellos, al fin y al cabo, se trataba se sociedades idénticas y en igualdad de condiciones. Otra cuestión polémica que había tratado en el libro, aunque sin una opinión tan clara y definitiva como en los demás temas, era la “Ley de Responsabilidad Extendida”, por la cuál, un delito de ámbito interlineal debía atribuirse, con gravedad decreciente –en relación con la distancia energética- a todos los dobles de esa persona –o repeticiones de sí mismo- a lo largo de las líneas de su gradiente e incluso de los gradientes más cercanos. Este concepto, escandaloso en principio, no resultaba tan descabellado cuando se conocía la realidad que rodeaba las relaciones interlínea. Con la ley vigente en ese momento, ningún delito interlínea podía ser castigado, porque, técnicamente, era imposible acceder exactamente al infractor de la línea original, entre otras cosas porque las líneas no eran tales, sino estallidos constantes en forma de árboles de probabilidad. Pasado un tiempo habría millones de infractores y ninguno sería exactamente el original. Con la citada ley, la responsabilidad de un delito se extendería alcanzando a los dobles cercanos –aunque esas personas no hubieran cometido ninguna infracción-. La justificación principal pasaba por afirmar que esa persona, y por lo tanto, todos sus dobles energéticamente próximos, serían delincuentes en potencia que, simplemente, no habrían delinquido por no concurrir las circunstancias propicias. Negar esto, sería afirmar que las cárceles están llenas de “circunstancias adversas”.
Potencialmente, la publicación del libro le supondría sumar unos valiosos puntos con vistas a su traslado al área de altas energías. Algo que perseguía hace tiempo y que, como era de esperar, no agradaba mucho a su esposa a causa del mayor índice de riesgo de esa sección.
Su actual trabajo se circunscribía al departamento de baja energía, es decir, las líneas probabilísticamente más próximas y por tanto, más similares a la suya. Entre sus funciones habituales estaba la de enlace diplomático entre líneas. En muchas ocasiones había sido el encargado de llevar valijas conteniendo leyes y tratados fundamentales para las relaciones entre sociedades. Pero en realidad el auténtico contenido del maletín rara vez le era revelado por lo que su trabajo podría decirse que se asemejaba más a una labor de mensajería que cualquier otra cosa. Había cientos de personas trabajando en su área, pero el centro de atención y el principal objetivo de casi todo el personal era el departamento de altas energías. Donde unos pocos afortunados se aventuraban hasta los gradientes más remotos a los que los actuales recursos energéticos permitían acceder para escrutar realidades muy distantes en términos de probabilidad. Había quien afirmaba que, con una cantidad de energía lo suficientemente grande, se podría acceder a realidades de probabilidad casi nula y, por tanto, asistir a acontecimientos imposibles, como cruzarse por la calle con el pato Donald. Por supuesto, había detractores de tales teorías que afirmaban que el conjunto de realidades posibles se encontraban acotadas en el interior de una franja energética cuyo límite superior lo establecía la constante de Brotnik y se fijaba en torno a los veinte Terajulios. Otro factor motivo de polémicas y especulaciones eran las franjas prohibidas, regiones energéticas a las que no se tenía acceso y que, en principio se atribuían a realidades en las que no existía la tecnología del salto, aunque a su alrededor bullían toda clase de teorías repartidas a lo largo de un amplio espectro de excentricidad. Un campo de estudio que había cobrado gran relevancia era la predicción y localización de nuevas franjas prohibidas. Era fundamental conocer su ubicación en el espectro energético para evitar la conexión involuntaria con ellas, lo que provocaba la desaparición del extremo reflejado del túnel y su sustitución por la masa original de hormigón plástico que, por razones aún no completamente explicadas, provocaba un empuje en una dirección imprevisible equivalente a la inercia de la masa y en proporción directa a la energía del gradiente. En varias ocasiones, el desafortunado ajuste energético se había saldado con la destrucción del túnel original y parte de la sala de control. A estos riesgos generales a ambos departamentos, el de altas energías sumaba otros mucho mayores y de naturaleza desconocida. Cuando el Centro treinta y dos, situado en Kérouané se desintegró provocando un seísmo de magnitud siete, hubo que replantear por completo las especificaciones en materia de seguridad. La ubicación de varios Centros en plataformas orbitales supuso una nueva etapa en las investigaciones de alta energía. Permitió realizar conexiones con líneas más distantes reduciendo el riesgo para el personal, ubicado en tierra. Aunque, para los viajeros, suponía añadir el siempre arriesgado trayecto entre el planeta y la estación.
Para Indra, los grandes saltos eran sólo un sueño, que esperaba cumplir antes de que la edad y las condiciones físicas se lo impidieran. Por ahora, sus emocionantes aventuras consistían en traspasar maletines desde el despacho de enlace diplomático a ese mismo despacho al otro lado del túnel. Tomándolo de la mano de un funcionario y entregándolo nuevamente a ese mismo funcionario, a varios Gigajulios de distancia. A menudo se preguntaba si aquello tenía realmente algún sentido.


II. EL ENCUENTRO

En su deambular por el gradiente cincuenta y seis solía frecuentar un café a un par de manzanas del Centro. Le resultaba llamativo que el local tuviera el mismo aspecto que en su realidad natal y, sin embargo, el camarero fuera otra persona. ¿Qué relación podía tener el hecho de que él mismo no existiera allí con el cambio de propietario de aquel establecimiento? En realidad, sabía que su propia existencia no era la única diferencia entre ambos gradientes. Cincuenta y seis Gigajulios era un nivel de energía importante y las variaciones entre ambas líneas debían ser incalculables; sin embargo, no dejaba de ser curioso también el efecto opuesto: cuando uno recorría la ciudad, todo parecía idéntico a la línea cero. ¿A qué obedecía que los cambios fueran tan puntuales e inconexos? ¿Realmente una variación histórica tenía tendencia a desaparecer con el paso del tiempo -como afirmaban algunos científicos- en lugar de extenderse y ramificarse indefinidamente?
