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I
-
Señor. ¡Eh! Señor. Su
billete por favor.
El anciano dormía con la cabeza apoyada
contra la ventanilla. Su cara arrugada y
su barba blanca, eran la prueba inequívoca
de una larga existencia. Su traje y sus
zapatos, aunque parecían rescatados
de la moda de los años cuarenta,
mostraban el lustre de la vestimenta recién
comprada.
- Señor.- volvió a repetir
el revisor del tren con el tono amable que
caracterizaba a (casi todos) los funcionarios
de los 90. Desde el asiento contiguo una
obesa mujer de mediana edad, vestida con
un conjunto barato, observaba la escena
con sonrisa bovina. El pasajero abrió
los ojos lentamente.
- ¿Ehmmmm? ¿Qué quiere?-
dijo con una mirada entre ausente y sorprendida.
- El billete por favor.- pidió el
revisor.
- ¿Qué billete, joven?
La mujer de sonrisa bovina dejó de
sonreír y un brillo de expectación
iluminó sus ojillos.
- Su billete. Si no lo tiene, tendrá
que abonar el trayecto.
El hombre empezó a buscar en sus
bolsillos azoradamente y sin éxito.
- Lo siento. Pero no tengo billete y tampoco
llevo dinero.
Dos guardias de la compañía
ferroviaria que iban en el mismo vagón
se acercaron.
- ¿Ocurre algo?
- Este señor. No lleva billete y
tampoco tiene dinero.
- Muéstreme su documentación,
haga el favor.
Los bolsillos del viejo traje volvieron
a ser explorados por su dueño sin
ningún éxito.
- No... no llevo nada. Lo cierto es que
ni siquiera sé que estoy haciendo
aquí, ni quién soy.
El revisor intentó controlar un gesto
de sorpresa sin conseguirlo, los guardias
se miraron entre sí y la mujer vaca
parecía estar a punto de reventar
de satisfacción (seguramente explicaría
a sus vecinas que había estado viajando)
poniendo especial énfasis en la palabra
"viaaaajando"? al lado de un loco
peligroso y que su vida había pendido
de un hilo).
El tren estaba entrando en la estación
de Badalona. A pocos metros se podía
ver el cuartel de la Guardia Civil.
- Dispóngase a acompañarnos,
haga el favor.- ordenó uno de los
agentes.
Con gestos lentos el viajero bajó
del tren, formando con su entorno lo que
podría tomarse por una broma temporal.
Su vestimenta y su aspecto contrastaban
notoriamente con todo lo que
le rodeaba.
Un
skin-head solitario cruzó la vía
con paso rápido y dirigió
una mirada de odio al anciano, al cual se
le iluminaron los ojos fugazmente... como
si recuperara la memoria. La mirada de odio
desapareció y la faz del muchacho
quedó tan pálida como un kleenex.
Olvidándose de sus principios, de
su odio, de sus botas militares y de cualquier
cosa que no fuera correr se alejó
en la dirección opuesta.
- ¿Tú has visto eso? Joder,
si parecía que volaba. ¿Qué
le habrá pasado? Oye ¿Te encuentras
bien?
Uno de los guardias estaba tan blanco que
parecía imposible que pudiera tenerse
en pie.
- He... he visto un destello en la cara
de este tipo y si te digo lo que también
he visto pensarás que he tomado algo.
Me ha faltado poco para echarme a correr
y... Coño tú, es imposible.
Vamos rápido a llevarle al cuartel.
-¿Pero
qué...?
- ¡Vamos! Quiero librarme de él
cuanto antes.
II
Una vez redactado el informe, el suboficial
del puesto realizó una llamada al
departamento geriátrico del hospital.
Sentado en un banco de madera el viejo esperaba,
y observaba con creciente interés
el ir y venir de hombres, de uniformes,
de armas...
- ¿Quiere un café abuelo?
Está caliente ? un joven cabo le
ofrecía amablemente una taza humeante.
Al coger la taza sus dedos se rozaron y
una sensación de terror sacudió
como un calambrazo
el corazón del muchacho... unas gotas
de café se derramaron sobre el traje
de cincuenta años.
- Lo, lo siento yo...? balbuceó el
chico, frotándose nerviosamente los
dedos.
El anciano sonrió y siguió
observando el ir y venir de hombres y mujeres
uniformados.
- Esta noche podrá Vd. pasarla en
el departamento geriátrico del hospital.
Un médico le visitará para
intentar esclarecer alguna cosa. Le llevaremos
hasta allí - a pesar de hacer frío,
el suboficial estaba empezando a sudar de
forma visible-. Si existe algún aspecto
que Vd. crea de importancia, notifíqueselo
al médico que le atenderá.
Espérese fuera -esta última
frase fue dicha mientras salía a
toda prisa del despacho.
III
- Por lo visto padece Vd. amnesia retrógrada.
Su vida anterior ha quedado totalmente borrada
¿No recuerda Vd. absolutamente nada?
-un médico de mediana edad le hablaba
mientras observaba el informe del cuartel.
Ante los ojos del viejo desfilaron la mirada
de odio, el miedo, los uniformes, las armas...
Y de pronto recordó. Supo quién
era y por qué llevaba ropas de hacía
medio siglo. Recordó que en los años
transcurridos desde entonces, recuperaba
por espacio de algún tiempo la memoria
y que
después volvía a perderla
convirtiéndose en un viejo inútil
que no se acordaba donde ni cuando había
nacido. Esos fugaces resurgimientos de la
propia identidad en distintas partes del
mundo se habían terminado. El odio,
la corrupción política, la
miseria, la incertidumbre del pueblo, la
injusticia... Por fin había llegado
su gran momento.
El viejo estalló en carcajadas y
el mundo tembló frente a la perspectiva
de una nueva guerra mundial. Un enorme caballo,
manchado de sangre, galopaba furiosamente
en busca de uno de los jinetes del apocalipsis
que reía demencialmente en el departamento
geriátrico de un hospital.
Amnesia
(Autor: Javier Mayugo Fink, Calella de La
Costa, Barcelona, España)
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