Sentado en su mesa habitual junto a la ventana, andaba sumido en esos pensamientos cuando una figura extrañamente familiar entró en el local. Estupefacto contemplo cómo Loria -su esposa- se dirigía hacia él.
-Ca... cariño... ¿Qué haces aquí? -tartamudeó.
Ella pareció sorprendida y tras unos instantes esbozó una sonrisa.
-¡Vaya! Eso sí que es ir al grano. ¿Nos conocemos?
En ese momento se dio cuenta de su error. No era su esposa sino la Loria del gradiente cincuenta y seis, la que nunca conoció a Indra ni se casó con él porque él no existía en ese mundo.
-P... Perdone... Creo que la he confundido con otra persona.
Ella volvió a sonreír y se acomodó en una mesa cercana.
Estaba aturdido. En todos sus saltos acarreando valijas, nunca había coincidido con alguien tan próximo, alguien a quien lo uniera un lazo emocional tan directo. No podía dejar de dirigir miradas fugaces hacia ella. ¿En verdad era la misma persona? ¿Cuanto había cambiado de una realidad a otra? ¿Se habría casado con otro?... De pronto, se sintió extraño, como una especie de intruso. Su presencia allí no tenía sentido, era una especie de “incoherencia cósmica”. Ella había notado que la miraba y parecía algo nerviosa. “Soy un idiota -pensó Indra-, se va a dar cuenta de que pasa algo. No debo mirar más”. Cuando ella se marchó, ignorándolo, se sintió extraño..., vacío. Era una sensación desagradable ver cómo es el mundo sin uno mismo, como ocurría en aquella vieja historia cuyo nombre no recordaba.
De vuelta en su línea de origen, cuando se dirigía a su casa, ideas extrañas rondaban por su cabeza: ¿Y si había alguna especie de conexión espiritual entre ambas Lorias; entre todos los dobles de cada gradiente? ¿Habría notado algo su mujer auténtica? ¿Intuiría quizás, lo que le había pasado hoy a él? Todo el mundo tiene dobles, infinitos dobles; sin embargo, él mismo no era consciente de nada que no fuera su propia realidad. ¿Era posible que los pensamientos, las ideas, los antojos, los “¿y si hubiera ocurrido que...?”, fueran producto de una interacción entre las mentes de los millones de dobles que poblaban todos esos mundos similares pero nunca idénticos, esparcidos a lo largo de incontables gradientes de energía?
Ya en casa, Loria no parecía haber percibido nada de todo aquello. Indra Levantó al bebé y jugueteó con él.
-No lo agites que acaba de cenar -dijo ella.
Con el bebé abrazado, Indra no podía dejar de mirarla. Trataba de buscar similitudes y diferencias con aquella otra mujer. ¿Eran verdaderamente la misma persona? El matiz que más las diferenciaba era la mirada. No podría concretar en qué consistía pero la Loria del café tenía en la mirada el brillo de la euforia, la decisión, el interés... ¿la depredadora?... La Loria de su mundo -su Loria- tenía la mirada cansada, apagada por el esfuerzo diario y la rutina, pero tenía también una luz cálida, una sensación tierna, un brillo acogedor... familiar...
Durante varios días coincidió con la otra Loria en aquel café. Se había propuesto dejar de ir allí pero no lo hizo. No sabría decir cuándo comenzaron a saludarse aunque sí recordaba el día en que ella se sentó a su mesa con una vaga excusa y comenzaron a hablar. Debería haber cortado con aquello inmediatamente pero, era algo tan... extraño. Como volver a otro tiempo. Revivir momentos pasados de su vida pero teniendo la ocasión de saborear las cosas, de cambiarlas, de no cometer los mismos errores...
-Un nombre curioso, Indra, ¿no? -decía ella, repitiendo sin saberlo, una vieja conversación.
-Mi abuela materna era de La India.
-Oh, ¡vaya! Entonces supongo que ya habrá concertado tu matrimonio ¿No? -rió.
-No creo. Ella se fugó cuando era una adolescente y se casó en Europa. No creo que tuviera un apego excesivo por las tradiciones.
-De todas formas, es un nombre original.
-Tiene sus inconvenientes. En la escuela se reían de mí porque mi nombre parecía de chica.
Era una sensación extraña, verla allí, hablando y comportándose comedidamente mientras él conocía todos los pormenores e intimidades acerca de ella. La forma en que disimuladamente encogía el dedo anular izquierdo para ocultar esa mancha en la piel que la avergonzaba. Como trataba de aparentar interés hacia temas de la conversación que él sabía con certeza que la aburrían profundamente... La gran preocupación que mostraba por arreglarse la ropa y por comprobar continuamente si su escote se desbocaba demasiado... y mientras, él la miraba y podía verla allí, completamente desnuda, no porque la imaginara así, sino porque la había visto cientos de veces y la imagen estaba grabada en sus retinas. La mezcla de esos recuerdos con su actual comportamiento pudoroso, ignorante de todo, resultaba extrañamente turbador y sexualmente excitante.
Todos los días, cuando regresaba a su línea original, hacía el firme propósito de dejar de verla; pero, sin percatarse, había quedado atrapado en aquella vieja trampa: “Sólo una vez más. Mañana lo haré”.
En cierta ocasión, mientras conversaban, se quedó mirándola fijamente absorto en sus pensamientos. Ahí estaba, con el pelo prácticamente igual, quizá un color algo más claro, pero el peinado semejante; las ropas en el mismo estilo, distintas pero, en el fondo, iguales... “¿Tan poco he significado en tu vida que mi ausencia no te ha cambiado nada? -pensó, con tristeza-”.
-Te cambio mi copa por tus pensamientos -dijo ella.
-Esa es la segunda frase que más molesta a un hombre cuando viene de una mujer.
Ella sonrió algo azorada.
-Perdona. A veces soy un poco brusco -dijo él.
-Bien. Ahora tendrás que decirme cuál es la primera antes de que este estereotipo que parece que soy la pronuncie.
-Esta otra tarda más tiempo en aparecer, pero está comprobado científicamente que su aparición es inevitable.
-¿Sí? -dijo ella haciendo una mueca-. ¿Por qué tengo la impresión de que va a ser algo desagradable?
-Quizá porque las verdades duelen más.
-Bien. Escuchemos al gran profeta, el portador de la verdad -bromeó ella, divertida pero algo molesta.
-No sé si debo... Apenas nos conocemos y estos excesos...
-¡Suéltala ya!, don Juan de pacotilla -casi gritó ella entre risas.
Era evidente que el alcohol estaba haciendo estragos.
-“Ya no me quieres como antes” -dijo Indra.
Loria explotó a reír y él se contagió de su risa.
-¡Qué bobada! Yo jamás diré eso -dijo, entre risas.
-Lo dirás. Puedo asegurarte que lo harás –rió él.
“Dentro de cincuenta Gigajulios lo harás” –pensó.
Aquella noche, en la cama, junto a la Loria de siempre -su Loria-, tenía una extraña sensación de culpabilidad. ¿Que pasaría si se acostaba con ella en la otra realidad? ¿Estaría siendo infiel a su esposa? ¡Pero si era ella misma! Y sin embargo no conseguía convencerse a sí mismo. Era alguien igual que ella pero no exactamente ella. Una especie de hermana gemela. Sin embargo, en algún momento del pasado -antes de que las dos realidades se bifurcaran- sí que fueron la misma persona. Giró entre las mantas y se abrazó a ella. “Qué insensatez -pensó-. Liarse con la misma mujer dos veces y simultáneamente”. Debía de estar loco, cuando una sola bastaba para complicarle a uno la vida hasta límites insospechados...


III. LA AUSENCIA

Cuando entraba en casa después de varias horas de recorridos por la ciudad haciendo compras y encargos, Rosa -la niñera-, con un cierto matiz de impertinencia en la voz, dijo:
-¿Otra vez aquí? ¿Y ahora qué se le ha olvidado?
Sabía que Rosa tenía una especie de paranoia, la manía de que cuando alguien volvía de inmediato a la casa después de salir era para tratar de sorprenderla haciendo algo indebido; pero, ¿hoy? Hacía más de dos horas que había salido de allí.
-No se me ha olvidado nada, Rosa. Simplemente vuelvo a casa después de hacer puntualmente todos los recados.
Ella lo miró, pensativa, un buen rato.
-¿Y qué ha hecho con Loria? ¿La ha dejado sola allí?
-No la he dejado en ningún sitio. ¿De qué hablas?
-Hablo de que se la ha llevado usted hace un rato a hacer una visita al sitio ese donde trabaja -casi gritó ella agitando las manos exageradamente como acostumbraba-. ¿Ya se le ha olvidado? ¡Y esa manía de cambiarse de ropa! ¿A qué viene ahora?
Y se marchó rezongando.
-En esta casa están medio locos y me van a volver loca a mí también...
Indra estaba petrificado. Su corazón latía vertiginosamente. ¿Era posible? ¿Estaba ocurriendo de verdad aquel desatino? ¿Había venido un doble suyo para llevársela?
Salió de la casa a la carrera y dando un portazo. Condujo alocadamente hasta el Centro y entró al aparcamiento. Allí estaba el coche de Loria. Dejó el suyo detrás bloqueándole la salida y corrió hacia las escaleras. Al pasar por el arco del detector de la entrada sonó una alarma. Su amigo Efrén, el guardia de seguridad le cortó el paso.
-¿Qué pasa Efrén? Tengo mucha prisa.
-Calma, hombre. Espera que comprobemos cuál es el problema -respondió mientras miraba en el terminal.
-Has entrado por segunda vez -dijo.
-¡Está aquí! ¡Va a escaparse con ella!
Efrén volvió a sujetarlo cuando trataba se salir corriendo hacia la sala.
-¡No puedo dejarte pasar! Hay órdenes estrictas ahora sobre estos casos.
-¡Ayúdame! El tipo de antes no era yo, era un doble mío y se ha llevado a Loria. Va a volver con ella a su propia línea.
-Tengo orden de retenerte hasta que venga un inspector de seguridad y haga todo el trámite. Esto es muy serio.
-¡Claro que es serio! ¡La va a secuestrar! ¿No lo entiendes? Se la lleva y después será imposible localizarlo.
Su amigo se frotó la cara con la mano mientras resoplaba.
-¡Mierda, Ros! Vas a conseguir que me echen. ¡Vamos! Pero no te separes de mí.
Y se dirigieron a paso ligero hacia los ascensores. Cuando entraron en la sala de control, sólo estaba Niko.
-¿Indra? Un instante antes y te encuentras en persona con un doble tuyo. No debe ser agradable.
-¿Dónde está? ¿Iba Loria con el?
-Sí, iban juntos. Sólo era una visita; han regresado a su línea.
-¡Dios! ¿A dónde han ido? ¿A qué gradiente?
La sonrisa desapareció del rostro de Niko.
-¿Qué es lo que pasa? ¿Ocurre algo?
-Sí -dijo Indra-. ¡Ocurre que ese tipo ha secuestrado a mi mujer! ¡Se la ha llevado!
Niko miró atónito a Indra. Parpadeó innumerables veces antes de acertar a hablar.
-Pero... pero, tenían autorización los dos. Una simple visita, ida y vuelta...
-¡No puede ser! ¿A qué gradiente han ido?
-Esa información no está. Tú lo sabes. Se registra sólo en la pulsera personal.
-Pero, tiene que haber una forma de saberlo. Mira en el registro de la máquina.
-La información no está. Es algo que se acordó en uno de los tratados. Una forma de protección para que nadie pueda suplantar al viajero y saltar fingiendo su regreso. Es probable que tú llevaras ese acuerdo en una maleta en alguno de tus saltos. Indra sacó nervioso su teléfono y marcó el número de ella. ¿Y si estaba equivocado? ¿Y si realmente la que se había marchado era una visitante de otra línea? La esperanza se aferra a los resquicios más insignificantes dispuesta a hacer a la lógica renunciar a cualquier evidencia obtenida con el mayor de los esfuerzos... El número no estaba disponible.
El sistema de localización de teléfonos personales de la policía vino a sepultar el tenue brillo de esperanza que aun se agitaba en el interior de Indra.
-Este teléfono no se encuentra en nuestro país o bien ha sido destruido o modificado alterando su identificador -dijo el agente que operaba el sistema.
El Mundo cayó sobre la cabeza de Indra y se hizo pedazos. Lo imposible, lo impensable, había ocurrido. Y le había ocurrido a él.
La demanda de secuestro dio paso a todo un aparatoso proceso del que ya había oído hablar -y no bien- en más de una ocasión. Policía, detectives, registros, pruebas, testimonios, informes, un ejercito de abogados, sumarios, más policía, más informes, más sumarios … en conjunto, nada. Un maldito enigma la forma en que su yo alternativo había hecho para conseguir autorizar la salida de ella. Según los datos recabados, ambos habían llegado juntos y se habían vuelto a marchar juntos. Para colmo, el vacío legal en lo referente a los delitos interlíneas impedía castigar al culpable, algo que a Indra en realidad no importaba, sólo quería recuperar a su mujer; pero la ley actual era taxativa: sólo se puede capturar al culpable identificado inequívocamente y eso era algo, técnicamente imposible. El salto entre líneas no tenía precisión para fijar el destino en una línea concreta, lo más que se podía hacer, era acceder a un gradiente compuesto por un número cuasi infinito de líneas similares. No era una cuestión tecnológica, sino un límite físico impuesto por el Principio de Inestabilidad. En realidad –se decía-, no existen líneas propiamente dichas que se continúen en el tiempo, sino explosiones permanentes de variaciones que se expanden en forma arborescente. Por tanto, técnicamente, aunque atraparan a uno de sus dobles, no podrían identificarlo inequívocamente como el responsable primero de la acción ni a la mujer secuestrada como la auténtica mujer de Indra. En su actual situación, la futura Ley de Responsabilidad Extendida no parecía ya algo tan descabellado, aunque se diera la paradoja de que él mismo se viera afectado por la penalización, siendo a la vez, víctima e imputado.

El paso del tiempo le fue inyectando la cruda realidad en las venas como un líquido frío. ¿De qué servía toda aquella metafísica? Lo único cierto era la ausencia de ella, la soledad de él; la tristeza en los ojos del bebé...
Hasta que un día, mientras contemplaba a su hijo jugar –inquieto, como siempre, impaciente, pendiente de cualquier ruido, esperando volverse y encontrar por fin a su madre-, tomó una decisión. “Si no puedo tener a la auténtica, al menos tendré una idéntica. Se lo debo a mi hijo, porque yo también soy culpable en cierto modo, solo que las circunstancias no me han empujado a ello”.
Sentado en el café donde conoció por segunda vez a Loria -en el gradiente cincuenta y seis-, meditaba sobre lo que iba a decir. No era fácil explicar todo aquel enredo a alguien ajeno a los saltos interlínea. Decidió que la sinceridad absoluta era la mejor opción; un buen punto de partida para una futura relación. Ella era una mujer inteligente ¿Cómo asimilaría aquello? ¿Se sentiría abrumada al recibir de golpe tanta y tan sorprendente información? Y luego estaba el problema de las autorizaciones para sacarla de allí, pero ya lo arreglaría de algún modo con Niko.
Quizá se engañó a sí mismo confundiéndola inconscientemente con su auténtica mujer; quizá le atribuyó demasiados lazos y recuerdos que estaban en él pero no en ella o tal vez sólo sucedió que lo que había urdido era una simple y llana insensatez. La cuestión es que, a medida que iba hablando sentado frente a ella, con cada frase que salía de su boca, se iba percatando de lo descabellado de aquel plan gestado en la angustia y la desesperación. ¿Qué le estaba pidiendo a aquella mujer, a aquella desconocida? ¿Que entrara en su vida obviando todo lo bueno de una relación? Que se saltara el romance inicial, el descubrimiento mutuo, la ilusión del comienzo, la gestación y nacimiento de un niño... y entrara directamente en la monotonía de una vida conyugal ajena, construida sobre recuerdos que no le pertenecían, con un hijo biológicamente suyo pero al que no había alumbrado, ni disfrutado desde el principio, ni conocido... En definitiva, un disparate inconmensurable.
Tal vez por eso, no se inmutó cuando ella salió por la puerta habiendo pronunciado sólo tres palabras: “Estás completamente loco”.


IV. OJO POR OJO

Le habían concedido algunos días de permiso “para que resolviera los problemas legales”, los mismos días que se conceden por fallecimiento de un familiar. Tumbado en su cama, ajeno al mundo; su mente trabajaba frenéticamente. En la otra habitación, el bebé lloraba y Rosa lo atendía. No podía olvidarlo todo y seguir como si nada. Los preceptos de la Ley de Responsabilidad Extendida pendía sobre él como la espada de Damocles. “No soy un criminal -se repetía-, pero mi doble, alguien idéntico a mí, en estas mismas circunstancias ha obrado así. Ahora la pregunta es: ¿Puedo yo realmente tomar una decisión distinta a la suya? Somos la misma persona en las mismas circunstancias. ¿Qué puedo hacer? No soy un criminal. Pero... entre las cuasi infinitas líneas donde ella está, ¿por qué he de ser yo el tonto que se queda sin caramelo? No era algo que me correspondiera a mí. Fue otro el que me traspasó su problema...”. Desde mucho antes de planearlo conscientemente, en su interior, la idea del secuestro estaba ya claramente arraigada. “No soy un criminal -se volvió a repetir a sí mismo-”. Y, de nuevo, la Ley de Responsabilidad refutó sus palabras: “El instinto criminal está en el hombre y aflorará si se dan las circunstancias apropiadas. Negar esto, es decir, afirmar que un hombre inocente puede convertirse en criminal sólo por las circunstancias, sería afirmar que las cárceles están llenas de circunstancias adversas”.
“¡Claro que las cárceles están llenas de circunstancias adversas! -pensó- ¿Acaso no es una circunstancia adversa nacer en una familia miserable? ¿No es una circunstancia adversa ser maltratado y pisoteado en la infancia y a lo largo de tu vida? ¿Y no es en último extremo una circunstancia adversa nacer con una carga genética propensa a la violencia o a la agresividad? ¿Es alguien responsable de la herencia genética que recibe?...”
-¡No es mi problema! -gritó incorporándose hasta quedar sentado en la cama-. No es mi maldito problema y no me lo voy a tragar. ¡A la mierda con la Ley!
Pocos días después, Indra se presentó ante Niko, maletín en mano, con autorización para un salto estructural programado.
-No era necesario que te incorporaras tan pronto, este salto podía haberlo hecho Salas.
-Voy a entrar en ese túnel y cuando vuelva no voy a estar solo.
Niko lo miró fijamente con los ojos muy abiertos y parpadeando a toda velocidad.
-Necesito una autorización para ella -continuó Indra.
-¿Piensas secuestrar a Loria? ¿A... otra Loria?
-Pienso deshacer el daño que otro ha hecho y necesito que me ayudes.
-¿Me estás pidiendo que sea cómplice de un secuestro? ¡Hay pena de cárcel por eso!
-¡Pero esta vez es algo justo! Vamos a deshacer el daño. ¡Por Dios, Niko! Tú has cenado con nosotros, en casa, con Loria... Ahora ya no está. ¿Vas a dejar a mi hijo sin su madre?
-Yo… No tengo la culpa… No sé… No debemos hacerlo…
-¡No trates de hacer el papel de incorruptible hombre justo porque no lo eres!
-¿Y tú cómo lo sabes? -gritó Niko.
Indra calló unos instantes mientras miraba a su amigo. Y finalmente, respondió:
-Porque ya me has dado esa autorización en otra línea. Me la diste permitiéndome así hacer el daño... y ahora tendrás que volver a dármela para que repare ese daño.
Niko giró en su silla y se rascó furiosamente la cabeza.
-¿Y qué harás cuando entres en esa otra línea ante mi doble con una autorización para Loria sin que ella venga contigo? ¿Cómo me vas a engañar allí?
-Dímelo tú. Si no me equivoco, otro doble mío te engañó a ti para llevarse a Loria de aquí.
-¡Por Dios, Indra! ¡Deja ya de echarme en cara mi responsabilidad en el secuestro! ¡Tú fuiste quién lo planeó y lo llevó a cabo y ahora lo estás volviendo a hacer! ¡Deja ya de descargar tus culpas sobre mí!
-¡No tendría que hacerlo si abandonaras esa posición de santurrón escandalizado y me ayudaras a acabar con esta mierda cuanto antes!
Niko Arosa hizo una mueca de desagrado pero finalmente, suspiró y se frotó la cara con la mano.
-Está bien. Acabemos con esto cuanto antes.
-¿Cómo pudo hacer mi doble para engañarte? Las conclusiones de la investigación dicen que él entró con ella desde su línea original y ambos volvieron a salir. ¿Cómo demonios lo hizo? ¿Entró él solo furtivamente y luego volvió con declinación negativa acompañado por ella?
-¡Bah! –respondió Niko haciendo un gesto de rechazo con la mano-. Es mucho más fácil que toda esa mierda. Me engañaste; me pusiste entre la espada y la pared obligándome a mentir a la policía.
-Hazme un favor: no hables de mí cuando te refieras a ese tipo -puntualizó Indra.
-Está bien. Él llegó solo. Llevaba su autorización que yo registré; debía llevar la de ella en el bolsillo. Hasta aquí todo era normal. Salió del edificio sin novedad. El truco vino luego, un par de horas más tarde: cuando regresé de desayunar, él estaba aquí… con ella. Me dijo: “¿Dónde estabas? He tenido que hacer tu trabajo. Antes olvidé decirte que Loria vendría a hacer una visita a las once. He supervisado yo mismo el proceso de llegada, aquí tienes su autorización”.
-Pero, ¿y ella? Se supone que la trajo engañada. ¿No le resultó extraña la conversación?
-No estaba escuchando. Curioseaba por los paneles.
-¡Mierda! Era de esperar en ella.
-Como es lógico, registré la autorización y ambos salieron del edificio. Desde luego, tuvo que forzar bastante la cosa ante ella si es que la había traído engañada para una supuesta visita a los túneles. No sé qué le diría para volver a salir de aquí. El caso es que se fueron y regresaron apenas media hora después…
-¿Y no te resultó extraño que la supuesta visita de ella aquí fuera tan breve? –dijo Indra.
-¡Claro que sí! Pero, ¿qué iba a hacer? Las autorizaciones estaban en orden.
-¿Y cómo es posible que ocurra algo así? ¿Dónde están las medidas de seguridad?
-La seguridad consiste en que yo debería haber bloqueado la máquina antes de salir de aquí. ¿Quién iba a imaginar que alguien de la casa iba a tramar algo así? Al final de la jornada había una discordancia entre el número de saltos y las autorizaciones.
-¿Y por qué no salió a la luz eso en la investigación policial?
-Porque yo falsifiqué una entrada en la lista de saltos –respondió Niko.
-¿Qué hiciste qué?
-Sí, Indra ¡Falsifiqué un salto! ¿Qué iba a hacer? Podían echarme por el maldito descuido del desayuno, de manera que falsifiqué una entrada en la lista y dije que los dos habían llegado normalmente. ¡De todas formas ya no tenía solución! Eso no iba a influir en nada a la hora de intentar recuperar a Loria. ¿Qué necesidad había de una víctima más? Esto es lo único que sé hacer y me encanta mi trabajo.
Indra abrió la boca para arrojar algún reproche pero se contuvo. En realidad él mismo era el auténtico culpable de todo –él bajo otras circunstancias- y no tenía fuerza moral para echar en cara nada a su amigo.
-Bien. Así lo haremos otra vez. Pero..., ¿qué pasará si el Niko de la línea de destino conoce ya el engaño que me has contado?
-No puede haber reciprocidad circular en un secuestro de este tipo -dijo Niko mientras hacía los ajustes preliminares-; sólo multiplicidad.
-No entiendo.
-No puedes ir a por una Loria a una línea donde se haya producido el secuestro porque entonces Loria no estará allí. Tienes que ir a una en la que Loria sí esté y, por lo tanto, ese Niko no habrá sufrido el engaño ¿Entiendes?
-¿Se te ocurre algo más que pueda salir mal?
Niko lo miró detenidamente y parpadeó varias veces.
-No veo la forma en que esto pueda salir bien. Pero te la jugaste una vez y supongo que tendrás que hacerlo de nuevo. Dame ese maletín, se lo daré a Salas. No puedes mezclar esto con un salto oficial; las coordenadas quedarían registradas en el destino. Te conseguiré una autorización de visita para ella, ida y vuelta y otra para ti; pero si alguien me pregunta diré que los dos entrasteis juntos en ese tubo.
-¿Y qué pasará si ese otro Niko no se ha olvidado de bloquear la consola?
-Asurbanipal.
-¿Qué?
-Asurbanipal, es mi clave para acceder a la consola.
Tras algunos preparativos, Niko le entregó las pulseras con las autorizaciones.
-Bien. Cuando pases por ese túnel, tendrás unas dos horas para localizar a Loria y llevarla -con el engaño que prefieras- al Centro antes de que aquel Niko vuelva del desayuno. Entonces, con tus fantásticas dotes de actor lo convencerás de que esa Loria que está contigo vino también de visita a través del túnel, teniendo la precaución de que ella -que no sabrá nada- no escuche tu conversación con mi doble. ¿Estás seguro de que quieres seguir adelante con esta insensatez?
-Ya seguí adelante una vez. ¿Qué ha cambiado ahora?
-Bien. Entonces..., estas son las franjas de energía disponibles; elige una.
-¿Yo?
-Sí, tú. No quiero cargar yo con la responsabilidad de elegir a la víctima. Ya sabes, en vertical varía la banda energética y en horizontal el grado de torsión.
Indra pulsó sobre la pantalla táctil en medio de una franja de color rojizo, en la parte donde se tornaba anaranjada antes de convertirse en amarilla.
-Bien. La franja es buena. Vamos con ello -dijo Niko.
La puerta se abrió y Indra entró en el túnel.
-Espero que no nos tengamos que arrepentir de esto -dijo su amigo-. Que tengas suerte.
La salida al otro lado transcurrió con normalidad. Mostró su autorización al doble de Niko y salió de la sala. Mientras caminaba por los pasillos, saludó a varios conocidos –algo que le hizo sentirse definitivamente culpable-. “La futura investigación por el secuestro sacará a la luz esos pequeños detalles: testigos, horas, lugares... -pensó-, detalles que permiten reconstruir el trayecto seguido por el secuestrador que ahora soy yo”. Sabía muy bien como funcionaba todo aquello; estaba fresco en su memoria.
Salió del edificio, tomó un taxi y fue directo a su casa. Ninguno de los dos coches estaba allí. Entró en la casa. El bebé, a duras penas se mantenía en pie agarrado a la malla del parquecito. Al ver a su padre dio unos saltitos entre risas. Rosa estaba en otra habitación. Indra lo besó en la frente y fue a su dormitorio. Ya empezaba a tener algo de experiencia en suplantaciones. Abrió su armario y comprobó que la ropa que él mismo llevaba encima estaba también en el armario, lo cual quería decir que el Indra de esa línea iba vestido con otra ropa. Salió del dormitorio y entró al salón sobresaltando a Rosa.
-Pero ¿Qué hace aquí otra vez? -dijo ella.
-He venido a cambiarme. Me había manchado de arriba a abajo.
-¡Pues qué bien!
-A propósito ¿Dónde ha dicho Loria que iba?
-¡Yo qué sé! ¿No habían quedado en el bar ese al lado de la guardería?
-Ah, sí. Lo había olvidado... Pero lo gracioso es que no recuerdo tampoco la hora.
-Pues yo no la sé. A mí no me pagan por hacer de secretaria.
-Bueno, bueno. No te enfades.
Dio un beso al bebé y se dirigió a la puerta y entonces se dio cuenta de lo que iba a hacer. Se volvió, miró al niño y pensó: “Voy a dejarte sin madre”. Y salió a la calle con un nudo en la garganta y una losa en la conciencia.
No sabía la hora de la cita, de modo que se sentó en la terraza del café a esperarla. El tiempo transcurría lenta y agónicamente. Ya había pasado más de una hora desde que saliera del Centro; no quedaba mucho tiempo. Cuando al fin apareció, Indra a duras penas lograba ocultar su impaciencia.
-¿Por qué te has cambiado de ropa? -preguntó ella.
-¿Eh...? No... sólo es... que me he manchado con el café.
-¿Y te ha dado tiempo a volver a casa y cambiarte?
-He llegado bastante justo.
-Bueno, tenemos que ir a buscar el sofá y comprar alguna ropa para el niño.
-Sí; bien... ¿Que te parecería hacer una visita a los túneles? -casi explotó Indra apremiado por la hora.
Ella frunció el ceño.
-¿Qué pasa con los túneles? ¿Es el mes de las ofertas?
-¿Qué... qué quieres decir?
-Ya hicimos la visitita hace dos semanas. Y menuda caca de visita.
De pronto, comprendió que, por una de esas extrañas coincidencias de la vida, había ido a para al gradiente o uno muy próximo del que salió el secuestrador. Nunca creyó en ese altisonante concepto llamado “Destino”, por lo que le resultó más fácil asimilar la idea de que la elección de una banda energética y grado de torsión al azar no había sido tan aleatoria como le pudo parecer y había sido muy parecida a la que su doble en la otra línea eligió. Esto le provocó un cierto malestar por las implicaciones que tenía respecto a otro altisonante concepto: “El Libre Albedrío”; pero no eran el momento ni el lugar para sumergirse en tales disquisiciones.
-Cierto... Ya estuvimos allí, pero...
Reconoció, a lo lejos, entre la gente que caminaba por la acera una figura familiar. El corazón le latía con tal intensidad que temió que ella pudiera oírlo.
-...Precisamente por eso... -continuó- querría compensar aquel fiasco con...
Su doble se aproximaba cada vez más entre la multitud.
-¡Mierda! Basta ya de excusas y tonterías -gruñó Indra en voz baja-. Tengo que decirte algo importante.
-Sí, pero date prisa que van a cerrar y tenemos que...
-¡Olvídate de eso y escúchame! -gritó Indra.
Ella lo miró con una mezcla de asombro e irritación.
-No nos queda mucho tiempo. Tú sabes dónde trabajo. Sabes que existen muchas líneas con realidades repetidas, ¿verdad?
-Sí, pero ¿es necesario que montes este numerito aquí gritando y...?
-Esa visita que hiciste... que hicimos a los túneles no fue tal. La persona que te acompañó no era yo. Era alguien de otra línea que vino para llevarte con él. ¿Entiendes?
La irritación de ella se había transformado en inquietud.
-¿Te has vuelto loco? ¿De qué estás hablando?
Su doble estaba ya a escasos cincuenta metros de ellos y parecía haberse dado cuenta de que había alguien más en la mesa.
-Te estoy hablando de un secuestro. Una persona exactamente igual que yo, llegó desde una línea paralela y te llevó con él.
-Pero... siempre dijiste que eran sólo matemáticas. Líneas de probabilidad... No eran reales.
-¡Sí lo son! Son totalmente reales. No he hablado mucho de eso porque se supone que es un secreto. La mayor parte de la gente no sabe nada, pero tú... -la frase quedó cortada.
Indra miraba por encima de Loria al otro Indra, en pie tras ella. Era la primera vez que se contemplaba a sí mismo en otra realidad. Sintió un escalofrío. ¿Había algo peligroso en aquella situación? ¿Estaban dando lugar a algún tipo de paradoja cósmica?
-¿Qué... qué haces aquí? ¿De dónde has salido? -dijo el doble aún más asombrado que él.
Loria se giró en la silla y vio al otro Indra tras ella. El sobresalto fue mayúsculo. Dejó escapar un grito ahogado y el retroceso hizo volcar la silla. Sentada en el suelo retrocedió como huyendo de aquella visión imposible. La gente de las demás mesas contemplaba atentamente la escena.
-He venido a recuperar lo que es mío -dijo Indra a media voz tratando de que no lo oyera el público de alrededor.
-¿Cómo me has encontrado? -dijo el otro.
-Eso no importa. Ahora ella vendrá conmigo y repararemos el daño. Todo volverá a la normalidad.
Tras unos instantes de silencio, el doble dijo dirigiéndose a Loria:
-Es un impostor. Yo soy el auténtico Indra.
Ella, seguía en el suelo, apoyada en la pared y mirando en silencio a uno y a otro en estado de shock.
-No me tenía por un miserable, pero veo que estaba equivocado -dijo el Indra original.
-No te preocupes, son sólo las circunstancias -dijo el otro, acercándose a ella-. Puedo demostrarte que yo soy el auténtico. Mira mis ropas, son las mismas de esta mañana. Puedo decirte exactamente lo que hemos desayunado...
-¿Necesita ayuda, señorita? -dijo de pronto un camarero que se había acercado- ¿Quiere que llame a la policía?
-¡Lárguese de aquí! -gritaron al unísono los dos.
-No te dejes confundir -continuó Indra-. ¡Claro que esta mañana era él! Era él desde la visita a los túneles; desde el momento del secuestro.
-No lo escuches -dijo el otro-. No te dejes enredar por esa locura. Ven conmigo y volvamos a casa.
-¿Qué pasó con la otra? ¿Qué le ocurrió a tu mujer? ¿Por qué secuestraste a la mía? -le acosó Indra.
-Está muerta -dijo ella.
Ambos la miraron con asombro.
-¿Cómo?
-Está muerta. Ahora lo comprendo todo.
Indra la miraba absorto tratando de imaginar cómo podía ella saber tal cosa mientras su doble cerraba los ojos en un gesto de dolor.
-Todas esas preguntas -continuó ella-, esas caras de asombro... “Perdona, alguien dijo que habías muerto. Desde luego yo no podía creerlo. Cuanto me alegro de que fuera un malentendido...”. Los que no se atrevían a pronunciar la palabra: “Nos dijeron que estuviste muy muy enferma”...
-Desde el primer momento -comenzó a decir pausada y resignadamente el doble-, incluso antes de planearlo conscientemente, la idea del secuestro estaba ya en mi mente. Mientras esperaba la ambulancia en el suelo junto a su cuerpo aún caliente, mi cabeza estaba tramándolo todo.
Se dejó caer pesadamente en la silla más próxima. La gente de alrededor comenzó poco a poco a volver a sus asuntos, una vez terminado el conato violento.
-Oculté el sepelio. No se lo dije a nadie, ni a los más allegados, pero fue inevitable que mucha gente se enterase. Transeúntes circunstanciales, el personal del hospital... Ya sabéis, ésta es una ciudad pequeña...
-¿Qué pasó? -preguntó Indra mientras ayudaba a Loria a levantarse.
-No lo sé. Es algo absurdo -su rostro se contrajo en un gesto de dolor-. No lo entendí entonces y sigo sin entenderlo. Ella había bajado del coche, yo estaba aparcando... y escuché un ruido, como un petardo... Entonces vi al tipo calvo de negro correr con una pistola... Y ella estaba muerta, tendida en la calle... No hubo tiempo para nada, ni un atraco, ni resistencia... Simplemente vino y la mató... ¡El muy hijo de puta la mató, sin mediar palabra!...
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Indra y su esposa permanecieron en silencio sin saber qué decir.
-Lo siento -dijo él-. De veras... Pero no tengo mucho tiempo para volver a mi línea... Tenemos que marcharnos ya.
-¡Espera! -casi gritó el otro.
Se acercó a él con las manos extendidas pero justo antes de tocarlo se detuvo y apartó las manos como temiendo que si ambos se tocaran pudiera producirse algún tipo de paradoja que desencadenara un desastre.
-Tienes que ayudarme -continuó-. Yo no puedo entrar hacia atrás en mi propia línea pero tú si puedes hacerlo. Entra al pasado de este gradiente y evita que la maten. Ve a la calle Fundación el veinte de julio a las cinco de la tarde. El tipo calvo de negro...
-Es una locura. Tú sabes como yo que nada puede cambiarse. Lo único que haría es generar otro gradiente en el que ella viviría, pero tú seguirías igual.
-Eso pensaba yo también, pero, ¿y si después de todo hay alguna relación? He tenido mucho tiempo para meditar mientras estaba sumido en el dolor. ¿Y si... si hubiera una tendencia... un valor medio hacia el que todas las líneas confluyen? ¿Y si cuantos más gradientes en que ella viva más opciones hay de que viva en todos? ¿Entiendes...?
-Lo siento. Sólo hay desesperación en tus ideas. Lo siento de verdad... Adiós.
Indra y su mujer comenzaron a alejarse del lugar. Tras ellos, el otro gritó:
-¿Qué son cuarenta Gigajulios? ¡No son nada! Tu mundo está junto a este. Tal vez lo que me ha pasado a mí te pase a ti también dentro de poco. ¡Recuerda, el veinte de julio a las cinco de la tarde!
Con las palabras de su otro yo grabadas a sangre en su mente, Indra giró la esquina abrazado a Loria y se alejaron de allí. El doble se dejó caer en una silla y, cubriéndose el rostro con las manos, lloró en silencio ante la atenta mirada del público congregado.
El engaño a Niko para retornar se consumó exactamente en los mismos términos en que se produjo en la línea cero. “La misma persona en las mismas circunstancias” -pensó Indra y , de nuevo, se sintió molesto por aquella absoluta invariabilidad de los hechos, por ese desprecio que la naturaleza parecía tener hacia la supuesta libertad de la condición humana. Las decisiones parecían no existir, tan solo había “acontecimientos”.



V. EL RETORNO

El regreso de Loria fue maravilloso. Sobre todo por el bebé. Desbordaba alegría y no necesitaba palabras para expresarlo. Para la mayoría de los allegados, la resolución del caso resultó fácil de explicar, no sabían nada de los saltos y pensaban que se trataba de un secuestro normal. Para los pocos que sí lo sabían, Indra describió un heroico rescate interlínea por parte de las autoridades. Lo que más le preocupaba era la propia policía, en cuyos archivos, Loria figuraba como desaparecida, aunque, probablemente, el caso estaría archivado y nadie tendría mucho interés en sacar a la luz de nuevo aquel fracaso. Todo volvía a la normalidad, la felicidad hacía acto de presencia -de forma imperceptible, como ella acostumbra.
Al menos al principio.
Poco a poco, las palabras de su doble en el gradiente cuarenta, comenzaron a hacerse más presentes en sus pensamientos y a entretejer un oscuro tramado sobre el horizonte que terminó por convertirse en una insoportable losa que lastraba cualquier intento de progreso. “Tu mundo está junto a éste. Tal vez lo que me ha pasado a mí te pase a ti también dentro de poco”. “¿Y si hubiera una tendencia, un valor medio hacia el que todas las líneas confluyen? ¿Y si cuantos más gradientes en que ella viva más opciones hay de que viva en todos?”.
¿Y si su doble tenía razón? ¿Y si el hecho de que estuviera muerta en la mayoría de los gradientes determinaba de alguna forma que, finalmente muriera en todos? ¿Había una tendencia de las líneas a la confluencia…, a contrarrestar de alguna forma el proceso natural de multiplicación continua en árboles infinitos…? Y también estaba la reciprocidad. Si la habían matado en aquel gradiente, ¿Quién podía asegurarle que no la harían en este más tarde? Si él lo impedía allí, por reciprocidad, es posible que otro doble suyo lo impidiera en éste, si es que, finalmente se producía el ataque.
Cada vez más, la idea de intervenir, de cambiar lo ocurrido creando un número cuasi infinito de líneas en las que ella estuviera viva le resultaba tranquilizador, deseable... necesario... imprescindible... Como una especie de reto intelectual comenzó a trazar un plan. ¿Era posible hacer un salto negativo sin ser descubierto? ¿Cómo podía hacerse? Día a día se fue sumiendo más y más en esos pensamientos, resolviendo cada uno de los problemas que surgían en el proceso. Le resultaba gratificante dejarse llevar por aquellas ideas descabelladas –y peligrosas-, mientras conducía, mientras se cepillaba los dientes… todas las actividades rutinarias se convirtieron de repente en un reducto de fantasías emocionantes. Y en el fondo sabía que lo eran –emocionantes-, porque podían llegar a convertirse en realidad.
Pasadas tres semanas desde el retorno de su mujer, se encontró en una encrucijada: había concluido el plan y no había encontrado ningún escollo insalvable. Bastó un día sin pensar en ello –un simulacro de olvido- para darse cuenta de que su vida sería un infierno de remordimientos si no trataba de llevarlo a cabo.
El primer problema al que se enfrentaba su plan era conseguir un arma. La necesitaría para detener al tipo calvo. Nada de disparos. Si todo salía bien, bastaría con encañonarlo hasta que llegara la policía. No tenía contactos en el mundo del hampa y las armas cortas –por fortuna- no podían conseguirse legalmente con facilidad. Además había otro problema: aunque la consiguiera, no podría entrar y salir con ella del Centro, había detectores a la entrada. La solución que urdió era realmente brillante –a su entender-. Sabía que su amigo Efrén, el guardia de seguridad, tenía una segunda arma en casa -se la había mostrado alguna vez-. Era una lujosa pistola que le habían regalado un grupo de amigos del cuerpo. No podía pedírsela por las buenas, tendría que robarla, y aquí estaba la genialidad del plan: la robaría en el gradiente de destino, una vez fuera del edificio y, por supuesto, se desharía de ella